Hace días que vivo en las entrañas de Elaine Vilar Madruga, en su universo, que es decir, ante todo, su lengua. Ahora me encuentro pensando en la noche panziabierta o en pegar un grito de pustíferos a los machócratas o en cómo adecentrarme.
La piel hembra (Barrett en España, Alfaguara en América Latina, 2026) es un clásico instantáneo, y creo que diría eso, con todo perdón, de poquísimas obras contemporáneas. Es Alejo Carpentier y Miguel Ángel Asturias y Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Juan Rulfo. (La elección es intencional, por supuesto también es Mariana Enríquez y María Fernanda Ampuero y Mónica Ojeda y la lista sigue; pero veo en esta novela, sin globalización ni nuevas tecnologías, una apuesta por discutir directamente con las “grandes obras” del siglo XX que leímos como mito y construcción de lo que es lo latinoamericano). Un diálogo en el que una hembra lumbre llamará come, mastica y vomita un pueblito entre las montañas, más de 50 años después de Comala o Macondo, para crear una nueva cosmogonía. Antropofagia y milagro. En tanto combinación única de ingredientes que pareciera que vienen siendo mezclados desde hace décadas y de pronto encuentran la consistencia exacta para volver a hablarle a una época, para reescribir la historia sin ser exactamente reescritura, para reinventar una lengua que nos parece ya gastada.
Cosmogonía. En tanto conjunto de relatos míticos y leyendas que no buscan rastrear un orígen sino crearlo. Y en ese sentido Elaine juega, como toda persona que escribe, a ser Dios. Pero como hace de forma impecable en su escritura, Elaine vuelve literal la frase hecha, el refrán y la metáfora: bautizar, en estas páginas, es rito y motor narrativo. Una puja entre el nombre heredado, el elegido y el dado o impuesto. Ningún nombramiento es ingenuo, nombrar es dar entidad en el mundo. Y Elaine, que ya nos acostumbró a la Casandra maldita y profética con prefijo de caca y al sacrificio de Ifigenia, trae esta vez una batería amplísima de nombres plagados de referencias grecolatinas (los emperadores Claudio y Octavio; Lístrata que nos recuerda a la Lisístrata –la que disuelve y arma ejércitos– de Aristófanes; Rosalía, la antigua festividad romana de la floración). De la mano de Ivan, gracia de dios, Maná, alimento de dios, Puma o los Cajús, semilla arriñonada del árbol con el mismo nombre.
El punto es: en nuestro universo hecho de lenguaje cada nombre conlleva una genealogía y traza un destino. Un destino, en mi opinión, entendido a lo ananké, una fuerza ineludible; atada a una visión panteísta donde dios es uno en todo y multiforme y antes que nada las montañas, la tierra, las palomas, los huesos. La mención de la visión de las religiones o creencias grecolatinas entendidas de un modo tan cercano también a las prehispánicas politeístas no es menor en estas páginas donde la muerte puede ser una mujer sobre una mula enamorada de un mortal y los milagros muchas veces son maldiciones.

Nombrar es otorgar memoria, historia, genealogía. Podría escribirse largo y tendido sobre el modo en que se trabaja con los recuerdos, el presente y las profecías en esta novela. Pero me interesa, ante todo, la tensión constante en torno a la verdad. Así como maldición y milagro parecen estar inextrincablemente unidos; mentira y verdad se infectan, trastocan y complementan en un yinyang desenfrenado. Se miente para sobrevivir, para vengar, incluso para decir la verdad.
Mentira y verdad podrían ser, en todo caso, categorías del relato. Una etiqueta que le adjudicamos a aquello que contamos, o nos cuentan, o nos contamos a nosotras mismas. Podría ser también una distancia, entre los hechos y las palabras, una convención en la cantidad de coincidencias o desvíos que debe o puede haber en ese espacio entre lo que es y lo que se dice. Frente a la imposibilidad (incluso de los realismos acérrimos) de que las palabras reflejen el mundo (en todo caso siempre serán mundo), mentira y verdad se nos aparecen en tiempos de la posverdad más fatales que nunca. Nuestra creencia, ahí donde la depositamos, en dios o en los hombres, en las urnas o el machete, en el vientre de una mujer, sigue siendo lo que fija el cauce incluso de nuestro deseo.
Sí, en estas páginas el deseo arrasa con todo, pero sospecho que no hay deseo sin posibilidad, no hay lumbre sin fe. Y entiendo la lumbre como pasión, pero también como chispa de vida. Hay lumbre en los cuerpos y hay lumbre en el chisme, en la esperanza y en la ambición, hay lumbre incluso en la venganza y en la redención. La piel hembra es un clásico instantáneo no solo porque sea excepcional, ambiciosa, un bloque inmenso como perfecta metáfora de subir una montaña; sino también porque nos hace reflexionar sobre la forma en que moldeamos nuestros destinos individuales como parte de un todo, en los relatos que nos contamos para sobrevivir, en la posibilidad de empezar de nuevo, en ir hacia nuestra propia lengua latinoamericana e inventada, circular, terrorífica y llena de belleza.

