Las obras presentadas en el Salón de Mayo constituyen una prueba inequívoca de la pujanza y madurez del movimiento plástico francés. Y una muestra de la claridad mental de sus organizadores, que anteponen la calidad de las obras a las tendencias estéticas reinantes, a los factores chauvinistas y a los intereses generacionales.

En una exposición de esta naturaleza, el contraste de las formas, el oficio y el nombre tienden a hacer más difícil el punto de vista del espectador. Esa batalla que se libra, en presencia de todos, entre las obras de los consagrados y la de los jóvenes vanguardistas, le comunica al hombre sensible una belleza insospechada. He aquí una prueba de la humildad del arte.

Por ello no es raro descubrir, junto a figuras tan cimeras del arte moderno como Pablo Picasso, Miró, Arp, Vasarely, Lam y otros, a jóvenes como Erró, Arroyo, Adami y Bernard Rancillac, nuestro entrevistado, que luchan por abrirse paso a través de esa intrincada jungla que es la Escuela de París.

Rancillac, un parisino de treinta y seis años, es un pintor autodidacta: a pesar de sus dos años de estudio (1959-1961) de grabado con S.W. Hayter, cultiva el pop art. El mundo para Rancillac es como el de esos jóvenes que luchan contra todo orden de injusticias establecido. A continuación, la entrevista:

Roberto Valdés Muñoz: La necesidad del pop art en su obra.

Bernard Rancillac: En 1961 dejé de pintar después de varios años de arte abstracto. Quería encontrar un arte más comunicativo, más popular, más o menos figurativo. En París, en esos años, se oía hablar de los jóvenes pintores americanos, inspirados por la publicidad, el cine, los muñequitos; no se veía nada de ellos, yo he comenzado pues a buscar solo una figuración relacionada con la vida ordinaria (serie de Fantomas, serie de anuncios de tránsito, serie Noire) de una técnica aun tachista y expresionista.

Hacia 1963 y 1964 comienzan a verse las obras de los pops americanos, (en la galería Sonnabend) e ingleses. Lichtenstein me gustaba mucho. Rosenquist, Warhol, Oldenburg, D’Arcangelo. Los pops me han dado la lección de una pintura fría, anónima, impecable, desembarazada de toda la cocina pictórica matieriste, expresionista, etcétera. Hice en 1965 toda una serie inspirada por Walt Disney donde me he desembarazado de la cocina. Enseguida me metí a trabajar con el fotoscopio y a proyectar fotografías. Durante todo el año 67 he hecho telas relativas a los acontecimientos del año, sean públicos (muerte de Giacometti, Guerra de Vietnam, Caso Ben Barka, películas de Rosellini) o privados (muerte de mi amigo Cheval-Bertrand).

Porque yo quería introducir en el pop art una participación en la vida política, social, tal como la podemos vivir por la prensa, la radio, la televisión, etcétera. En el presente, los pops americanos se dirigen hacia un arte muy formal y óptico (Lichtenstein) o hacia la coreografía, la puesta en escena, el cine (el filme de Warhol, Chelsea Girls, que he visto recientemente en París es una obra maestra perturbadora).

La crítica de arte en Francia. Otras tendencias de la Vanguardia.

La crítica de arte en París se divide en dos grupos: la de los viejos, que no comprenden nada de la nueva situación (o no quieren comprender), y la de los jóvenes que buscan comprender. No es siempre una cuestión de edad. Hay excelentes críticos como Gassiot-Talabot, Restany, Otto Hahn, Alain Jouffroy. Desgraciadamente, a menudo pasan su tiempo en discusiones estériles, en lugar de sostener al conjunto de los artistas de Vanguardia.

Las tendencias interesantes son: los Nuevos Realistas (Tinguely, Arman, Martial Raysse, Niki de Saint Phalle, Rotella, etcétera), los neofigurativos, un grupo del Salón de la Joven Pintura (Arroyo, Aillaud, Recalcad, Tisserand, etcétera), el grupo de Arte Visual (Le Pare, Yvaral, etcétera, Galerie Denise Rene), el grupo de los fotografistas (Beynon, Pol Bury, Bertini, Jaequet, etcétera) y el grupo sin nombre, que se llama pop narrativo o figurativo (Télémaque , Rancillac, Monory, Adami, Erró, Alleyn, Buri, etcétera). No hablé de los surrealistas, de los letristas, entre otros. Es necesario citar también a los objetivistas (Raynaud, Kudo, Pommereulle, René Bértholo, etcétera).

¿La violencia de su pintura implica una actitud política o una visión trágica de la vida?

No he escogido la violencia por gusto personal, deliberadamente, sino porque vivimos una época de violencia generalizada, de enormes trastornos, desgarramientos, cambios, revoluciones: el artista no puede sustraerse a ese clima trágico. En cuanto a lo político, se quiera o no, hoy todo es política, pienso que un hombre no puede ignorar la política y debe tomar parte. Eso no quiere decir que se deba militar forzosamente en un partido político. Por temperamento soy salvaje e individualista y aún más: anarquista, luego entonces inutilizable políticamente, pero pienso que puedo registrar y traducir en imágenes problemas actuales, mostrar al hombre su propio rostro. Rechazo siempre dejarme llevar por la grandilocuencia, por el enternecimiento lacrimoso, por la tragedia griega. Busco la objetividad aun chocante y escandalosa.

Breve apunte de su obra expuesta en el Salón de Mayo.

La obra que expongo en el Salón de Mayo se titula La Palabra (serie No. 2). “La Verdad sale de la boca de los niños”. Esta tela pertenece a una serie de cuatro cuadros titulados La Palabra, ejecutados sucesivamente durante los meses de abril, mayo y junio de 1967, y expuestos sucesivamente también en cuatro lugares diferentes (la forma narrativa en episodios sucesivos). […] El título es una de esas frases proverbiales que no quieren decir gran cosa. Esas chiquillas que leen un muñequito, hacen ruido con su chicle de la misma manera que los héroes de las bandas dibujadas que se ven abajo a la izquierda; y como esos héroes ellas no tienen nada que decir más que tonterías sin importancia propias de su edad.

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