'Summer evening on Skagen Sønderstrand', Peder Severin Krøyer, 1893
'Summer evening on Skagen Sønderstrand', Peder Severin Krøyer, 1893

un gran desgarrón transversal
dejó solo una mano y un poco de azul.
Phillip Larkin

“Al sol de Prestatyn” es un poema de Phillip Larkin donde se describe un cartel que encontramos al paso en una carretera. Una valla donde una chica rubia frente a la costa con palmeras enseña su cuerpo al sol y a los transeúntes. Pero a la que luego le pintan colmillos y la violan con grafitis, dejando la firma rasgada con cuchillo en el cartón y un nombre: “El enano Thomas”.

Larkin dice entonces, que ella era demasiado exquisita para esta vida. Y, en la valla, un gran desgarrón transversal dejó solo una mano “y un poco de azul”. E, inmediatamente, la imagen cambió a un cartel de lucha contra el cáncer, sustituyendo en la imagen, un cáncer por otro.

Este poema es una síntesis de la situación de los tiempos que corren: la mutación del cuerpo lleno de vida y energía (salobre) por la enfermedad, cuando el llamado enano Thomas que aparece en cualquier lugar, desgarra las formas sinuosas con las que una valla corriente quiere dar destino a la ilusión. La ilusión es desgarrada con el acto miserable, asesino, y aparece su metamorfosis. Esto lo contemplamos a diario, aunque no sea un poema y aunque no nos percatemos al paso por cualquier carretera.

“Al sol de Prestatyn” no es un poema largo ni pretende ser una poética, pero nos advierte del odio y del terror que padecemos (pasivamente) con todo lo que vemos alrededor. Lo hace reversible desde su crudeza: real e irreal a la vez. “Le habrán hecho unos garabatos” –dice Larkin– es la forma común de degradación. La forma aparentemente leve de atacarnos. Es la noticia que escuchamos al despertar. Es la maldad que está en el reverso de las cosas anunciadas: ese nudo entre el bien y el mal del que tanto hablara Kafka.

Como si el reverso de esas pocas estrofas, nos devolvieran un camino perdido antes de transitarlo, y una advertencia de parada ante los embates de la crueldad cotidiana, doméstica. Me pregunto: ¿cómo sería si cada poema pudiera golpear así nuestra conciencia para abrirla de un golpetazo?

Pero, desde la lectura de Dostoievski hasta nuestros días, cuando se produce un cambio hacia lo moderno, hacia esas figuras dobles, triples, múltiples, que corrompen con hachazos cotidianos nuestras mentes –que dejan de ser heroicas para ser humanas en la medida de su fragilidad, de sus roturas, y de su descomposición– nos preguntamos por la utilidad de la poesía y sus recursos ya moribundos para exponer o poder transformar algo, porque el presente es una valla donde ha quedado colgando de un poco de azul, un grito.

II

Leo el poema “Ignorancia” de Larkin en serie con el anterior, porque su tema es la inseguridad que nos persigue como un fantasma. La inseguridad de la ignorancia a la que recurrimos para poder resistir las inclemencias del tiempo. Pues, cuando empezamos a morir –dice–, no tenemos idea de por qué. Este poema no es tan visual, sino más conceptual, o en él se funden ambas formas sin resaltar una sobre la otra. Aquí Larkin conforma un diálogo interno para dar ejemplos. (“O eso crees”, “o bueno”, “o eso parece”) y así manifestar la duda y la perplejidad dentro de la que cabalgamos, como una premisa para no entregarnos a la desesperación.

Ciegos hasta la próxima valla, hasta la muerte. Tan desamparados como la muchacha del anuncio frente a nuestras narices: la irresponsabilidad con el acontecimiento, ignorantes, e ignorándolo. Tal vez, falte una mirada despiadada para comprender lo que, desde un pueblo aislado y muy solo, Larkin nos reveló.

Cuando la realidad fue más veloz que el salto del tigre, o que una poética que nos agarró desprevenidos, pensando en cómo evadir las culpas ante acontecimientos que nos malogran sin hacer nada, ni siquiera, defendernos. Así me siento, sin actuar, sin decidir, prolongando a través del poema la incapacidad por esa angustia de inmovilidad y abstinencia. Y ¿cómo saltar desde una poética que no puede vérselas de frente con la realidad? ¿Qué parte de mi irrealidad ha quedado colgando, desplazada?

III “El color del azul”

Ese es el verdadero azul […] es fresco como una brisa, profundo como un secreto profundo, y está lleno como no sé qué.”
I. D.

Siempre coloreaba con crayolas o tizas, o pegaba láminas de revistas con mares: brillantes, lisos, oscuros, borrascosos, aquas. Luego, buscaba el color aquel en el color de unos ojos y pensaba que si “su cuerpo se parece al mar” es por sus ojos. El molusco echaba su tinta cálida, o fría sobre ellos y me regalaba aquel día y no otro. Al día siguiente de nuevo las libretas aparecían blancas, o rayadas como “si el azul una vez más hubiera vuelto a perderse” –decía alguien desde una historia en algún libro que ya olvidé.

Mi vida era esa trampa de perseguir un color desde mi infancia. Y ahora descubro –casi medio siglo después–, de dónde proviene todo esto. He vuelto a leer “El joven del clavel” de los Cuentos de invierno de Isak Dinesen. Buscaba aquella historia azul que está metida dentro del cuento –como los arrecifes en la costa– en boca de Charlie: donde busca un azul que no es exactamente el que busca, soy yo. “¡Ay, ay, no es exactamente el azul que busco!” –exclamaba la mujer que navegó toda su vida, buscándolo–. Y “su padre –como el mío–, también insinuó que tal vez no existía el tono que ella buscaba.”

“¡Por dios, papá –le dijo– ¿cómo puedes decir algo tan malvado?” Pasaron los años, el padre murió, pero ella seguía buscando aquellas aguas transparentes a través de los recortes de las revistas, pegándolos con goma a las libretas, era así como navegaba por ellas: “así la materia –aquellas láminas suyas–, después de haber sido de color amarillo claro, amarillo verdoso y luego verde, verde azulado, se vuelven azul oscuro. En último lugar se produce el rojo”.

Pero, estas láminas por estar mal conservadas en las gavetas llenas de polvo y humedad se fueron despegando con la muerte de su padre. A las playas se las llevaron las resacas y ninguna mirada fue entonces tan azul como hubiera querido. Para entonces, su pérdida del azul y del amor, era total. Los ojos de A, los ojos de F, los ojos de Diótima, su blanca gata siamesa.

Ahora, en “El joven del clavel” que guarda el secreto de la historia azul que ya no recordaba, sabe que no se trata más que del deseo de explicar cómo se crea un color en el tiempo: una escritura, un deseo, esa vela que navegará con ella por el resto de su vida. El señor que le trae la fantasía aquella noche en que Charlie entró al cuarto equivocado del hotel –cuando quería extraviarse, o morir; perder los escritos de la maleta, tirarse al mar para perder mujer, fama, y libros–, tal vez era un dios raro que solo le pedía tener paciencia para escribir. Un dios de la palabra que le corrige el rumbo cuando no puede seguir navegando otros azules. Un dios que la lleva ahora, a través de los cuentos de la baronesa, al lugar de la escritura y la convierte en escritor solo para él: ese es el egoísmo del dios que le tocó.

Del azul

En amoroso azul
Hölderlin

–¡del cielo, del mar, del color de unos ojos!–
–¡de la tela, del cintillo, del papel cromado!–
–¡del pasador de jade azul!–
–¡de la tranquilidad!–
-azul gris del gato que llegó buscando refugio,
¡y se va porque no se lo dan!–
–¡del viejo pulóver que uso siempre en la casa!–
–¡de la satisfacción!–
–¡de la piscina que no nadé!–
–¡de la esponjita para fregar!–
–¡del borde del vaso ruso
con el que me corté!–
–¡también hay fiebre azul!–
–¡y moscas azules de Duras!–
–¡desincrustantes, perfumes!–
–¡París Blues es una película!–
–¡si el azul te rodea, te pierde!– me dijo–
–¡en el cielo absolutamente azul,
ni una nube de amor! –Clarice–
–¡son las islas con su infinitud!–
–un gran desgarrón transversal dejó solo una mano…
y un poco de azul! —Larkin–.
—¡el cuarto cuaderno de Marx Ernest (una novela gráfica)!–
–¡azul pálido eternamente con el cielo pálido! de Beckett–
–y al final: ¡verde y azul infinito de Virginia!–
–¡un caparazón en el que el azul tiraba al verde!–
–¡como si el azul fuera el color de lo último!–
–¡una hora tan azul que ya era negra! –Marina–.

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REINA MARÍA RODRÍGUEZ
Reina María Rodríguez (La Habana, 1952). Poeta. Entre sus libros destacan: Para un cordero blanco (1984), En la arena de Padua (1992), Páramos (1995), Te daré de comer como a los pájaros (2000), Variedades de Galiano (2007), Otras mitologías (2012) y Travelling (Rialta Ediciones, 2018). Ha recibido en dos ocasiones el Premio Casa de las Américas, así como el Premio de la Crítica en Cuba, la Orden de Artes y Letras de Francia con grado de Caballero (1999), el Premio Nacional de Literatura de Cuba (2013) y el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda (2014). Dirige en La Habana el prestigioso espacio de promoción de la literatura Torre de Letras.

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