Detalle de cubierta de ‘El foso de Mabuya’, de Erick J. Mota (ILUSTRACIÓN Sebastián Cota)
Detalle de cubierta de ‘El foso de Mabuya’, de Erick J. Mota (ILUSTRACIÓN Sebastián Cota)

Si estas Indias de América fueron Nuevo Mundo para los pueblos europeos, Europa fue Mundo Novísimo para los pueblos americanos. […] El impacto de las dos culturas fue terrible. Una de ellas pereció, como fulminada. Los indios se extinguieron.
Fernando Ortiz

La zoología practicada por Plinio el Viejo en su Historia natural, deudora de las indagaciones de Aristóteles y garante de una cientificidad atípica en su tiempo, fue el punto de partida para la confección literaria de los tan afamados bestiarios medievales. Estos, a su vez, integraron junto a grimorios y libros de viaje una tríada mí(s)tico-religiosa que configuró el imaginario visual de la época, popularizó aún más el antagonismo maniqueo Dios-Demonio y alimentó la curiosidad existencial de la Europa post peste negra, deseosa de hallar una explicación (más) divina (que racional) a todo cuanto acontecía.

Así, Cristóbal Colón emprendía su viaje transatlántico inspirado por el naciente antropocentrismo que llegaba con el Renacimiento, aunque repleto de supersticiones y mitos que pedían ser corroborados en la realidad. América, un espejismo todavía anónimo en la pupila de los recién llegados, se perfilaba como el escenario perfecto para la confirmación de aquellas maravillas que el Viejo continente era incapaz de albergar. Pero, ¿qué hubiera sucedido si, en efecto, esta hubiese resultado una tierra plagada de bestias marinas, ciudades en las nubes y dioses vengativos? Aquí reside, precisamente, el what if que el cubano Erick J. Mota se ha propuesto responder en su más reciente novela.

El foso de Mabuya (Ediciones Vestigio, Bogotá, 2022) vertebra su pulsión narrativa mediante un cuidadoso manejo de la metaescritura, la recontextualización del espacio caribeño y la puesta en escena de una historiografía propia, paralela. Todos estos recursos ya habían sido exitosamente ensayados por el autor durante su saga de Kay y Kirk (Gente Nueva, 2007-2018),[1] la distópica Habana Underguater (Atom Press, 2010) y la ucronía de El colapso de Las Habanas infinitas (Editorial Hypermedia, 2018). Así, Mota nos entrega en esta ocasión una obra que parece condensar, de una vez, la sensualidad telúrica de las tradiciones americanas junto a la conducta algorítmica de las inteligencias artificiales.

Los constantes saqueos de piratas aéreos mantienen en vilo a los gobiernos de la isla de Cuba, cuya mitad occidental se encuentra bajo jurisdicción británica desde 1762. Esta confrontación entre los dos imperios más influyentes de la modernidad firma una tregua momentánea, al tiempo que ambos estados aúnan sus fuerzas con el fin de erradicar la amenaza filibustera.

De esta forma, las tropas de Cuba Oriental y West Cuba arriban al Pico Mabuya, presunto escondite de los criminales, donde tropiezan con un sospechoso paraje que finalmente fungirá de estación para el establecimiento de un ingenio diferencial. Esta máquina de cualidades predictivas no tarda en ser “poseída” por un ente sobrenatural que, dotado de nuevas facultades, se consagra a profetizar el futuro más cercano a su propia conveniencia:

Una mente antigua y perversa como una vieja serpiente se fusionó con la fría lógica de aquel ingenio de cálculo. El resultado fue algo antiguo y moderno a un mismo tiempo. Un mal viejo que mora en un cuerpo nuevo.[2]

Haciendo uso de una estructura fragmentada que favorece la coexistencia de varias líneas temporales, El foso de Mabuya nos propone una reescritura histórica y científica de la sociedad occidental. La genealogía de la familia Pérez, así como el relato independentista que sustenta al nacionalismo de las Antillas, nos conducen a través de un argumento que se complace en (¿hacernos?) dudar de los axiomas y las consignas. Asistimos a la representación de un artificio de verosimilitud, una pugna intergeneracional que pretende, desde el futuro, desentrañar esas sentencias “irrebatibles” que han cimentado el inconsciente colectivo desde su fundación.

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Erick J. Mota (FOTO Hypermedia)
Erick J. Mota (FOTO Hypermedia)

El libro está compuesto por cinco partes y un conjunto de “anexos” que optimizan la experiencia inmersiva, brindando claves para la interpretación de este universo trastocado. Mota se vale de la documentalidad para emplazar el flujo de su novela en un plano espacio-temporal determinado, actualizando así el pacto entre lo real y lo ficticio. Todo lo leído nos remite a una voz narrativa que habita justamente en ese recinto fabricado por el autor: cartas, diarios, comunicados y declaraciones de diversas autoridades comprenden el contenido de cada episodio. Presenciamos la constatación de la “verdad” mediante la palabra escrita de sus protagonistas, maniobra metatextual que motiva la función del “documento” como filtro y modulador de los sucesos ocurridos.

El siglo XIX acoge buena parte de las peripecias descritas en El foso de Mabuya. Su ambientación nos remite a una suerte de collage estético que superpone la jerarquía social inherente al colonialismo, la influencia de las mitologías precolombinas y la imaginería tecnológica del steampunk. Asimismo, la mención de personajes e incidentes relativos a la independencia de Cuba le otorga credibilidad a esta alternativa histórica.

Felipe Poey, Carlos Roloff y José Martí atraviesan estas páginas bajo las etiquetas de científico, mambí y periodista, enriqueciendo la representación social de la época. Incluso un fiel embajador del folclor cubano como Matías Pérez, toldero portugués radicado en La Habana, sustituye su proverbial desaparición sobre el golfo de México en favor de un empleo como piloto de la compañía Zeppelin.

Los acontecimientos narrados en el siglo XX, por su parte, admiten hasta cierto punto las peculiaridades del noir. La primera persona gramatical que relata los hechos descritos en el diario de Oliverio Pérez, así como una trama que comprende el espionaje, el intento de homicidio y la seguridad nacional, convierten al último vuelo del dirigible LZ 129 Hindenburg en un escenario propio de este género. Más adelante, serán recreados otros eventos medulares en la conformación del mapa geopolítico moderno, desplazando el foco de la narración a través de toda la centuria.

El atentado de Sarajevo tiene lugar en 1938, provocando una Primera Guerra Mundial a destiempo, mientras que la cubana Olivia Pérez queda inmortalizada treinta años después como la primera caminante sobre suelo lunar. A pesar de las décadas transcurridas, la entidad de pico Mabuya sigue manteniendo una estrecha relación con la Historia que se ha hilvanado desde la batalla de Yara, cuidando celosamente de cada travesía (social, política, cultural) emprendida por los habitantes del Caribe.

En un gesto de buen divulgador científico, Erick J. Mota incorpora con destreza la jerga propia de la criptografía, la física y la geología en un argumento cuyo tempo no carece de vértigo ni vivacidad. Asimismo, la disposición territorial de las naciones que pueblan este universo sugiere un empoderamiento latinoamericano, verificado sobre todo en los gobiernos de la Gran Colombia, la República Federal de Centro América y la Confederación de Estados Antillanos. Esta última, a la cual pertenecen ambas porciones de Cuba, resulta también la sede de una organización pretendidamente protectora que satura su retórica con los términos “patria”, “deber” y “traición”.

Sin duda alguna, Erick J. Mota forma parte de ese selecto grupo de autores consagrados a la tipificación de un canon vernáculo, intencionadamente hispanocaribeño dentro del ecosistema de la ciencia ficción. Su capacidad para incluir de manera orgánica las tradiciones indígena y africana en su prosa delata, cuando menos, una voluntad de actualización siempre bienvenida en el entorno literario. El foso de Mabuya hace alarde de todo esto. Pero, aun así, la principal virtud de la novela parece radicar en la reivindicación de la cultura taína. A pesar de su pronta extinción, esta sociedad nos legó palabras, actitudes y leyendas que componen, en efecto, el Caribe que habitamos a día de hoy.

 Cubierta de ‘El foso de Mabuya’, de Erick J. Mota
Cubierta de ‘El foso de Mabuya’, de Erick J. Mota

Notas:

[1] Tetralogía space opera conformada por Bajo presión (2007), Historias del cosmos salvaje (2014), Memorias del cosmos cercano (2016) y Crónicas del hipercosmos (2018).

[2] Erick J. Mota: El foso de Mabuya, Ediciones Vestigio, Bogotá, 2022, p. 84.

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Senén Alonso Alum (Pinar del Río, Cuba, 1997). Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana en 2020. Ejerció como investigador literario en el Centro de Estudios Martianos (CEM) desde su graduación hasta 2022. Ha publicado poemas y ensayos en el medio independiente La Jeringa, en el blog de cine En Raccord, en el Portal Digital del CEM, en el boletín de crítica y pensamiento Puntal, en las revistas Librínsula, El Caimán Barbudo, Opía Magazine, AM:PM, El Estornudo, Honda, Casa de Las Américas y Cine Cubano. Es graduado del XXII Curso de Técnicas Narrativas que se impartió en el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso (2020-2022).

1 comentario

  1. Un estudio serio y descriptivo de lo que inevitablemente (¿?) pasó…los aborígenes no estuvieron más, un choque de trenes, esta vez uno de ellos era un Renfe!!
    Gracias Senén!!!

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