En la sección Buenos Días (Diario de la Marina, domingo 8 de los corrientes), al referirse a un folleto editado por el Departamento de Relaciones Culturales del Ministerio de Estado en el cual se enjuicia al magazine Lunes de Revolución, el Vigía (firmante de dicha sección) aprovecha para también arremeter contra Lunes. Dice: “Es raro que no lo califiquen también de atentatorio a las buenas costumbres, pues en ese suplemento se publican con mucha frecuencia artículos que contienen palabrotas obscenas. ¿También esto es revolucionario?”

No vamos a historiar aquí las pretendidas buenas costumbres del Diario: es de sobra sabido que se inscriben en ese marco de hipocresías que es la santurronería y la beatería. Por cierto, en el orden cultural La Marina siempre se ha mostrado “respetuosa”. Bastaría hojear en sus números-aniversario los artículos dedicados a las letras y las artes en Cuba. Verdad que no contienen ninguna palabrota –o como diría el padre Rubinos con encantador eufemismo: “En el Diario no se practica la coprólisis”–, pero, en cambio, cuánta chatura en el pensamiento, qué arrimar las brasas a las sardinas de los santones de la cultura cubana, cuántas iras jupiterinas en el caso de que un joven de ese entonces se atreviera a pensar con su cabeza y no con las de los doctores de sus leyes “culturales”.

Y es precisamente La Marina –negación de la inteligencia– la que emplaza a Lunes porque allí se deslizan palabrotas. Como si los escritores de dicho magazine fueran niños caprichosos que se ponen a decir malas palabras por el solo placer de escucharse, o para calentar las orejas de pudibundos filósofos y señoritas de su casa…

En todo caso, Lunes no se las da de revolucionario porque en este o aquel de sus números aparezca una palabra de esas que se dicen gruesas. Nadie, a menos que sea un cretino, se toma el trabajo de hacer una publicación literaria para divertirse sembrando sus páginas con palabrotas. Lo revolucionario de Lunes se fundamenta en el derecho que tiene todo escritor de expresar su pensamiento. Si una de esas palabrotas está puesta de modo funcional, si, por el contrario, se aleja de todo exhibicionismo, no hay por qué censurarla. Ya conocemos el brillante destino de esos libros que han sido, alguna vez, puestos en el Index. El tribunal de las buenas costumbres nada ha podido contra ellos, y pasado el tiempo se han convertido en lectura para pudibundos filósofos.

Lo que hay en el fondo de todo esto es ese sabotaje permanente de los contrarrevolucionarios de la cultura. Y así como se le ponen bombas a un barco o se incendian los cañaverales, así también se ametrallan y se incendian ciertos libros y ciertas publicaciones que, contrariamente a lo que se piensa, abren los ojos al pueblo y lo enseñan a pensar.

Puede ser cierto, como se ha dicho, que nuestras letras no están a la altura del proceso revolucionario. Lo que sí es indudable es que Lunes ha hecho un gran esfuerzo por aproximarse, desde lo cultural –tanto en su sentido político como espiritual e intelectual– al pensamiento e ideario de la Revolución. Si Lunes publica un texto como La gangrena donde se contienen “expresiones fuertes”, si Lunes inserta un cuento en que aparece una de esas “palabrotas”, no está haciendo otra cosa, sobre el plano cultural, que descubrir los turbios manejos de que fue víctima el pueblo de Cuba por más de cincuenta años.

Ojalá que tuviéramos a diario acusaciones tan mal fundadas como las del Vigía. Ellas pondrían de manifiesto que Lunes hace algo más que goma y tijeras. Esta publicación –lo he dicho en otras ocasiones– está formando un equipo, sin el cual la literatura de un país no es más que escritores de café. Es por eso que se le ataca y que se recurre, para anularlo, a la eterna cuestión moral. Moral, de acuerdo, pero acomodaticia, no sofocadora. Y Lunes es moral hasta ese punto donde tal noción no se convierte en cortinas de humo y vanos juegos florales. Por otra parte, Lunes es un magazine que goza de una amplia difusión. Que el público juzgue en consecuencia.

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