Hay muchos, muchos intocables. Altos, bajos, rubios, morenos, carpinteros y escultores, picapedreros y poetas. De todas clases, de todos los oficios, hasta desocupados, de esos que nada parecen pretender y andan por la vida sin dejarse tocar, sobre los ridículos zancos de su orgullo, o metidos dentro de la torre de marfil que ellos, cada día, van levantando más y más hacia las nubes propicias. Andan por la tierra lo mismo que nosotros; sus zapatos están llenos de barro, quizá mucho más enlodados que los de cualquier otro ciudadano, pero en cuanto usted, amigo, pone en duda su misión trascendental, entonces se volverán airados contra sus razones, pretendiendo que la porquería de sus suelas es tierra de montaña, es decir, tierra de estrellas, tierra de cielo puro, maravilla de Dios. La psicología moderna ha hablado mucho, muchísimo de su caso. Son los inestables, los que no se sienten seguros, los que necesitan gritar, y hasta insultar, para afirmarse a sí mismos, cercándose con muro de barajas que un soplo puede echar al suelo para siempre.

Podríamos poner muchos ejemplos, miles de ejemplos. Pero pongamos uno, al alcance de todos, al alcance de todos los días: un autor teatral, y vamos bien servidos. A lo mejor ese autor teatral tiene un pasado poético, un pasado pequeño y sencillo de versificador, refugiado en esa poesía cerrada a cal y canto, donde la introspección se mide por milímetros y donde los hallazgos se miden por micras. En esa cárcel del hacer, del fabricar para sí solo, le ha ido bien, admirablemente bien. Muy pocos son los que se ocupan de calibrar tal obra, de aventar sus errores, de reducir a verdades estables sus verdades dispersas. Además, este tipo de creación produce en las gentes un si es o no es de fanatismo cultural, de temor por las cosas ocultas. Algo así como el respeto que nos inspiran los faquires, los doctores en ciencias ocultas, los astrólogos y las adivinadoras. El hombre, prisionero de su ignorancia, sin saber de dónde viene ni a dónde camina, no puede, conscientemente, enfrentarse con esos seres que aseguran tener en sus manos la esquina del manto que tapa el gran secreto y por donde a ratos pueden meter sus curiosas narices. En el mejor de los casos debe soslayarlos, pero nunca, jamás, negarlos de plano, cerrarles toda posibilidad de atisbo. La poesía puede así confundirse con la magia, el sublime viento con el huracán de escorias. Nada tiene, por lo tanto, de particular, que un escritor criado en esa enrarecida celda, cuando pretende enfrentarse como autor teatral con el gran público y con la crítica, si no llega a aceptar, si no llega a impresionar de primera intención, arremete contra los críticos que, por humana lógica, son los encargados de ejercerla. Es un grito de necesaria afirmación, es un lamento de seguridad, es una descarga biliar hacia la salud, por el sendero químico de las desintoxicaciones. Pretende –como el ladrón que piensa que todos son de su condición– achacarles a los demás sus propios, personales defectos; quiere reducir a la nada lo que, mucho o poco, es algo; anhela destruir el oasis para sentirse solo en el desierto, donde, como no hay nadie, nadie podrá llevarle la contraria.

Los críticos y los médicos estamos muy acostumbrados, previamente entrenados, a padecer, con sonrisa comprensiva, estas antipáticas actitudes. La medicina de todos los tiempos, igual que la crítica, ha tenido que aguantar pacientemente estas desorbitadas declaraciones de los enfermos incurables por un lado, y de las autores equivocadas por el otro. Mas lo curioso es que los “matasanos” han visto cómo en los trances supremos los buscan ansiosamente, estrechando con manos trémulas sus manos ecuánimes, con la consabida frase de “sálveme usted, doctor”. Y los críticos han tenido que ir, a través de los siglos, separando la paja del grano, con oídos sordos a los ayes de rencor y de terrible desesperación. No todos son aciertos, pues es condición de hombres el equivocarse, pero a pesar de esto ¿qué sería de la humanidad sin la sapiencia de los médicos? ¿Y de la literatura sin la perspicaz y orientadora visión de los críticos? De los críticos, digo, pues la crítica es función de los críticos, la ebanistería de los ebanistas, la orfebrería de los orfebres, ya que no sabemos de ningún ángel que, con sus divinas alas, haya venido al mundo a ejercer tareas de hombres. Que, como ya decía el rabino Jesús hace 1948 años, “por sus obras los conoceréis”, y por lo tanto achacar ahora a los críticos su trabajo de crítica es algo así como descubrir el mar Mediterráneo o, más hogareñamente, la sopa de ajo.

Lo que acontece con los intocables es que blasfeman contra los críticos sólo en la circunstancia de que su opinión les sea adversa. Ya dijimos por qué y nos parece muy natural. En el caso contrario, en el caso de que la crítica les fuera positiva, se callarían muy astutamente y, muy astutamente también, aumentarían el perímetro de sus sacos por el engorde de la vanagloria. La humanidad es así, y pienso que no habrá manera de reformarla. Los hombres, los verdaderos hombres, están hechos para la adversidad; es en la desgracia cuando dan toda su talla, cuando se yerguen con toda altivez, cuando saben sonreír mejor, cuando dicen su mejor palabra, teniendo bien presente que los gritos no son palabras y que, frente al verdugo de la existencia, es cuando la mudez adquiere la máxima expresividad, cuando hay que tragarse el sable de la inútil maledicencia.

Dios ciega a los que quiere perder. Y hay que estar muy ciego para no darse cuenta de que la crítica habanera actúa con un exquisito tacto, con una cautelosa prudencia, embarcada en la creación –a contrapelo público– de una dramática nacional y de sus modos actuantes. Desearía, en la mayor parte de los casos, escribir de otra manera, no descender a ciertos detalles al parecer insignificantes, pero en un afán pura y simplemente colaboracionista, abandona todo ademán que pueda tomarse por excesivamente sapiente, para comportarse como otro grupo cualquiera que pone su granito de sal en la sopa común de nuestro yantar. Crítica sencilla, hasta ingenua, lo que no puede suponer que acepte le quieran pasar gato por liebre, ya una cosa es la actitud benévola y otra el paladar cultivado en duras pruebas. Muchos, muchos y grandes autores nacionales, que si entre todos creamos un gran árbol, su buena sombra iba a cobijarnos también a todos, y la envidia –si la hubiere– empezaría por Shakespeare para continuar por Lope de Vega, pero sin llegar tan abajo, como quieren suponer algunos intocables, ya que todos poseemos nuestro corazoncito, ya que todos tenemos nuestra propia estimación.

Puede ser que un crítico haya estrenado una obra, sólo una, y que la crítica de sus compañeros los críticos le haya sido negativa. Pero como el crítico no es un intocable, ha callado, ha admitido la negación de su acierto con la más exquisita elegancia. Lo que demuestra que el autor está bien seguro de la buena intención de sus camaradas, por un lado; y por el otro, que estos no se detienen ni ante la amistad ni ante el compañerismo para expresar su pensamiento, para decir su opinión sobre la obra en turno, sea de quien sea, esté escrita por Bernard Shaw o por un poeta cualquiera de los muchos que habemos y también padecemos. El crítico autor sabe muy bien con quién está tratando; sabe de la cultura, de la honestidad, del altísimo concepto que todos ellos tienen de su misión profesional: por eso cuando cualquier chisgarabís se mesa los cabellos, levanta histérico los brazos y grita enloquecido: “Aquí no hay más valores que el mío”, le vuelve la espalda seguro de que el tiempo –pasado, presente y porvenir– está con aquellos que dicen la verdad, su verdad por encima de todas las coacciones que puedan interponerse en su camino.

Por eso no se suicida literariamente y sigue alegre su trabajo, orgulloso de su tarea y en muy buena y honrada compañía, por cierto. Porque al fin y a la postre, lo que interesa, lo que va a importar para el futuro es el trabajo. El trabajo esforzado –crítico o no crítico– de los que un día y otro día van construyendo sin albacaras su propio edificio, jamás altiva torre. Un edificio de muchas puertas, muchas ventanas, y por lo tanto mucha libertad, mucho sol y mucho aire para que la pestilencia moral de los intocables se vaya lejos, tan lejos, tan lejos, que nadie pueda hallar su rastro, ni mucho menos sus propósitos tan suciamente inconfesables, ya que el yoísmo de estos desventurados es de tal naturaleza que únicamente aspiran a salvarse ellos solos, pase lo que pase. Ególatras de esos de “después de mí el diluvio”. Salvajes de esos que, en los naufragios verdaderos de un buque en alta mar volcado por las gigantescas olas, pisotean mujeres y niños, siendo capaces no del suicidio, pero sí del asesinato, con tal de mantener su cabeza, de pretendidos dioses, sobre el nivel de las revueltas aguas.

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