‘Dos personajes atacados por perros’, Rufino Tamayo, 1983

Fue a fines de los años setenta que Roland Barthes advirtió a los europeos de que el fascismo no consistía tanto en prohibir decir algo como en obligar a decirlo. La conclusión estaba inspirada en un análisis frío y metódico del lenguaje como ejercicio constitutivo del poder: la lengua, decía Barthes, en tanto performance de todo lenguaje, no es progresista ni reaccionaria; es simplemente fascista, “ya que el fascismo no es impedir decir, sino obligar a decir”. En una dictadura latinoamericana, cualquier retén secreto de la policía podría confirmar este aserto. Llevada al extremo, la censura pública tiene su último eslabón en la tortura privada de los cuerpos que son martirizados hasta que las conciencias ceden y son literalmente obligadas a “hablar” en el código que le resulta familiar al poder: decir quién hace qué y con quién. La idea es vigilar y castigar. Entonces, en la confesión culpable y el descrédito público, sale a la luz la verdadera naturaleza punitiva de su lenguaje: “Llamo discurso del poder a todo discurso que engendra la falta, empezando por la culpabilidad de quien lo recibe”.

Es difícil encontrar mejor diagnóstico para nuestro tiempo de cancelación cultural que este breve resumen de la exposición con que Barthes agradeció su incorporación al Collège de France. Desde la ingenua creencia de cambiar las relaciones de poder moviendo la letra e allí donde se presente la marca del diablo, hasta la obligación de repetir lo que ya ha sido dicho como nueva verdad revelada en el comportamiento social y normativo, lo cierto es que vivimos tiempos oscuros revestidos de arcoíris. Por descontado, la razón de Estado ha hecho lo suyo para promover el clima de intolerancia, secuestro del espíritu crítico, castigo de la disidencia, demonización de la política y fusilamiento sumario de la verdad en el paredón de las redes sociales.

La cultura de la cancelación ha alimentado una desconfianza radical hacia toda señal o signo de disidencia en el modo de afrontar las demandas de justicia social, igualdad de género y reivindicación racial ante los pecados de la sociedad liberal.

Alentados o excitados por esta impunidad de origen, la cultura de la cancelación ha alimentado una desconfianza radical hacia toda señal o signo de disidencia en el modo de afrontar las demandas de justicia social, igualdad de género y reivindicación racial ante los pecados de la sociedad liberal. Los resultados de este esfuerzo no han sido todo lo simétrico que podría esperarse: ahora también el Citibank y Univisión pagan sendos avisajes en los diarios contra el racismo sistémico, lo cual es una gran victoria al parecer, mientras la lista de excomulgados, culpables silenciosos y gentes de todo pelaje apuntados con el dedo crece de modo exponencial: editoras periodísticas, académicos irredentos, actrices demasiado coquetas, pequeños comerciantes que cubren sus negocios con tablas de madera, grupos de WhatsApp clandestinos, seguidores de Woody Allen, lectores que toman sombra bajo una estatua de Nabokov, y así, suma y sigue. El mundo que ofrece esta otra pandemia de la cancelación cultural, y donde amenazadoramente cabemos todos, tiene una puerta tan ancha como estrecho es el ingreso al club de iluminados que lo regentan.

Es lo que debe haber motivado a los más de 150 firmantes de “la Carta”, como se conoce a la declaración sobre la necesidad de debate y circulación libre de ideas, publicada a modo de alerta el pasado 7 de julio en la revista Harper’s. Junto con acusar de la presencia de un clima cultural e institucional de “conformidad ideológica” (“ideological conformity”) en desmedro del pluralismo fundacional que se supone distingue a la sociedad norteamericana, la carta advierte que las protestas contra el racismo y la desigualdad en las principales ciudades del país, tras el asesinato de George Floyd, han desatado un sentimiento de “certidumbre moral” que promueve el castigo y ostracismo público de quienes manifiestan la necesidad de complejizar la discusión. “El libre intercambio de información e ideas, alma de la sociedad liberal, está siendo constreñida día a día”, advierten los firmantes, donde se incluyen desde Martin Amis y J. K. Rowling hasta el músico Wynton Marsalis y la columnista Michelle Goldberg, en un ensamble de peras con manzanas que quizá sea su debilidad mayor.

En efecto, sin dejar de consignar hechos, la carta cae en el mismo vicio que acusa: sumar firmas y más firmas de la élite liberal como si esta junta de celebridades garantizara por sí sola la verdad del discurso que proclama. Es decir, se trata de una réplica sofisticada del carácter masivo con que los promotores de la cancelación cultural buscan asegurar que la verdad esté de su lado.

“¡Prohibido prohibir!”, decían los muros de París en 1968. “¡Di su nombre: George Floyd!”, vocean los manifestantes en las calles de 2020. Lo que ha variado en el discurso militante no es sólo el impulso libertario de la protesta, sino su interpelación: te prohíbo que prohíbas es abrir un espacio de imaginación y deseo; te obligo a decir su nombre es la urgencia de un cadáver que exige ser reconocido, una cerrazón del espacio de los posibles que no tiene en vistas ni la especulación teórica ni la imaginación política. Lo que tiene en vistas es el ejercicio de un contrapoder; su despliegue y conquista de espacios, no su distancia lírica, y por eso ya no representa los valores del liberalismo ni este puede ya contar con el concurso de ese militantismo para asegurar la sobrevivencia de su alma en la tolerancia de las ideas.

El conservadurismo clásico se rinde a la ultraderecha en buena parte del planeta, el progresismo se deshace bajo una izquierda dogmática e involutiva, cada vez más canalla consigo misma y sus ideales, mientras una sociedad infantilizada somete la política a sus demandas y nuevas tecnologías.

En su articulado texto “La muerte de la imaginación”, publicado en la revista española Contexto y Acción, el editor y crítico Andreu Jaume hace ver cómo el liberalismo edificó su propia decadencia durante el siglo XX, hasta llegar el momento actual donde “tras haber ganado la Guerra Fría con la caída del Muro de Berlín, parece haber perdido la paz”. El panorama que dibuja Jaume es tan desolador como certero: el conservadurismo clásico se rinde a la ultraderecha en buena parte del planeta, el progresismo se deshace bajo una izquierda dogmática e involutiva, cada vez más canalla consigo misma y sus ideales, mientras una sociedad infantilizada somete la política a sus demandas y nuevas tecnologías. “El deterioro ya global de la educación y la revolución tecnológica, han conformado una sociedad gobernada por la emoción y el espectáculo, capaz únicamente de reacciones primarias y sensible sólo a ideas absolutas. Como ha denunciado una y otra vez Jaron Lanier, las redes están creando una sociedad de ciudadanos rencorosos, miopes, tristes, histéricos y vengativos. Por otra parte, el descrédito de la razón ha desatado una guerra entre lo factual y lo mendaz, entre la verdad y la posverdad, que es en sí misma el estado de nuestra imaginación”.

Jaume pone el acento en la literatura como espacio donde se juega la posibilidad de una reinvención de la imaginación moral, para tomar la expresión de Lionel Trilling que inspira buena parte de su texto. No es una elección arbitraria: la literatura es una pregunta antes que una respuesta, “el espacio donde tradicionalmente se había representado la vida de la verdad”, dice Jaume, y es desde ese espacio, desde la formulación y desarrollo del mundo tal como lo conocemos hoy, con las ideas y ejemplos que han sido secuestrados y olvidados por este presente de cancelación cultural, es que se hace necesario reimaginar un mundo vigoroso y múltiple, antes que seguir en la destrucción de lo que nos queda.

Prohibido prohibir a Céline por antisemita que resulte su Bagatelles pour un massacre; prohibido prohibir a Lolita por perverso que sea el amor de Humphrey; prohibido prohibir a Anaïs Nin y sus Little Birds por comerciales que hayan sido sus propósitos; prohibido prohibir a Aristóteles, a Bruno, a Sade, a Rabelais y Twain, porque debe quedar prohibido prohibir a la ficción y creación literarias indagar en las preguntas que atañen más profundamente al ser humano y que constituyen su terreno de acción natural por monstruoso que resulten sus búsquedas. Prohibir, sobre todo, que la literatura sea tomada por lo que no es, esclavizando sus representaciones a una agenda de cancelación cultural cualquiera, sea ella para construir el socialismo o reorganizar el capitalismo, para que sirva de manual de comportamiento a los hombres o para instruir a las mujeres en tácticas de defensa propia.

Prohibido prohibir, sobre todo, a los renegados y renegadas de toda especie, que como Hannah Arendt son capaces de poner en pie “la vida de la verdad” con toda su complejidad y riqueza, sin arredrarse por los nacionalismos, las razas, los géneros, las modas, los grupos de presión y las patotas tribales. Y es que, entre una pandemia sanitaria que devela nuestra fragilidad y otra de signo cultural que busca cancelar el pasado, no queda otra alternativa que resistir la oscuridad y trabajar contra ella, antes que ser pasivamente arrastrados por “la tormenta de ignorancia y furia que nos envuelve”, al decir de Jaume.

Woke, que en inglés significa “despierto” o “haber despertado”, es el término con que se relaciona la protesta en las calles con la determinación de no retroceder ante las injusticias e impunidades que el orden liberal inflige a las minorías y sectores vulnerables. Desde una perspectiva menos ortodoxa pero igual de combativa, woke es también, o debiera ser, la señal para oponerse y no dejarse aplastar por el iliberalismo y la derrota cultural que hoy nos domina. Y si te obligan a decir y hablar, usa la imaginación y sé valiente: di tu nombre, aunque no sirva para nada.

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ROBERTO BRODSKY
Roberto Brodsky (Santiago de Chile, 1957). Escritor, profesor universitario, guionista y autor de artículos de opinión y crítica. Entre sus novelas se cuentan El peor de los héroes (1999), El arte de callar (2004), Bosque quemado (2008), Veneno (2012), Casa chilena (2015) y Últimos días (Rialta Ediciones, 2017). Residió durante más de una década en Washington como profesor adjunto de la Universidad de Georgetown. Ha vivido por largos períodos en Buenos Aires, Caracas, Barcelona y Washington DC. A mediados de 2019 se trasladó a vivir a Nueva York.
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