Conversación con Antonio Enrique González Rojas sobre su nuevo libro ‛100 películas a plazo fijo’

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Antonio Enrique González Rojas
Antonio Enrique González Rojas

Antonio Enrique González Rojas es suficientemente conocido en Cuba por su empeño en seguir los pasos del cine independiente cubano desde la crítica. A propósito de esa movida, hace ya varios años, Antonio Enrique viene destacando, discutiendo, desentrañando obras y autores, con sistematicidad y no sólo desde las páginas de publicaciones periódicas. De esa atención particular al cine de la isla resultaron sus libros Voces en la niebla. Un lustro de joven audiovisual cubano (2010-2015) (Claustrofobias, 2016), Tras el telón de celuloide. Acercamientos al cine cubano (Primigenios, 2019) y Críticas, mentiras y cintas de video. Acercamientos al cine cubano (Oriente, 2023).

Dicho esto, vale aclarar que el trabajo de Antonio Enrique nunca se ha limitado al cine cubano. Su crítica cubre un paisaje audiovisual mucho más amplio, motivado menos por los dictados del oficio que por su indómita cinefilia. Él es un amante celoso y posesivo de las películas, no importa su procedencia geográfica, su credo estético, su época de realización. Y de este otro perfil del crítico es fruto ahora 100 películas a plazo fijo, volumen que publicó recientemente la editorial Casa Vacía.

100 películas a plazo fijo es un libro cinéfilo escrito por un agudo crítico de cine. En él se compendian una decena de las listas publicadas por Antonio Enrique en su columna “10 películas a plazo fijo”, que aparece en Hypermedia Magazine. Como advertirán muchos, el título (de la columna y del libro) es ya un cumplido para con el cine y los espectadores y un guiño a esa cándida y simpática comedia cubana de 1950, Siete muertes a plazo fijo, dirigida por Manolo Alonso.

A diferencia del astrólogo de esa cuasi olvidada cinta, que durante una celebración de fin de año vaticina una serie de muertes, Antonio Enrique escudriña en las constelaciones cinematográficas para resucitar filmes, invitar a ver otros bastante conocidos bajo nuevos puntos de vista, (re)valorar a ciertos creadores… En el gesto taxonómico y en la glosa que acompaña cada película listada se revela la enjundiosa capacidad asociativa del autor, cuyo personal estilo, entre otras cosas, se distingue por tejer relaciones entre obras; sus criterios se suelen sostener muchas veces en encontrar o forjar vínculos dentro de la propia tradición cinematográfica.

Por supuesto, 100 películas a plazo fijo trasciende esa popular manía taxonómica que atraviesa a los medios audiovisual y cinéfilo. De alguna manera, Antonio Enrique se sirve de ella mientras desnuda la poca curiosidad que la caracteriza. A propósito de la publicación del libro, conversé con su autor para Rialta Noticias.

Tu columna es, todavía, un proyecto inconcluso. ¿Por qué decides agrupar ahora, en forma de libro, este conjunto de artículos/listas?

Decidí reunir parte de este proyecto inconcluso porque nunca he concebido la sección en Hypermedia Magazine como algo finito. La columna misma es un reto y un desafío a mi propia capacidad creativa, imaginativa, intelectual y cinéfila. Ya hay 24 listas publicadas, pero como están basadas en el sistema decimal pues creí que era momento de hacer una macro lista, una primera lista de listas, también en número de 10. Hay material para un segundo volumen, ojalá pueda publicar en el futuro otra decena de decenas.

En el comentario con que introduces el libro dices que reúnes esos grupos de 10 películas sobre todo para divertirte “trazando estas cartografías caprichosas, con entusiasmo de malabarista”. Pero de cualquier manera implica un proceso de exclusión/inclusión que debe ser a ratos bastante racional. ¿Por qué decides hacer estos breves catálogos? ¿Qué propósito(s) hay detrás?

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Las listas que publico periódicamente en Hypermedia Magazine son un divertimento, pero también un entrenamiento y una suerte de “vaciado” de la memoria cinéfila. Tengo la cabeza repleta tanto de películas que he visto durante toda mi vida, como de innúmeras deudas con directores y filmografías. Entonces, esa sección, que ahora “antologo” en el libro de Casa Vacía, es una forma de obligarme a ver ese cine pendiente, e incluso a conocer autores aun inexplorados por mí.

Pero resulta, además, un convite provocativo para potenciales lectores. Los tópicos y tropos abordados en estos textos pudieran parecer frívolos o demasiado pop tras un primer vistazo, pero sirven de gancho para proponer lecturas más complejas de las que usualmente aparecen en “este tipo de listas” ofrecidas por diversas publicaciones, sobre todo digitales.

Cuando se analiza cualquier tema, cuando se sistematiza, siempre está presente el riesgo de la exclusión, el riesgo de la jerarquización, que será juzgado tanto por los públicos presentes como por los futuros. Sólo ver cómo varían las propias listas de “mejores películas de la historia” publicadas por Sight & Sound cada década y cómo, muchas veces, una llega a negar a otra. Pero es así, es el movimiento, el cambio perenne en las perspectivas, los saberes, los discursos. Por eso considero estas listas meras provocaciones y no intentos de canonizar en el sentido dogmático. Son puntos de partida, no de llegada. Estoy dispuesto a que sean negadas, criticadas, reformuladas (hasta por mí mismo) y reescritas en su totalidad.

En la introducción a esta entrevista escribí que 100 películas a plazo fijo pone un poco de cabeza esa tradición de las listas, porque sigue esa práctica de “las mejores películas de/sobre…” y a su vez la trasgrede. Digamos que es un libro de listas que no lo es.

Comúnmente esos listados sólo contienen una breve sinopsis o valoraciones, que considero muy débiles, de los títulos compendiados. Por demás, la mayoría sólo mira hacia las producciones de Hollywood más conocidas y obvian muchas zonas fílmicas de gran relevancia.

Lo que yo propongo es un juego perceptivo y de expectativas. Si anuncio películas sobre fantasmas o basadas en historietas o sobre monjas perturbadas, trato de no proponer cintas estadounidenses ni archiconocidas que abordan tales tópicos. Intento abarcar espectros temporales lo más amplios posibles, hasta remontarme a los mismos orígenes del cine, cuando se puede.

Me gusta mucho la idea de que “es un libro de listas que no lo es”. Me fascinan las contradicciones complementarias como esta. Contrario a Hamlet (y a Shakespeare), pienso que la cuestión ya no es –o nunca ha sido– ser o no ser. Se puede ser y no ser al unísono en mundos de más de tres dimensiones. Y en este mundo, incluso, tenemos territorios tan bellos como el crepúsculo o el eclipse, en los que no reina ni el día ni la noche, sino una mixtura de estos. Se revelan como zonas proteicas, cambiantes, líquidas. Me interesa que el libro, visto como conjunto, se inscriba en estos reinos de la simultaneidad. Cada lista tiene su autonomía, y así se fueron concibiendo, pero cuando un puñado de estas se congregan en un volumen, veo que alcanzan otros sentidos. Se trenzan en un entramado más complejo.

Adviertes en el prólogo que el libro propone “cien caminos por los cuales adentrarse en el cine de todas las épocas, desafiando y erosionando las maniqueas concepciones de ‛malo’ o ‛bueno’, de ‛viejo’ o ‛nuevo’. Proponiendo al cine como un universo fractal y no lineal, complejo y no simple, donde el tiempo es una de sus tantas ilusiones y alucinaciones”. Y justo es ese uno de los valores que encuentro en 100 películas a plazo fijo, que arriesga una mirada sugestiva a la Historia del cine, al privilegiar temas, obras, perspectivas de consumos a veces desplazadas de los espectadores por los circuitos de difusión o simplemente no advertidas. ¿Abraza el libro una mirada singular al devenir del cine?

Sin dudas hay una perspectiva histórica en el libro, pues se pueden rastrear, explorar las diferentes maneras en que estos temas o problemas han sido mirados por cineastas de distintas épocas. No quiero decir “evolución” o “progreso” porque si bien el cine se mueve, no significa que una película de 2024 sea obligatoriamente mejor que una de 1924. Y puede que los ancestros hayan mirado con más temeridad un tema que los contemporáneos.

Detesto hablar de cine “viejo” o “nuevo” como criterios de valor; en eso de que lo realizado cien años atrás (o más) es malo por definición y lo actual es lo único válido y merecedor de atención. Por desgracia esta es la mirada predominante entre los públicos, que no entienden lo ilusorio del tiempo en este sentido. Así, considero el cine (y el arte en general) como una dimensión libre de estos condicionamientos cronológicos. Es una encarnación del Jano Bifronte, que es viejo y joven a la vez, que comprende todas las épocas en un coloquio infinito. Esta puede ser la filosofía que se esconda tras este libro.

Existen infinitos modos de abordar la historia del cine, más allá de convencionalismos cronológicos o descriptivos o anecdóticos. Por lo que busco todo el tiempo ensayar. Me gusta mucho arriesgarme en el territorio del micro ensayo, retarme a intentar decir mucho con pocas palabras. Ahí están el propio Montaigne, Borges y Arreola, como grandes referentes, tanto en lo conciso como en lo poético.

La mirada del libro es transversal, transhistórica, pues las listas recorren itinerarios diversos que pueden cruzarse varias veces, rozarse, integrarse incluso. Pero todos los caminos conducen al cine. No hay pretensiones de hacer una magna historia del cine, ni ser enciclopédico, sino provocar cinefilias.

¿Este ejercicio tuyo de listar películas a propósito de un tópico particular nació con la columna de Hypermedia Magazine?

En realidad, yendo más al pasado, la sección tuvo su génesis en un proyecto de libro que iba a ser más colectivo y que, a la vez, partía de otra idea más añeja que tuve para la desaparecida revista Enfoco de la Escuela Internacional de Cine y TV (EICTV), que publicaría dossiers sobre tópicos parecidos, con miradas también colectivas y de calibre. Pero ninguno de estas ideas germinó. A la tercera fue la vencida para mí y decidí emprenderlo de forma independiente. Comencé en 2020 durante la pandemia. Eran tiempos de recogimiento y le hice la propuesta a Jorge Enrique Lage, que era editor de Hypermedia Magazine entonces. La aprobó y ahí quedó. Ya él me había convidado tiempo antes a escribir una lista personal de series de televisión favoritas junto a otros autores. Y traté de dialogar también con esa iniciativa.

En las glosas con que acompañas las películas catalogadas discutes la forma en que estas se acercan a temas como la figura del fantasma, el fetichismo sexual, los totalitarismos, la pornografía, el arte del cine, por sólo mencionar algunos de los tópicos que motivan tus selecciones. Esos tópicos son, muchas veces, cuartadas para reflexiones sobre la ética, las relaciones de poder, los deseos humanos… ¿Qué idea del cine maneja 100 películas a plazo fijo?

Creo que el cine y el arte en general son la sublimación del pensamiento humano, es la manera que halló esta desdichada especie de parecerse a Dios, al crear universos de la nada. Aunque beba de experiencias, traumas, placeres, sucesos, ideas, ideologías, filosofías, obsesiones, horrores y demás. Por ende, el cine es la huella del pensamiento, es la prueba de que pensamos. Es también una suerte de materialización de los sueños, una traducción de las ideas abstractas. El cine va del pensamiento hacia el pensamiento. Es un diálogo trans temporal de seres humanos con otros. Casi una máquina del tiempo. Así, podemos intuir a los muertos que no conocimos, podemos conjeturar sus vidas, deseos y miedos. Ver una película –mientras más “vieja” mejor– sería una sesión espiritista desde esta perspectiva.

El cine ha sido definido como un “fantasma material” por el crítico Gilberto Pérez, una imagen excepcional que le gusta mucho al cineasta Rafael Ramírez. La suscribo también, pues el cine es un repositorio de épocas, de mundos, de personas, a las que podemos apelar cuando deseemos para quizás entender más el tiempo que nos toca o para comprenderlo menos. O para des-comprenderlo. Sigo con las contradicciones.

Me llama la atención el lugar del libro en el paisaje de la crítica cubana de cine, pues la mayoría de los títulos consagrados a la cinematografía internacional giran alrededor de autores, géneros y cinematografías más canónicas. ¿Qué opinas al respecto?

Siempre he dicho que no soy un crítico de cine cubano, sino un crítico cubano de cine. O sencillamente un crítico de cine, a secas. Por lo que cada vez más me esfuerzo en romper con cualquier condicionamiento “nacional” que busque constreñir mi mirada, que me defina como un exoesqueleto. Claro, he escrito mucho de cine cubano o realizado por cubanos, pero siempre se corre el riesgo de mirar demasiado el ombligo y entonces el ombligo termina mirándote a ti.

Y aparecen sujetos que te recriminan por comparar películas cubanas con obras de directores de otras naciones, como si el cine cubano fuera de otro planeta o mereciera sólo un análisis endogámico. Siempre he preferido hablar del cine cubano como parte de un universo muchísimo más complejo. O al menos mantenerlo en diálogo constante con todo el cine, sin privilegiarlo conmiserativamente. Siempre he sido tan severo con una producción cubana como con una foránea e igualmente bondadoso. En las propias listas aparecen varias obras cubanas que considero valiosas para la cartografía tópica que trazo. Pero sin excesivos favoritismos.

Evito padecer la insularidad crónica que me lleve a tener lo cubano como Alfa y Omega. No creo que sea algo saludable. Aunque no renuncio a ser cubano, ni niego lo que esta condición ha influido en mi discurso intelectual. Pero ya tengo cuatro libros publicados sobre el audiovisual nacional, así que ya era hora de rehuir el encasillamiento y proponer algo diferente. Además del posible segundo volumen de “100 películas a plazo fijo” (cruzo dedos para que me lo quieran publicar), estoy preparando otro en el que compilo reseñas, artículos y algunos ensayos también sobre cine internacional, inspirado directamente en Un oficio del siglo XX de Guillermo Cabrera Infante. Sin aspirar, claro, a ser tan excelente como él, pero sí busco emular el modelo del libro, que compila textos sobre filmes de todas las latitudes que G. Caín miraba y deconstruía en sus secciones en las revistas de la época.

¿Cómo te gustaría que leyeran 100 películas a plazo fijo? Como eres tan propenso a las analogías, te invito a que propongas una que explique, a los lectores, tu libro y el tipo de análisis que propones.

Veo afín con el libro la imagen del caleidoscopio, o quizás la de un puzzle incompleto, que invita a los lectores potenciales a completar con sus piezas, o sea, con sus películas favoritas que mejor crean que indagan los territorios propuestos por mí. También pudiera ser una especie de “une los puntos”, un juego en el que me entretuve mucho cuando niño. Era muy común en las revistas infanto-juveniles o libros de divertimentos que se publicaban en Cuba en los años 80. Las películas que selecciono serían los puntos y el lector cinéfilo se encargaría de unirlos con otras decenas o centenares de películas que no fueron incluidas.

Si 100 películas a plazo fijo es considerado raro, pues es el mayor elogio al que puedo aspirar. Si merece el calificativo estoy feliz. Creo que a todos los críticos (intelectuales y artistas por extensión) les interesa diferenciarse de sus homólogos, y no deseo menos. Quizás también por eso me tiño la barba de verde…

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ÁNGEL PÉREZ
Ángel Pérez (Holguín, Cuba, 1991). Crítico y ensayista. Compiló y prologó, en coautoría con Javier L. Mora y Jamila Media Ríos, las antologías Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Casa Vacía, 2017) y Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, 2019). Tiene publicado el libro de ensayos Las malas palabras. Acercamientos a la poesía cubana de los Años Cero (Casa Vacía, 2020). En 2019 fue ganador del Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas, en el apartado de Estudios de Arte y Literatura. Textos suyos aparecen en diversas publicaciones de Cuba y el extranjero. Vive en La Habana.

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