Mi artículo sobre Lezama ha sido tomado por algunos como rendición incondicional de mi parte hacia dicho poeta. Aparte de que la acusación no quiere decir nada en sí misma, es reveladora de un cierto modo de pensamiento muy característico de nuestros escritores. Me refiero a que todo está teñido de una segunda intención dolorosa: si enjuiciamos a alguien, es para meternos con él o para rendirnos abyectamente. No comprenden que junto a mi casi sistemática oposición sistemática a Lezama, paralelamente, reconozca lo que él significó en un momento dado de nuestras letras. En ese artículo hablaba de la postura revolucionaria de Lezama. Por errada interpretación que se ha dado a mis palabras me veo en la necesidad de aclarar. Y esta es la aclaración. Lezama, como todos saben de sobra, nunca participó ni siquiera de pasada en la vida política cubana. En cambio, Lezama participó de modo preponderante en la política intelectual del país. Hace veinte años, Lezama era un nombre que causaba pavor entre la gente que se columpiaba cínicamente en las ramas del mamoncillo de la cultura oficial. Aquél que no haya perdido la memoria recordará la conferencia de Lezama sobre Julián del Casal en el Ateneo de La Habana, presidido en ese entonces por Chacón y Calvo. Aquél que no haya perdido la memoria recordará que la aparición de un poema de Lezama hacía sudar tinta (la de su poema) a los pavos reales de turno. Aquél que no haya perdido la memoria recordará a Lezama luchando a brazo partido por que la cultura en Cuba fuera algo más que unos perpetuos e idiotas Juegos Florales. Y sobre todo, aquél que no haya perdido la memoria recordará que Lezama subió la loma del Castillo del Príncipe por más de diez años (allí tenía un puesto miserablemente pagado) con tal de no perder su libertad de movimientos y poder cantar las cuarenta al más pintado. Si Lezama ahora está o no colgado de las ramas de ese mamoncillo, es cosa a denunciar por los jóvenes. Los franceses de la época de Taine lo desenmascararon en el momento oportuno. El Taine, amigo de Zola, el Taine que profesaba en las Escuela de Bellas Artes, se convirtió con el tiempo en bandera de los amigos del monseñor Dupanloup, mas no por ello se borró de la historia de la literatura francesa su primera posición de derribador de los ídolos de la metafísica oficial. ¿Por qué no reconocer entonces que Lezama, hace veinte años, actuaba de buena fe y que a la postre sus gritos resultaron eficaces?

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