Élisabeth Roudinesco
‘Die Puppe’, Hans Bellmer, 1934

¿Es posible una historia de la perversión?

¿Una historia donde Freud sospeche de su padre, Sade se horrorice y persigne ante la sangre, Huysmans escriba sobre santas que necesitan devorar vómitos, Mengele ponga a bailar a tres enanos antes de sacarle los ojos, y Gilles de Rais –el famoso Barba Azul que asesinó a más de trescientos niños en la Francia del medioevo– se encuentre con Juana de Arco e incluso dialogue?

¿Una historia que más que de la perversión sea, conceptualmente hablando, de esos que transgreden la ley, los perversos?

Élisabeth Roudinesco (París, 1944), conocida ya por su Diccionnaire de la psychanalyse, uno de los pocos recomendables sobre la materia, y por su excelente biografía sobre Jacques Lacan, de la que fue discípula, paciente y colaboradora, logra esto y más en Nuestro lado oscuro. Una historia de los perversos (2009).

Historia que más que relato es genealogía, desmontaje filosófico, excavación.

Su libro, impulsado por una tradición francesa que posee entre sus mejores exponentes a Bataille, Klossowski, Mirabeau, Genet, para no hablar de las cartas de Flaubert sobre los prostíbulos egipcios, viene a ser casi una rareza en nuestro idioma; espacio donde la mojigatería y el sottovoce han sido constantes del campo antropológico general.

Nuestro lado oscuro (en francés: La part obscure de nous-mêmes) comienza enfrentándonos a lo que ya sabíamos: la Edad Media, ese “otoño” tan bien estudiado, entre otros, por Phillippe Ariés y Huizinga. Tiempo donde los flagelantes invirtieron el discurso (el discurso del cristianismo primitivo), y al castigo corporal, al sufrimiento, a la penitencia… unieron una visión erótica que los colocaba en extásis no solo ante el cuerpo claveteado de Cristo –tal y como con una risita sardónica muestra Buñuel en algunas de sus películas–, sino ante la idea misma de Dios.

Élisabeth Roudinesco
Élisabeth Roudinesco

Ideario que, como cuenta la Roudinesco, llevó incluso a varias santas a devorar excrementos, a lactar pus, a cortarse pedazos del cuerpo, o en el mejor de los casos, a revivir —véase El martirio de los diez mil cristianos colgado en el Wallraf-Richartz-Museum de Colonia— una suerte de orgía del via crucis, aunque con mucha más exageración, claro.

Sin dudas, uno de los capítulos fundamentales de Nuestro lado oscuro sería el dedicado al Tercer Reich, a personajes como Hoess, Mengele, Eichmann: ejecutores todos del exterminio total llevado a cabo contra el pueblo judío en Auschwitz o en otros campos de concentración o, a esa aberración que en su momento se llamó Biocracia: “arte de gobernar a los pueblos no con la ayuda de una política basada en una filosofía de la historia, sino mediante las ciencias de la vida y las ciencias denominadas humanas […], ligadas en esta época a la biología”, y que ha venido a representar a la postre, la perversión más extrema a que cualquier gobierno, totalitario o no, pueda llegar.

¿No vendrían a salir precisamente de este racismo de Estado proyectos como el Lebensborn: experimento que intentaba construir niños arios perfectos como muñecos de plomo; niños con padres desconocidos y fabricados literalmente en serie para que cantasen infinitamente la grandeza del Estado y la Patria; niños que ladrasen como perros?

Por mucho que repita información –y en este caso es imposible no hacerlo–, una de las reflexiones mejor logradas en esta historia de nous-mêmes, es la que la directora de Investigaciones de París VII dedica a Sade.

La obra del Divino Marqués, tal como lo apodara Apollinaire, es, sin dudas, una de las más revolucionarias e indefinibles de su época (quizá también del presente), con su reflexión contra la pena de muerte, el sometimiento femenino, la frontera de los sexos, el delirio de la Revolución francesa, el Gran Terror.

Su literatura, escribe la Roudinesco, muestra como ninguna otra lo que podríamos llamar la “utopía de la inversión de la Ley”. Allí donde “el principio de una sociedad perversa que descansaba no en el culto del espíritu libertino, sino en su parodia y abolición triunfa”, y más que proyecto literario –que lo es– deviene cartografía política, ruptura. Cartografía, parodia y ruptura, nunca está de más decirlo, que el autor de Las 120 jornadas de Sodoma realizó desde la cárcel-manicomio de Charenton, en el cual estuvo confinado más de la mitad de su vida y, no solo se reconoce por lo imposible de las posiciones que sus personajes adoptan (muchas veces tumultos encima de otros tumultos), sino, también, por las alocuciones políticas de las Justinas y los Dolmancé, esos griticos que más que al “cuadrado de la lujuria” estaban destinados al Parlamento.

Imagen de cubierta de la edición en español de ‘Nuestro lado oscuro’ (Anagrama, Barcelona, 2009)
Imagen de cubierta de la edición en español de ‘Nuestro lado oscuro’ (Anagrama, Barcelona, 2009)

¿Podemos considerar a la sociedad: económica, civil, odontológica, literaria…, como una entidad en sí misma perversa; una entidad de inversión?

Aunque soy de los que piensan que el grado de santidad que ha sido depositado en el ser humano es inmenso (todo buen fanático de las lolitas de Bellmer sabe por fuerza lo mismo), en este caso, creo, la autora de Y mañana, qué… (2010), esa inestimable conversa con otro de los grandes méchant de nuestro tiempo: Jacques Derrida, lleva razón. No hay que buscar la perversión en el mundo animal o la naturaleza, allí por suerte y desgracia no existe. La perversión es el hombre mismo, su quijada de lobo, sus colmillitos depredadores, su baba, y mientras este exista, la perversión seguirá creciendo y tomando nuevas formas (una de las últimas según la investigadora francesa es la del “islamista terrorista”).

Así que cuidémonos…

Los perversos son como las goteras. Al principio, apenas molestan, después, terminan rompiéndote la cabeza.

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