En un editorial aparecido el domingo 22 de los corrientes, el director del Diario de la Marina toca a rebato, y dice que “por medios oblicuos se atenta contra la existencia de un periódico más que centenario”.

Es curioso: este periódico sale a la arena en su eterno papel de víctima y, como buena víctima, echa mano al recurso sentimental, es decir, se escuda tras sus muchos años de fundado. Particularmente en Cuba el papel de víctima resulta muy socorrido. Así, dicen: ¿Es posible que ya no se respete la vejez? ¿Es posible que un periódico centenario vea amenazada su gloriosa vejez? ¿Es posible que algo tan advenedizo como una revolución hecha por jovenzuelos pretenda salirle al paso al venerable Diario?

Sin embargo, la situación es muy otra. No es la Revolución la que ataca. Parecerá mentira, costará gran trabajo creerlo, pero la Revolución se limita a defenderse. La situación es como sigue: la Revolución triunfa, y este triunfo es un hecho irrebatible. Al minuto de su triunfo, es decir, con el último asalto al baluarte del batistato, la Revolución pasa de atacante a atacada. Primero que todos por La Marina. No sé si está en el ánimo del pueblo que cuando Batista se sentía acorralado también en La Marina se sentían acorralados y, por supuesto, se sentían en peligro. Desde sus mesas de trabajo temblaban, el director, Gastón Baquero y Francisco Ichaso. Pero esto sólo son los temblores personales privados. Queda ese otro temblor general, el temblor del espíritu reaccionario de La Marina, que veía, sin poder conjurarlos, cómo los nuevos tiempos entraban de golpe por la puerta de la Redacción.

Cuando Rivero insiste en que su periódico vela por los intereses nacionales, no hace otra cosa que recurrir al eufemismo. Veamos. Para Rivero los intereses nacionales son, en primer lugar, los intereses colonialistas, los intereses capitalistas y los intereses latifundistas. En segundo término, se muestra desolado porque un señor llamado Fidel Castro tuvo la “maldita ocurrencia” de ver a Cuba con otros ojos que los del mero apetito personal. La Marina estaba acostumbrada a los presidentes cubanos cuya acción en el poder se conjugaba con esta supuesta defensa de los intereses nacionales preconizada por los Rivero. Tiene razón el director cuando afirma que su periódico “jamás ha tenido que afrontar en su larga historia una situación tan especial y difícil”. ¿Y cómo no habría de ser así? Por primera vez en su larga historia La Marina se enfrenta con un Primer Ministro opuesto, en todo y por todo, al continuismo. Y cuando La Marina habla de tradición recurre de nuevo al eufemismo. Tradición quiere decir, en lenguaje marinesco, continuismo, o más sencillamente: ¡Viva la Pepa! Por no aceptar el continuismo, Fidel es reputado de rojo… amarillo y verde, de querer sumir al país en el caos y, por descontado, debe soportar que sea la propia Marina, erigida en defensora de la democracia, quien se lo diga.

Situación especial… para aquel que ha atravesado un largo interregno de más de cien años hecho de “situaciones regulares” no hay duda de que el momento presente le sabrá a “situación especial”. Los Rivero dicen: ese que gobierna nos suprimió las prebendas, ese que gobierna es anticolonialista, ese que gobierna reparte las tierras, ese que gobierna no gobierna con nuestras sugestiones, y ese que gobierna no se va a dejar gobernar. ¿Le negaríamos ahora a La Marina las cien razones para sostener que vive una situación especial?

Y difícil… Es difícil hacer tragar al pueblo la píldora de las buenas intenciones del Diario (el infierno está poblado de ellas), y más difícil aún la píldora, decididamente intragable, del sentimiento democrático del Diario. Esa democracia no puede ser aceptada por el pueblo, ya que la misma se fundamenta en la frase “ancho para mí y estrecho para ti”. Y es curioso, es altamente significativo que esa misma frase –divisa del escudo de los Rivero–, invierta sus términos por obra y gracia de la Revolución: ancho para el pueblo, estrecho para La Marina. No hay duda de que el periódico está en situación realmente difícil. Diría, sin forzar el término, que está en situación crítica.

Por otra parte, La Marina insiste sobre los errores de la Revolución. También vamos a darle la razón. Todas las revoluciones cometen errores, y esto por la sencilla razón de que sus hombres no bajaron del cielo. Ahora bien, el único error que la Revolución no comete, aquel por el cual su existencia quedaría amenazada, es el error de convertirse en reaccionaria, esto es, parecerse a La Marina y a otro montón de cosas. Y tal extremo pretenden los Rivero. Y pretenden más: verían con indecible placer que Fidel diera el traspiés fatal, es decir, que Fidel “se pasara” para La Marina, para el State Department, para los latifundistas y para los grandes capitales nacionales y extranjeros.

Es precisamente por esta voluntad férrea de afincar la Revolución que esta es susceptible de errores, esos errores propalados, hipertrofiados y utilizados por sus enemigos. Pero si la Revolución no los cometiera, si la Revolución, por no errar, por aprender en el librito ad usum delphini, dijera “aquí no ha pasado nada”, en pocos días se desinflaría como un balón de goma, y entonces La Marina, el State Deparment, los latifundistas y los capitalistas fabricarían con sus pedazos lindos biberones para así convertirnos, de una vez por todas, en inofensivos idiotas.

Resumiendo: La Marina está amargada, se queja amargamente. Y lo hace con las mismas lágrimas de los nobles franceses del XVIII y de los nobles rusos del XX. Es evidente que este periódico ha llegado a su etapa lacrimosa, esa etapa final en que, puesto frente al muro de las lamentaciones, solo queda llorar. Y lo peor de todo, lo más patético, es que sus propias lágrimas terminarán por ahogarlo. ¿No resulta chistoso que sea precisamente en La Marina donde están con el agua al cuello?

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