La figura y la obra de Frida Kahlo (1907-1954) continúan atrayendo las miradas y cautivando la imaginación del público contemporáneo a ambos lados del Atlántico. Así, este verano coinciden dos importantes exhibiciones dedicadas a la artista mexicana en sendas instituciones de primer orden, el Museum of Modern Art (MoMA) de Nueva York y la Tate Modern de Londres.
Frida: The Making of an Icon es el título de la exposición londinense –abierta desde el 25 de junio pasado hasta el 3 de enero del 2027–, la cual presenta tres decenas de sus obras más emblemáticas, que permiten acercarse a sus “múltiples yo”: a saber, “la esposa devota, la intelectual, la artista moderna y la activista política”.
Se muestran además joyas, fotografías y memorabilia, junto a más de 200 piezas de contemporáneos suyos y artistas de otras generaciones a quienes inspiró la mexicana. Se exalta entonces “su impacto perdurable en quienes siguen reinterpretando y reivindicando su extraordinaria historia”, subrayan los curadores de la Tate Modern.
Finalmente, se explora lo que se ha dado en llamar “fridamanía”, es decir, su vida más allá de la muerte como “marca global”, a través de más de dos centenares de objetos comerciales que remiten de modos diverso a su imagen, su arte y su estilo.
El museo británico promete “un recorrido totalmente único dedicado a esta artista intrépida y revolucionaria”, así como “una visión fascinante del poder transformador de [su] vida y [su] obra de Frida, el intrigante concepto del «fandom» y la diversidad de comunidades que la consideran parte de sí mismas”.
Frida and Diego: The Last Dream celebra –en The Philip Johnson Galleries– desde marzo último y hasta el 12 de septiembre próximo el legado individual y compartido de una de las parejas más célebres de la historia del arte.

En colaboración con la también neoyorquina Metropolitan Opera, que acogió una reciente producción homónima, se trata de una instalación con seis pinturas y un dibujo de Kahlo, así como más de una docena de obras de Diego Rivera (1886-1957). La misma está cargo de Jon Bausor, escenógrafo y vestuarista, quien se inspiró en sus propios diseños para la ópera.
Asimismo, se incluyen algunos retratos fotográficos de ambos realizados por Lola Álvarez Bravo o Leo Matiz.
Kahlo, quien desarrolló una hierática, y aun así fascinante, estética autorreferencial, y Rivera, el máximo representante del gran muralismo mexicano, contribuyeron a redefinir “la cultura y la identidad” de su país tras la gran revolución que tuvo lugar en la segunda década del siglo XX, ha destacado la curaduría del MoMA. “Tal y como atestiguan el diseño de la ópera y de la instalación, la pareja sigue ejerciendo una influencia perdurable en los artistas de las artes visuales y escénicas”.
Frida Kahlo resultó gravemente herida cuando en 1925, a los 18 años, el autobús en que regresaba del colegio chocó con un tranvía: se dislocó el hombro, se quebró la clavícula, se fracturó la pelvis, y se rompió la pierna derecha y la columna vertebral en diversos puntos. Al año siguiente, en medio de su convalecencia, comenzó a pintar.
Y, en 1929, se casó por primera vez con Rivera (se divorciarían y casaría nuevamente en 1940 –hasta 1954), ya para entonces un influyente artista de vanguardia y militante fundador del Partido Comunista.

