No, por supuesto, jamás escribiría un ensayo sobre la crítica… Sí, estoy enterado que constituye suprema elegancia, prueba de alta cultura ocuparse de la Crítica… ¡Hasta sé que existen especialistas!, evanescentes especialistas, ayos y ayas de la Crítica.

No, yo me ocuparé del Crítico: me siento en terreno más seguro, piso en firme si lo que examino es el Crítico y no sus consecuencias, esto es, la Crítica. Se sabe que todos los que, dejando a un lado al Crítico, se enfrentan con Crítica les ocurre lo mismo que a niños haciendo pompas de jabón… Al final, un levísimo estallido, y ¡nada entre las manos! En cambio, si echamos a un lado la Crítica y nos reducimos estrictamente al Crítico, advertiremos que nos enfrentamos con algo palpable, con algo que tiene historia, que se mueve, que nos va a dar la pauta y la cifra de sus críticas…

Pues a la Crítica en general y a las críticas en particular se puede referir felizmente ese viejo latiguillo del derecho francés: cherchez la femme… En efecto, cada vez que una crítica caiga bajo nuestros ojos, apartémosla enérgicamente y busquemos al crítico que la escribió. Sera él, y nada más, lo que nos proporcionará la clave de ella… Crítica

Y a tal punto es ello exacto que podemos decir que ya poseemos una infalible “brújula de marcar críticos”. Sí, son ya tantos los “casos” estudiados, estudiados minuciosamente, que se cuenta, por decirlo así, con un paradigma del crítico, como se cuenta, por ejemplo, con un paradigma del verbo. Porque (y ruego no olvidarlo) la Crítica no es sino una excrecencia del Crítico y no, como erróneamente se asumiría, el Crítico una excrecencia de la Crítica.

Así, auscultando al Crítico sabremos el porqué de sus Críticas; sabremos que tal o más cual de ellas es verde o amarilla porque su crítico es verde o amarillo; las sorpresas, las interrogaciones, los movimientos de terror, de cólera, los accesos de risa o de llanto que la Crítica nos depare encontrarán explicación pertinente mediante un vigoroso buceo en la persona del Crítico

Conocí un crítico musical que tenía la manía de repetir a través de todas sus críticas que el “color” de las trompas estaba mal concebido. Pues bien, rastreando en su vida pasada me enteré de algunos extremos muy reveladores. En primer lugar, dicho crítico era un músico fracasado; en segundo lugar, su talón de Aquiles eran precisamente los instrumentos de viento; en tercer lugar, de tales instrumentos eran las dichosas trompas su error. ¡Nunca pudo hacer nada con las trompas! Resulta bien lógico entonces que atacara sin piedad en lo que respecta a trompas y su colorido… Esto se llama, en términos de psicología elemental, una “descarga”.

Fundamentalmente existen tres clases de críticos sobre los cuales es preciso asestar un ojo vigilante. El crítico bien intencionado pero inculto (parece absurdo que la incultura case con la crítica, pero es una de tantas realidades a aceptar); en segundo término, el crítico filisteo; por último, el crítico que es artista fracasado. De estos tres tipos resulta el más nocivo el del artista fracasado. La palabra resentimiento es su motto, y de ella parten todos los radios de ese monumento de impiedad que es el resentimiento.

Pero procedamos según un orden. Antes digamos que la diferencia que los determina es sólo de grado y no de substancia… como diría un neoescolástico; se distinguen por la intensidad, en cuanto a la materia son idénticos, es decir, son críticas concebidas por críticos desorientados.

El crítico inculto opera, por lo común, a base de adjetivo seguido de nombre. En este rasgo lo reconoceréis. Y si habla es la misma cosa. Dirijámosle la palabra. ¡Ya está! ¿Qué hemos escuchado? Adjetivos seguidos de nombres… En segundo término, lo veremos usar fatalmente una palabra que resulta elegante y de moda en el milieu cultural. Por ejemplo, formidable, o encantador, o fantástico. Él sabe que “está bien” usarlas, que sus críticas “ganarán” derrochando esas voces de actualidad. Además, no importa si la tal palabra resulta un absurdo o contrasentido dentro de sus críticas. Se sabe de uno de estos críticos cuartoanalfabetos que usaba, porque estaba en moda, la palabra anerobio. Así, sembraba sus escritos de anerobios, y leíamos frases como esta: “Muy poco anerobio el movimiento de masas en el pintor X…”

Es como para morir de risa. Sin embargo, no lo despreciemos, porque es dañino con todo y conviene no perderlo de vista. Representa una casta y es el protegé de otra casta no menos dañina: la de los escritores que no son escritores… ¡Se conllevan admirablemente! Finalmente, constituyen un peligro nacional cuando el país sólo cuenta con unos y con otros…

Y el grado de peligrosidad aumenta con el crítico filisteo. Este es más duro de pelar. Ha arrojado toda honestidad intelectual por la borda y se vende al mejor postor. Representa en las letras el papel del mercenario: si funge de crítico en la revista A atacando a B, le veremos pasado mañana vendido a la revista C que ampara a ese mismo B objeto de sus diatribas. Pero –y es esta su marca– elogia más que ataca; como su objeto es confundir, confunde desde el elogio, y así elude enojosas cuestiones. A poco que se examinen los textos del filisteo se caerá en la cuenta que el tipo es culto y que se maneja con fluidez y elegancia; que constantemente perifrasea; que retoriza y jamás “entra” profundamente en la crítica. Es el método del mariposeo. ¿Qué definición, entonces, más exacta de que él mismo es una mariposa?

Y arribamos en seguida al caso más monstruoso y patético de estos críticos: el de artista fracasado. Podría ejemplificar con todas las artes, pues en todas se nos ofrecen ejemplos arquetípicos, pero en la imposibilidad de entregar todos los casos, y atendiendo a que escribo estas líneas en una revista dedicada a la divulgación teatral, voy, en consecuencia, a ocuparme del autor teatral fracasado que ha devenido, por fuerza de sus fracasos dramáticos, crítico teatral.

Su “constante” (perdonad el término) –como expresara más arriba– es el resentimiento; un profundo resentimiento que lo lleva, sistemáticamente, a negarlo todo en materia de teatro: desde la simple colocación de una bambalina hasta la obra misma que se estrena. Su fracaso le cabalga psíquicamente y se ve constreñido al tipo de descarga más onerosa, es decir, a la “descarga incoercible”. Nada puede contra ella: en momentos de la representación, cuando en cierto momento de la misma está gozando con un acierto, con una situación dramática bien conseguida, salta la liebre del resentimiento; le vemos agitarse en la butaca, un rictus le aflora en los labios, constata que el acierto visto es el mismo que él no pudo acertar en la pieza X, y entonces, ¡oh, señores!, entonces la razón se pierde, el ánimo se doblega y contemplamos a una fierecilla que forja in mente los más sombríos proyectos de venganza. En efecto, al día siguiente, o al otro, ¡qué más da!, aparece en tinta negrísima una catilinaria contra el autor, contra los actores, contra las luces, contra el director, contra las diablas y bambalinas, contra el traspunte, contra… ¡Por favor!

Así, cada obra a la que asiste se presenta a sus ojos como una terrible Némesis de sus fracasos como dramaturgo; ella es implacable y le va señalando con su fría mirada todos sus errores y sus insulseces en materia teatral. ¡Eso sí!: si la obra a enjuiciar es de un raté como él, o una “postalita” bonachona de un adolescente sin nada en la cabeza, entonces bate palmas y afirma que la dramática nacional está salvada. Su objeto es impedir que surja nada que pueda poner en evidencia su propio fracaso; si él no logró expresarse dramáticamente, que tampoco nadie logre hacerlo. Al menos, conseguirá con ello no ser confrontado con nada. Piensa, con típico resentimiento, que la producción dramática está bien muerta y que nadie podría resucitarla.

¿Qué salida le queda a dicho crítico? Si me viera compelido a usar una figura para poner de manifiesto la violencia de sus procedimientos, echaría mano a la forma suicidio. No otra cosa nos ofrece ese autor dramático que, por fuerza de sus fracasos, ha devenido crítico teatral. Como lo niega todo sistemáticamente, va, al propio tiempo, fundamentando en sus lectores un escepticismo que, al fin y a la postre, acaba por volverse contra sí mismo. Las andanadas se hacen tan frecuentes, las jeremiadas tan inoportunas, que leyendo la crítica 268 creemos que estamos leyendo la número 1; vemos entonces que sus propias andanadas, sus terribles bombas, sus estruendosos varapalos se vuelven contra él y le contemplamos, como a Acteón, devorado por los perros de una Diana que son sus propias palabras. Pero, como en el interregno entre su resentimiento y su suicidio puede causar grandes daños, conviene vigilarlo con ojos de Argos y poner en su mesa de trabajo el servicial cartelito: “¡Ojo con el crítico!”

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