Luis Posada Carriles retratado por Geandy Pavón

Este relato no sería del todo sincero sin antes admitir algo: yo hubiera retratado a Fidel Castro. Entre más cerca mejor, con un lente macro, un retrato que grabara para siempre cada pelo de su barba, cada vaso sanguíneo de su rostro, ese rostro lejano y ubicuo por el que circuló la sangre de quien sometió a los míos, de quien hipnotizó a un pueblo y me forzó al exilio. La eterna lucha entre lo que representan Posada Carriles y Fidel Castro dejó sin voz a mi generación.

Esta es la parte que yo he podido contar, sólo una parte de ese rostro de dos caras, desde el silencio de una imagen.

El retrato

Era el día lunes, 30 de marzo del 2015. Aproximadamente un año antes había solicitado, a través de un contacto, retratar a Luis Posada Carriles.

Esa mañana me llamaron para decirme que “El hombre” estaba en la zona, que si quería podía ir a retratarlo. Inmediatamente seleccioné todo el equipo necesario y le pedí a mi hermano que me acompañara.

Nos encontramos en un restaurante cubano del barrio llamado El Faro. Le debía su nombre al hecho de haber sido uno de los faros de la entrada a la bahía de Nueva York, donde se une el río Hudson con el mar. El lugar está en una zona apartada, bajando por la avenida Kennedy Boulevard East hacia el río Hudson, a la altura de la calle 70, en el pueblo de West New York, NJ.

La reunión tuvo lugar en el segundo piso del restaurante, con unas vistas preciosas de la isla de Manhattan. Al llegar encontré a Posada Carriles acompañado de un grupo de hombres, entre ellos mi contacto y una mujer. Posada era un anciano de mediana estatura pero de una fuerte constitución, cabello blanco, espaldas anchas y unas manos enormes y fuertes. Sus manos me llamaron la atención inmediatamente que le extendí la mía para saludarle, eran notablemente grandes y al tacto se sentían como una piedra. Noté, después en una de las fotos, la ausencia total de huellas digitales.

Hablaba con dificultad, parte de su rostro estaba paralizado debido a un disparo en su cara por causa de un atentado organizado por el G-2 en Ciudad de Guatemala. Bebía vino y comía con suma dificultad, a veces un hilo de vino y restos de comida le corrían por la comisura de la boca.

Posada era el centro de la atención de todos, aunque de vez en cuando alguien hacía alguna intervención. Uno de ellos fue hasta su auto por una diana marcada con agujeros de disparos, buscando la aprobación de Posada Carriles. Compartían sus historias de guerra, de cómo sobrevivió el atentado de Guatemala, sus aventuras en Centroamérica, un intento de asesinato a Fidel Castro en Honduras, etc. Historias que por prudencia no quiero repetir aquí, cosas que sencillamente definían quién era Luis Posada y que confirman por qué yo quería retratarlo.

Mientras escuchábamos, mi hermano y yo improvisábamos un set para el retrato.

Después de que los hombres bebieron y comieron generosamente, uno de ellos me indicó que ya era el momento para la sesión de fotos. Comencé con un rollo a color (Kodak Portra 160), tomando algunas fotos tipo plano americano. Después, le adapté un anillo de acercamiento al lente de 80 mm (80 mm es el lente normal en un formato mediano, equivalente a un 50 mm en una cámara de 35 mm), para poder hacer un retrato macro de su rostro. Una vez terminadas las fotos a color, le pedí a Posada que no se moviera de lugar, que me diera un minuto para cambiar el respaldo de la Hasselblad para uno en blanco y negro. Mi intención inicial era repetir el mismo procedimiento con la película en blanco y negro, pero inmediatamente noté que Luis Posada Carriles empezaba a quedarse dormido.

Eran aproximadamente las 2:00 p. m., la digestión y el vino a esa hora son una magnífica fórmula para el sueño. Un Luis Posada Carriles dormido era la foto, cada uno de los fotogramas anteriores eran un ensayo planificado para llegar a esta imagen producida por el azar y con una poderosa carga simbólica. Ya un fotógrafo en Miami, Delio Regueral, había tomado un magnífico retrato de un Posada Carriles más joven y sin camisa, mostrando sus cicatrices en el pecho. Esta imagen del guerrero dormido vendría a ser la contrapartida y final de aquella otra imagen del guerrero desafiante. La foto recuerda las imágenes de aquellos cadáveres retratados en la época victoriana, puestos a posar simulando estar dormidos.

Apuré el rollo en el respaldo, el resto de la cámara estaba ya en el trípode, ensamblé ambos rápidamente y sin mover nada de lugar disparé a ciegas. Alguien, un segundo después, despertó a Luis Posada Carriles.

—Luis, te estas quedando dormido –dijo.

—No lo retrataste durmiendo, ¿verdad? –me preguntó, a lo que contesté que no, casi automáticamente.

Después de esto terminó la reunión, recogimos el equipo y salimos al parqueo del restaurante rumbo a nuestro auto. Mi hermano y yo salimos antes que Posada Carriles y sus más íntimos. Intuyendo la posibilidad de una última instantánea, preparé una Leica M6 y lente de 28 mm que siempre traía conmigo. Estaba cargada con un rollo de 35 mm blanco y negro Tri-X de 400 ASA, preenfoqué a una distancia de aproximadamente cuatro pies (el foco en estas cámaras es manual).

Minutos después, mientras acomodábamos el equipo dentro de la camioneta, Posada Carriles salía del restaurante, al pasarme por al lado hizo un gesto juguetón, con el ademán de querer simultáneamente asustarme, y cámara en mano congelé ese gesto de “ahí viene el coco”, de “the Bogeyman”. Posada Carriles encarnando en un cómic, actuando la caricatura de su propio personaje.

Ese mismo día revelé los negativos, unos seis carretes, tres a color y tres monocromos, de ellos seleccioné estas tres imágenes. Son las que, en mi opinión, resumen mejor aquel encuentro.

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