En cierto modo un escritor es, un poco, un detective. Como este, su misión es parar la oreja; ver qué se comenta, tanto entre el público lector como en los corrillos literarios; seguir, cuando la ha encontrado, una pista hasta dar con la clave del enigma. Aparte de su oficio de escritor en sí, esta actividad indagatoria –especie de segunda naturaleza– le proporcionará elementos de juicio para orientarse y orientar a sus lectores. Desconfíese de ese escritor a quien no le interesan los rumores que corren por la ciudad, y desdeña los juicios que no provienen de un personaje de su mismo nivel. Bueno, pues está sepultado de antemano.

En La Habana, que es una ingente moledora de noticias, de chismes, de bolas y hasta de secreteos, se viene hablando, cada vez con mayor aire de preocupación, de lo poco o nada que se escribe entre nosotros. En relación con esto ocurre algo que sería chistoso si no encerrara al mismo tiempo una dramática evidencia: son los propios escritores que más la comentan y analizan, dividiendo y subdividiendo sus tesis sobre la materia. Unos estiman que en Cuba no se escribe porque no hay nada que decir; otros creen explicar su esterilidad por la asombrosa pérdida de tiempo, la que justifican diciendo que La Habana es una ciudad vertiginosa, llena de ruidos, de calor (el calor es un tema muy socorrido), que el día se va entre las manos sin saber cómo se ha ido… Muchos hasta llegan a usufructuar obras que no han escrito, lo cual es un modo de confesar que la producción está por debajo de cero. Finalmente, están los que so pretexto de no precipitar sus escritos, acaban por ser víctimas de una lentitud mal entendida.

¿Cómo orientarse en medio de tal maraña? Nada como las cifras para esclarecer tales oscuridades. Intentemos una enumeración de aquellos escritores de las dos generaciones posteriores a la de Orígenes y veamos qué han publicado hasta la fecha. En primer lugar tenemos los escritores entre veinticinco y treinta y cinco años: Fayad Jamis: un libro; Luis Marré, 0; Roberto Fernández Retamar, 3; Raimundo Fernández Bonilla, 0; Ramón D. Miniet, 0; Rolando T. Escardó, 0; Nivaria Tejera, 2; Pedro de Oráa, 1; Roberto Branly, 2; Samuel Feijóo, 4; José Triana, 1; Guillermo Cabrera Infante, 0; René Jordán, 0; Rolando Ferrer, 0; Fermín Borges, 0; Rosario Antuña, 1; Ezequiel Vieta, 1; José A. Baragaño, 3; Pablo Armando Fernández, 2.

Generación entre veinte y veinticinco años: Severo Sarduy, 0; Antón Arrufat, 0; Manuel Díaz Martínez, 2; Frank Rivera, 0; Eduardo Bolívar, 0; Jorge A. Gómez, 0; Enrique Berros, 0; Adrián García Hernández, 0; Sergio Rigol, 0; Fausto Masó, 0.

Como se advierte, la producción es bajísima. Por supuesto, todos aquellos marcados con un cero, poseen obra inédita (o, al menos, se supone la tengan). Aquí se presenta el problema editorial: el escritor es su propio editor, con el agravante de que el noventa por ciento de los escritores cubanos confronta una economía que casi linda con la miseria. Resumiendo: este es el punto a favor, punto en que ellos se apoyan para justificarse. ¿Es realmente así? ¿Si no escribe es debido, por una parte a la falta de dinero, por la otra, a la ausencia de editoriales? Sí y no. Afirmativo, por cuanto todo escritor mermará su productividad proporcionalmente con la falta de estímulo. Negativo, porque el fondo del problema habrá que buscarlo en la propia indeterminación del escritor como tal, y también en una suerte de desasistimiento de sus medios y fines, que con el decursar del tiempo se ha ido acentuando y agravando notablemente. Es harto sabido que la generación de Orígenes escribió y leyó sensiblemente más que esas dos que acabo de apuntar. Entendámonos; ni escribió ni leyó “lo que marca la ley”, pero en el tiempo histórico de que dispuso como generación activa, hizo más (hablo sólo en sentido masivo, y los logros no importan por el momento) que aquellas que la siguieron. Yo no voy a afirmar tajantemente que en esas dos generaciones no haya varios escritores con una formación cultural como se debe, pero no es menos cierto que la mayor parte de sus componentes no está en condiciones de escribir un ensayo o realizar una buena crítica, por supuesto, protestarán mi afirmación y dirán que están prontos a demostrar lo contrario. Pero entonces, ¿por qué se habla constantemente en nuestro milieu intelectual de que el talón de Aquiles de una revista literaria cubana se ubica en esa parte de la misma dedicada a la crítica y el ensayo? ¿Y no se comenta también, si contra viento y marea aparece la crítica o el ensayo, que la una y el otro resultan ilegibles? ¿No se dice que fulano o mengano es inteligente, que se le ocurren cosas, pero que no sabe expresarlas, que ni siquiera está en posesión del abecé del estilo literario, que su gramática es parda y que su sintaxis es negra?

Hay también el problema de la poesía. Los poetas dicen con desenfado: “Me basta con lo poético”, con lo cual están expresando su indiferencia por la historia, por la política, por la geografía, etc. En cierta ocasión pronuncié el nombre de Luis Felipe de Orleans en un corro de poetas. Uno de ellos me dijo: “Tu siempre con tus vejeces…” Pero es que Luis Felipe es 1830, y 1830 es Hugo, Lamartine, Musset, George Sand, Stendhal, Vigny. Son las Tres Gloriosas, es Lafitte, es la columna conmemorativa de la Toma de la Bastilla, y es el Romanticismo nada menos. ¿Es posible que al poeta no interesen estas “vejeces”?

Pero hay más cuando se funda Lunes de Revolución, sus editores confrontan una situación crítica: la producción literaria cubana no alcanza a cubrir las dieciséis páginas habituales del magazine. Resultado: utilización de la producción extranjera en su forma más irregular, es decir, traducciones, retraducciones, refritos y fiambres… Evidencia: el magazine no tiene una conformación nacional. No es su culpa. Ni siquiera fue cebo eficaz el pago de los artículos. Se piensa que cualquier escritor se sienta estimulado por el dinero, pero lo cierto es que los nuestros no sintieron shock tan tranquilizador. Eso sí, prosiguieron hablando de que la Habana es un horno, de que uno se pasa el día corriendo, de que en esta ciudad no se puede escribir, y más que todo eso, de que hay muy pocos temas.

Bueno, al fin estalló la bomba del tema. ¡El tema! Este tigre de Hircania nos ha perseguido a todos a lo largo de nuestra vida literaria. Cuánto tiempo no hemos perdido y cuántos temas, suculentos y maravillosos, no habremos dejado de lado por nuestra maldita costumbre de buscar un tema. Y el tema no se encontraba porque el mismo se situaba en un nivel demasiado alto. Nunca supimos que no hay tema malo a condición de saberlo expresar, pero nuestros nunca bien malditos niveles nos hicieron perder el tiempo y achacarlo todo al calor… Por último, en estos días del mes que corre, se ha hablado de una página diaria en el periódico Revolución, la cual estaría dedicada a distintos aspectos de la vida literaria cubana. Pues se ha llegado al convencimiento de que tal intento resulta prácticamente imposible por no disponer del equipo adecuado para la redacción de la misma. ¿Qué dicen a esto nuestros escritores, sobre todo los jóvenes? ¿Es cierto que el calor…? ¿Será verdad que ellos son escritores sólo a ratos perdidos? Nos gustaría saber su opinión al respecto.

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