A pocas semanas de su estreno, Digger (2026), la nueva película de Alejandro G. Iñárritu, se ha convertido en un auténtico fenómeno. No por las razones que seguramente Warner Brothers hubiese querido, teniendo en cuenta el batacazo económico que el filme ha representado, con pérdidas que se anuncian ya cercanas a unos 250 millones de dólares, contra los 150 o más que costó esta sátira despiadada, irregular, brillante e intencionadamente incómoda que protagoniza un Tom Cruise empeñado en ganar el Oscar a mejor actor. Digger es el filme que ha logrado polarizar a la crítica y al público, como ninguno otro hasta ahora, en este convulso 2026. Y ya desde ahí logra trasladar el eje, la moraleja (esta película juega a ser un cautionary tale) que sus creadores han querido exponer, desde la pantalla hasta la reacción misma que provocan sus escenas y su protagonista –ese absoluto cabrón que es Digger Rockwell–, más allá de los cines. Esa moraleja nos advierte sobre los desmanes del Gran Poder: la Narrativa y quiénes la controlan, en un mundo donde la ficción, la realidad, la inteligencia artificial, las fake news, son parte esencial de una distopía en la cual, dormidos o despiertos, podemos ser reducidos a personajes, o en el peor de los casos, a peones y víctimas de quienes dominan ese relato cada vez más y más totalitario.
Tras las discusiones que generó Bardo, su título anterior, y su fama como director indulgente y celebratorio de sus propias virtudes y logros (dos Oscars consecutivos: Birdman y The Revenant), Iñárritu logró finalmente dar impulso a un proyecto en el que había invertido varios años de escritura y replanteo. En algún momento, trabajando con la dramaturga mexicana Sabina Berman, este filme tuvo como título Blah, Blah, Blah, y Leonardo DiCaprio era el nombre que se perfilaba para dar vida a su protagonista. Netflix estuvo interesada en el concepto, pero dio carta blanca a un filme en cierto modo cercano a lo que este plantea, al menos desde su tratamiento próximo a la sátira política y la comedia negra: Don’t Look Up. Dirigida por Adam McKay, Don’t Look Up se estrenó gracias Netflix en el 2021, con DiCaprio a la cabeza de un elenco que incluía a Jennifer Lawrence, Timothée Chalamet y Meryl Streep en su caricatura femenina de Donald Trump. Cinco años más tarde, gracias al impulso de Mary Parent y Michael Sharp, y con Tom Cruise como coproductor, llega finalmente Digger. Cruise, quien ha sido uno de los grandes devotos de Amores perros, bajo capas de maquillajes y prostéticos, es finalmente el rostro de este megalómano que pone al mundo en peligro, con sus manejos sucios y su afán por corromper todo lo corrompible, para seguir extrayendo petróleo de donde sea y salirse con la suya. Pero también es Curtis Markson, el actor que da vida a ese desalmado, en un rejuego entre personaje e intérprete que ya había explorado Iñárritu con Birdman, con su trama centrada en un histrión venido a menos. Un plot twist que acá va más a lo político, disparado hacia el retrato despiadado de una sociedad a la que, mediante sus habilidades como dueño de su narrativa, cínica, hipócrita, maquiavélica, Digger es capaz de destruir mientras se preocupa más por mantener con vida al cadáver sonámbulo de Maggie, su gata y único ser por el que muestra algún afecto.
Fue así como a lo largo de unos seis meses se rodó la película, esta vez bajo el título de Judy, como una estratagema para preservar lo que realmente contenía aquel guion. Con un presupuesto de 125 millones de dólares y un actor ubicado en la cima de la A-list de Hollywood, trabajando con un director que ya había ganado dos veces el Oscar, Warner Brothers acaso no preguntó mucho, dejándoles hacer en los estudios Pinewood, mientras el presupuesto se iba inflando a un costo mayor. La edición del filme tardó más de un año, y solo se supo que Digger era en realidad una comedia cuando Iñárritu se encargó de revelarlo, al tiempo que iban apareciendo imágenes que no esclarecían mucho su fábula. La excusa del director fue que quería sorprender al público, que acaso esperaba una obra cargada de elementos parecidos a lo que había logrado con The Revenant, con el gran añadido del protagonista de la franquicia Mission Impossible en el rol principal. Lo que el público y la crítica encontraron es algo enteramente distinto, y la película, con sus errores y sus virtudes, con su espléndida fotografía (Emmanuel Lubeski, premiado por The Revenant), sus excesos y sus guiños internos, funciona como una bomba de tiempo de eficacia, en el mejor sentido de la frase, literalmente catastrófica.
Confieso que esperaba un desastre de esta película: el enlace entre Iñárritu y Cruise apuntaba a un arrogante monumento hacia sus propios egos, una prolongación que convertiría en un nuevo “bardo” a Ethan Hawke. La apuesta en la que ambos se enrolaron, sin embargo, molesta por otros resortes, por el despliegue cínico y agudo de sus dardos políticos, pero también por la eficacia de sus dispositivos cinematográficos, con un guion que dialoga abiertamente con lo teatral (no solo desde la palabra, no quisiera hacer demasiado spoiler), con la ficción deliberada que expone hoy la prensa, que estalla en las redes, que confirma los peores presagios de Bradbury, Orwell y otros, y que nos recuerda que vivimos en un espectáculo en el cual, como un episodio de The Sopranos o Game of Thrones, cualquiera de nosotros puede ser el próximo en morir. La sátira política tiene sus grandes referentes en el cine, como demostró Chaplin en su caricatura de Hitler o Stanley Kubrick junto a Peter Sellers en Dr. Strangelove. Digger abraza sin recato ese humor cáustico, convierte a los políticos que rigen el mundo en figuras de un grand guignol, cuyos hilos el protagonista mueve a su antojo, cavando, de paso, para referirme al propio título, su propia caída. Pero lo que añade una capa más a todo esto, lo que invierte ese discurso y lo transforma en su propia crítica, es justamente la manera en que los guionistas (Iñárritu, Alexander Dinelaris Jr., Nicolás Giacobone y Sabina Berman, a partir de un argumento ideado por el director, Berman y Jez Butterworthan), desmontan y deconstruyen continuamente esa frontera entre la realidad representada y la de quienes le dan vida, sobre escenarios que se dilatan o se comprimen en función de ese juego de fractales que me recordó a las piezas dramatúrgicas de Rafael Spregelburd y otros autores. La autosimilitud, la teoría del caos, el rompimiento constante con los patrones aristotélicos, son pilares de Digger, en un tributo al arte teatral que no se reduce a repetir lo que vivía Michael Keaton como aquel actor de cine en crisis desde su desempeño en Birdman, sino que expande esa noción a un universo más denso, cínico y amenazante.
El tour de force que asume aquí Tom Cruise va más allá de su sometimiento a los prostéticos (logró, celoso de sus horarios y cronogramas de rodaje, que la aplicación del maquillaje bajara a menos de una hora, contra las seis que se habían previsto), y se consolida en su excelente comprensión del doble rol que tiene que asumir aquí: la máscara del desmadrado que es Rockwell, y el actor que al interpretarlo discute los límites del grotesco y la caricatura con la cual se nos presenta no solo él, sino el escenario mismo de la política. La Política, que es el Gran Performance que nos reduce a un elenco cegado por entretenimiento, escándalos, reels y tiktokers, influencers y lectores crédulos, y que aquí aparece en toda su espectacularidad durante el ya célebre parlamento de Digger ante los representantes del Parlamento Europeo, una suerte de coro disonante a los que denuncia desde su propio descaro. Negando las advertencias de sus asesores, de científicos, de sus cómplices y compinches, Digger ha causado un desastre mundial al desoír las alarmas desatadas por el cambio climático y la sobreexplotación de recursos naturales. Pero su capacidad destructiva va más lejos: él ha minado las bases de la ética, de la responsabilidad pública, pretendiendo dominarlas como intenta dominar y extender hasta la tortura la vida ya artificial de su mascota, esa Judy animatrónica que desde la primera escena nos dice que lo que estamos viendo es una apariencia, un trompe l´oeil: un ingenioso truco barroco cargado de cinismo político. Una maniobra cargada de desacato que puede salir muy cara a quienes la han convertido en este filme que se goza tanto en su propia incomodidad, en su indisciplina, y en la propia carga de sarcasmo con la cual, desde los recursos extraordinarios de una productora tan poderosa, lanzan sus bombazos desde la pantalla, dejando claro que cada centavo gastado en esta película fue aprovechado por su fastuosa dirección de arte y su concepción general.
Esos bombazos vienen defendidos no solo por Cruise, sino por todo el elenco que parece haberse confabulado para hacer creíble las rupturas y giros del guion, pasando del ámbito de la representación a la de una realidad que discute esas fórmulas de la ficción y revela las complicadas relaciones del protagonista-actor con su propia familia y los demás integrantes de la fábula, durante el ensayo general de esa obra titulada Fossils Fools, que es realmente el espinazo de todo Digger. La lucha que sostiene Markson con su directora y las reglas a las que ella intenta adaptar su interpretación del inescrupuloso magnate activan un ejercicio de distanciamiento que, una vez que se explicita, ayuda al espectador a entrar en las otras dimensiones de esta propuesta: las más interesantes, y que son más agudas cuanto menos dependen de la intención de caricaturizar en un perfil demasiado plano a esos otros cabrones que entran y salen del set y del escenario con sus aires de grandes políticos y ridículos mandamases o sirvientes. Todos ellos son, nos deja saber el personaje que asume Jesse Plemons en su singular aparición, máscaras y monigotes de una burla ideada contra el poder de la mentira y el dinero, fundamentada precisamente en la gran artesanía de la mentira que es la ficción y esa Narrativa sufragada por la misma mano que pretende denunciarla desde la ironía que los acusa. Los fuertes contrastes entre esas atmósferas y sus lenguajes ofrecen a lo largo de las dos horas y nueve minutos de Digger momentos más logrados y otros más endebles, pero gracias a los desempeños, además, de John Goodman como el presidente de los Estados Unidos, Riz Ahmed, Sandra Hüller, Sophie Wilde, Michael Stulbargh o Emma D’Arcy, que siguen el juego hasta esa ovación final, se nos recuerda que todo lo que vemos es parte de una trama que disfruta y aprovecha al máximo sus numerosos desdoblamientos.
Los ejecutivos de Warner Brothers, ante el resultado final, activaron sus propios mecanismos de defensa. Poco antes de que se levantara el veto que impedía a los críticos publicar sus reseñas, iniciaron una campaña que intentaba paliar las muy polarizadas opiniones que en su premier ya había desatado Digger. Un tráiler que mezclaba halagos y frases de rechazo comenzó a circular, tratando de advertir al público que esta es una obra que puede amarse o detestarse con igual intensidad. La publicidad, que incluía en el poster la imagen de un Tom Cruise como Digger Rockwell en full make up y en postura nada complaciente, trató de revertir desde esos encontronazos lo que muchos temían: el disgusto y fracaso comercial que Digger padeció desde su llegada a las primeras pantallas. La crítica ha comentado esta película desde una hostilidad que hace rato no veía, calificándolo de elefante blanco, autoindulgente, vacía, llena de sí mismo, pretenciosa, exasperante, en medios como el New York Times, The Guardian, Variety, etcétera. La carga vitriólica contra Donald Trump y sus álter egos ha sido un elemento que sin dudas ha incentivado algunas de esas reacciones, pero también irrita a muchos el que Digger no dé tregua contra casi nada, desde su estilizada puesta en pantalla. Esa también podría ser una de sus debilidades: todos sus personajes son unos cabrones, apenas hay matices que ayuden a digerir el hueso duro de roer que ha plantado Iñárritu sobre la mesa. Solo el humor podría servir aquí como catalizador, pero tampoco se rebaja la acidez de sus chistes, la caricatura trepidante de todo lo que encarna y rodea a Digger Rockwell. Y en un mundo que ha querido reducir al cine a secuelas, live actions versions, remakes y una ligereza sin trasfondo, eso ha sentado mal al estómago de los que esperaban, sobre todo de Tom Cruise, un blockbuster más digestivo y complaciente.
El resultado más preocupante no es solo el fracaso financiero de Digger. También han sido despedidos los productores que dieron luz verde al proyecto en Warner Brothers, y esta es la última película que esta productora lanza al mercado antes de su compra por Paramount Skydance, con lo que se da inicio a una nueva fase que, según lo anunciado, difícilmente volverá a ofrecer a directores como Iñárritu un presupuesto tan elevado para filmes originales y con demasiados riesgos. Ya se especula si las pérdidas de Digger dañarán o no la trayectoria futura del director mexicano, incluso si esto no traerá alguna crisis para el todopoderoso Tom Cruise, cosa esta última que dudo. Con solo 42 millones recaudados, Digger califica como uno de los más estrepitosos desastres financieros de Hollywood en muchas décadas, y tal y como sucedió con Megalópolis, el proyecto faraónico por el cual Francis Ford Coppola vendió parte de sus propiedades, varios especialistas temen que estos reveses en taquilla retarden la llegada de películas más atrevidas, más personales, ante la reticencia que las grandes productoras prefieran adoptar ahora como medida preventiva. Quisiera apuntar que Digger me parece, en muchos sentidos, una película más atinada que la de Coppola. Y aunque no pueda presagiar si con los años entrará en la categoría de filme de culto, sí creo que no ha sido un disparo al aire, una bala perdida ni una provocación sin sentido. Su honestidad brutal ha recibido como pago este fracaso: la Gran Narrativa querrá presentarla como una pérdida de tiempo. Y, sobre todo, según los que manejan esa estrategia en Hollywood, de mucho dinero.
Aunque salga pronto de cartelera, y perdure en la prensa más por sus pérdidas que por sus valores, esta película aún dará de qué hablar. Veremos qué sucede con ella y las nominaciones al Golden Globe, o los premios de la Academia, en un año donde ya se van imponiendo otras favoritas, como The Odissey y La bola negra, en esas lides. Puede que pase con ella lo que sucedió con Tár o The Brutalist, dos excelentes filmes que a la hora final terminaron ninguneados por el Gran Aparato de promoción y ventas que son esos galardones. Digger es muchas veces desmedida, irregular, ambiciosa y altisonante. Es también, en sus mejores secuencias, dura, consecuente a rabiar con su propio juego, consciente de su armazón desde el guion y capaz de sostenerse en su puesta en pantalla. Es política y antipolítica, su protagonista es un ser repulsivo y antipático, cuya ley es negar la existencia de cualquier otra ley, y que sin embargo se hace cercano y creíble en medio de sus excesos y abusos de pequeño-gran dictador. Es retórica y a veces obvia en sus ataques, pero también sincera consigo misma, como obra de arte, y pone en función de ello todo lo que estuvo a su alcance, devorando recursos y posibilidades para dimensionar su moraleja. Y rehúye hacer concesiones, caer en la facilidad de un discurso más suave o amansador, porque Iñárritu no es Spielberg, sobre todo no es el último Spielberg.
Apelar a la comedia y a la sátira, al chiste políticamente macabro, no es algo que aquí se ponga en juego para regalarle caramelos al público, sino para hacerle entender que la gran broma es acaso el público, nosotros mismos, el desastre que como Humanidad hemos terminado siendo, poniendo en peligro nuestras propias vidas. Y me gusta que el teatro, que amo tanto, sea el recurso desde el cual muchas de estas intenciones se visibilicen. El teatro, que es artesanía y depende de la convención compartida entre esos espectadores y el escenario, como un puente que sobrepasa la ficción para recordarnos dolores y alegrías esenciales que lo presencial eleva a otra noción de lectura. No en balde esta película inicia y culmina en ese espacio de ilusión donde cualquier cosa es posible: el escenario. Todo eso es Digger, y por eso me incomoda y me alegra, la celebro y la critico, ese filme que en verdad transcurre en un tiempo, como sabemos al final, donde el Apocalipsis ya sucedió, y el aire que respiramos estará para siempre contaminado. La saludo como uno de los mejores y más atrevidos filmes de este 2026. Y le agradezco, aunque a veces eso parezca una verdad tan obvia, por ayudarme a reconocer que quienes tienen el poder de dominar nuestro Destino suelen ser, casi siempre, unos perfectos hijos de puta.


