Ad Urbis en Topes de Collantes: una casa para las magnolias

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Imagen del proyecto de arquitectura ecológica La Magnolia en Topes de Collantes (Cortesía de Ad Urbis)

Un tip de maestría culinaria para cocer y cantar con los ojos cerrados –y no una cita de su arte– revela la filosofía de los arquitectos de Ad Urbis, desde su segundo post en Instagram. Entre un haz de estacas y un mapa topográfico (que desnuda y siluetea justo el enclave de La Magnolia), izan su estandarte: “Mise-en-place is the religion of all good line cooks”, haciendo suyo el legado del suicida Anthony Bourdain, en Kitchen Confidential (Bloomsbury Publishing, 2000). Así, parteando soluciones con “esfuerzos propios” y con la terquedad de los escaladores del Karakórum, van ensayando en cada proyecto las respuestas a “¿Cómo plegar el espacio?” –cuestión que viene a ser la primera piedra de su perfil de Instagram, nacido en marzo de 2020.

Dado que el ejercicio de la arquitectura independiente no se halla regularizado en Cuba, más que un “estudio convencional”, Ad Urbis se considera un “proceso de gestión de tiempos entre las prácticas públicas, […] académicas y […] privadas”, que explora alternativas diversas ante “problemas arquitectónicos y urbanos” o para la consecución de “programas, procesos, acciones y operaciones”, mediante “el aprendizaje colectivo disciplinar”, el “flujo de ideas y acciones” y “la creación y el rescate casi arqueológico de conocimiento”. En el panorama donde se codea con PINO_estudio, Martínez-Becerra Arquitectos, Apropia Estudio, nivel 4, Infraestudio, h[r]g_arquitectura o Bellomonte Estudio, la alineación actual de Ad Urbis obra en consonancia con el entorno y a favor de la trama, en virtud del entuerto que se les plantea –o sea, a partir de la semblanza del qué y el quién de cada solicitud.

Del Hostal Boutique Residencia Santa Clara a la casa de Pedro y María, en travesías cruzadas por Santuario #17, las Nubes de FAC y el Bar Fajoma, cada acometer suyo genera un retrato hablado, un perfil psicológico que encarna en planos y croquis. Revisitando y resemantizando términos de su campo de estudios, a partir de libros como el Diccionario Metápolis de arquitectura avanzada (Editorial Actar, 2001), han ido articulando su “pañol” o “malla de claves”, con conceptos como ad(ecuación), ad-junción, ad-herencias o ad-yacencias. Como los guiones y los paréntesis de la matriz que los nutre, distancias y relojes, materiales y métodos, leyes y estrategias, imaginarios, tradiciones y saberes son brújulas y básculas de su interacción, en los escenarios de una arquitectura “emergente”, a menudo desprovista de referentes nacionales actualizados. Mientras los arquitectos de Ad Urbis se debaten tras lo perfectible, el curso de su laboreo por El Vedado, Regla o la Habana Vieja covaría con el entramado al que se enfrentan y, asimismo, los ha instado a metamorfosear los antitipos de esa casa de La Magnolia que planean excavar (más que erigir) al abrigo del follaje del Paisaje Natural Protegido Topes de Collantes.

Bautizado en 2017, aunque nacido en 2014, Ad Urbis rezuma ósmosis, empatía, neuroplasticidad, sinapsis. No en balde La Magnolia llegó hasta sus mesas de dibujo en 2017, y no en balde desde que los desvela ha pasado por ocho manos (de Carmen Díaz Acosta a Celia G. Acosta, de Kiovet Sánchez a Samuel Puente Fernández) y unas cuatro variantes –cada cual más ética cuanto más imbricada con el paisaje–. De la Roystonea regia (abortada al conocer la interdicción que pesa sobre la tala de la palma real) al acero. Y del high tech al hormigón armado (o más bien al LC3, por ecológico, por su tonalidad arcillosa y porque se produce en la región central). Y del cemento de bajo carbono –aunque sin renunciar a él– a un par de versiones recientes, que contemplan como material por antonomasia de ese ecoalojamiento la tierra excavada de la ladera donde será edificado el proyecto de La Magnolia, en un bajío de la Sierra del Escambray.

Desde Villa Clara o Sancti Spíritus, yendo por Trinidad o por la carretera de Manicaragua, se llega a Topes de Collantes, con sus 12 500 hectáreas montañosas flotando a 800 metros sobre el nivel del mar. Codiciada desde el primer mandato de Fulgencio Batista –a quien se debe la vía trinitaria, el Kurhotel y un aviario ya desaparecido, que se dice que construyó por la salud de su esposa–, esta zona fue teatro de operaciones de la guerra de guerrillas y de los alzamientos contra el nuevo sistema cubano de gobierno, entre finales de los cincuenta y principios de los sesenta. En el presente, es visitada no sólo como retiro terapéutico, sino por los senderistas que oyen hablar del Salto del Caburní y de los jirones de fauna y flora autóctonas de esos caminos.

Entre El Recoveco y Mi Retiro, “al cantío de un gallo”, están los parajes futuros de La Magnolia, a propósito de uno de los tantos proyectos encauzados a la restauración y a la protección de los ecosistemas y de la biodiversidad en nuestro país. Un equipo multidisciplinar que imbrica universidades como las de La Habana, Santa Clara u Oriente, la Sociedad Cubana de Botánica (SOCUBOT), organizaciones como la canadiense Plantlife Conservation Society (Planta!) y la inglesa Whitley Fund for Nature (WFN), el Jardín Botánico Nacional y sus sedes, junto a otros lovers de la naturaleza, se ha visto abocado a peinar nuestra floresta por el lomerío y la sabana. Tras los pasos del registro de la flora vascular, en 2005, ha proseguido el levantamiento de la lista roja de especies cubanas amenazadas, y repensado tácticamente la salvación y el rejuvenecimiento de sus poblaciones en la contemporaneidad.

Cuba gozó de una cubierta boscosa que abarcaba casi todo el territorio nacional y que ha declinado en un 80 %, aunque todavía hoy posee más del doble de especies por km2 que paraísos botánicos como Madagascar o Nueva Guinea. De hecho, entre 7 000 y 7 500 representantes de su flora –más de la mitad de ellas, endémicas– la hacen la isla de mayor diversidad vegetal por km2 y el séptimo país entre los de mayor porcentaje de endemismo. Sin embargo, en su calidad de archipiélago, es uno de los lares en que, a un tiempo, las plantas son más vulnerables a la extinción y donde perviven o periclitaron taxones únicos (de características filogenéticas antiquísimas), que evolucionaron sin roce con los continentes. Fuegos agrestes; explotación forestal, ganadera, agrícola o minera; industria turística: intervención antrópica, en fin, junto a la colonización de especies exóticas invasoras, los cambios de los ciclos estacionales, la baja regeneración natural y la disminución de la diversidad genética de los propios ejemplares son factores que han acelerado las tasas de desaparición o hecho peligrar innúmeros especímenes, al irse degradando sus hábitats. De hecho, en la isla se ha llegado a hablar con alarma de más de 25 especies florísticas extintas y de un 50 % de la flora amenazada por la actividad humana.

Pensado para un turismo ecológico que suele combinar confort y modernidad, este alojamiento no es parte clave de su prosecución, pero sí una de las acciones de la “cascada de vida” que se ha echado a rodar por los macizos de Guamuhaya, la Sierra Maestra y Nipe-Sagua-Baracoa, para la conservación efectiva-activa de una decena de especies de montaña, entre las más golpeadas de nuestro medio ambiente. Abarema maestrensis (o sabicú de la maestra) y Aralia rex, Juniperus saxicola y Podocarpus angustifolius (ambas coníferas), Tabebuia sauvallei y varios tipos de magnolias (cristalensis, minor, orbiculata y cubensis cubensis), entre las que se cuenta la Magnolia cubensis acunae, típica del centro de la isla.

Considerada en peligro crítico de extinción, la historia del reavivamiento de la magnolia de Topes data de 2009 –según ha relatado Luis Roberto González-Torres, en la web de Planta!–. Este árbol que alcanza los 25 metros es conocido como mantequero y se distingue por una fronda orlada de flores solitarias y fragantes, primero blancas y luego amarillentas. Posee un fruto apiñado y una semilla rojo vivaz, que ha sido recolectada por más de una década, para la reproducción de plántulas en viveros, en pro de su reforestación. Completa el cuadro la dureza de su madera, que ha inspirado su tala. Apreciada en la jardinería, se halla extendida por el continente americano y por el Asia cálida, y se cree oriunda de los Estados Unidos. Existe, no obstante, una especie endémica, que antaño forjaba “un paisaje ininterrumpido” y que “crece [hoy] en parches de vegetación fragmentados” en lo profundo de los bosques pluviales cubanos. Bajo ese dosel viven orquídeas, helechos y epífitas, así como fue sembrado el café, práctica de cultivo que ha incidido, por cierto, en la constreñida pervivencia de las magnolias.

‘Magnolia cubensis acunae’ (FOTO Planta!)

Duniel Barrios, Julio Léon, Norlys Albelo, Alejandro Palmarola y el propio Luis Roberto se iniciaron en su resurrección movidos por la inexistencia de ejemplares jóvenes del mantequero en el Paisaje Natural Protegido Topes de Collantes. Entre exploraciones y experimentos de germinación, dieron con la finca cafetalera de Domingo Ramírez, donde vivía un tal Matías, quien “no recordaba su fecha de nacimiento pero aseguraba tener más de 100 años y aún desandaba el lomerío”. Él descorrió el velo del misterio: “las jóvenes magnolias eran cortadas durante las labores de limpieza regulares de los campos de cultivo”. Asimismo, les enseñó a reconocer sus posturas y contribuyó al entrenamiento de los actores que las salvarían “de la chapea común”, durante “el mantenimiento de los cafetales”.

Desde entonces, adultos e incluso niños de la comunidad, cafetaleros, guardabosques, técnicos de conservación y voluntarios locales en manejo forestal y propagación, investigadores y estudiantes universitarios han heredado las lecciones de aquel viejo haitiano. Con sus labores han contribuido a la proliferación de la magnolia cubana que, al cabo, ya florece tanto en los jardines turísticos como en las plantaciones de café –cuyo fruto sombrea y hace dizque más gustoso.

La Magnolia se alzará en los predios de otra antigua finca, la de la familia Puchere. Su hogar será también –según Palmarola– la casa de la familia que es ya Planta!: un árbol genealógico de “personas comprometidas con la flora de Cuba”. Este terreno, donde pululan espíritus caminadores y montunos, como los de Matías y tantos otros, fue topografiado por Ad Urbis en su mise en place, previa a la proyección del ecoalojamiento que les fuera solicitado. Desplegarse sobre el “contexto geográfico” para amoldarse a él, explorando, clasificando y taxonomizándolo, gracias a “objetos catalizadores” e instrumentos (del hacer con saber), es una de las premisas que ha venido enarbolando este cuarteto, y los años no han hecho más que afianzar esa corazonada. Amén del conocimiento que han podido ganar sobre la locación, los va guiando la doble misión del edificio, que ha de servir como hostal y como centro de operaciones o polígono multifuncional, al permitir la confluencia y la integración de personas, saberes y actividades, en pos de la recuperación del mantequero y de otras especies de la flora cubana.

Pensando a mano: superponiendo épocas en un mismo pliego –como los arquitectos barceloneses de Flores & Prats–, Ad Urbis fusiona diversas “tipologías arquitectónicas convencionales” en los antitipos, para habitar ese claro de Topes de Collantes anillado por la vegetación, donde reinan magnolias y helechos. Diseñado en dos plantas –en simbiosis con la quebrada–, el ecoalojamiento no sobresale invadiendo el paisaje, sino que crece hacia abajo para impactarlo lo menos posible, y se abre al visitante a través del segundo nivel. A lo básico (seis habitaciones para el ecoturismo, distribuidas en grupos de a tres, en el primer nivel; y áreas colectivas en el segundo, destinadas al quehacer de investigadores y voluntarios: cocina, sala de estar, laboratorio, dormitorios, servicios sanitarios), han ido sumándole, como bloque sobre bloque de adobe, un sueño y otro y otro. Planeada para una ejecución por módulos, en dos o más etapas, La Magnolia es paradigma del método de trabajo que prefieren quienes han hecho de la debilidad del contexto de escaseces en que interactúan otra virtud. La lentitud del proceso los acompaña, sea para profundizar en sus intervenciones, sea para ir mostrándole al cliente la viabilidad de las ideas que los van asaltando y que suelen hallar resistencia en sus interlocutores.

En efecto, además de explorar las construcciones con “suelo estabilizado” que pespuntearon en la Cuba de fines de los ochenta, y de procurar la ligereza de la fachada del segundo piso (con carpintería de vidrio y madera, que mitigaría la intensidad del sol), numerosos rasgos de arquitectura sostenible y sustentable tientan a Ad Urbis al concebir esta casa en pleno bosque húmedo tropical.

Un anfiteatro a cielo abierto, destinado a cursos y talleres de capacitación; que tal vez imite –a escala doméstica– las escalinatas de lajas del Parque Lenin –proyectadas por Mercedes Álvarez y Hugo DʼAcosta–. Un baori o aljibe, de ascendencia hindú, para airear una construcción que será de por sí húmeda, y colectar agua que sirva a los jardines del patio interior y a usos sucesivos (de lavamanos y fregaderos a los inodoros, y de ahí a canteros y regadíos). Un área de socialización con una terraza que –como las habitaciones– mire al farallón donde se alza, como orquideario natural y nido de los cateyes, un jagüey que otrora fue cobijo de las cotorras. Techos de cubierta verde extensiva, donde florecerán pasto, albahaca o flores (opción económica y ornamental, que favorece la impermeabilización, la resistencia al fuego y el gestionamiento del agua, el ruido, la contaminación, los deshechos, la calidez y el frescor). Pozos provenzales que permitirían prescindir de aires acondicionados, al aclimatar los recintos dada la energía geotérmica y gracias a la recirculación del aire, de la superficie a las profundidades, y de vuelta; siendo que el viento que sopla desde el sur sobrevolaría la casa empotrada en el talud. Biojardines nutridos por las aguas residuales, donde se podrían sembrar plátanos. Y un apiario que viene como anillo al dedo a la polinización de las magnolias y se integraría a la tradición apícola de la zona.

‘Baori’, en India (FOTO Unsplash / Ibrahim Rifath)

En las Nubes de FAC, Ad Urbis arquitectos instrumentó el concepto de ad(ecuación), al acondicionar acústicamente la Nave 3 de la Fábrica de Arte, y asegurar que el sonido se propagase sin disrupciones, a la par que incorporó atmósferas variables con las luces que dimanan de los paneles del proyecto. En equipo con el estudio germano Hidden Fortress, trabajaron para “revalorar y re-significar arquitecturas obsoletas”, ad(ecuando) el espacio de Compostela #313 al Bar Fajoma, y ad-juntándole, por ejemplo, un jardín tropical en la cubierta. En Santa Clara #13 –primera de las ad-herencias–, reciclaron materiales y métodos, y desplegaron “operaciones de acoplamiento, adaptación, injerto, superposición […] sobre el patrimonio edilicio”, mientras sorteaban “las zonas grises de las regulaciones urbanas” y reinterpretaban “la legalidad”, entre “tejidos históricos y tradicionales ya consolidados”, para regenerar “su entorno”. Al considerar La Magnolia entre las ad-yacencias, como escenario de “condiciones métricas” que propician la regulación y la combinación, así como el uso de “estructuras ordenadas”, se ha operado por “aproximación, combinación modular de continuidad y encadenamiento”, y se ha ido simplificando el programa inicial, en vísperas de lo “sintético”, de lo “abstracto”.

Respeto por el patrimonio urbano o natural y modos de intervenir basados en las singularidades que captan y fomentan. Ad Urbis –con una imago mundi que los emparenta con Planta!– salvaguarda espacio-tiempos de memoria y vida, entretejiendo saberes y haceres. Su imaginación se expande con lo circundante, con las circunstancias; habilita en cada pliegue o accidente del mapa una posibilidad de habitarlo, un habitus. Jugadores de abalorios volcados sobre el tablero: sus arquitectos dibujan como si compusieran música o recompusieran galaxias. Según la preposición sombrilla que los denomina en latín (ad), gustan de adoptar perspectivas omnímodas, para actuar ʻhacia / junto a / hasta / durante / en / para / de acuerdo conʼ “la cosa en sí”. Lo sugiere también su Instagram, del que me despido con un “Adiós y gracias por todo”, tras mi intempestiva visita. “Microcosmos en su universo particular, resignifica desde su vivencia la idea del ser”.

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JMR
Jamila Medina Ríos en poesía: Huecos de araña (Premio David, 2008), Primaveras cortadas (México D. F., 2011), Del corazón de la col y otras mentiras (La Habana, 2013), Anémona (Santa Clara, 2013; Madrid, 2016), País de la siguaraya (Premio Nicolás Guillén, 2017), y las antologías Traffic Jam (San Juan, 2015), Para empinar un papalote (San José, 2015) y JamSession (Querétaro, 2017). Jamila Medina en narrativa: Ratas en la alta noche (México D.F., 2011) y Escritos en servilletas de papel (Holguín, 2011). Jamila M. Ríos (Holguín, 1981) en ensayo: Diseminaciones de Calvert Casey (Premio Alejo Carpentier, 2012), cuyos títulos ha reditado, compilado y prologado para Cuba y Argentina. J. Medina Ríos como editora y JMR para Rialta Magazine. Máster en Lingüística Aplicada con un estudio sobre la retórica revolucionaria en la obra de Nara Mansur; proyecta su doctorado sobre el ideario mambí en las artes y las letras cubanas. Nadadora, filóloga, ciclista, cometa viajera; aunque se preferiría paracaidista o espeleóloga. Integra el staff del proyecto Rialta.
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