La poesía es un alarido contra la noche. Entrevista a Ernesto Fundora sobre su último poemario

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Ernesto Fundora
Ernesto Fundora

Recientemente ha salido a la luz por la editorial D’McPherson el libro de poesía de Ernesto Fundora La acrobacia del salmón ¿Por qué este título? La editorial en su presentación refirió: “El poemario ejerce una influencia identificatoria sobre el lector en un mundo de resonancias, ecos y correspondencias, lo intima a extraer connotaciones por disímiles vías: la del asombro y la reflexión; la súplica y la sonrisa; la confluencia y también la diferencia. Coincido contigo en que todos sentimos la urgencia de “la quinta pata de la suerte”. ¿Puedes abordar un poco más al respecto?

Ha iniciado usted con una ráfaga trepidante al estilo de las metralletas antiaéreas, lo que me produce a la vez cierto aturdimiento y éxtasis. A su curiosidad de qué significa el título La acrobacia del salmón, respondo sin lagrimar demasiado la queja e irradiando la bondad que requiere este mundo actual en el que nos arrojaron a vivir, padecer y comprender. Se trata pues, de un libro que lleva en la fusta la afilada idea de deponer las armas, de cambiar las viejas reglas del juego, de hacer evolucionar el trillado y conflictivo relato social del progreso hacia una propositividad dialógica, de dialécticas positivas y cooperadoras. Eso implica revisar los heroismos y el molde prometeico donde quedó aprisonado nuestro corazón.

Mi generación, los que empezamos a manifestarnos artísticamente a finales de los ochenta, justo a la altura de la caída del socialismo real, estuvo muy influenciada por el credo origenista de la poesía fundando la historia. Esa teosofía salvífica aún reverbera en nosotros, o sea todavía pensamos que la poesía junto a las matemáticas, esas dos cúspides de la abstracción, son las herramientas que nos pueden sacar del atolladero. Vemos en estas disciplinas una especie de sistro, aquel instrumento que aperturaba portales hiperdimensionales en la cultura egipcia, una suerte de maraca o cítara que en la pictografia de los templos aparece siempre en las manos de Hathor, la deidad del firmamento, usado para comunicarse con los dioses y con las fuerzas nouménicas. Perdone si divago, pero son temas tremebundos e importantes que el economicismo numerológico cada vez va eclipsando, pero que deben ser tratados con reverencia por una modernidad excedida en razones. Quiero decir con esto que, igual que pensamos que la poesía funda y reforma la historia, nos ha costado trabajo también detectar que la Historia, esa que ha decir de Hegel es “el progreso de la idea de la libertad”, resulta víctima de un cúmulo de torpezas humanas y trashumanas que se repiten hasta la saciedad, porque a la historia le cuesta trabajo sacar la moraleja de sus propios tropiezos y para resarcir dicha ceguera, los convierte en patrones sociales y en costumbres arquetípicas. Con esta introducción, ya usted puede sospechar la cartografía del vuelo que establece mi poemario. No hay salvación sin metafísica.

El hombre habita la tierra, atorado entre dos fuerzas, entablando una esgrima entre el guion prefijado por los dioses –el destino condicionante– y lo aleatorio de su puesta en escena personal, es decir su experiencia irrepetible, su singular y libre albedrío. Vivir implica un reacomodo a perpetuidad que se teje entre dos aguas: obediencia versus rebeldía, o lo que es lo mismo, aceptar por un lado el llamado teleológico del programa humano y, por otro, provocar la azarosa eventualidad de reinventar nuestro designio. Al final, vivir consiste en aquilatar el factor del cambio entre lo que se propone la mente universal y lo que ansía o desea nuestra pequeña y particular ego.

Atormenta saber que el hombre no rige su destino, aunque le hace modificaciones parciales. Su voluntad, que puede ser también su terquedad, lo empuja hacia horizontes que amplifican su existencia, pero que no modifican la hipertelia marcada por la “causa de causas”, mapa sideral, guion prefijado, samsara, codificación matemática de nuestros pasos. Por eso celebro el heroísmo estoico del salmón como una epigenética que respeta y dinamiza los mandatos del ADN. A contracorriente, el salmón obedece al destino, pero emprende a su vez esta marcha que le impone y exige una épica singular, ese sannyas del desencanto que implica salirse de la inercia determinista sin abandonar la sagrada misión de perpetuar la vida a favor de su estirpe. Para el vigoroso pez, como metáfora humana, esto implica una argucia cargada tanto de luminosidad como de sorprendentes vicisitudes. La epopeya lo desborda y define.

Acometer tamaña herejía me ha cautivado desde niño. Y para entender una epopeya que ronda lo delirante, me he inspirado en los próceres de nuestra independencia, aquellos gentiles que se dejaron capitanear por un poeta, el bíblico José Martí de los cubanos, un avatar que profesaba un sueño demasiado largo con respecto a lo que rinde una vida. Semejante inspiración nos contagia de trascendentalismo. Por tanto, hoy tenemos la obligación moral de practicar la “libertad bajo palabra”, mirar con fijeza “la aventura sigilosa” con que se nos apresta la verdad y entonar “el himno de la alegría” incluso allí donde se oxidan los candados, porque sabemos que dios, esa errabunda polisemia, nos ha reducido al perímetro laberíntico de una angustia antropológica. Pero, para su suerte, el poeta cuenta con la bienaventuranza de habitar un aleph domiciliado en las entrecalles de un cuerpo biológico efímero y de una consciencia que se presume infinitamente abarcadora. En esa paradoja, con ese barro, se labra el poema.

El poeta hace madriguera en la infinitud cinestésica a sabiendas de que la inmortalidad de un hombre acontece en el extraño esplendor de un rapto, en el itinerario de alguna paradoja. Entre las epifanías de un poeta está la de renacer póstumo a través de la cantata como una síntesis audaz del heliotropismo. En la búsqueda de tal excelencia reside una altanería cósmica, también la grandilocuencia del manicomio, porque el poeta como su hermano, el marinero, se aferra en la tormenta al mástil mayor aceptando la virilidad del hundimiento. Ese heroísmo distingue al poeta del parlanchín, lo protege del priapismo infértil con que muchos bravucones abonan el bullicio insaciable de la historia. Verdad que no hay muerte más altisonante que la del monje discreto. En su humildad está cifrada la convicción peregrina del alma errante. Lo que para un hombre común puede ser desventura para el poeta resulta ditirambo, elogio emancipado. El poeta siente una severa vergüenza ante el letargo humano, por eso no huye del sinsentido, por eso pone el pecho a las balas y repara, una y otra vez, las piezas del rompecabezas. No hay que aclarar que hablo de la alta poesía, no de las plañideras. Ante el reto de las puertas, el poeta no se mide tanto por la anchura del umbral como por la altura del dintel.

Ernesto Fundora (FOTO Ulises Regueiro)
Ernesto Fundora (FOTO Ulises Regueiro)

¿Puedes hablarnos brevemente sobre tus obras publicadas y de los premios obtenidos?

Me preocupa versar y revisar todas las formas humanas en que enmascaramos el progreso. Por ende, me interesan las genealogías, más la tradición órfica en la literatura que el academicismo, la indagación profunda, los caminos esotéricos, herméticos, la excitación filosófica que promueve zurcar lo desconocido intentando estrechar la relación entre el hombre con sus dioses, juguetear con la creación como un acto derivativo de lo divino y lo sagrado. Me interesa ahondar en el poder sanador de las palabras. Me ilusiona relacionar lo humano con lo eterno, simpatizo con esa filosofía lezamiana. Ya lo demás, lo restante, el mundanal, eso otro que significa hacer gloria de este oficio de escritor, ese afán desmedido por protagonizar, profesionalizarse, de estar en las vidrieras mediáticas como un fenómeno de circo, no es verdaderamente mi ilusión con el arte de las metáforas. He aprendido a rezar en soledad los mantras que restituyen, a balbucir mis zozobras y a surcir mis heridas en la intimidad de un hogar. He sido curado con la sonrisa de mi hija Avril que apenas cumplió 3 años. Eso me da una felicidad incomparable con respecto a todas las demás cosas y manifestaciones del vedettismo.

Yo he tenido carreritas fugaces bajo la incidencia de los reflectores cinematográficos y reconozco lo mucho que esa parafernalia extravía al individuo. Hoy prefiero el sosiego de la reflexión, o su inquietante desasosiego ante el desacierto de no hallar las respuestas. Voy marcando otros pasos en la literatura, tal vez menos espectaculares, y no quiero contaminarlos con los perfiles vanidosos del egocentrismo. Al final, un hombre no se ilumina con la luz que salpican los faroles. Se requiere de otra forma del entusiasmo y de una épica subatómica para alcanzar la fotosíntesis de la luz. Se exige de un mayor respeto hacia el “avaro silencio”, bucear con rigor, sin miedos, desafiando “la masiva noche” de la que advirtió Mallarmé. Hay que aprender a caminar ligeramente por la vida sin que te arañen los quejidos superfluos de la moda fenoménica. Soy de la idea de que toda medalla implica un peso extrafalario para un corazón sensible.

¿Cómo ha sido tu experiencia con esta editorial D’McPherson? ¿Qué opinas de este proyecto?

Mira, yo publiqué este libro gracias a la generosa invitación de mi amiga y mentora, la neuróloga y poeta Thais Lima Calderín, quien a su vez comparte responsabilidad en D’McPherson con su madre, la editora y poeta Odalys Calderín; juntas llevan esa aventura prometeica de prolongarle la vida a los libros. La edición ha salido bonita, con esa portada de José Luis Fariñas que me hace sentir como un personaje del Bosco o de Leonardo, y encima con una elogiosa nota de contracubierta de Juana García Abás, una marciana a la que tanto debo intelectualmente. Por tanto, estoy muy complacido de la hechura del libro, de la pasión con que la editorial lo promueve, de cómo se ocupan de que esa otra selva de posibles extravios que se llama Amazon no se lo devore a uno, ni lo confunda con las bacterias invisibles. Es decir, que estoy muy agradecido y contento con la experiencia. El público va respondiendo positivamente, qué más puedo pedir.

Además de escritor, te desempeñas como director de cine y autor de guiones cinematográficos, ¿cómo asumes cada uno de estos géneros, ¿uno se nutre del otro? Háblanos brevemente sobre tu experiencia en el mundo de los audiovisuales.

Son dos platos gourmet servidos en la misma mesa del gandío. Son digestiones complementarias, como diría el hereje de Trocadero. Ambos mundos se basan en la creación de imágenes, uno desde la cinemática y el otro labrando en la alquimia sonora y alfabética. Pero ambos son trampolines poéticos desde donde salta el duende de la locura luminosa. El cine, si acaso, es más tribal y orgiástico, la literatura, en cambio, se produce en solitario. El cine se hace gritando, la literatura balbuciente. El cine requiere tecnologías y aparatosidad, la literatura apenas requiere de la lengua sibilina que lacera, que perdona, que increpa, pronostica, describe, regodea y reeinventa el mundo por medio de una síntesis donde todavía hoy el pensamiento alcanza su mayor esplendor.   

¿Cuáles son tus escritores fundamentales, los que en tu opinión han marcado tu obra?

Transmuto en verso y me inspiro al centro de un revolcadero. Todo lo que he leído se alborota y relampaguea en un gran desorden. Reconozco varios tipos de herencias intelectuales, las heterodoxas, las devotas, las equidistantes. Muchos y disímiles poetas moldearon mi sensibilidad y mi gusto por la versificación libre, sin que necesariamente se advierta alguna semejanza entre sus poéticas y mi forma mandálica de escribir. Primero, por supuesto, agradezco a los clásicos con que comparto una lengua: Cervantes, Martí, Lorca, Lezama, Borges, Vallejo, Nicanor, Roque, Paz y Loynaz. Y en otras músicas idiomáticas, agradezco a Shakespeare, Novalis, Goethe, Emerson, Whitman, Pessoa, Pavese, Gibrán, Mallarmé, Rumi, Basho, Wilde, Evtuchenko. Ya más reciente están los que me contagiaron con un sonido, porque no es lo mismo el poeta que conmueve con la letra impresa que el juglar que con su música y oralidad nos contagia en la sobremesa. Hablo de mis contemporáneos e interlocutores, Lichi Diego, Rafael Alcides, Jorge Boccanera, Raúl Ortega, Ramón Fernández Larrea, Alberto Rodríguez Tosca, Frank Abel Dopico, Elena Tamargo, Ángel Escobar, Osvaldo Navarro, Froilán Escobar y Juana García Abás. Tal vez soy la voz dormida al final de un coro, el niño pícaro que le pisa el calcañar a la mejor soprano.

Ernesto Fundora
Imagen de cubierta de ‘La acrobacia del salmón’, de Ernesto Fundora

¿Qué es para ti la poesía?

En verdad soy irresponsable porque ejerzo la pasión poética sin tener mucha claridad de sus sobresaltos. La pena no es lo mío, afortunadamente. Incluso nunca he logrado poder definir la poesía porque dicho empeño implica una malicia conjetural, sucede parecido a cuando intentas atrapar el agua o pretendes moldear el firme paso del aire. Cuando me veo obligado a precisar, digo que la poesía es un alarido contra la noche de los tiempos, el púlpito de lo inefable, un rapto o reminiscencia, el arrebato en su tesitura mayor, brecha cuántica por donde el dios perplejo nos susurra los secretos de su creación. Con la poesía, el susto de vivir se pervierte, se transforma en canto levítico contra la desesperación. La poesía es la murmullosa evidencia del rastro sagrado que pulsiona a la especie. Es dictado, revelación, fogonazo, balbucir el numen, indiscreción de la desdicha, grandilocuencia de la emoción; trance al linde de lo absoluto, orgía perpetua, el alma eyaculando; por fin, el hombre asistido, resonando, emancipado. Justo el odio que profesa el poder contra la poesía se debe a que el poeta es de entre todos los mortales, el único aventurero que no define su libertad en los límites del lenguaje, porque el poeta habita y se regodea en la infinitud, no acepta rejas.

¿Qué te da miedo? ¿Qué es lo que más te enfurece? ¿A tu juicio cual es la palabra más peligrosa? ¿Cuál la más esperanzadora? ¿Qué opinas de la palabra feminismo?

Todas esas preguntas ameritan un mayor espacio. Son temas importantes que prefiero no maltratarlos con mi exabrupto: el miedo, la furia, el religamiento sagrado de la palabra, la esperanza como tabla de salvación, el odio como la pronunciación peligrosa. He escrito un reciente libro de ensayo que se titula Instinto de barricada que explica la finalidad sin fin de las revoluciones sociopolíticas, un libro que sirve como manual exopolítico para un sujeto posrevolucionario frente al nuevo orden mundial. Te propongo abrir un segundo capítulo en una próxima entrevista y que nos metamos a fondo en esas arenas movedizas de la razón ilustrada o de esa lógica formal “redentora” que nos ha enseñado y adiestrado en destruir para construir, algo tan macabro, tan patriarcal y machista.

A modo de despedida: qué nos aconsejarías en estos momentos difíciles que estamos viviendo a causa de la pandemia Covid 19, ¿un libro, un audiovisual?

Creo que algo de esto lo he expresado de una manera oblicua en el libro que nos ocupa hoy, La acrobacia del salmón. A través de esos poemas hago un reclamo de update social, una plegaria a favor de un ansiolítico civilizatorio. Este poemario aspira y plantea un borrón y cuenta nueva, un desechar los lastres, taras y miedos secularizados por la memoria, el historicismo y el sentimiento trágico de la vida. Esta acrobacia sugiere además que podemos vivir planteándonos metas, pero aprendiendo a fluir a merced de la deriva cósmica, navegando sin soltar el remo, siempre dispuestos a redimir nuestra consciencia de todo lo que nos oprime, llámese el poder, la historia, los tabúes o los límites que impusieron nuestros ingenieros biológicos y nuestros arquitectos sociales. En ese salto vertiginoso, en esa acrobacia epigenética a contracorriente típica del salmón, se metaforiza una parábola humana a favor de la excelencia y de nuestro papel en la historia. Allí, sutilmente manifiesta y a la vez en acción vertiginosa, reside la verdadera redención del ser, la develación de un gran secreto acerca de cómo soltar las amarras, una maniobra libertaria de impecable tesón donde nos religamos con un proyecto galáctico mayor, advertencia que apenas recientemente se nos va insinuando gracias a la indiscreción de la tecnosfera. Muy pronto accederemos a una reclasificación de nuestros dioses y a la recuperación de nuestro menoscabado carácter divino.

Que seamos una especie desdichada lo demuestran disímiles y tortuosos desaciertos, incluso el gravamen que destila nuestra ansiedad poética, versificar la nada, urdir con suave rumor la ansiada dicha. La humanidad actual tiene el imperativo moral de ser feliz, de vivir en estado de gracia y comunión, por lo menos de practicar la filosofía del amor antes de que una azarosa piedra cósmica saque de rumbo a este planeta o lo convierta en el “polvo enamorado” que entonces será abrazado por alguna estrella de luz más promisoria. La humanidad ya está apta para desovillarse y superar la lástima patológica que siente por sí misma. El humano no es un animal feroz, sino en todo caso, una bacteria de la ternura.

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Lourdes de Armas (La Habana, 1960). Máster en Ciencias de la Religión. Por su labor literaria ha sido galardonada con varios premios nacionales y foráneos. Textos suyos aparecen en antologías y revistas de América, Europa, Croacia y el Caribe. Su libro de cuentos más reciente, Sin pudor, fue publicado por la editorial Unión 2017 y reeditado por Unos&Otros, Miami, 2019. Su novela Marx y mis maridos ha sido publicada en Colombia, 2007; Editorial Unión, Cuba, 2011; Editorial Cubaliteraria, 2013; Editorial Pasos Perdidos, España 2014 y Editorial Adalba, Canadá, 2018.  Su última novela, Miradas inquietantes, fue publicada por la editorial Sagitario en 2018. Su obra ha sido traducida al italiano, croata y portugués.

1 comentario

  1. ¡Excelente!
    Un poemario que adquiriré de todas maneras.
    Solo decir que como «Avril» para Ernesto califico esta maravillosa entrevista.

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