En las últimas semanas, La Habana ha visto el despliegue de las iras apostólicas de El Escriba, que como un nuevo cruzado del buen decir y de la buena gramática, rompe lanzas en aras de la cultura del país, amonestando enfurecidamente, desde su “alto magisterio”, a los escritores jóvenes, sobre todo. Clase esta, para él, sumamente ignorante, radicalmente analfabeta e incapaz de postergar o de suceder, en el “mando” literario de la nación, al grupo al que él perteneciera un día, o mejor, a la generación en la que él se siente ubicado.

Este calco a baba de un viejo energúmeno, de un mediocre desesperado, de un censor sin talento, harto conocido por aquellos que lo padecieron hace cuarenta años, (me refiero al maledicente Fray Candil) turba la paz de su desvencijado meollo, hurgando en la sombra, (su lugar de preferencia) buscando agujas en el mar, con la que se dedica a hincar la paciencia de los “varones” de la literatura en Cuba, quienes han soportado con resignado silencio, por razones muy comprensibles, hasta ahora, la asiduidad del salivazo.

Es verdaderamente regocijante ver cómo esta comadreja pertinaz, maestro de última hora, falso profeta, intenta erigir su palabra festinada en guía y enseñanza de la juventud literaria, cuando en verdad sólo puede mostrarle ejemplos muy poco edificantes… Todo esto es muy extraño, muy extraño.

Hay gentes que, movidas por un delirio insospechado, imaginan completamente lícito, el hecho de practicarse ellas mismas la tortura y oficiar sacerdotalmente en la misa del intelecto, sin poseer moral alguna para el rito. No que me sienta moralista; de los moralistas sólo conozco sus vicios; sino que cuando a la inmoralidad se une la estulticia, la superficialidad y el ridículo, se nos hace absolutamente incomprensible la suficiencia aparatosa de ciertos gestos, que para el conocedor de aquel que los ha ensayado resultan contraproducentes.

En uno de sus últimos artículos, El Escriba se quejaba amargamente de que nadie le respondiese los denodados ataques que, con tanto esmero, había lanzado contra los escritores jóvenes. Es hondamente entristecedor el lamento inconsolable de este payaso trashumante. Pero es preciso preguntar aquí, que ¿cómo es posible responderle cuando el vehículo que él usa para sus fechorías “críticas”, se niega, sistemáticamente, alegando cualquier pretexto, a conceder el elemental derecho de réplica a quien se haya sentido aludido por tales “críticas”? Tengo ante mí más de un testimonio que me daría la razón en un momento dado. Más de un escritor joven que ha comentado esto; pero con sordina, por temor a ser aplastado por el poderoso “vehículo”, en caso de decidirse a manifestar públicamente su dolorosa impresión. Pero bien que he discrepado de tal idea, pues pienso que viviendo como vivimos en la gran democracia humanista, sólo puede ser aplastado quien no tenga la razón; y porque la tenemos, es que hacemos este emplazamiento a El Escriba y a aquellos que detuvieron nuestras respuestas a sus artículos y a los de los otros “autores” de parecida índole en la redacción del citado “vehículo”. Pero tal circunstancia, no es más que un hecho fácilmente superable, dadas las características excepcionales del momento por el que transcurrimos.

El Escriba habla de cobardía y de abulia; y es, como siempre, injusto y mal intencionado. Es muy cómodo, desde la atalaya donde se encuentra refugiado, apedrear a los que se hallan a campo abierto, con el vitriolo de sus denuestos y la acefalia de sus respingos “literarios”.

Una de las últimas “ideas” de nuestro “héroe” consiste en inaugurar una escuela de gramática, para enseñar a escribir a los escritores jóvenes. ¡Bravo por El Escriba! Desde su jungla, el simio aspira a pedagogo. ¡Bravo!

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