Camaleónico

El camaleónico es una criatura envalentonada por esta época de apariencias. Educado para simular, ha seguido la lección sin contemplaciones, sobre todo en el cibermundo, que toma el verbo mostrar por el de ser, y el de decir por el de hacer. El camaleónico es un oportunista por excelencia, un cambiacasaca. Y más aún en su variante cubensis, que arrastra una lamentable propensión histórica –por no decir genética– al simulacro.
Todo lo que hace el camaleónico lo hace por adaptarse, para sobrevivir, aunque ni él mismo sea consciente de ello. Nadie sabe cuál es su verdadero tono moral o político, ni siquiera si tiene uno, a menos que consideremos el camuflaje un color. Lo del camaleónico es emular los códigos disciplinarios del ecosistema que sea: combinar con el paisaje, repetir la tendencia, seguir la corriente. Si su adaptación fuera resultado de una transformación real y no simple oportunismo, no tendría que adoptar los fluorescentes patrones, ni los decibeles, ni los territorialismos, ni el andar con cuatro ojos que la ley del más fuerte impone. Uno pensaría que, al migrar de selva oscura a selva oscura, suavizaría el camuflaje, aunque solo fuera por las disonancias cognitivas que una vida entera de fingimiento acumula. Pero no. El verbo del camaleónico no es pensar, ni entender, ni siquiera cambiar; es disimular.
¿Cómo podría distinguir esta bestia entre la verdad y el simulacro, si nunca ha podido vivir en la primera? El camaleónico no pasa, como otros, por esos exámenes de autoconciencia que, a la luz de las fallas propias, modulan el entendimiento hacia los demás y sus contextos. Por eso, si hasta ayer marchaba leninistamente en la Plaza de la Revolución, con los colores patrios, hoy grita en la Calle Ocho, a voz en cuello, “¡Muerte a los comunistas!”, y hasta denuesta a ex presos políticos y opositores reales por no camuflarse en la fauna con la misma facilidad. En el fondo, el camaleónico tiene una gran vergüenza de sus manchas pasadas, un gran resentimiento por haber pasado la vida condenado a cuidarse para sobrevivir y un pánico atroz a romper con la simulación, cualquiera que esta sea. Y esto último hasta lo entiendo, porque la verdad, la verdadera, suele ser bastante gris.
Bestiario Miserable es un catálogo de los excesos, miserias, deformaciones que las contorsiones circenses del panorama político cubano, global y virtual han ido pariendo. Como decía Leónidas Lamborghini, la verdad del modelo es su propia caricatura. Pues este quisiera ser un retrato realista de los arquetipos de conducta que florecen en toda su monstruosidad por el extremismo ideológico, la antipatía, la deshonestidad intelectual, o la pura estupidez, ahora abonados en ese terreno de la pseudo ética que puede ser ciberespacio. En un mundo que se parece cada vez más al que describiría Weill, donde la espera de lo que vendrá ya no es esperanza, sino angustia, quizás bosquejar nuestros monstruos, los que todos en menor o mayor medida somos, pueda hacer los mitos más lógicos, dar alguna pizca de sensatez.

