Señor:

Considerando de interés general la queja que me propongo exponer a usted, la doy a conocer públicamente de esta manera.

Todavía no me he repuesto del asombro que su extraña negativa a realizar el montaje de la obra cubana Jesús, de Virgilio Piñera, bajo los auspicios de la Dirección de Cultura, me causara.

Si yo hubiera acudido a usted en su calidad de encargado de teatro de esa dependencia oficial, ignorante de los planes actuales que se tenían allí, y al presentar la solicitud se me hubiera explicado la imposibilidad del proyecto mío, por entorpecer este o aquel ya en estudio o preparación, estas inquietudes lógicamente no se habrían producido.

Pero usted me mandó a llamar por medio de uno de sus asesores. Estaba bien claro cuando hablé con él y después con usted que yo sólo contaba con los meses de verano para trabajar, pues estudio en el extranjero y debo regresar a la Universidad en septiembre. En nuestra primera entrevista usted aceptó de muy buen agrado mi plan, me exhortó a comenzar el trabajo y quedó en darme la respuesta definitiva el lunes siguiente (pues el tiempo no podía perderse, teniendo en cuenta el corto plazo de dos meses justos solamente a mi disposición).

Aquella entrevista tuvo lugar el viernes 10 de julio. El lunes nada se sabía aún; me habló usted de una “juntilla” que se celebraría esa tarde, y me citó usted para el día siguiente (había algo raro, molesto, en esa nueva demora, me parecía que mi franqueza chocaba con no sé qué incomprensibles barreras).

Esa noche le vi a usted en la sala Arlequín, y me comunicó que hasta el miércoles no podía haber “junta de asesores”, pero que “no era necesario que yo fuese a verlo para conocer la decisión”, sino que uno de los asesores me haría partícipe de ella.

El viernes, viendo que una semana preciosa había transcurrido, durante la cual no había podido hacer otra cosa sino reunirme con el autor Piñera para estudiar las modificaciones que él planeaba hacer al texto original (escrito hace unos diez años), viendo que nadie me llamaba para comunicarme ninguna decisión, opté por telefonear al asesor en cuestión.

(Antes de la primera entrevista con usted, ese asesor me había hablado de las reparaciones que se iban a hacer en el salón teatro del Palacio de Bellas Artes, pero me explicó también que eso no era un obstáculo al montaje de la obra, pues la Dirección de Cultura contaba con facilidades bastantes para conseguir otro local en caso de que dichas reparaciones no estuvieran terminadas en septiembre).

Para mi asombro, la llamada telefónica al asesor tuvo el siguiente resultado: la obra no podía ponerse porque se iban a hacer reparaciones y hasta la semana siguiente no se sabía en qué fecha terminarían, y quién sabe si terminarían en octubre cuando yo no estuviera en La Habana.

Debo aclarar que en ninguna de nuestras entrevistas usted mencionó tan magno obstáculo, aparte de que yo nunca lo consideré tal teniendo en cuenta las explicaciones del asesor.

En fin, concibiendo (quizás equivocadamente) que una injusticia se ha cometido, expongo sinceramente mi queja. Considérese para mi disculpa, si la queja recibe satisfactoria explicación de parte suya, que las oportunidades que tengo de dirigir teatro en mi país son contadas y limitadas, y que en esta nueva Era nacional de dignidad y honradez, pensé que recibiría ayuda efectiva para un interesante empeño artístico sin las inexplicables dilaciones y los oscuros dobleces que caracterizaron a la “vieja guardia, burocrática”.

Julio Matas

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