Por Sigfredo Ariel: la luz, bróder, la luz

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El poeta cubano Sigfredo Ariel (FOTO OnCuba / Alina Sardiña)

Sigfredo Ariel ha muerto. Falleció de cáncer este domingo en La Habana a sus 57 años. Con una extensa y reconocida obra, legó a la literatura cubana una de las poéticas más notables de la contemporaneidad. Pareciera un lugar común, en la hora de su muerte, llamar la atención sobre la excepcionalidad de su escritura en medio de un panorama saturado de versificaciones comunes, sin un notable manejo de la lengua. Sin embargo, ahí es donde le espera la sobrevida.

La poesía de Sigfredo Ariel es un acto de recuperación. Por sobre las variaciones que experimentó su singular manejo del lenguaje con el suceder del tiempo, su obra conservó intacto un núcleo autoral que en Algunos pocos conocidos (1987) ya estaba perfectamente delineado. La necesidad de atisbar en la memoria (personal o histórica) el espacio donde se constituye el individuo como resultado de un proceso de subjetivación.

Aun cuando el escritor comenzó a subrayar un vector político en su imaginario, cuando emprendió un abordaje del devenir del tiempo revolucionario en la modelación de la identidad del ser, su sujeto lírico –más allá del perfil esbozado en cada poema puntual– recreaba su manera de ser / estar en el mundo, buscaba fijar en los versos ese instante, revelador para la subjetividad de su Yo, capaz de trascender el tiempo; aun cuando el Yo se trasparenta en otros o en la Historia. La mirada que sobre el afuera tendía el poeta era siempre un viaje hacia sí mismo.

Parte de la tradición fundada por la generación de poetas que irrumpe durante los años ochenta, Sigfredo Ariel fue, junto a otros importantes nombres de la década, protagonista de una problematización de nuestra historia literaria: recuperó para la poesía un cosmos de valores que la simplificación del arte –y no sólo– generada por la ideología institucionalizada en los setenta suprimió. Esa problematización reconquistó la elaboración metafórica del lenguaje imaginal, que en el caso de este autor no implicó una sustitución absoluta de la trasparencia del coloquialismo.

Quizás por eso mismo, la materialidad de sus versos se funda en una irreductible tensión entre síntesis y lirismo. Por una parte, el poema se presenta como una crónica –próxima a la objetividad– donde Sigfredo Ariel extiende sus dotes de agudo observador de la memoria cultural, de la multiplicidad de fragmentos que conforman el mundo (la Historia, el país, el ser). Por otra, el tejido versal –en tierras del simbolismo– encierra bastante de arquetipo, fija el tiempo o el recuerdo de una subjetividad colectiva. Así sucede en este fragmento de “Cuarto para hombre solo”:

Dos pisos abajo en el mismo hórrido edificio
viví algún tiempo en un cuadro de yeso:
una mesa una silla pocos libros
que ordenaba de mayor a menor cada domingo
gracias al vino barato de Bulgaria
Dentro perdura el olor de un hombre solo
que en la noche lee a Fray Luis
y después va al alféizar a mirar La Habana.

En el descanso de la escalera
donde me despedí de alguien o de algo
que la gente llama ahora los ochenta
fijaron hace poco una placa de bronce.

El carácter de su voz, su sistema de referencias personales –la recuperación de la memoria, la evocación del espacio como objetivación del tiempo, la mirada sobre lo cotidiano, la asunción de lo popular–, su ingeniosa manera de aprehender en el lenguaje la nostalgia o el dolor, la particular reconstrucción de la Historia desde la experiencia del sujeto, hicieron de la poética de Sigfredo Ariel una de las más vitales de la escena cubana contemporánea.

No necesitó de trasgresiones vanguardistas ni experimentaciones radicales en la estructuración del cuerpo textual –la suya fue una experimentación hacia dentro–. Una sólida estructura compositiva y una aguda capacidad gnoseológica garantizaron la reciedumbre estética de su poesía, que encontró paradójicamente un distintivo en la importancia que reviste no el tema sino su tratamiento al nivel de la expresión y su valoración interior, como lo prueba este fragmento de “La luz, bróder, la luz”:

Job pudo reposar sin violentarse
sobre este caracol marino
y las sábanas pudieran estar llenas de alfalfas
o de termas brillantes o de casas de troncos.
Quiénes seríamos entonces / calle abajo
acaso compraríamos el periódico de la mañana
cayéndonos de sueño
y las mandarinas y el pan dulce.

Estos años románticos los querrán los hijos de los hijos
y buscarán la letra en el registro, nuestros discos
los papeles sucios.

Voy a morir sin ver la nieve
qué hubiéramos adelantado bajo la nieve harinosa
esa pequeña aventura en nuestra luz:
el paso de un astro, la carrera de una estrella.

Estos días van a ser imaginados
por los dioses y los adolescentes que pedirán estos días
para ellos.

Y se borrarán los nombres y las fechas
y nuestros desatinos
y quedará la luz, bróder, la luz
y no otra cosa.

El tono de recordación, a través del cual este autor filtra su definición de la sociedad, está ligado a una concepción del poema como realidad intocable, resistente al tiempo. Cuando Sigfredo Ariel rearticula el pasado, o incluso prevé un futuro posible, se expone la insondable espiritualidad intrínseca a sus versos. El sujeto lírico habita un supra tiempo en el que puede asir fragmentos de una realidad perdida que describe una geografía emocional, una sensibilidad.

De este modo, la escritura de Sigfredo Ariel progresa en una sucesión de imágenes donde se anudan el destino de la nación –salvada por el poder redentor de la cultura– y el destino del sujeto.

Leer al autor de El enorme verano (1996), Hotel central (1999), Manos de obra (2002) –tan sólo unos pocos ejemplos–, es adentrase en una poesía de la ética, que quiere decir de la salvación del ser y de resistencia al tiempo que lo corroe.

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ÁNGEL PÉREZ
Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.
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