En un alarde por demostrar que las disidencias personales no pueden nublar la perspectiva crítica, Virgilio Piñera escribió recientemente un artículo para reafirmar públicamente lo que su poesía se había encargado de pregonar a los cuatro vientos: la sumisión a José Lezama Lima. Y está bien que sea de esta forma. Sirve para demostrar que las gentes mueren con sus coetáneos y que no hay saltos bruscos, no hay desprendimientos fuera de lugar, no hay salvaciones de última hora. Los que escriban reflejarán su momento y morirán con él. Por eso la primera actitud del artista es la perspicacia para descubrir o detentar. ¿Qué les ha ocurrido a los poetas cubanos de los últimos quince años sino la ceguera total ante el hecho poético?

Un día –en el año cuarenta y cuatro– cuando los viejos “terribles” de la retórica vanguardista liquidaban sus últimas armas apareció un libro que actualizaba los mismos vicios, Enemigo rumor, de José Lezama Lima. No lo culpo de la desgracia de aquellos poemas desmañados, recargados, hechos de viejos cantos ultraístas, valeryanos y gongorinos. Cada uno tiene sus limitaciones. Lo imperdonable es que un grupo de gentes, aparentemente dotado para la comprensión de lo poético, confundiera a tal punto la verdad de la poesía. En el año 1914, donde tan claro estaba el panorama universal de la poesía, Enemigo rumor es el salto cien años atrás, y toda la probable estética que se desprendía de sus páginas era la evidencia de que el autor de ellas no había entendido el fenómeno de la poesía contemporánea. Cuando uno repasa las páginas del libro se pregunta cómo es posible que un hombre que tenía detrás el dadaísmo y el surrealismo fuera capaz de incurrir en errores y confusiones tan elementales; pues por más que se esfuerce Cintio Vitier –el hombre que más ha contribuido a confundir la poesía cubana de los últimos tiempos– en demostrar que Orígenes representaba lo realmente distinto de nuestra poesía, cualquier desprevenido, el menos avisado, percibe los compromisos del grupo con la generación precedente. Y, en justicia, lo realmente distinto de nuestra poesía lo constituyeron en su momento y a su modo Eugenio Florit, Emilio Ballagas, Mariano Brull, Félix Pita Rodríguez, Navarro Luna, etc.; que a pesar de su atraso para incorporarse al movimiento de renovación, al lado de Agustín Acosta y de Pichardo Moya, parecen poetas esotéricos y terribles. Aquellos sí fueron innovadores en Cuba y su esfuerzo sí fue un esfuerzo transformador, porque lograron arrancarse del oído el sonsonete modernista y cambiaron por un ambicioso juego de analogías la forma convencional de la metáfora usada por todos los poetas anteriores.

En 1944 –fecha que Piñera elige para ofrecer un panorama decrépito de nuestra poesía– Florit había devuelto a su canto un noble equilibrio, Ballagas ahondaba en sus visiones personales de Dios y el demonio, los demás ajustaban el verso a una calidad parecida al regreso. Y cuando parecía que nuestra poesía retomaba el camino que nunca debió perder después de agotadas las modas vanguardistas, cuando la aventura había cesado, y en Estados Unidos Wallace Stevens escribía sus mejores versos y en Francia Saint-John Perse imprimía su poema más trascendente y René Char preparaba su nuevo renacimiento, mientras T. S. Eliot –independiente de la voz quejumbrosa de Laforgue– preparaba sus cuatro cuartetos y la poesía alemana ahondaba en una zona trazada por Rilke, un grupo de jóvenes poetas decidió que Enemigo rumor era la máxima incitación a la poesía ¡Qué olfato…! ¡Qué perspicacia penetradora, qué fuerza de anticipación!

De estas convicciones surgió Orígenes –una revista sin dirección, donde aparecía desde un poema de ocasión de Aragon hasta otro de Stephen Spender.

También surgió de ahí una antología que leí cuando tenía dieciséis años –en 1918– titulada Diez poetas cubanos, en la cual se intentaba ofrecer como la obra de una generación los primeros poemas de autores cuyos libros estaban inéditos.

Si hojeamos al azar esta antología comprendemos claramente que entre 1947 y 1959 hay una zona de penumbras, de confusión, de gratuidad, donde quedó estancada nuestra poesía de estos últimos quince años.

Orígenes es el instante de nuestro mal gusto más acentuado, es la comprobación de nuestra ignorancia pasada, es la evidencia de nuestro colonialismo literario y nuestro servilismo a viejas formas esclavizantes de la literatura. No es una casualidad que las palabras, el vocabulario de esos poetas tenga siempre una reiterada alusión monárquica: reino, corona, príncipe, princesa, heraldos…

¿Qué príncipe nos blande uno a uno…?
¡Oh Lúcidos heraldos…! (Vitier)

Cintio Vitier, el poeta que más refleja y sufre la influencia de Lezama, confesaba ya en 1918: “mi escritura sólo sabe crecer por circuitos concéntricos. No se me escapa el peligro que ello entraña”, y más adelante confiesa: “siento que este instinto de cerrar sin duda impide en ocasiones algo más viviente y libre”. Exégeta de sí mismo, vaticinaba su impotencia para conquistar su propia voz, ahogada por el peso de la retórica de Lezama. Cuando al final –queriendo cerrar una etapa de su poesía– escribió sus poemas, “El hijo pródigo” y “Canto llano”, pudimos comprobar que toda la aparatosa verba de sus poemas iniciales encubría una sensibilidad al estilo del último Florit, de Neruda y Gabriela Mistral.

Diego –de indudable talento literario– pretende reconstruir una zona inexistente de nuestro pasado, un colonialismo sin altura que lo llevó a remedar a un Jorge Luis Borges tropical, pero más opulento.

Smith no ha insistido más en la poesía, como tampoco lo ha hecho Gastón Baquero –de tan ingrata recordación.

Y Ángel Gaztelu se ha devuelto a una poesía rural, sin fuerza. Virgilio Piñera, anulada su intuición poética por el impacto de Lezama, cuando quiso encontrar su voz tuvo que recurrir a otros géneros literarios. Fina García Marruz es el antiLezama. García Vega nunca fue un poeta, y hay un consenso general en el hecho. Justo Rodríguez Santos fue siempre un preterido; Cintio Vitier acabó por sacarlo de su última antología.

¿Qué queda, pues, de Orígenes? ¿Dónde está el gran libro de esa generación? ¿Dónde están la “originalidad y madurez de ciertos frutos obtenidos”? ¿Dónde está el resumen, después de veintidós años de tarea (comienza con Espuela de Plata en 1937; sigue con Verbum, 1939; y culmina en Orígenes, 1916) de “uno de los movimientos espirituales más ocultos e intensos de nuestra América”, dedicado a “todos aquellos a quienes interese la expresión más perfecta, el cuerpo más trascendente y puro, en su angustia y su alegría, de nuestra patria”?

No hay nada. Entre el fracaso de los conatos revolucionarios de 1933 y la crisis que culminó en la única revolución que hemos conocido hay un vacío pesando sobre la obra de creación, anulándola. Sin clarividencia para entender su realidad, víctimas de un drama nacional que los rebasaba, impotentes para establecer profundas resistencias, diez poetas se reunieron para edificar y modelar una muerte sin grandeza.

A los nuevos poetas ese ejemplo debe servirles de mucho. Si ahora, al volvernos a los libros que en nuestras adolescencias plantearon interrogaciones, que alimentaron nuestra crisis y hoy nos lucen inofensivos, es porque el vuelco de nuestra realidad social los ha hundido en el vacío y el olvido.

¿Qué poema puede escribir hoy Lezama que no recuerde su vieja voz, hueca y grotesca? ¿Qué poema puede publicar Vitier que sirva en su más honda significación? ¿Qué alegría puede proporcionarnos la rúbrica “Orígenes”, si es el recuento de lo ingrato de nuestro pasado, cuando nos desgarrábamos buscando una voz que querían torcer los cantos bobalicones de unos hombres que ambicionaban constituirse en maestros?

La poesía que ha de surgir ahora en un país nuevo no puede repetir las viejas consejas de Trocadero. El poeta que exprese su angustia o su alegría tendrá una responsabilidad por vez primera; al canto gratuito habrá que oponer una voz de servicio. A la retórica desmedida, un aliento físico, esencial.

Creo que Lunes de Revolución tiene la obligación de divulgar la poesía que se escribe en el mundo. Creo que Lunes puede orientar las voces de los que todavía no encuentran su camino. Creo que es un deber de los jóvenes rectificar, investigar y analizar nuestro pasado.

Lo que seamos –si hemos de ser algo– lo seremos de ahora en adelante.

Pero supongamos que la actitud estética de Lezama haya sido producto de una imposibilidad esencial para la captación del hecho poético, y confiemos en que, al menos, en la vida social haya acertado. Veamos lo que envió Lezama a la Revista Mexicana de Literatura para la edición de septiembre y octubre de 1956 (piénsese en lo que significa esa fecha para nuestro país) y que resume su actitud ante el arte y la sociedad:

Una inoportuna brusquedad en el arte de la argumentación ha llevado a nuestra época al abandono de la nitidez y el cuidado que debe tener la premisa mayor. Así, por ejemplo, porque el Dante, en su obra más esencial y en su conducta de todos los días, tomó parte por la política de los gibelinos, deriva con malicioso candor, que toda obra de arte tiene que ser política, tomar parte en la política que es siempre el modo más grueso de la polémica contemporánea, olvidando que la fidelidad a un príncipe en contra de la autoridad romana, cualquiera que sea el criterio que se asuma en estas cuestiones, está obsoleto y carece de virtud operante. Cuando en realidad lo que perdura de esa obra es su ocupación en símbolos de la cotidianidad del poeta… Para nosotros las relaciones entre literatura y sociedad son tan sólo permisibles por evaporación o imagen, por saturación o metamorfosis o por reducción o metáfora.

Junto a esta opinión cobarde de la función artística aparece una de Camus que pudiera haber sido un alegato cubano en aquel instante terrible: “Los artistas del pasado podían, al menos, guardar silencio ante la tiranía. Las tiranías actuales se han perfeccionado: ya no admiten ni silencio ni neutralidad. Es preciso decidirse: estar en pro o en contra… En este caso, estoy en contra.”

Y Henry Miller, en la misma revista, concreta así sus puntos de vista: “La única manera en que el artista puede interesarse en la sociedad, y promover la integración de la sociedad en cuanto unidad, es manteniendo, de manera absoluta, una actitud de honradez y sinceridad, expresando sus puntos de vista sin asomo de temor y arriesgándose al más grande sacrificio personal.”

Así pensaban Albert Camus y Henry Miller, entre otros muchos miembros; en La Habana Lezama Lima hablaba de “evaporación o imagen”.

Y esta afirmación de Lezama no respondía a ningún apremio inminente; es que la evasión fue siempre la divisa de su grupo; cualquier contacto con la realidad les parecía anonadante. Sólo les interesaba “la aventura metafísica o mística y, por lo tanto, muchas veces hermética”, “el camino del imposible místico poético”, según señalaba Vitier.

¿Lograron objetivos tan ambiciosos? ¿Reflejaron verdaderamente el drama metafísico, el pavor de la criatura ante lo perecedero, los problemas eternos del hombre? ¿Inventaron, por lo menos, un mito?

Lezama –tal vez justificando su escape para no enjuiciar el drama cubano– nos había afirmado tercamente que “un país frustrado en lo esencial político puede hallar virtudes y expresiones por otros cotos de mayor realeza”; pero he aquí cómo todos hemos constatado que no puede haber cotos de ninguna realeza en un país aparentemente frustrado políticamente y que la única función posible del escritor es participar en el drama de su país y de su tiempo.

Vallejo, al que inexplicablemente admiran ciertos poetas de Orígenes, habló de “poemas humanos” y toda su poesía fue un testimonio apasionado. Lezama –huido de la realidad– pretendió la “aventura metafísica” y no realizó más que sus “aventuras sigilosas”.

Y no digo estas cosas para complacer a los que han puesto en el ataque a Lezama todo el resentimiento de su insuficiencia creadora; lo hago porque toda discrepancia fundamental debe ser expresada si queremos ventilar nuestra casa, si de verdad queremos rectificar.

Yo advierto que en muchos hombres de mi generación la metafísica anda en carne viva, no se detiene en lo cortical de la palabra, busca datos más hondos; son los que no divorcian la experiencia de todos los días del verso que la transmite ennoblecida, los que escriben el fuerte poema que hubiera podido expresar el Lezama pobre, el Lezama que sufrió privaciones de toda índole.

En estos jóvenes la poesía no es de fanáticos elementales que repiten consignas políticas, sino de testigos, de hombres.

* * *

José Lezama Lima terminó ya. Como Agustín Acosta, como Pichardo Moya, como todos esos poetas mediocres que ha desenterrado la avidez de antólogo de Cintio Vitier, su nombre quedará en nuestras antologías ilustrando las torpezas de una etapa de transición que acabamos de cancelar en 1959.

¿No nos vienen a la memoria aquellos versos suyos que nos pusieron en los oídos durante nuestras adolescencias y que hoy tienen la virtud eficaz de un epitafio?

Hinchado está el mulo, valerosa hinchazón
que le lleva a caer hinchado en el abismo,
vidrioso, cegato, el abismo
lentamente repasa su invisible.

En el sentado abismo,
paso a paso, sólo se oyen
las preguntas que el mulo
va dejando caer sobre la piedra al fuego.

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