En el mes de octubre del ya remoto año de 1941 apareció un libro de poemas que respondía al extraño título de Enemigo rumor. Su autor –un poeta todavía joven, apenas si frisaba la treintena– hacía ya un buen rato que tenía colgado el sambenito de “enemigo público número uno”. Para empezar, se le tomaba por loco. Tal calificativo ha sido un recurso sistemático para ese tipo de gentes a las cuales pensar un poco les resulta fatigoso. Para ellos resultaba más cómico “enloquecer” a un poeta, ponerle la camisa de fuerza y expedirlo, sin más averiguaciones, a Mazorra… ¡Qué peso –se decían– nos hemos quitado de encima! Y creyendo haber borrado al loco de un plumazo seguían leyendo esa poesía a la que estaban habituados, esa poesía-aperitivo que, su nombre lo expresa, es lo menos poético que pueda imaginarse. También decían –tremenda acusación, ante la cual no puede por menos de pensarse en un juicio de Dios– que Lezama era gongorino, y esto lo decían con la misma intención de anatema para un judío puesto en la picota.

Aquellos que asistieron a la lectura de poemas convocada (en el teatro La Comedia) por Juan Ramón (1936) recordarán a un joven poeta de cuya boca salían unos versos que a la mayor parte de aquella concurrencia causaba el mismo desagradable efecto de una tiza caminando cuesta arriba por un pizarrón. Pues fue en ese momento que Lezama se convirtió en “enemigo público número uno” de lo que se suponía debía ser la poesía cubana. Si, por ejemplo, la gente estaba acostumbrada a leer: “las viejas carretas rechinan, rechinan” o “venid a mi pecho, palomitas de hierro”, ¿cómo podrían tolerar a un poeta –desafinado según ellos– que se apareciera con estos versos: “las óperas sonreirán para siempre en las azoteas”, o con estos otros: “el tallo de una rosa se ha encolerizado con las avispas que impedían que su cintura fuese y viniese con las mareas”? Ahora bien, lo que ni siquiera sospechaban es que desde ese mismo momento la poesía cubana cambiaba el rumbo y que la del propio Lezama sería, desde ese momento, una fuerza de choque.

¿En qué radicaba dicha fuerza? Tratemos de ser precisos. Cuando este poeta hace su presentación pública la poesía cubana está como ahogada en los estrechos límites de un sentimentalismo que las más de las veces es sensiblero. Por otra parte, es una poesía hecha con los últimos carbones del modernismo y con las cenizas del simbolismo. Verdad que Brull había hecho volte-face y se presentaba en la arena poética dispuesto a agarrar al toro por los cuernos. Pero no lo logró. A base solo de haikais y de jitanjáforas no creo que el toro se sintiera efectivamente molestado. Él fue, a lo sumo, un brillante banderillero. Nada más que eso. En cambio, Lezama rompió los moldes, soltó los diques y metió a la gente por los ojos y por las orejas una poesía que hería la vista como un espejo puesto contra el sol y atronaba los oídos como el sonido de una gaita en medio de la ejecución de una sinfonía de Mozart.

¿Qué era lo nuevo en esta poesía? Entendámonos: lo nuevo para nosotros. Para cualquier surrealista era el pan de cada día, la divina rutina. Pues lo nuevo de Enemigo rumor era el manejo de palabras y temas hasta entonces no tocados por ninguno de nuestros poetas. Creo oportuno intercalar un aspecto de la persona física de Lezama que está en estrecha relación con su postura poética. Me estoy refiriendo a su gourmandise. Todos sabemos que él era un comilón impenitente. He oído a Lezama hablar tan detalladamente de una comida que no sólo me parecía que él la estaba degustando de antemano, sino que también lograba despertar mi embotado gusto. Pues del mismo modo procede con las palabras. No conozco otro poeta cubano que haya manejado un vocabulario tan extenso. Su insaciable apetito metafórico es el equivalente poético de su apetito fisiológico. Al igual que él se regodeaba con un plato, se deleitaba con las palabras. Por ejemplo: festón, fresa, sistros, níveo, moaré, caramillo, chillidos, uvas, marfil… La enumeración sería interminable. Uno siente, casi físicamente, que esas palabras han entrado en el poema como los bocados exquisitos entran en la boca. Uno percibe que Lezama deglute voluptuosamente sus palabras. Sus palabras… He aquí la cuestión candente. Al lector de 1936 se le atragantaban, pero el poeta, semejante a un cocinero omnipotente, imponía sus menús, cerraba un ciclo de nuestra poesía y abría el otro.

Al llegar a este punto no queda otra salida que una revisión de su poesía. De una parte, los límites de este artículo no me lo permitirían; de otra parte, me he ceñido al momento en que aparece su libro. No es, por cierto, la misma cosa Lezama en 1941 que Lezama en 1959. Los tiempos cambian y la gente con ellos. Si su poesía se ha quedado en las palabras, si ha ido más allá de ellas, si él se ha venido repitiendo desde su aparición o si, por el contrario, ha evolucionado sabiamente, si su intelectualismo y hasta su deshumanización ha sido un lastre o no lo ha sido, si finalmente resulta eficaz en 1959 o no lo resulta, es cuestión de dilucidar por esos mismos jóvenes que ahora están en la misma cresta de la ola en que él se encontraba en 1941. Ahora bien, si vamos a enjuiciar a Lezama con vistas al presente tendremos primero que examinarlo en su momento de esplendor, en su postura revolucionaria veinte años atrás. Si un emplazamiento no cuenta con este factor está invalidado de antemano. Dicho en otras palabras: la llave de la poesía cubana se había cerrado tan fuertemente que de ella salían apenas unas gotas. Lezama la abrió y surgió un chorro incontenible. ¿Podríamos olvidar ahora evidencia tan aleccionadora?

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