Cuba ha sufrido durante más de veinte años el impacto de un chantaje. No es que nos guste abofetear los cadáveres, siguiendo la tradición surrealista. Se trata de algo más importante, fundamental, para lograr una nueva conciencia nacional con respecto al conflicto del hombre. En la anteguerra se produjo en nuestro país una vacilación que pretendió convertirse en movimiento; una sensibilidad que no devino conciencia. Ataquemos de frente esa vacilación sensitiva, hablamos del grupo de la revista Orígenes, bajo el imperio de José Lezama Lima.

No somos de los que niegan el valor de la obra de esos señores, por su oscuridad. Heráclito era llamado “el esotérico”, porque su Verdad era nocturna, nos ejercitamos en el fuego heraclitano como bajo la luz del sol presocrático de la isla de Cuba; en Heráclito todo es claro o casi claro para nosotros. Ocurre que navegamos correctamente la poesía de Hölderlin, Trakl o Cino da Pistoia, Lautréamont o Artaud; estamos acostumbrados a distinguir en la oscuridad. En esa distinción en la oscuridad hemos aprendido a expresar lo que suscita realidad mítica o poética y lo que es impostura tremenda, el caso de Lezama. Así es, Lezama, poéticamente, representa la impotencia, porque la oscuridad sólo sirve para transmitir ideas oscuras. Lezama no transmite nada, su escritura es un esfuerzo que termina en fatiga inútil para el escritor y el lector. Lezama es un impotente verbal que no ha comprendido nunca la esencia del lenguaje.

Todo el llamado grupo Orígenes parte de una anulación doctrinal, de una ausencia de estructura, de querer expresar algo que no saben, que no pueden o no llegan a expresar. De lo que surge, por una parte, una vacuidad completa, el caso Vitier: la poesía también tiene horror del vacío. Un sentimentalismo municipal del más grosero, Eliseo Diego; un querer decir lo que no es capaz de decir, José Lezama Lima, el arañazo en la piedra. Esa nulidad es el producto de una fundamental timidez, sin fe su ideología confesional se anula ante la historia.

El grupo Orígenes aparece en 1936, año en que comienza la Guerra Civil Española. El surrealismo es la vanguardia de la poesía. Recordamos el ensayo de Tzara “El surrealismo entre dos Guerras”. La filosofía de los tiempos es el existencialismo, influido por la ontología de Martin Heidegger. Por otra parte, un grupo de intelectuales une el marxismo con el existencialismo en la tarea crítica, sin olvidar el psicoanálisis. Jean Paul Sartre será más tarde, en Francia, el producto de esa actividad.

Es una época de desgarramiento, la muerte de la esperanza se produce en ese momento, recordemos la novela de Malraux L’Espoir. Todos los valores vigentes en el pensamiento occidental se derrumban, el “escándalo metafísico” del asesinato de poblaciones indefensas se convierte en un modo de ser. Ante ese conflicto la posición de los intelectuales es la que toman Picasso, Jean-Paul Sartre, André Breton, Antonin Artaud, Bernanos, Orwel y Brecht. ¿Cuál es la respuesta del grupo Orígenes ante ese reto de la historia? La de un grupito de pequeños escritores. Ignorando su tiempo, se refugian en la más absurda de las reacciones, el colonialismo. Miran hacia atrás, mirar hacia atrás en Cuba es aceptar la esclavitud y la colonia. Estéticamente son incapaces de comprender los tiempos y se adosan a la poética de don Luis de Góngora, el barroco, a Felipe II, a la hispanidad y su gangrenado imperio. Por otra parte, Lezama se presenta como un secuaz de Valéry, veamos por qué no comprende a Valéry en ninguna de sus manifestaciones. Valéry es un nihilista, un ateo, con todo lo que eso significa: su prosa es transparente y su actitud cínica y despreciativa, en el buen sentido. Lezama es confesional, su sintaxis es pésima, y su concepto del universo pretende ser el del tomismo. Es imposible cualquier asimilación del pensamiento de Valéry a la posición de Lezama.

La obra literaria de Lezama Lima carece del poderío y la gracia poética, este señor se confiesa surgido, directamente, del surrealismo y de los poetas católicos franceses, entendemos Claudel en este caso. Del surrealismo Lezama no tiene nada, la surrealidad se obtiene totalmente o no se obtiene, quiero decir, somos surrealistas o no lo somos, lo demás pertenece a la falsificación. La característica del poema surrealista es su voluntad de lo maravilloso, la poesía surrealista está enlazada con la búsqueda de lo maravilloso objetivo. Nada de eso existe en Lezama, que no sabe ni siquiera imitar la expansión y contracción de la imagen de lo maravilloso, aparte de ignorar la investigación del lenguaje que es la raíz de la surrealidad. En cuanto a Claudel, preciso es decir, que no se trata de un poeta; sí de un magnífico escritor con una gran violencia verbal que Lezama nunca ha sabido traducir a su nivel personal. La única influencia real e importante en la literatura –si así podemos llamarla–, del señor Lezama es la de los barrocos españoles, cuyo lenguaje saquea, y la de los poetas españoles de “vanguardia”. Nunca hubo vanguardia en España, de eso hablaremos otro día. El saqueo a que Lezama someto al ilustre cordobés don Luis de Góngora es digno de ser investigado por un tribunal poético. El lenguaje es un ser viviente y la poesía de una época sólo puede expresarse en la lengua de su momento: los sonetos y las palabrejas castizas conducen a la frustración esteticista. Sólo que para ser esteticista hay que ser un artista y los Orígenes no lo son.

Uno de los términos de los Orígenes –recordemos el filósofo que da “orígenes” a la revista–, para defender su posición, consiste en decir que han hecho varias revistas durante muchos años, que han publicado varios libros, en resumen, han hecho “una gran tarea cultural”. También las damas del Lyceum han publicado revistas y nunca han producido cultura. Esa es una posición cultural burocrática. En cuanto a publicar libros, si se trata de Hegel quien los escribe es muy importante; cuando son obra de la mascota del grupo, la situación cambia un poco. Publicar libros y hacer revistas corresponde a los editores y no a los poetas. Lo que corresponde a los poetas es crear poesía y estar junto al pueblo. Los “Originales” atacan en público y en privado al pueblo cubano diciendo que está corrompido; daban la espalda al pueblo, y ellos, los purísimos, se dedicaban a la abominación de la indiferencia ante el drama de sus compatriotas.

La posición de estos señores consiste en decir: “somos muy cultos y hermosos, claros, preciosos y castos como el agua de San Francisco; además somos poetas y otras cosas, por lo tanto, toda Cuba tiene que venir de rodillas ante nosotros”. El poeta necesita un público –creo lo decía Nietzsche–, aunque sea de hipopótamos. Ahora el hipopótamo quiere tener un público de poetas: el pueblo que ha hecho la revolución. Esa posición egoísta sin conexión con ninguna de las clases sociales, y alejada del drama del hombre, conduce a una mediocridad sin límites. Ese es el sentido del grupo Orígenes.

El señor Cintio Vitier, en su antología de Diez poetas cubanos, reclama para su grupo, el honor de haber creado, una nueva sensibilidad; entre 1936 y 1947 era necesario en Cuba –nuestro país se encuentra en este mundo cultural agonizante– una .nueva conciencia. Crear una nueva conciencia y no una nueva sensibilidad. El surrealismo que se funda en lo inconsciente maravilloso es una nueva conciencia. En 1936 nos encontrábamos bajo la primera tiranía militar de Batista, el grupo Orígenes tomaba como bandera lo hispánico: el franquismo, y como consecuencia la dictadura. Mientras el mundo se desangraba los hombres de Orígenes preparaban una “nueva sensibilidad”. No hay que olvidar que el filósofo Orígenes cortó de un tajo cierta parte de su cuerpo para mantenerse puro; creo que fue la “nueva sensibilidad” del grupo. Su pureza la pagaban con su silencio respecto al drama colectivo.

El grupo Orígenes ha ignorado el pensamiento moderno, cita en sus obras a todos los autores; ni sus obras ni sus vidas responden a su información. Cintio Vitier hace frasecillas a la manera de Heidegger: la ontología de método existencial de Heidegger parte de una aceptación del nihilismo como actitud del hombre moderno; no se puede ser católico y heideggeriano a un tiempo; no se puede utilizar el pensamiento de Valéry y ser católico. He ahí donde Vitier y Lezama se pierden en su nulidad, porque no son ni ateos ni católicos. Por otra parte, pretenden estos señores hacer del poeta alguien que da una visión del universo; es algo extraordinario, han hecho tabula rasa del poeta fáustico de Spengler, de Hegel, de Dilthey y de los románticos alemanes.

Siento mucho ocuparme de estos señores infinitamente pequeños; suelo ocuparme de Hölderlin y Mallarmé. Porque la poesía es los grandes poetas, y quien a los cuarenta años no ha hecho la gran poesía, no la hará nunca. Pero se trata de la influencia nefasta de esos mercaderes de ideas sobre el medio intelectual cubano. La impostura encuentra su fin, los jóvenes nuestros deben reducir las esencias de la verdad directamente de los grandes autores, y abandonar la lectura de lo que significa el mantenimiento del orden colonial de mediocridad y esclavitud intelectual.

Desde hace años venimos combatiendo por crear una nueva conciencia, por levantar nuestro estado de mediocridad intelectual a la altura del hombre moderno. Nuestra revolución en marcha necesita escritores y poetas propios de una nación en su plenitud de conciencia. Nuestro siglo de frustraciones ha desaparecido y debemos terminar con los ideólogos de la frustración, que por otra parte colaboraron a su mantenimiento: cuando Orígenes produjo un político se llamó Gastón Baquero, y puesto que nunca lo denunciaron o lo expulsaron públicamente del grupo, podemos decir que todavía forma parte de la impostura de Orígenes. Nosotros los que formamos una nueva conciencia y no una nueva sensibilidad, damos por abolido el grupo Orígenes, esa impostura de la que no hablaremos más.

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