La Habana, diciembre 27 de 1942
Sr. Jorge Mañach.
Ciudad.

Amigo Mañach, lo peor de las cosas es que nos gusten a pesar de ellas mismas. Un espíritu astuto diría que no, que lo mejor de las cosas es que nos gusten a pesar de ellas mismas. Pero no nos importan los espíritus astutos sino solamente los espíritus. Para usted es Poeta, nada más y no otra cosa, que “reticencia polémica un poco menuda” y “cuarzo y niebla”. Lo demás que usted añada es sólo pura cortesía; que no cuenta.

Y un pequeño error de cálculo que ha sido la causa de todo esto. Quiero decir que yo envié Poeta al Mañach de la Revista de Avance, pero el envío me fue respondido por el Mañach de próximo ingreso en la Academia de Artes y Letras. Y como la existencia de este personaje último exige necesariamente la muerte del primero, me pregunto melancólicamente, si el destino del homme de lettres en Cuba sea el de sucesivas metamorfosis hacia un espécimen de simetría cada vez más opuesta a la de este puro hombre de letras. Porque es indudable que existe una profunda disociación entre aquella declaración contenida en el número inicial de la Revista de Avance y el juicio que usted ahora comporta sobre la declaración hecha en Poeta. Poseo la seguridad de que ese fallecido personaje no se habría escandalizado con la lectura de “Al levar el ancla” o con la “Terribilia meditans…”; y entre otras razones fundamentales porque no “llevaría en su bagaje la bandera blanca de las capitulaciones”.

¡Capitulaciones!… He aquí uno de los agudísimos problemas que cooperan a esa frustración antedicha. Yo no sé por qué causa (dejo esto al minucioso sociólogo) el hombre cubano (el americano en general) en llegando a un punto capitula; y comienzan entonces esos hombres sucesivos que no son ningún hombre y que implantan la confusión; que instauran la escuela del confusionismo.

Sí, usted “se asusta a veces un poco de su propia herencia”. Pero, Mañach, es que en materia de sustos, de terrores la de nosotros tiene sobrados fundamentos para asustarse ante la franca capitulación de la generación anterior. Y sabe usted que no hay cosa más difícil para una generación que toparse con que la precedente ha capitulado. Y a nosotros –de quienes se dice que somos erizados puercoespines, supercríticos de todo–, ha tocado representar ese difícil papel de la rebeldía; del espíritu metódico y de intransigencia en un medio, que después de la seudorrevolución machadista, sólo quería el pesebre y el conformismo en todos los órdenes y en todas las esferas.

Esto nos ha traído graves reproches de los que nos sentimos satisfechos. Por ejemplo, los hechos a Poeta recorren la gama más variada; ellos son la contrapartida al sentido de método, ordenación y jerarquía que caracterizan al cuaderno. ¡Y a esto llama usted así simplemente “cuarzo y niebla”! Pero no hay tal cuarzo ni tal niebla si yo sinceramente aviso de ciertos peligros en los cuales estamos a punto de caer o ya estamos cayendo; porque la peor de las morosas delectaciones es la originada precisamente en los grupos afines. Y esto, si no me equivoco se denominaría cristalización, y cristalización es muerte.

Para salvarnos –en la medida que un hombre en Cuba pueda salvarse–, hemos tenido que suprimir toda amabilidad, pues, ¿no es cierto, por ejemplo, que el completo abandono del principio polémico y de jerarquía ha sido causa de la confusión y desorden literarios en que nos movemos? Y nosotros, ¿podíamos admitir que la jerarquía poética fuese mancillada? ¿Que esa relajada democratización en marcha inundase el predio de la recta poesía cubana? Sabe usted muy bien que hoy se escribe a cualquiera, titulado poeta porque sí, un ensayo de crítica aunque ello signifique la confusión. Denunciar estos hechos; ordenar el desorden; no pactar, no capitular; meterse de lleno en la obra es nuestra misión. La posteridad se encargará de confirmar o desmentir.

Pero antes que la posteridad, y para que ella posea material suficiente, deberá usted, Mañach, escribir de lleno ese “escandaloso” ensayo sobre “Lo poético irresponsable” al que –nunca lo dude– le haremos, naturalmente, todo el caso. Mientras, yo releeré su carta, que es un breve tratado de ironía beocia. Yo ruego a los dioses que el suyo próximo sea una muestra acabada de ironía ática. Usted decidirá.

Finalmente, Mañach, yo no debo aceptar su cheque; yo quiero que usted comprenda profundamente mi decisión. ¿Acaso sería honesto de mi parte aceptar esta suma si su dador no comparte en absoluto el espíritu de mi revista?

Yo le doy las gracias, yo le saludo lealmente.

Virgilio Piñera
S. C. Gervasio 121 altos

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