Philip Larkin

A pesar de traducciones inexactas y la dificultad que a menudo despliegan sus versos insidiosamente sencillos, Philip Larkin disfruta de una popularidad considerable en el ámbito literario hispanoamericano. Esto podría resultar paradójico cuando recordamos que se trata del poeta que se atrevió a sostener opiniones tan contundentes y polémicas como: “En el fondo pienso que las lenguas extranjeras son irrelevantes […] un escritor sólo puede tener un idioma, si es que el lenguaje significa algo para él” o “La traducción es imposible: sólo me interesa la poesía que se escribe en inglés”. Esta aparente contradicción es, sin embargo, un mero efecto de superficie: como señala Northrop Frye, las ideas que un artista verbal tiene sobre su obra no poseen un estatus privilegiado y a menudo los textos producen un efecto que trasciende las intenciones de su creador. Ciertamente ese es el caso de Larkin: considerado en algún momento como el poeta inglés por excelencia –un hombre tan radical y deliberadamente british que desconcertaba incluso a ciertos críticos norteamericanos– se ha convertido en una referencia ineludible para muchos que no pueden apreciarlo en su lengua original: la pertinaz leyenda sobre su “provincianismo”[1] se disuelve como agua en el agua cuando tropieza con semejante evidencia. Hay todavía, sin embargo, un espléndido volumen de Larkin casi desconocido para los lectores en lengua española: me refiero a sus Selected Letters (1940-1985): quizás la última gran colección de cartas de un escritor del siglo XX. En esta breve reseña intentaré mostrar su importancia para una intelección más profunda del bibliotecario alcohólico, depresivo y genial que escribió High Windows.

Se trata de un conjunto de fascinantes documentos que abarcan toda la carrera literaria del “ermitaño de Hull”: desde 1940, cuando comenzó a estudiar filología inglesa en Oxford hasta la carta postrera a su mejor amigo, el novelista Kingsley Amis, once días antes de su muerte en un hospital de la desolada y monótona ciudad donde trabajó durante los treinta años más fecundos de su vida.[2] Y es precisamente en el período de Hull, por así llamarlo, que he decidido concentrarme: aunque los tres lustros anteriores reservan no pocas sorpresas,[3] fue en esta ciudad sombría, de clima imposible y resueltamente “antipoética” donde Larkin adquirió su perfil definitivo, donde, por una feliz y azarosa conjunción de los elementos más dispares, se convirtió en el gran lírico del fracaso, el ingenio mordaz y la desesperanza. Quizá nunca sabremos por qué, pero el hecho incontestable es que el tono de sus cartas cambia notoriamente al instalarse en Hull y comenzar su trabajo en la biblioteca universitaria: todos los elementos que antes sólo aparecían de forma más o menos esporádica (el incesante sarcasmo, la pasión por el jazz,[4] su gusto decididamente antimodernista en cuestiones poéticas,[5] su vehemente rechazo de “los explicadores asalariados de poesía”,[6] el horror sin paliativos ante el avance inexorable del tiempo, la enfermedad, la vejez y la muerte,[7] su inveterado alcoholismo)[8] se articulan con solidez para forjar una retórica que no se parece a ninguna otra.

El interlocutor privilegiado de Larkin en sus primeros años como poeta de cierta celebridad[9] fue Robert Conquest (gran historiador, ironista de acerbo ingenio, escritor ocasional de “verso ligero” y consumado agitador cultural): este extraordinario personaje tenía en común con “el ermitaño de Hull´´ numerosas aficiones y rasgos de carácter pero lo que más los acercó fue, probablemente, su desdén por la poética modernista, su amistad compartida con Kingsley Amis y, ante todo, su talento para burlarse implacablemente de casi todos sus contemporáneos…, con particular saña si se trataba de académicos o escritores. Conquest poseía, sin embargo, una característica del todo ajena al sedentario Larkin: una prodigiosa energía que le permitió viajar por medio mundo impartiendo conferencias en todo tipo de universidades, casarse cinco veces, escribir clásicos de la Historia del siglo XX, compilar numerosas antologías y ser fundamental en la creación de The Movement, la gran reacción británica de los 50 (en poesía y prosa) contra el modernismo todavía imperante. Así, no es sorprendente que el intercambio epistolar se concentre al principio en la selección de varios poemas de Larkin para la célebre antología que daría nombre al grupo:[10] las primeras cinco o seis cartas son más o menos formales y discuten asuntos estrictamente editoriales pero muy pronto Larkin reconoce en Conquest un espíritu afín y pasa del “Dear Mr Conquest” a “Dear Conquest” y, finalmente, al “Dear Bob” que no abandonaría en los treinta años siguientes, estableciendo con el historiador una complicidad que, a mi juicio, supera incluso la que mantenía con Amis. Es en las cartas a Conquest que encontramos, acaso, al Larkin más sardónico (“Por cierto, hablando de Graves[11] […] si vuelve a decir en público que debe mantener a una familia muy grande, escribiré a los periódicos preguntando a quién piensa él que podemos culpar por eso” o este intraducible juego de palabras, “No hay noticias literarias por aquí, excepto que un hindú ha escrito para preguntar qué pienso de Rabindrum Tagore:[12] Tengo ganas de enviarle un telegrama: FUCK ALL, LARKIN”),[13] pero también al más reflexivo en cuestiones de poética[14] como cuando discute algunos aspectos del “Manifiesto” de The Movement y expone sin ambages su propia posición: “Lenguaje sencillo, ausencia de poses, sentido de la proporción, humor, abandono del ideal ditirámbico […] una respuesta más completa a la vida tal como se presenta día tras día y no sólo en las vacaciones financiadas por el British Council”.[15]

Este es el Larkin clásico, el tipo que “los progresistas” (¿) odian con sospechosa unanimidad: tercamente enclaustrado en la tradición inglesa,[16] refractario a todo lo extranjero, alcoholizado (sus discusiones con “Bob” sobre la calidad del whisky o la ginebra en Hull permiten apreciar que no era precisamente “un bebedor social”), pesimista –e incluso antinatalista, si tomamos en serio el célebre poema “This be the verse”– conservador (“¡oh, adoro a la señora Thatcher!”) y obsesionado con la música del lenguaje y la perfección de las formas. Pero lo más interesante es que, cuando lo deseaba, podía convertirse en un irreprochable gentleman (por ejemplo, en su correspondencia con Charles Monteith, editor principal en la mítica editorial Faber and Faber)[17] o en un solícito proveedor de consejos literarios: su correspondencia con la novelista Barbara Pym,[18] a la que apreciaba genuinamente, es una devastadora refutación de la misoginia que en ocasiones intentan atribuirle: no señores, aprendan a leer, el tipo era –y nadie con un mínimo de sensatez se atrevería a negarlo– un misántropo radical que odiaba más o menos a todo el mundo pero las mujeres no suscitaban una particular agresividad: por el contrario, una de las cartas más sorprendentes –por la contradicción que supone con el estereotipo del poeta gruñón y nihilista que a nadie admiraba– es la dirigida al ya mencionado Charles Monteith, donde, ante la incomprensible –al menos para Larkin– negativa del editor a publicar la última novela de Pym, el bibliotecario adicto a la ginebra pero enfermo de lucidez compone una admirable apología de cierta tradición narrativa inglesa que se articula en una prosa sutil, iluminada por bruscos destellos de virtuosismo: “Lo único que lamento es tu decisión sobre Barbara Pym […] es una pena que novelas como las suyas no puedan publicarse en estos días. Esa es la gran tradición de Jane Austen y Trollope: me niego a aceptar que nadie desee leer hoy a sus herederos. ¿Por qué tendría yo que escoger entre absurdos thrillers de espías, la ilegible ciencia ficción y libros sobre gamberros drogadictos que tienen un colapso nervioso? No: lo que quiero es leer sobre personas que no han hecho nada espectacular, que no son hermosas o afortunadas, que tratan de comportarse con cierta decencia en su limitado campo de acción pero que pueden ver, en efímeros momentos crepusculares, que las llamadas grandes experiencias de la vida van a eludirlos; y quiero leer sobre estas cuestiones representadas no con angustia incurable o lacrimógena autocompasión, sino con firmeza realista e incluso humor […] eso es de hecho lo único que podríamos llamar el tono moral del libro”.

Asombroso documento, sobre todo cuando consideramos que ha sido escrito por un hombre a menudo tildado de “insensible”: evidentemente Larkin es mucho más complejo de lo que algunos críticos cegados por la ideología pretenden hacernos creer. Esa es la cuestión: los estereotipos no se sostienen y el tono varía ostensiblemente en dependencia de si escribe a sus compañeros de juerga[19] (Bob Conquest, Kingsley Amis) o a cualquier otro de sus numerosos corresponsales: el tipo era absolutamente proteico (o, si lo prefieren, camaleónico) y por momentos da la impresión de conseguir — con magistrales variaciones estilísticas y lexicales—“ser todo para todos”. Por supuesto, no se trata de negar que existe un Larkin radicalmente pesimista, melancólico y hastiado:[20] de hecho, sin estos rasgos decisivos no existirían los poemas canónicos, las inquietantes odas al Fracaso y, por encima de todos, “Aubade”, su gran memento mori, quizás la mayor elegía en lengua inglesa de la segunda mitad del siglo XX. Pero, como creo haber mostrado, la cosa es un poco más compleja y todavía existen zonas de sombra en su relativamente escasa producción. En cualquier caso, las Cartas Escogidas son documentos fascinantes y, si fuesen traducidas con destreza, permitirían al lector hispanoamericano disipar la pertinaz y a menudo incorrecta mitología que aún se cierne sobre el hombre que hizo escribir a Martin Amis: “Para mí su humor y su melancolía son completamente adictivos”.


Notas:

[1] El propio Larkin jamás negó su provincianismo, sino todo lo contrario: encontraba un deleite casi perverso en alentarlo, probablemente para irritar a los círculos académicos.

[2] Al menos desde el punto de vista literario.

[3] Entre las sorpresas, encontramos, por ejemplo, su entusiasmo por D. H. Lawrence, incomprensible hasta para él mismo veinte años después.

[4] Sobre todo sentía una profunda admiración por Duke Ellington y Louis Armstrong.

[5] Thomas Hardy, A. E. Housman y John Betjeman fueron sus grandes modelos: también admiraba con moderación al joven Yeats (sus poemas hasta 1905, digamos) y apreciaba algunos textos del primer período de Auden. En cuanto a T. S. Eliot, incluso reconociendo su abrumadora importancia, sólo apreciaba –como quien cumple con un doloroso deber– los textos anteriores a The Waste Land. Tampoco podía soportar a ningún otro poeta norteamericano: aborrecía a Pound; Wallace Stevens, Robert Lowell y John Ashbery inspiraron algunos de sus más mordaces comentarios.

[6] “El problema con los tipos como Kermode es que tienen, al ser explicadores asalariados de poesía, un interés profesional en mantenerla oscura y llena de alusiones” (Carta a Robert Conquest, 15 de septiembre, 1958)

[7] “Ah, no hables de nuestras vidas y del horrible paso del tiempo. Nada será lo suficientemente bueno, eso lo sé con seguridad: no habrá más que angustia y lamentos por las oportunidades perdidas” (Carta a Monica Jones, octubre de 1956).

[8] En los últimos diez años de su vida, Larkin “desayunaba” con tres vasos de ginebra sin hielo. Cuando su mejor amigo Kingsley Amis (también dipsómano impenitente: ironías de la vida literaria inglesa) le dijo que estaba suicidándose lentamente, Larkin replicó: “¿Y qué quieres que haga?: necesito una maldita razón para levantarme por la mañana”.

[9] The Less Deceived se publicó, con inesperado éxito de ventas –para un libro de poesía– y reseñas abrumadoramente favorables, en noviembre de 1955.

[10] Aunque muchos críticos han argumentado que en realidad este ya había comenzado con la publicación de Lucky Jim (1954), de Kingsley Amis. En cualquier caso, no importa: ciertamente Amis fue el narrador emblemático de The Movement –del mismo modo que Larkin su mayor poeta– pero sólo empezaron a pensar en sí mismos como un grupo con una poética propia tras la publicación de la antología compilada por Conquest, que también escribió el escandaloso manifiesto que los hizo famosos (y controvertidos) de forma instantánea.

[11] Se refería a Robert Graves, el famoso autor de Yo, Claudio, cuyos Collected Poems Larkin había reseñado con ejemplar ironía (“Se ha convertido en un viejo farsante con un libro sagrado —La diosa blanca— bajo el brazo”) sin el menor respeto por el estatus de Graves en el establishment literario británico.

[12] Sic.

[13] Fuck all: el problema radica en que se trata de una expresión idiomática (british hasta la médula: los norteamericanos nunca la emplean) que significa “Nada en absoluto”, pero alguien no particularmente familiarizado con el slang británico podría interpretarla literalmente y… bueno, ya se lo imaginan.

[14] Con la posible excepción de las cartas enviadas a su amigo y mentor Vernon Watkins.

[15] Carta a Conquest, 28 de mayo, 1955.

[16] Aunque podría argumentarse que ciertas literaturas (digamos, por sólo mencionar algunas, la rusa, la china, la francesa, la hispanoamericana, la japonesa y sí, también, la inglesa) son tan poderosas que un escritor no necesita, en rigor de verdad, nada más. En el caso de Larkin, todo el mundo ha oído hablar de su admiración por Housman, Hardy y Betjeman; menos conocida resulta su veneración por Shakespeare, aunque las alusiones a su obra aparecen constantemente en los poemas (el mismo título The less deceived es una cita de Hamlet) y en la correspondencia con su amante Monica Jones expresa su deslumbramiento ante la música verbal de Macbeth (algunos de cuyos monólogos había memorizado).

[17] La editorial fundada y dirigida por T. S. Eliot.

[18] Pym es una interesante narradora inscrita en la genealogía de Jane Austen.

[19] Alcohólica y literaria: ambos compartían su gusto por la ginebra y –hasta cierto punto– su poética.

[20] “Aburrido de la vida y horrorizado por la muerte”, como dice en una de las cartas a Kingsley Amis.

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