izquierda
Simpatizantes del Gobierno cubano y cubanos residentes en Argentina vivieron una jornada de tensión y enfrentamientos el 12 de julio frente a la embajada cubana en Buenos Aires (FOTO Hernán Zenteno)

Desde que el domingo 11 de julio comenzaron en Cuba las manifestaciones de protesta contra el Gobierno, los enfrentamientos entre grupos de manifestantes y las fuerzas represivas del Estado cubano han tenido su reflejo en las disputas despertadas por la emergencia de una realidad insólita para la isla. Entre ellas, aquella que enfrenta a quienes reivindican la manifestación del descontento popular como un producto endógeno explicable fundamentalmente por la agudización de problemáticas internas y quienes plegándose a la narrativa del régimen pregonan que se trata de un movimiento fabricado en las entrañas del imperialismo para destruir a la Revolución cubana.

Que tales disputas emergerían desde el primer momento de las manifestaciones era esperable dentro del ecosistema cubano. Era esperable también, aunque la intensidad no deja de ser sorprendente, la avalancha de una posición favorable al Estado cubano de una gran parte de la intelectualidad latinoamericana. La imagen de Cuba es reacia a ser transformada a los ojos de quienes necesitan de su existencia como representación de la equidad y la justicia y se rehúsan a aceptar las voces de los excluidos de esa representación –los exiliados, los censurados, los presos, los muertos–, a pesar de que esas voces existen desde el momento mismo del nacimiento del proyecto de Estado nación denominado por sus constructores “revolución”.

Si tal espejismo era aún sostenible sobre la ausencia de un descontento expresado de forma masiva y de una represión expresada en exceso, una vez ocupada esa ausencia por las manifestaciones populares, ¿no habría llegado el momento de dejar quebrar la fachada de la revolución utópica y reconocerla más allá del espejo distorsionador del bloqueo y los logros de la revolución? ¿No sería momento de escuchar las voces disidentes y concederles la dignidad de los argumentos, más que los espacios de la reactividad y las manipulaciones? Aunque sería deseable un sí por respuesta, tal cosa es poco probable

A fuerza de convertirse en un deseo, Cuba prometió algo a la izquierda latinoamericana: un mundo moderno socialista. Ese mundo debía conducir al surgimiento de una forma superior de existencia social y política. La idea de progreso, bajo los términos de un socialismo al viejo estilo de la URSS apto para resistir y competir con el capitalismo, ha sostenido a las élites revolucionarias cubanas, que han devenido poco a poco objetos deseables para esa izquierda. En tanto tal, Cuba y sus élites encarnan un deseo/falta –aquello que realmente no se posee, no se realiza– que asegura la fantasía de una modernidad capaz de, paradójicamente, ofrecer una alternativa al capitalismo y superarlo. Cuba estaba llamada a resolver de un tajo todos los problemas de América Latina y el Caribe a través de un cóctel que combinara las ideas de progreso, justicia social, soberanía e igualdad con un programa para el desarrollo.

Bajo el género de lo épico, la revolución es un universo cerrado donde no hay cabida para el desorden, el problema o lo irresoluto, pero, sobre todo, no hay probabilidad de cambio, porque el acceso a su interpretación ha sido clausurado. Lo que la izquierda llama, entonces, una revolución y un pueblo revolucionario son realmente fósiles.

La izquierda seducida por la promesa de una modernidad alternativa es el sujeto de un discurso cuyo objeto es Cuba. Ese discurso ha ido construyendo “lo revolucionario” como una categoría monolítica, en la que prima una identidad unitaria del sujeto, que no sólo no admite posiciones o acciones distintas, sino que las sofoca, las descalifica y condena en nombre de la promesa. Estos procesos de exclusión deben entenderse en el marco de una fuerte polarización: izquierda versus derecha, comunismo versus capitalismo, el bien versus el mal. El reducido terreno de interpretaciones, cuyo origen está en el contexto de la Guerra Fría, tiene varias implicaciones que son importantes destacar. Primero, produce una autoridad de tipo moral que funciona como centinela de la “Revolución cubana”. Cualquier argumento que se esgrima desde ese lugar posee la fuerza moral para confrontar las supuestas amenazas a la promesa. Segundo, genera un control sobre la representación de Cuba que demanda el silenciamiento de los cubanos y las cubanas dentro de la narrativa histórica de y sobre la Revolución.

Cuba y la Revolución como promesas son el otro de un discurso político que cancela la experiencia de quienes viven en la isla y hace imposible el reconocimiento de los antagonismos. Lo que promete Cuba y la fantasía de alcanzarlo sólo son enunciables dentro de los estrechos marcos de significación –izquierda/derecha, etc.–. Esa izquierda a la que nos referimos es, sobre todo, de tipo ontológica. Es decir, no está circunscrita exclusivamente a partidos, también engloba aquellos grupos diversos que hicieron de la igualdad un programa y principio de lucha.

La polaridad izquierda versus derecha y sus equivalentes (interno versus externo, soberanía versus intervención) constituye la columna vertebral de la clausura representacional. Todo aquello que pretenda escapársele debe ser por tanto reconducido al único espacio posible de la disputa. Por esa razón, las manifestaciones del 11 de julio sólo tienen permitido existir como acto mercenario, contrarrevolucionario, provocación y plan orquestado por la CIA. El origen de los conflictos debe ser forzosamente una causa ajena: el bloqueo, y la defensa de la soberanía la única respuesta posible a la supuesta intervención externa. Así, el embargo estadounidense es, por una parte, el obstáculo que posterga la realización de una promesa y preserva la fantasía; por otra, el objeto que justifica la violencia.

La promesa puede sustentarse durante seis décadas porque su propia naturaleza y temporalidad lo hacen factible. Una búsqueda genealógica de las expectativas en torno a la Revolución cubana la ubicarían de facto con un valor afectivo positivo. La Revolución es causa de un bien, en tanto promete prosperidad, desarrollo, modernidad, justicia, soberanía, igualdad. Por tanto, si existe la Revolución llegará el bien algún día. La promesa es garantía de algo que aún no llega y hace del futuro un objeto. No es necesario que llegue; de hecho, es imprescindible que no lo haga. También ahí el bloqueo funciona como obstáculo al deseo. A mayor espera, aumenta la promesa y con ella las expectativas.

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Sin embargo, la idea que da lugar a esa promesa se sostiene de otra manera y tiene que ver con el modo de referir el proceso en Cuba. Es una narrativa épica que coloca a la Revolución fuera de la historia. Lo épico, como diría Bajtín, es absoluto y perfecto.[1] Bajo el género de lo épico, la revolución es un universo cerrado donde no hay cabida para el desorden, el problema o lo irresoluto, pero, sobre todo, no hay probabilidad de cambio, porque el acceso a su interpretación ha sido clausurado. Lo que la izquierda llama, entonces, una revolución y un pueblo revolucionario son realmente fósiles.

Cuando en el año 2020 comenzaron a darse pequeñas muestras del descontento se activaron los mecanismos censores de la épica. Un repertorio de argumentos centrados en “los logros” de la Revolución y su promesa (trunca por el bloqueo) se apresuraron a dominar el escenario de las batallas por la significación. La defensa de ese mundo fosilizado se ha probado absurda, insensata y necia.

De aquí se derivan dos cuestiones. La primera, la apropiación de la Revolución como épica cierra los sentidos y, por tanto, procura que no haya una apertura. Esto significa que Cuba tiene vetado el cambio. No el cambio entendido como tránsito hacia otro tipo de régimen, sino como movimiento y alteración dentro de la propia estructura que nos detiene en el tiempo sin habitar el presente. La segunda, la apropiación épica del pasado hace imposible cualquier lectura mínimamente empática con los reclamos. Es decir, cualquier signo del antagonismo es ininteligible, porque en la Revolución no puede haber conflicto. Esa parte del pueblo que alza su voz es inaudible. No importa cuántas consignas, testimonios, videos o imágenes se compartan. No vale cuánta información se socialice, porque no alcanzará el estatuto de una evidencia para desmontar un suceso épico y congelado en el tiempo. La tercera, no importa que Cuba sea un fósil mientras mantenga con vida el horizonte emancipatorio de la izquierda y el sujeto habilitado para encarnarlo.

Cuando un intelectual o activista de algún país latinoamericano acude a las consignas que dentro de la Isla han sido desgastadas por la promesa pospuesta, para reducir aquello que pudiera desestabilizar el régimen de clausura oposicional a uno de los términos, reedita la operación fundacional de la “Revolución” y recrea las condiciones de su sostenimiento. La distancia experiencial desde la que esta reedición se realiza opera en el espacio geográfico de manera análoga a como la superación de la historia por la épica opera en la temporalidad: elimina la posibilidad de la transformación al sacarla de sus condiciones de existencia. De esta forma, lo revolucionario crea sus propios sujetos tanto como los sujetos generan la inmovilidad de lo revolucionario al reeditar una y otra vez sus operaciones constitutivas.

La recirculación de las lógicas a través de los sujetos –en este caso el intelectual latinoamericano de izquierda seducido por la promesa de una modernidad alternativa– no sería posible sin su acción complementaria, el silenciamiento de la disidencia de la clausura polar. Esta condición supone la garantía del impedimento del escape, pero a la vez genera las condiciones para la evasión. Garantiza la imposibilidad del escape en la medida en que impone una y otra vez el desplazamiento de la voz disidente a uno de los términos de la polaridad, en particular, a aquel que puede ser destruido. Al hacerlo, sin embargo, genera puntos ciegos en los que la voz disidente puede habitar. Lo hace inicialmente en la sombra, alimentándose de los excedentes de la confrontación y produciendo un tipo de entropía que, cuando llega a ser reconocida plenamente, ha erosionado ya las condiciones de reproducción de la épica fósil de “lo revolucionario”.

La izquierda seducida por la promesa de una modernidad alternativa es el sujeto de un discurso cuyo objeto es Cuba. Ese discurso ha ido construyendo “lo revolucionario” como una categoría monolítica, en la que prima una identidad unitaria del sujeto, que no sólo no admite posiciones o acciones distintas, sino que las sofoca, las descalifica y condena en nombre de la promesa.

En el momento en que la voz disidente emerge plenamente, la entropía se acelera. La voz disidente no corresponde aquí exactamente a lo que en términos del espectro político denominamos disidencia en Cuba, sino en un sentido más amplio, a todo lo que escapa a la polaridad y su constitución como clausura representacional. Una organización política no reconocida es, así, tan disidente como las organizaciones autogestionadas de protección a los animales o las demandas sectoriales o de minorías. Incluso, aquello que renuncia a enunciarse como político corresponde al espacio de la disidencia. La diversidad de las manifestaciones iniciadas el 11 de julio indexa también este espacio, que no puede ser menos que diverso al contener en sí todo aquello que ha escapado a la compulsión de la captura estatal y sus sostenedores.

La emergencia de esta fuerza negada mil veces supone un reto para quienes sirven a la reproducción del sistema a través de la recreación continua de sus condiciones. Lo que podría haberse traducido en la asunción de un reto tal, comenzaba con el reconocimiento de esa emergencia. Días después, tenemos evidencia suficiente de que la demanda del silenciamiento puede transformarse en una negación estricta de la voz, si esta se vuelve demasiado audible. Pareciera incluso que tal negación debe ir acompañada de la supresión directa. Mientras el sujeto que ha escapado a la clausura representacional vive en la sombra, los agentes de la clausura se contentan con demandar silencio. Cuando emerge con fuerza visible, lo niegan. Cuando al emerger se acompaña de una voz potente que no puede ser reconducida, entonces es necesario hacerla desaparecer. Esa es la intención, organizada y con banda sonora de La Internacional en clara alusión a la promesa de una modernidad socialista alternativa de inspiración soviética, que ha impulsado a militantes comunistas en Chile, Argentina o México a enfrentarse con manifestantes cubanos. La exigencia de la clausura representacional a negar la voz que no tiene cabida puede llegar a ser tan burda que además de La Internacional y las banderas rojas, acude a gritos desgarrados medianamente histéricos y a los golpes. ¿Qué podemos esperar de una izquierda no sólo sorda sino dispuesta al zarpazo contra todo lo que debilite la irrealizable promesa de la utopía? Nada, no podemos ni debemos esperar nada. Pero es inevitable que el régimen de clausura termine por fagocitar a sus propios agentes y los arrastre en su caída como a todos sus constituyentes.

Ni el socialismo como promesa ni la Revolución como épica podrán ser repensadas hasta tanto el arsenal teórico, conceptual y estratégico de la izquierda rompa con la lógica de los Estados nacionales y la democracia; pero, sobre todo, hasta que esa izquierda no desmonte la matriz colonial enraizada en los modos de imaginar nuestros mundos y de organizarse socialmente. Mientras la nación constituya la médula y referente de las luchas, el Estado aparezca investido de autoridad –la única– para hablar por la nación y el nacionalismo como ideología se movilice en los enfrentamientos de unos contra otros (como hace, por ejemplo, el Gobierno cubano) será imposible articular un programa de liberación distinto. La única nación posible por ahora es aquella que aparece como símbolo de una plenitud y totalidad imposibles. El totalitarismo de ideología socialista no es sino una manifestación extrema de lo que Michael Taussig denominó Estado del todo.[2]

Mientras esa izquierda no se haga cargo de la violencia epistémica que ha ejercido al cuestionar las supuestas derivas de grupos, pueblos y comunidades que no alcanzan, ante sus ojos, a comprender cabalmente sus propios mundos, habrá realidades mudas y oídos sordos. Hasta que esa izquierda no revise la marca eurocéntrica y el lugar privilegiado de enunciación que la aventaja respecto a quienes, supuestamente, permanecen bajo el encanto de la ideología y la ignorancia del reflejo, habrá verdades irrefutables e historias silenciadas. Hasta que esa izquierda no deje de perpetuar el relato de una modernidad socialista cuya fuerza legitima racionalmente otras violencias –no tan diferentes de aquellas que el orden colonial desplegó–, muchas luchas, demandas y programas serán concebidos como reaccionarios y contrarrevolucionarios. Hasta que esa izquierda no actualice sus marcos para interpretar la modernidad, la emancipación, la democracia, la Revolución, el Estado y la nación, habrá siempre unos otros gravitando fuera de la órbita política y social, sin el estatus de sujetos y sin la materialidad que confiere la historia.

La imagen de Cuba es reacia a ser transformada a los ojos de quienes necesitan de su existencia como representación de la equidad y la justicia y se rehúsan a aceptar las voces de los excluidos de esa representación a pesar de que esas voces existen desde el momento mismo del nacimiento del proyecto de estado nación denominado por sus constructores ‘revolución’.

La emergencia del grito antes amordazado, pospuesto, dislocado, termina por hacer imposible la reproducción de las condiciones que hacen posible la apropiación de la representación. ¿En nombre de quien van a hablar si aquellos a quienes le ha sido usurpada la voz han decidido hablar por sí mismos? A partir de este punto, sin régimen de significaciones que sostener, rota la cadena de las representaciones, reducida a una mueca grotesca la promesa irrealizable de la alternativa, corresponde a ellos mismos elegir abandonar la promesa, la certeza, la distopía cotidiana que la utopía estructuralmente pospuesta terminó siendo. En la medida en que han contribuido a ella y se han convertido en piezas de la maquinaria de reproducción, ese abandono es muy poco probable. Pero como dijo alguna vez Merleau-Ponty, “probable, en suma, no quiere decir nada”.[3]

Nuestra discusión no puede mantenerse entrampada en un mundo reducido a las posibilidades binarias y excluyentes de la izquierda y la derecha. Nuestra opción no puede seguir siendo una Revolución de hombres blancos que coloca la clase como brazo ideológico –categoría universal y universalizante– y al Estado central y fuerte como institución civilizadora y, por ende, otrificadora. Cuando los cantos de sirena del socialismo cubano y su promesa cesan; cuando el fracaso de las políticas igualitarias es evidenciado por la persistencia del racismo, la homofobia, el machismo; cuando es inminente que la existencia de la revolución socialista se sostiene en el control y la administración absolutos de todos los ámbitos de la vida y en un movimiento homogeneizador y patriarcal; cuando los proyectos de modernización y desarrollo económico –amparados en la industrialización– muestran más de simulación y especulación que de programas concretos (lo que Vaclav Havel llamó la gran mentira de los regímenes totalitarios)[4] y el sueño de un socialismo capaz de promover el progreso en el mundo colonial se deshace. Cuando todo eso ocurre tenemos que mirar hacia otros lados, apuntar hacia otras propuestas que emanan de la experiencia de un mundo agrietado.

Entre los múltiples reclamos que recorrieron tantas calles cubanas el 11 de julio era libertad unas de las palabras recurrentes. La libertad que fue invocada allí no es una que pueda ser asimilada nuevamente al proyecto del cual escapa, pero tampoco a ninguno que esté a la espera de que su potencia ocupe una configuración definida previamente. Esa voz emergente hace así ya imposible su supresión, o la ocupación del legítimo lugar que ha llegado a recuperar, y abre posibilidades insospechadas.

¿Qué es la libertad sino el escape de las condiciones? La libertad puede siempre –esa es su potencia– hacer nacer peras del olmo.


Notas:

[1] Cfr. Mijaíl M. Bajtin: La novela como género literario, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2019.

[2] Cfr. Michael Taussig: La magia del Estado, Siglo XXI, Ciudad de México, 2015.

[3] Cfr. Maurice Merleau-Ponty: Fenomenología de la percepción, Península, Barcelona, 1975.

[4] Cfr. Vaclav Havel: The Power of the Powerless. Citizens Against the State in Central Eastern Europe, Routledge, Londres, 1985.

[5] Cfr. Vaclav Havel: The Power of the Powerless. Citizens Against the State in Central Eastern Europe, Routledge, Londres, 1985.

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