A propósito de mi artículo “¿Qué pasa con los escritores?”, publicado en este periódico, he recibido la respetable cantidad de seis cartas, y alrededor de las cuales se mueven unas veinte personas. Sin el menor asomo de ironía digo que la cantidad es respetable en vista del desorden, confusión y desamparo en que están nuestras letras. Por otra parte, los que las firman y aquellos otros a los cuales se alude en las mismas me resultan enteramente desconocidos. Es decir que mis cálculos sobre las posibles réplicas o comentarios a “¿Qué pasa con los escritores?”, estaban hechos sobre la base de los escritores allí aludidos. Ninguno de ellos –ni los consagrados, los más o menos consagrados o los por consagrar– se tomó el trabajo de replicarme, glosarme, alertarme o hacerme picadillo… Si bien es cierto que algunos de entre ellos conversaron conmigo del “asunto”, no es menos cierto que siguen padeciendo de esos dos o tres vicios de conformación típicos de nuestra literatura. El primero y acaso más grave de todos: la indolencia. Se leen las cosas con bastante indolencia, con indolencia se corta el impulso natural de comentarlas y por indolencia los proyectos no se hacen en realidad. El otro vicio común a Latinoamérica, es el que se define por la expresión de los argentinos: “No te metas…”, subrayado por Kaiserling en un capítulo de sus “Meditaciones sudamericanas”. En este no “te metas” van revueltos: temor, indiferencia, escepticismo, falta de fe y hasta cobardía. (Si Fidel Castro no se hubiera “metido” a estas horas seguiríamos padeciendo a Batista). Un vicio más, y no menos mortífero, es ese del “espléndido aislamiento, soldado al magnífico silencio”: se estima ingenuamente que basta el silencio y la retirada para parar los golpes. En realidad no se para nada y la Historia pone a cada cual en su sitio. En otro país donde la literatura es un cuerpo viviente, un mecanismo en marcha, mi citado artículo habría dado pie a una polémica, con el consiguiente resultado de poner las cosas en claro, y ello porque en una materia de la cual todos nos nutrimos resulta imposible que yo solo ventile la cuestión.

Vemos que no ha sido así. Sin embargo, como decía al principio de mi nota, seis escritores prácticamente desconocidos se tomaron el trabajo de contestarme. Todos ellos son gente sin mayor experiencia literaria, y hasta si se quiere por el momento, malos escritores, pero están preocupados por dos cosas sin las cuales, como decía en una conferencia, una literatura es sólo escarceos de cocineras: la primera, la conciencia plena de la condición de escritor; la segunda, sinceridad en los propósitos. A la larga, las personas que han escrito, podrán caer en los mismo vicios de conformación aludidos, acaso algunas de ellas fracasen en el empeño y hasta podría darse el caso que su meta última fuese el de un arribismo desenfrenado. Todo ello no contradice en nada este su impulso espontáneo de sentirse preocupados por la materia de mi artículo, y lo que es de mayor importancia, manifestarlo. Y para que los lectores puedan hacerse cargo de tales preocupaciones me ha parecido oportuno deslizar aquí los aspectos más interesantes de sus respectivas cartas, que en definitiva todas se parecen y son coincidentes.

Juan A. Fernández Pellicer dice:

Tratando de adentrarse en las causas de esa abulia intelectual, usted señala una de las razones que siempre se esgrimen como justificación de la escasa producción literaria: el problema editorial. Usted no acepta (yo tampoco) esta razón como única, determinante; sin embargo no da a este problema el sentido abarcador que debe tener. El de las empresas dedicadas a la edición de libros ha sido discutido tan reiteradamente que no me atrevo a recomendar que se insista en él. Como usted sabe, trátase de un problema que comprende tres intereses: el del editor, el del autor y el de los lectores. Parece difícil sumarlos en favor de nuestra cultura.

Sobre este extremo le digo a Pellicer que si no terminamos por verificar dicha suma, acabaremos por igualarnos con los monos. Y prosigue:

Actualmente se editan en La Habana no menos de una docena de diarios. Si cada uno de ellos dedicara una página a recoger las inquietudes literarias existentes, así como los brotes que se van produciendo, es indudable que con ello se estimularía grandemente la producción. Hay, además, otra docena de revistas que con sólo dar un descanso a las tijeras, ofrecerían una magnífica oportunidad a los autores del patio, no tan abúlicos como usted cree y sí un tanto desilusionados ante la indiferencia de las empresas. Referido específicamente a Lunes de Revolución, sé de algunos casos de envíos de colaboraciones espontáneas que ni siquiera han sido leídas. Es innegable que la tarea de complacer a todos los interesados en colaborar en una publicación no es fácil ni grata. Si se es demasiado exigente en cuanto a estilo, idea, desarrollo, etc. se crea el descontento, si se es demasiado liberal y consecuente, la exposición al fracaso de la publicación es indudable. Pero yo me pregunto: ¿no sería posible un término medio, una política menos rígida, más flexible?

En lo que respecta a estimular al escritor, brindándole las páginas de diarios y revistas, nada tengo que objetar, y, por el contrario, me parece que está en el ánimo de todos. En cuanto a la suspicacia manifestada hacia Lunes de Revolución no la comparto. Mi acercamiento a dicho magazine, el conocimiento que tengo de Guillermo Cabrera Infante, su Director, me hacen creer en lo contrario. En Lunes de Revolución se lee todo cuanto llega y también se rechaza aquello que no se estima publicable. Una vez aclarado el punto, diré enseguida que comparto la idea de una política “menos rígida” o, mejor dicho, “más flexible”. Sería oportuno que Lunes de Revolución abriera una sección dedicada a los escritores que, siendo malos por el momento, podrían, estimulados por el trabajo y la mano que se adquiere escribiendo, llegar a ser buenos escritores. Es cierto que mucho escritor joven desmaya en Cuba por no tener confrontación con el público, con la crítica y con la propia gente del oficio. A este respecto se me ocurre que junto a dicha sección, cabría otra en la que se señalaran errores, faltas de construcción y hasta las faltas de ortografía (que las hay). Todo ello puede parecer bien provinciano y saber a escuelita, pero si tal es nuestra realidad no veo por qué enmascararla.

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