Apenas salido el primer artículo reproduciendo el pasaje de una carta dirigida a esta sección, y el anuncio de insertar pasajes de otras, se me ha dicho que concedo demasiada atención a esos aspirantes al Templo de la Fama. Con tal declaración caemos de lleno en el maldito problema de nivel: “No me codeo sino con los inmortales”. “La opinión del ilustre desconocido no me interesa”. “No pierdo mi tiempo hablando con principiantes”. Esto da por resultado que la literatura sea la triste conversación, en cuarto cerrado, de cuatro personas aburridas… Dejémoslas pues con sus exquisiteces a la orden, y prosigamos comentando a un señor que no se llama Proust…

Por ejemplo, Red Bloy. ¿Quién es Red Bloy? Pues nadie conoce a Red Bloy, Red Bloy no está en los altares. Sin embargo, Red Bloy me escribe, y como a mí el nivel no me domina, cito también a Red Bloy. Y Red Bloy dice:

Escribir, sí, ¿pero dónde? ¿Dónde publicar esos escritos? Me refiero, naturalmente, a los que no integramos piña alguna, a los que no tenemos amigos ni padrinos influyentes. La Revolución es amplia y generosa, pero en lo que atañe al círculo de “intelectuales”, este no puede ser más cerrado e insalvable. De ahí que su queja despertó la sonrisa ya dormida. ¡Que Lunes de Revolución no pueda hacerse con plumas cubanas por inercia de los escritores! ¡Que no se pueda fraguar una página diaria en el periódico por falta de concursantes capaces! ¿Es posible esto? ¿Es posible que haya gente de profesión escritora que rehúse escribir cuando se le abren las puertas para hacerlo?

En realidad, no hay tal círculo cerrado de intelectuales. Nuestro ejército de escritores resulta bien reducido, y en cuanto a la producción es una de las más bajas en el mundo literario. Hay, en cambio, personas encerradas en cuartos y hasta en torres… pero felizmente están reducidas a comerse los hígados. Por otra parte, vuelvo a repetir que, en lo tocante a Lunes de Revolución, ese pretendido círculo cerrado no tiene indicio alguno de existencia. Ocurre, por el contrario, o que los envíos resultan impublicables o que a los “inmortales” no les queda bien ubicarse en las páginas de dicho magazine, o que el calor…

Por su parte, Alfredo Pons (¿Alfredo Pons? ¿No se habrá equivocado usted y quien le escribe es T. S. Elliot? No, desgraciadamente para ellos, se trata de Pons) dice:

¿Soy buen escritor?… ¿Malo?… ¿Bueno? No lo sé. El público es el último juez. Pero, ¿quién me publica? Nunca he tenido cuatrocientos pesos juntos para arrojarlos en la publicación de una obra mía. Digo arrojar pues usted comprende lo difícil que es vender un libro en Cuba de autor nuevo. Le hablo de mí porque es el sujeto que tengo más cerca. Pero, ¿qué dirán todos esos buenos escritores que usted cita en su artículo?

Aunque Pons no es un consagrado, ha tocado sin embargo la nota justa: en 1959 el escritor cubano sigue, desde tiempos remotos, engavetando su producción, regalándola si la publica, e ignorando hasta el final de sus días si es buena o mala por la falta de una crítica organizada. Advertencia a las autoridades: urge la creación de la Imprenta Nacional, y paralelamente, la apertura de editoriales. Ha llegado el momento que Cuba sea un centro editorial como Buenos Aires o México. Esto profesionalizará a nuestros escritores, saliendo así del triste amateurismo en que hasta ahora nos hemos movido, o mejor dicho, en que nos hemos atascado.

A. Garbinsch (por el momento este nombre nada dice, pero, a lo mejor un día se dice: garbinchismo, significando una escuela literaria, o la ridiculez más estrepitosa) dice:

Acabo en estos momentos de leer su artículo. Cierto que no soy escritora, pero me interesa intensamente el tema, y tengo amigos que escriben, jóvenes en su mayoría con los cuales hemos discutido ampliamente el tema que usted trata. Cierto que me sorprendió grandemente el saber las pocas publicaciones que los escritores de hoy en día tienen, pero lo que en realidad quería hablarle es sobre el problema de llenar Lunes de Revolución, donde tienen dificultades en encontrar cuentos, poesías, ensayos de escritores cubanos… ¿Es cierto lo que me dicen que Revolución es “piña cerrada” donde es imposible publicar a menos de ser conocido por alguno de los periodistas, y que no se aceptan trabajos de personas desconocidas?

Y finalmente, Diego Boada, que tiene la mala suerte de ser un desconocido, me escribe:

He leído en su sección del día 16 sus comentarios bajo el título: “¿Qué pasa con los escritores?”, sintiéndome completamente de acuerdo con la indudable intención de promover el desarrollo de la posibilidad animadora de la literatura cubana. Tengo un amigo a quien yo lo animaba a editar. Se hicieron varias gestiones y lo más que se pudo obtener fue a base de dos millares y depositar trescientos pesos a cuenta del doble. Mi amigo no pudo, yo tampoco. “Nocturno” sigue engavetado.

Conclusión: hay escritores desconocidos, que siendo malos por el momento, acaso se convertirían en buenos. Hay deseos de trabajar y publicar. No tenemos, tampoco por el momento, ni Imprenta Nacional ni editoriales. Hemos hecho una Revolución en el terreno popular y debemos hacerla en el campo de la literatura. Ha llegado el momento de salir de la actitud provinciana y entrar de lleno en el profesionalismo. Y aunque el acto de escribir bien, de ser buen escritor, no es la consecuencia de tomar unas vitaminas, con todo, si atendemos como es debido la parte mecánica de la cultura pondremos al escritor en condiciones de mirarse a sí mismo y de exigirse el máximo de esfuerzo.

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