Rafael Alcides en un fotograma del documental ‘Nadie’, de Miguel Coyula.

Podría decir cuánto lo admiraba –como persona y como escritor– y que me daba alegría verlo cada vez que nos encontrábamos porque su fuerza me dio, muchas veces, valor, pero quisiera acercarme más a los poemas donde: “Alcides poetiza el universo que alimenta al orisha resolver, que le proporciona un sitio en la mística cubana […] porque el orisha consigue convertirse gracias a Alcides, en un estado de ánimo”, como dijera en un ensayo sobre él, su amigo, el poeta Manuel Díaz Martínez. Un estado de ánimo para el universo del hombre común que protagonizó, donde pocas veces se pone una voz en la misma sintonía que una escritura. Esta conjunción difícil de ser la voz que somos –vibrante en el texto, tanto como al pronunciar las palabras– fue la conjunción que logró resolver.

Cuando dice: “voy siendo menos que nada […] esos desventurados que fuman y envejecen y consumen barbitúricos, esperando al cartero […] nosotros, ¿dónde? ¿a dónde?, ¿en qué patria estamos ahora?” para llegar a ese momento de desgarramiento aquí-ahora, donde los poemas se mueven con desesperación desde la carta al hijo, íntima, personal, intemporal, hasta una pregunta que nos concierne a todos: “en qué patria estamos ahora”.

Podría decirse que toda su vida transcurrió durante el proceso de esa carta, con la esperanza de volver a verlo y la duda: “¿la patria lejos de lo que se ama?”. Una pregunta que no deja respuesta ni espacio más que para esa imposibilidad, entre la partida y la añoranza del reencuentro que es la ausencia; como si la pregunta se relacionara también con aquella frase de Rilke: “Vivía ahora usted las preguntas. Quizás luego, poco a poco, viviría un día lejano entrando en la respuesta.” Alcides vivió en sus poemas las preguntas y logró sobrevivirlas, desmitificándolas, para entrar en la respuesta.

Y la respuesta aparecerá como una confirmación, rotunda, dentro de la carta: “Pero nosotros, nosotros los solos, los tristes, los luctuosos, los que medio muertos hemos visto partir el avión –sin saber si volverá– ni si estaríamos entonces […] todos los de acá somos exiliados los que se fueron y los que se quedaron”. Se trata de convertir al exilio más que en un dolor –o, en otro país– en un género literario, con una lógica que va conformando un mapa de lo inconmensurable que no tiene lugar ni redención alguna, porque sólo está en la literatura como exilio permanente, para, allí, vivir.

“Me llevo al cine entre semanas, y al zoológico los domingos […] yo: un agua muy clara con un fondo donde yace un cielo muy azul” –de “Yo conmigo”–. “Y así, de los que tuve, nace esto que soy, bien poca cosa es en verdad, pero enorme, agradecido como un perro”. Entrando y saliendo desde lo pequeño –perro, calcetines, domingos–: “Oh, señor, respeta los domingos y las tejas, la casa del barbero y la panadería” a lo inmenso: la voz atravesando ese embudo de cosas insignificantes hacia otro espacio donde cabemos todos; un espacio de complicidad civil, plural.

Cosas de lo inmediato y cotidiano que el orisha resolvió o no, pero: “hay que pensar en la importancia de esa mata de pascua”, insiste en un verso Alcides, desarrollando su poética alrededor: “¡a ti, me dirijo, a ti, mata de pascua enorme que todo lo puede”. “Sin más victoria que el silencio” –dice en otro– porque, esas cosas, arrastran el silencio ante lo que vemos en “el entierro del hombre común […] que pasa y nadie se fija, yo tiemblo… y empiezo a tararear el himno nacional”. Una crudeza capaz de levantarnos del letargo durante ese entierro a donde otras metáforas y la realidad con su sobresaturación nos llevaron. Por lo que, el hombre común de Alcides deja de serlo, y se convierte en su álter ego.

Y ese álter ego recoge un proceso que sufrimos desde la creencia y la fe, hasta la falta de ellas. Se vuelve épico en sus poemas del primer libro Himno de montaña, pasando a lo cívico en el libro de 1967 La pata de palo, en el que aparece su poema a Heberto Padilla: “aquel hombre vivió todos sus años, para escribir una página. Una sola” y donde están marcadas las contradicciones que sufrió cuando: “el pasado y el porvenir pasaron ya. Todo lo que tuvimos lo perdimos, y era más de lo que se podía tener. Nos queda este rumor. Este rumor de lo que fue”.

Hubo un largo tiempo de silencio, “sin más victoria que el silencio”, repito con ese verso suyo, donde Alcides sólo pudo publicar Nueva poesía cubana (1970), dejando en sus poemas ese rumor de lo que fue, roto, silenciado a través de un yo que transita una intermitente plegaria: “estoy enfermo de callar […] Oh, dios, alguien que por no hacer ruido / ni a pensar se atreve.” Y que, sarcástico, a la vez, quedó en sus epigramas donde: “el bandido nunca se hará caballero”. Sus poemas viven del grito como forma del silencio; y de la impotencia como producto de una potencia.

Y, ese bandido que asumió como álter ego; ese contestatario sin posible conversión, lo creó en cada libro para: “que pareciera un hombre”, dijo. Apelando a una moral individual que, cada vez más, desaparecía porque, ese hombre tenía defectos, emociones; era vulnerable y se comía: “aquellos espaguetis” a la crema de su maravilloso texto sobre los espaguetis; cuando andaba todavía con aquella vieja “camisa McGregor” de los años cincuenta haciendo “Crónicas de amor” a contrapelo de cuanto se escribía por entonces, para lograr “La doble imagen” con su reversibilidad en un espejo frente a las piernas de ella –convirtiendo, lo que en principio pretende ser un poema erótico, en un parto–. Alcides altera los hechos en favor del juego, de la ilusión; o, cuando riega una “harina, ternura” para su nostalgia, porque no usa adjetivos en su “Carta a Rubén”, el hijo que se fue del país, y que renace a cada instante, sino una textura que nutre a la ternura para calificarla.

La poesía cubana no es sarcástica; Alcides, lo fue. El sarcasmo vino con su radicalización política que dio el contragolpe no sólo por los temas, sino por la irreverencia con los que los usó: “¿Es elegante entrar en el partido?”, pregunta, y me parece ver su reverencia como si estuviera entrando a un patio, a una sombra. Sus palabras no se dejaron embadurnar ni atropellar por ningún otro poder que no fuera el de convertirse en sus propias palabras, objetivándose: fueron directas, cortantes, ácidas, cosa que la poesía cubana raramente es. Incluso, aunque sea coloquial, casi siempre merodea, se disfraza, y divaga.

Tal vez, por eso, su poética carga otro tipo de dolor: no el de rumiar una queja con alegorías o lirismo al que estamos acostumbrados, sino con la aspereza de una delicadeza que le permitió convertir el desamparo de una carta y la espera de una respuesta en su máxima protección. Y la máxima protección de todo niño es su juego. Y la poesía también lo es: “yo recuerdo, cuando muchacho” que “el niño entra en el juego, como uno más.” Alcides, lo dijo alto y claro, como ese niño que entró al juego como uno más.

Miami, 19 de febrero, 2021


* Este texto fue leído en la Descarga sobre la obra de Rafael Alcides, organizada por INSTAR, en La Habana, el 19 de febrero de 2021.

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Reina María Rodríguez (La Habana, 1952). Poeta. Entre sus libros destacan: Para un cordero blanco (1984), En la arena de Padua (1992), Páramos (1995), Te daré de comer como a los pájaros (2000), Variedades de Galiano (2007), Otras mitologías (2012) y Travelling (Rialta Ediciones, 2018). Ha recibido en dos ocasiones el Premio Casa de las Américas, así como el Premio de la Crítica en Cuba, la Orden de Artes y Letras de Francia con grado de Caballero (1999), el Premio Nacional de Literatura de Cuba (2013) y el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda (2014). Dirige en La Habana el prestigioso espacio de promoción de la literatura Torre de Letras.

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