Robinson Jeffers: dos poemas

Angustiado pero intensamente vital, amante de los animales y de “los paisajes no contaminados por la huella del Hombre, esa epidemia que todo lo invade”, Robinson Jeffers es un auténtico pesimista heroico, refractario tanto a las insidiosas dulzuras del cristianismo como a los dudosos consuelos del así llamado humanismo ateo.

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En una curiosa entrevista de 1970 Leopoldo María Panero sostenía que existen dos tendencias fundamentales en la poesía contemporánea: una que procede del surrealismo y no quiere decir nada y otra que desciende de Mallarmé y quiere decir Nada. Sin duda se trata de una distinción muy productiva, pero adolece, como todas las generalizaciones, de cierto reduccionismo: podemos pensar en muchos poetas importantes que no se inscriben en estas genealogías y que, para decirlo todo, no simpatizaban demasiado con Mallarmé o los surrealistas. Entre aquellos que no consideraron los experimentos con la forma como un fin en sí mismo y no se resignaron a “la desintegración del referente”’, uno de los más interesantes es sin duda el norteamericano Robinson Jeffers.

Angustiado pero intensamente vital, amante de los animales y de “los paisajes no contaminados por la huella del Hombre, esa epidemia que todo lo invade”, Jeffers es un auténtico pesimista heroico, refractario tanto a las insidiosas dulzuras del cristianismo como a los dudosos consuelos del así llamado humanismo ateo. Para este poeta postnietzscheano no existe redención posible en este mundo ni en ningún otro: el desolado espectáculo que nuestros sentidos perciben, esa guerra perpetua en todos los niveles de la existencia es la única realidad y nada puede alterar este hecho fundamental, “the hard, extremely ugly but true facts of life”, como Jeffers solía repetir una y otra vez para consternación de sus poco sofisticados familiares. La única posibilidad para un escritor que accede a esta visión de las cosas es intentar transmitir, con la mayor precisión e intensidad posibles, este singular conocimiento de desolación que le ha sido dado poseer, algo que Jeffers consigue ampliamente en sus mejores poemas.

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Fuego en las colinas

Los ciervos saltaban como hojas que flotan en el viento
bajo el humo, frente a la estruendosa ola de la maleza en llamas;
pensé en las vidas más pequeñas atrapadas.
La belleza no es siempre adorable; el fuego era bello, el terror
del ciervo era bello; y al descender por la pendiente
tras el fin del fuego, un águila se posaba
en la punta de un pino calcinado,
insolente y ahíta, envuelta en las plegadas tormentas de sus hombros
había venido desde lejos por la buena caza,
con el fuego como batidor para atraer la presa; el cielo era
de un azul implacable y las colinas implacablemente negras,
el gran pájaro sombrío dormitaba implacable entre ellas.
Pensé, con dolor pero convencido:
La destrucción que hace bajar un águila del cielo es mejor que los hombres.

La roca y el halcón

He aquí un símbolo en el que
muchos trágicos pensamientos
se contemplan a sí mismos.

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Esta roca gris, elevándose sobre
el promontorio, donde el viento marino
no deja crecer ningún árbol,

a prueba de terremotos, y marcada
por eras de tormenta: en su cumbre
un halcón se ha posado.

Pienso que aquí está el emblema
que debes colgar en el cielo del futuro;
no la cruz, no la colmena,

sino esto: poder reluciente, oscura paz;
fiera conciencia unida a un desinterés definitivo;

vida con tranquila muerte; los ojos y los actos realistas
del halcón unidos al macizo misticismo
de la piedra,

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que el fracaso no puede abatir
ni el éxito enorgullecer.

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UBALDO LEÓN BARRETO
UBALDO LEÓN BARRETO
Ubaldo León Barreto (San Antonio de los Baños, 1981). Licenciado en Letras por la Universidad de La Habana.

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1 comentario

  1. Jeffers fue un hombre cuya mirada es la mirada del héroe que sabiéndose sometido por las inclemencias de la contingencia es capaz de resignar la vida a través de lo trascendente.

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