Detalle de una foto José Hernández Artigas (izq.) y Guillermo Cabrera Infante en la azotea de la revista 'Carteles' (FOTO Ernesto Fernández)
Detalle de una foto José Hernández Artigas (izq.) y Guillermo Cabrera Infante en la azotea de la revista 'Carteles' (FOTO Ernesto Fernández vía OnCuba)

Hablar de José Hernández Artigas y de su papel como precursor de la ciencia ficción cubana significa recobrar una historia sepultada bajo varias capas de olvido. El hecho de que su nombre fuera desconocido precisamente por aquellos que estaban en el deber de recordarlo nos desconcierta. Y ello es tanto más sorprendente cuanto que se trata de una persona que, como Hernández Artigas, no solo se dedicó al cultivo del género, sino que además realizó una notable labor de traducción y difusión de la ciencia ficción moderna en Cuba. Es cierto que el propio Artigas contribuyó a esta situación, ya que siempre evitó firmar sus cuentos (y sus traducciones) con su propio nombre. Pero, de todos modos, el dato de que había escrito cuentos de ciencia ficción, además de haber sido públicamente conocido en los años sesenta, en realidad nunca se olvidó del todo y llegó hasta nuestros días, como puede comprobarse en un artículo publicado en 2016 por la investigadora Rosa Marquetti.[1] Ya he contado en un texto en Rialta Magazine cómo se encontraron los cuentos de Pepe Hernández; quiero ahora abordar algunos temas no tratados, en particular el de la autoría de los cuentos con pseudónimos extraños aparecidos en la revista Carteles en 1958, así como la cuestión de los verdaderos comienzos de la ciencia ficción moderna en Cuba. Aclaro que, al hablar de “ciencia ficción moderna”, me refiero siempre al nuevo tipo de ciencia ficción surgido en las revistas pulp estadounidenses entre las décadas del veinte y el cuarenta. En sentido general, la historia de la ciencia ficción en Cuba se remonta a fines del siglo XIX.

José Hernández Artigas nació en La Habana en 1932. Fue un periodista y escritor que trabajó en la revista Carteles, donde fue secretario de su director, Antonio Ortega. Allí conoció a varios autores y periodistas de la época y fue amigo durante un tiempo de Guillermo Cabrera Infante (luego se distanciarían). Publicó cuentos, la mayoría de ciencia ficción, reportajes, críticas y traducciones en revistas y periódicos de finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta. También se recuerda que escribió una novela, hoy perdida, que fue muy elogiada por Julio Cortázar. De hecho, según una de las versiones que han llegado hasta nosotros, Cortázar, al llegar a Cuba en 1963, lo primero que hizo en el aeropuerto fue preguntar por Hernández Artigas, al que consideraba “un genio”.[2] También escribió guiones para la televisión y probablemente también firmó algunos guiones de cine en el corto tiempo en que trabajó en el ICAIC.[3] Cabrera Infante dedicó varias páginas a José Hernández en su libro póstumo Cuerpos divinos, donde siempre lo presenta bajo una luz desfavorable y lo apoda “José-Hernández-el-que-nunca-escribirá-el-Martín-Fierro”. Las distintas fuentes también dan fe del carácter excéntrico de la personalidad de Hernández, que le valiera ser conocido como “Pepe el Loco”, y de su inclinación al alcoholismo. Una de las anécdotas incluso refiere que vivía, ya en los sesenta, en una casa sin puerta, donde cualquiera podía entrar, incluso de noche.[4] Murió trágicamente a comienzos de los años setenta, víctima de un accidente de tránsito, según unos, o como resultado de un acto suicida, según otros, entre los que se cuenta el citado Cabrera Infante, que siempre ha defendido esta segunda hipótesis.

La búsqueda de los cuentos perdidos de Pepe Hernández comenzó a partir de una afirmación hallada en el prólogo que escribió Rogelio Llopis a Cuentos cubanos de lo fantástico y lo extraordinario, antología publicada en 1968,[5] y un artículo de Roberto Branly para el Diccionario de Literatura Cubana (Cuaderno de trabajo. Letra H-K), de 1968. Allí el poeta cubano luego de referirse a su labor de traducción, escribe: “[s]u obra artística, dispersa en revistas, está centrada asimismo en relatos de ciencia-ficción, aparecidos hacia 1957 en Carteles, por lo que puede conceptuársele como uno de los pioneros del género en Cuba”.

La información que brindaba Branly en el diccionario constituía una especie de piedra de Rosetta para descifrar el enigma Artigas, pues estaba proporcionando varias claves para recuperar al menos parte de su obra: primero, lo reconoce como autor de ciencia ficción y señala que cuentos suyos aparecieron en la revista Carteles (y luego enumera otras publicaciones en las que colaboró). Y segundo, lo identifica como el autor de las numerosas traducciones de ciencia ficción publicadas en la propia Carteles desde 1957 en adelante y, lo que es más importante, como el traductor de los relatos de Ray Bradbury, Isaac Asimov y otros que allí aparecen. Este último dato resultó decisivo, como veremos a continuación.

En la revista Carteles, entre los años 1957 y 1958, aparecieron efectivamente numerosas traducciones de cuentos de ciencia ficción, la mayoría de ellas firmadas con las iniciales “H-A”, sin puntos y separadas por guion, las cuales bien podían corresponder a las iniciales de los apellidos de Hernández Artigas. Estos cuentos vieron la luz en una sección especial de la revista, titulada “Ciencia-Ficción”. La sección empezó a aparecer en julio de 1957 con el cuento de Ray Bradbury “La hora cero”, precedido de un breve texto de presentación, sin firma, pero redactado evidentemente por Guillermo Cabrera Infante:

Ha llegado la hora cero. Carteles alista a sus lectores para el viaje al infinito. La nave está ante ustedes. La pilotea Ray Bradbury, explorador de múltiples mundos extraños. Lo auxilia, para beneficio de los lectores que hablan español y no el idioma de los espacios, H. A., cuyas misteriosas siglas parecen encerrar en una cápsula literaria las fuerzas de explosión e implosión de las bombas atómico-hidrógenas. El viaje se inicia. La aventura del espacio exterior ha comenzado.[6]

Al revisar la colección de La Gaceta de Cuba encontramos que en mayo de 1963 se habían publicado tres breves cuentos de ciencia ficción agrupados bajo el título genérico de “Cósmicas. Tres aventuras interplanetarias de finales del siglo XXI”. El texto llevaba como firma las iniciales “H-A”, que, al igual que en las traducciones de la revista Carteles, aparecían sin punto y separadas por guion. La presentación del editor de La Gaceta precisaba que el autor de “Cósmicas” era la misma persona que años atrás había traducido a Bradbury en Carteles. Por lo tanto, quedaba establecido, más allá de toda duda, que las iniciales H-A correspondían al autor José Hernández Artigas. “Cósmicas” exhibe ya un notable dominio de las convenciones de la ciencia ficción, y constituye otro argumento para poner en entredicho la fecha de 1964 como punto de partida para la historia de la ciencia ficción moderna en Cuba.[7]

“Cósmicas”, de José Hernández Artigas (H-A), en 'La Gaceta de Cuba' (1963)
“Cósmicas”, de José Hernández Artigas (H-A), en ‘La Gaceta de Cuba’ (1963)

Hay otra interesante fuente de datos sobre Hernández Artigas en el artículo “Bewitched. Buscando a Maggie Prior”, de la investigadora Rosa Marquetti. Maggie Prior fue una cantante de jazz cubana que estuvo casada con Pepe Hernández a comienzos de los sesenta. En su artículo, luego de señalar que fue amigo de Oscar Hurtado y Guillermo Cabrera Infante, Rosa Marquetti escribe:

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Hernández Artigas se vinculaba a los jóvenes intelectuales que escribían en el semanario Lunes del periódico Revolución, quienes le reconocían como un escritor de prometedor talento con aportes interesantes y próximos a un género con escasos exponentes entonces y dentro [de] lo que hoy llamaríamos ciencia ficción.

Rogelio Llopis, por su lado, aunque ya vimos que coloca a Pepe Hernández entre los precursores de la ciencia ficción en Cuba, en un pie de igualdad con Oscar Hurtado, no nos dice nada acerca de la fecha de publicación de sus cuentos. De hecho, parece afirmar que la ciencia ficción cubana nace después de la Revolución: “Antes y después de la Revolución, casi todas, si no todas las revistas cubanas importantes, han venido incluyendo en sus páginas cuentos de ciencia ficción. Pero ha sido durante la Revolución que se han impreso obras de ciencia ficción de autores cubanos”.[8] Esto parece indicar que Llopis no estaba al tanto del uso (hipotético) de pseudónimos por Hernández en Carteles, aunque sí, probablemente, de los cuentos que publicó luego bajo la firma H-A, pues destaca que en este autor (y en Hurtado) la ciencia ficción cubana “tiene a sus verdaderos precursores, tanto en la esfera divulgadora [sabía, pues, de sus traducciones para Carteles], como en la creadora” [cursivas mías].[9]

El olvido de la obra de Hernández Artigas constituye la laguna más grande en la investigación de la historia de la ciencia ficción moderna cubana; un vacío en un relato que se suponía bien contado.

Un puñado de pseudónimos raros

Hay, pues, varios testimonios que relacionan a Hernández Artigas con la ciencia ficción. Pero es solo Branly quien afirma que publicó cuentos en Carteles. Vamos, pues, a examinar con más detenimiento este importante punto.

Roberto Branly fue un poeta que, por algún motivo que desconozco, tuvo una cierta cercanía con la ciencia ficción cubana. Fue él, por ejemplo, quien escribió los artículos sobre Herrero, Hurtado y Collazo para el Diccionario de literatura cubana (edición de 1968). También trabajó en Carteles y se lo puede ver en una foto de la época junto a Cabrera Infante y Santiago Cardosa Arias en la azotea de la revista habanera. De manera que conoció a Hernández hacia esa época y su testimonio es de primera mano y confiable. Pero, al mismo tiempo, debemos señalar que Branly yerra al afirmar que Hernández Artigas había empezado a publicar en 1957. Revisé dos veces la colección de Carteles correspondiente a ese año y no pude encontrar ningún cuento de dicho autor. Creo que aquí Branly estaba apelando a la memoria y se confundió con la fecha de inicio de la sección “Ciencia-Ficción” (julio de 1957); o eso, o estaba usando datos erróneos. Pero también existe la posibilidad de que simplemente se equivocara de año: los cuentos sí aparecieron, pero en 1958.

Ahora bien, en este año de 1958 se encuentran algunos reportajes de Pepe Hernández, pero ningún cuento firmado con su nombre o sus iniciales. Había algo, sin embargo, que finalmente llamó nuestra atención, a saber: la presencia de varias historias publicadas con pseudónimos insólitos como Mac Tomorrow (cuento “Psique”), Robert S. Oncemore (“El cuerpo”), Mate Hard (“El final”) y Charles Yonder (o Yoender) (“¡Madre!”), todos en cuentos en que aparecía Hernández Artigas como traductor. Obsérvese sobre todo que estos no son pseudónimos normales, como los que usaría un autor angloamericano, sino creaciones más bien arbitrarias y humorísticas, pues “Oncemore2 significa simplemente “una vez más”, posible alusión a que no era la primera vez que publicaba, mientras que “Mac” y “Mate” ni siquiera son nombres ingleses. Estamos ante pseudónimos deliberadamente atípicos que tal vez el autor se proponía reclamar como suyos en un futuro. Y aquí aprovecho para introducir una importante corrección a mi citado artículo anterior: el cuento “Intruso” es efectivamente de Don Berry, tal como se publicó en Carteles, aunque en una forma sustancialmente abreviada (y degradando la inteligibilidad de la historia), pues en el texto original de la revista Venture Science Fiction consultado tiene la extensión de un relato y consta de nueve acápites numerados del I al IX.[10] Pocos meses más tarde, Pepe Hernández lo volvió a publicar, suprimiendo un acápite más (el último) y cambiándole el título a “Dios igual a hombre por velocidad-luz” (un cambio que probablemente se explica por el grado de alteración que a estas alturas había experimentado el relato original).[11] Por lo tanto, este cuento no se puede contar como de la autoría del escritor y traductor cubano, tal como yo había sugerido en mi primer escrito sobre este autor.

¿Podían los arriba citados pseudónimos encubrir la pluma de José Hernández Artigas? Casi el único modo de atribuir en la actualidad los cuentos con pseudónimos extraños es por el método de eliminación.[12] El campo de las revistas estadounidenses de la Edad de Oro ha sido tan minuciosamente rastrillado que realmente sería sorprendente que algún pseudónimo hubiera sido pasado por alto. La obra de referencia más importante para la búsqueda de datos bibliográficos sobre ciencia ficción es la Internet Speculative Fiction Database (ISFDB), un vasto repertorio temático donde están registrados miles de autores y obras.[13] La consulta de este corpus no arrojó ningún resultado para los arriba citados Mac Tomorrow, Robert S. Oncemore, Mate Hard y Charles Yonder (o Yoender). Por lo tanto, estos son los pseudónimos que cabe suponer que José Hernández Artigas pudo haber usado en Carteles. Para que el lector tenga una idea de lo anómalos que son estos resultados, debo decir que aquí pude encontrar datos sobre autores que no solo no conocía, sino que incluso no aparecen en la Encyclopedia of Science Fiction de Clute y Nicholls (la más importante obra de referencia sobre el género), como Graham Doar, Ann W. Griffith, Mike Curry y R. J. McGregor, lo cual permitió descartarlos como posibles alias. También fue en una consulta de la ISFDB que descubrí que Paul Atorak (autor publicado en Carteles) no era un pseudónimo, como yo había creído al principio, sino una errata por Paul A. Torak. De modo que, en lo que a mí respecta, considero dicha base de datos como confiable en grado sumo: lo que no aparece allí, probablemente no exista. (Esto solo concierne a los autores de lengua inglesa, aclaro, para los otros idiomas la situación es diferente.)

Por lo tanto, cabe suponer que los cuentos publicados por Pepe Hernández en Carteles (versión apoyada por Roberto Branly) son precisamente los que están firmados con pseudónimos atípicos. ¿Pueden estas historias haber sido escritas por el escritor cubano? Creo que, en principio, sí, pues son cuentos relativamente sencillos (aunque no carecen de calidad), que estaban al alcance de las habilidades técnicas de un narrador novel como Hernández. El cuento “El cuerpo”, por ejemplo, firmado por Robert S. Oncemore, está escrito en un tono de humor que volveremos a encontrar en otros relatos del autor, especialmente en los minicuentos de “Cósmicas”. Y, por otro lado, debe tenerse en cuenta la renuencia que siempre manifestó el escritor a firmar su ficción con su nombre (en contraposición a sus artículos, que firmaba J. Hernández). Y, puestos a construir hipótesis, también pudo ser una forma de dar a conocer sus cuentos y medir las reacciones de los lectores presentándolos como de autores angloamericanos.

Sin embargo, en rigor, estos criterios son insuficientes para establecer una atribución sólida, pues algunos de los cuentos extranjeros aparecidos en la sección solo exhibían una asimilación superficial de las convenciones de la ciencia ficción, es decir, no eran en el fondo difíciles de imitar. Ejemplo de esto son los cuentos de Ann Griffith y E. B. White. Hay que tener en cuenta, además, que Hernández solía usar muchos giros y vocablos cubanos en sus traducciones (“¡embúllate, chico!”, pone a decir a un personaje de un cuento de Robert Sheckley, mientras que la palabra kids la traduce habitualmente como “fiñes”), lo cual acorta la distancia entre su lenguaje y el de los autores traducidos, por lo cual esta dimensión (el lenguaje) no nos sirve como un criterio discriminador seguro. Y, por si fuera poco, Hernández también interpolaba fragmentos suyos dentro del texto de los cuentos, como ocurre con “La ley Zeritsky”, de la escritora Ann Griffith (un procedimiento que, por cierto, tenía ya un precedente en la versión adaptada de ¡Marciano, vete a casa!, de Fredric Brown, que se había publicado en 1954 en Bohemia). En general, la transgresión de los límites de las atribuciones del traductor es tal vez lo que explica las transformaciones a que se vio sometido el citado relato “Intruso”, destripado y convertido por Hernández en un cuento.

Primera página del cuento “Psique” en 'Carteles', 1958. Hernández siempre escribía “versión” en su crédito como traductor. Obsérvese que en un caso se usó una máquina de escribir (columna derecha) con defectos en las letras u, n y m (lo cual debió ser deliberado). En el otro ejemplo de uso de composición mecanográfica del texto (columna izquierda, debajo), en cambio, la máquina tenía un problema con el interletraje, o sea, se usó otra máquina, lo cual revela un nivel de detalle exquisito en la diagramación.
Primera página del cuento “Psique” en ‘Carteles’, 1958. Hernández siempre escribía “versión” en su crédito como traductor. Obsérvese que en un caso se usó una máquina de escribir (columna derecha) con defectos en las letras u, n y m (lo cual debió ser deliberado). En el otro ejemplo de uso de composición mecanográfica del texto (columna izquierda, debajo), en cambio, la máquina tenía un problema con el interletraje, o sea, se usó otra máquina, lo cual revela un nivel de detalle exquisito en la diagramación.

Un caso aparte y digno de un detenido estudio es el del cuento “Psique”, de Mac Tomorrow. Este autor no aparece en las enciclopedias consultadas, lo cual, como ya señalamos, no es una sorpresa, pues es un pseudónimo que, usado por un escritor de lengua inglesa, sonaría absurdo. La búsqueda de “Psyche” en la ISFDB tampoco permitió arrojar luz sobre el misterio. Hay muchas historias tituladas “Psyche”, pero sus autores ni estuvieron activos en el lapso de tiempo considerado (la época de las revistas pulp) ni sus nombres guardan relación alguna con el autor publicado en Carteles. Lo más llamativo, empero, es el cuento en sí, con su vanguardista técnica de contar la historia usando un collage de noticias, fragmentos de diarios, anuncios, informes, memorándums, etc. Estos experimentos con la técnica narrativa no se volverán usuales en la ciencia ficción angloamericana hasta la Nueva Ola de la década del sesenta. Es improbable que alguien los usara en una revista pulp de los años cincuenta y, de haber sido así, ¿por qué no es más conocido? ¿Por qué no está citado, referenciado, comentado en las enciclopedias y las historias del género? Un cuento como este no podía pasar inadvertido. Tanto más que resulta un claro antecedente de la célebre novela Todos sobre Zanzíbar (Premio Hugo de 1968), de John Brunner, que usa una técnica narrativa similar (y tan comentada en su época, por cierto), inspirada en la obra de John Dos Passos (aunque Hernández pudo haber tomado también como modelo a La guerra de las salamandras, de Karel Čapek, un autor que él admiraba).

Obsérvese también la complejidad extrema de la diagramación que requirió esta edición, así como sus características formales, hasta el punto de que este diseño específico es parte del cuento. Tanto es así que, por excepción, se le dio crédito al diagramador o tipógrafo: Santiago Cardosa Arias, un amigo de Hernández Artigas que también solía hacer el emplane (maquetación) de la célebre sección “Cine” de G. Caín (y siempre sin crédito). Pregunto: ¿por qué tomarse tantas molestias con este complejo texto si Hernández tenía a su disposición un caudal casi inagotable de narraciones excelentes en las revistas estadounidenses que leía? La verdad es que esto más parece un trabajo de autor que de traductor; posible, además, gracias a la convergencia de dos hechos: las habilidades como diagramador de Cardosa Arias y la tecnología de impresión offset que usaba Carteles. Por otro lado, el formato del cuento parece concebido (exprofeso) para una revista de caja ancha, como Carteles, no para las revistas pulps con su modesto formato tipo digest (e incluso en Carteles el emplane tuvo que colocarse apaisado, pues el texto no cabía en la orientación vertical normal). ¡Y qué decir de la página manuscrita…! Realmente es difícil imaginar tanta osadía en una revista de aventuras para jóvenes, como eran de hecho las revistas pulp de la época. Este era un cuento que no hubiera desentonado en la revista New Worlds de Michael Moorcock (de 1964 en adelante). [14]

Tercera página (manuscrita) del cuento “Psique” en 'Carteles', 1958.
Tercera página (manuscrita) del cuento “Psique” en ‘Carteles’, 1958.

¿Pudo Hernández Artigas haber escrito “Psique”? Creo que sí: la innovadora técnica usada es congruente con su cultura y con sus ambiciones literarias. Tengamos presente que este es el mismo autor que fuera celebrado por Cortázar o que en 1963, en un artículo sobre cine, incluía una referencia a William Burroughs: “autor de la inquietante novela de ciencia-ficción The Naked Lunch”.[15] Y, por otro lado, aunque las convenciones de la ciencia ficción están usadas correctamente en “Psique”, estamos ante una historia de contenido sencillo, al alcance de su pluma.

“El cuerpo”, de Robert S. Oncemore, otro posible cuento de Hernández Artigas en 'Carteles'. La ilustración, de Manuel Vidal, destaca la índole humorística de la historia.
“El cuerpo”, de Robert S. Oncemore, otro posible cuento de Hernández Artigas en ‘Carteles’. La ilustración, de Manuel Vidal, destaca la índole humorística de la historia.

Sin embargo, es precisamente el carácter inusitado de “Psique” el principal obstáculo para proceder a su atribución. Porque “Psique” no es solo un cuento interesante: de haber sido escrito por Hernández sería uno de los trabajos más notables de toda la historia de la ciencia ficción cubana (asombroso, de hecho), e incluso una obra a tener en cuenta en la evolución de la narrativa en Cuba. Y ya sabemos que las afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias. El método de eliminación es correcto en principio, pero no ofrece un resultado libre de dudas. Probablemente un poco de ayuda internacional sería la solución, porque para un verdadero experto en la historia de las pulps este no es en absoluto un misterio impenetrable. Repito: un relato con estas características publicado en los años cincuenta bajo ningún concepto hubiera pasado inadvertido. Por lo pronto, creo que se debería volver a publicar estos cuentos (sobre todo “Psique”) y permitir que el lector llegue a sus propias conclusiones.

¿Por qué debió usar pseudónimos Pepe Hernández? Tal vez nunca sepamos la verdadera razón, pero –además de los motivos antes aludidos– debe advertirse que en aquella época era un gran privilegio para un autor joven cubano publicar en Carteles, sobre todo porque era Cabrera Infante quien estaba a cargo de la sección de narrativa cubana. Los alias pudieron también ser la vía que Hernández encontró para sortear lo que de otro modo hubiera sido un obstáculo (aunque cuesta creer que Caín se dejara engañar por el ingenuo procedimiento). En su libro póstumo Cuerpos divinos, Cabrera Infante lo llama “un escritor fracasado”, aunque se debe notar que esta opinión pertenece a una época en que las relaciones entre ambos se habían enfriado considerablemente. El juicio, sin embargo, tiene un alto valor testimonial, pues confirma indirectamente que Pepe Hernández ya escribía ficción hacia la época en que trabajaba en Carteles. (El nivel literario de un cuento como “Onomástico” es ciertamente modesto, pero su minicuento “Error de Mickey”, de 1963, sería hoy un clásico del humor en la ciencia ficción cubana si hubiera sido recordado en su momento.)

¿El primer cuento de ciencia ficción moderna en Cuba?

Por último, hay que señalar que José Hernández Artigas probablemente fue el autor del primer cuento de ciencia ficción moderna escrito en Cuba. El cuento al que me refiero es “Onomástico”, publicado el 26 de enero de 1959 en una página literaria del diario Revolución. El otro cuento que puede aspirar a ese título es “El día que Nueva York penetró en el cielo…”, de Ángel Arango. Pero mientras que esta segunda historia tiene un estatus genérico indeciso, es decir, no está escrita del todo en conformidad con las convenciones de la ciencia ficción y parece más bien una fantasía científica, el cuento de Hernández, aparecido solo unos meses más tarde, es ya sin duda un cuento de ciencia ficción.[16] El argumento incluso se ubica dentro de un tipo bien conocido: las historias de robots que se rebelan contra los humanos; el de Arango, por su parte, es inclasificable. “Onomástico” sería el primer cuento confirmado de ciencia ficción moderna en Cuba, ya que, como hemos visto, es posible que Hernández hubiera publicado solo unos meses antes varios cuentos en Carteles usando distintos pseudónimos.

Es interesante notar que el cuento de Arango apareció precisamente en la sección “Ciencia-Ficción” de Carteles, que, como vimos, había sido inaugurada por Hernández y Cabrera Infante el año anterior. Antes de publicar este cuento, Arango había escrito solamente “realismo” (o sea, ficción mimética), como se infiere de la presentación que escribiera Cabrera Infante para su cuento “El ahorcado” en noviembre de 1957:

“El ahorcado”, como muchos otros cuentos de Arango, es un ensayo sobre la vida de todos los días. En los cuentos de Arango apenas ocurre nada en el sentido espectacular, pero los incidentes se agrupan en un sentido cotidiano, que atrapan al lector en una malla de incidentes verazmente reales, apasionantes. (Carteles, noviembre de 1957 —las cursivas son mías)

Esto significa que el interés de Ángel Arango por escribir ciencia ficción debió ser posterior al lanzamiento de la sección de Carteles. ¿Influyó de alguna manera Pepe Hernández en este cambio en los intereses literarios de Arango? Me inclino a creer que sí, aunque no se puede asegurar nada. Nótese también que Hernández y Arango volvieron a coincidir en “Nueva Generación”, la página literaria del diario Revolución, y que incluso llegaron a publicar en un mismo número, así como el parecido temático entre el segundo minicuento de “Cósmicas” (“Caso: D Mirzg”) y “El cosmonauta” de Arango.

A la luz de todo lo anterior, creo también que debería revisarse la tan frecuente afirmación de que la ciencia ficción cubana moderna nació con la Revolución en 1964. Está claro que estos orígenes deben buscarse a finales de los años cincuenta, en la revista Carteles y en la actividad de Pepe Hernández como traductor y autor del género. Y si se admite esto, cabe también preguntarse: ¿hubiera habido ciencia ficción sin la existencia de la Revolución? La peculiar política cultural de los sesenta, donde distintas tendencias ideológicas competían entre sí, creó algunas condiciones favorables para el desarrollo de la ciencia ficción en Cuba, empezando por la posibilidad de publicar libros (no simplemente cuentos) en editoriales recién creadas, como Ediciones R y Unión. Pero si se examina el mapa de la ciencia ficción en América Latina se verá de inmediato que este coincide con el de las naciones con literaturas más desarrolladas: Argentina, México y Chile, seguidas a cierta distancia por Perú y Colombia. Por tanto, es legítimo suponer que el cultivo de la ciencia ficción en Cuba era casi inevitable. Es posible que esta ciencia ficción se hubiera desarrollado principalmente en las revistas y que hubiera tenido un estatus un tanto precario, como en los países latinoamericanos sin una fuerte industria editorial, que en los años sesenta eran casi todos. Los primeros libros tal vez se habrían publicado hacia la década del ochenta. Y en los primeros tiempos esta ciencia ficción hubiera sido bastante similar a la que se cultivó en los años sesenta, pero luego no hubiera aparecido, desde luego, el realismo socialista de los 70-80, ni tampoco (sospecho) la tendencia a la “ciencia ficción dura”.

El papel de José Hernández Artigas como precursor de la ciencia ficción cubana –ya destacado por Rogelio Llopis– no puede ser puesto en duda. En la revista Carteles, entre 1957 y 1959, aparecieron más de cuarenta cuentos de ciencia ficción, la mayoría en traducciones suyas. Allí el lector pudo conocer a muchos de los autores clásicos de la Edad de Oro, como Ray Bradbury, Robert Sheckley, Richard Matheson, Fredric Brown, Frederick Pohl, Philip K. Dick, Isaac Asimov, Henry Kuttner, Catherine L. Moore, L. Sprague de Camp, Lester Del Rey, Clifford D. Simak, C. S. Lewis, Judith Merrill, Damon Knight, Alfred Bester, Gordon R. Dickson, Walter M. Miller, Bertram Chandler, Theodore Cogswell, así como otros que hoy son menos conocidos (o están absolutamente olvidados). Esto hace de Hernández uno de los mayores difusores de la ciencia ficción en Cuba, en un momento en que el género empezaba a llegar a los lectores de la Isla. Fue así como empezaron a sentarse las bases para un conocimiento amplio de este tipo de literatura en Cuba (Carteles hacia esta época publicaba 20 mil ejemplares), lo cual constituyó un precedente para la aparición posterior de la ciencia ficción como una corriente en la ficción cubana de la década del sesenta. Es decir, si se pregunta: “¿cómo se empezó a conocer la ciencia ficción en Cuba?”, hay que tener muy presente los cuentos de Carteles, que permitieron al lector estar al tanto de la evolución mas reciente de esta forma literaria cuando todavía las publicaciones en castellano eran relativamente escasas (aunque no desconocemos esfuerzos como el de la revista argentina Más Allá, que también llegaba a Cuba, por cierto). Lo que parece un comienzo brusco en 1964, con tres libros publicados el mismo año y cinco autores, tuvo una preparación más prolongada. Los años entre 1957 y 1962 son para la ciencia ficción cubana el equivalente de lo que Rachel Haywood Ferreira ha llamado, refiriéndose a la ciencia ficción latinoamericana en general, el “período de incubación del género” (que ella sitúa en la década del cincuenta).[17] La historia de la ciencia ficción moderna cubana comienza en realidad a finales de los cincuenta con la aparición de varios cuentos del género escritos por Pepe Hernández y una fantasía científica de Ángel Arango.

Y que todo comenzara precisamente por Carteles no es casual, dado el papel que esta revista desempeñó hacia esta época (a instancias de Cabrera Infante) en la difusión de la nueva literatura norteamericana en Cuba, de la cual la ciencia ficción de las revistas pulp, hasta cierto punto, se podía ver como una parte integrante.

¿Por qué se olvidó a Hernández Artigas dentro de los círculos de la ciencia ficción cubana? Pepe Hernández, como algunos otros intelectuales de su tiempo, había pasado de una actitud de aceptación entusiasta de la Revolución en sus comienzos a posiciones cada vez más discrepantes que, en los últimos años, no vacilaba en expresar públicamente, según el testimonio de personas que lo conocieron hacia esa época. Esto debió contribuir a ese borrado de su memoria que se produce a partir de los años setenta, y que afectó también a otros escritores, como fue el caso de Juan Luis Herrero. Este último, que partió hacia el exilio en 1975, tuvo un poco más de suerte –sus cuentos estaban firmados–, pero de todos modos sigue siendo un autor poco conocido, a pesar de su indudable relevancia (por ejemplo, escribió lo que es probablemente la primera distopía de la ciencia ficción cubana).[18] Hernández Artigas, en cambio, se rehusó sistemáticamente a firmar su ficción con el nombre completo, con lo cual el autor de “Error de Mickey” no le facilitó precisamente las cosas a los investigadores. (Un hecho intrigante es que Pepe Hernández tampoco aparece en ninguna de las antologías de la época, aunque tanto Hurtado como Llopis lo conocieron.)

Alguien pudiera preguntarse si es lógico que un escritor con esa capacidad literaria renunciara a presentarse como el autor de cuentos que marcaban el inicio de un nuevo género en la literatura cubana. Pero ¿quién pierde una novela aplaudida por Julio Cortázar? ¿O quién vive en una casa sin puerta, donde se podía entrar a cualquier hora del día? José Hernández Artigas es, parafraseando a Churchill, “un acertijo, envuelto en un misterio, dentro de un enigma”: muchos años nos separan de los tiempos en que vivió, y sospecho que algunas de nuestras interrogantes ya no habrán de encontrar respuesta. Pepe Hernández nunca reclamó el lugar que justamente le correspondía entre los pioneros de la ciencia ficción en Cuba, pero está en nuestras manos rectificar lo que él por una misteriosa razón no quiso o no pudo hacer, y realizar un acto de justicia histórica. El rescate de la figura de José Hernández Artigas y de sus cuentos enriquece, sin duda, el panorama de la ciencia ficción cubana de los años sesenta a la vez que permite arrojar una nueva e inesperada luz sobre los comienzos de este género en Cuba.

José Hernández Artigas (izq.) y Guillermo Cabrera Infante en la azotea de la revista 'Carteles' (FOTO Ernesto Fernández vía OnCuba)
José Hernández Artigas (izq.) y Guillermo Cabrera Infante en la azotea de la revista ‘Carteles’ (FOTO Ernesto Fernández vía OnCuba)

Notas:

[1] Rosa Marquetti: “Bewitched. Buscando a Maggie Prior”. Rosa Marquetti escribe sobre música cubana.

[2] Hay dos versiones de esta anécdota. La que cito aquí me fue referida por Víctor Fowler, quien a su vez la conoció a través de la escritora Albis Torres (madre de Wendy Guerra), quien había conocido de niña a Pepe Hernández. El término exacto “genio” pudo haberlo usado o no, ya no puede establecerse con certeza, pero no hay dudas sobre el enfático elogio del autor de Rayuela. La otra versión es la que ofreció Rogelio Llopis en los años sesenta. El dato de la novela perdida también es mencionado por Carlos Velazco y Elizabeth Mirabal en su libro Buscando a Caín.

[3] Ricardo Hernández Otero sospecha que pudo ser uno de los guionistas del filme Historias de la Revolución, aunque no he podido comprobar el dato (comunicación personal).

[4] Comunicación personal de Víctor Fowler.

[5] Llopis, por cierto, ya había dicho lo mismo en su artículo “Ojeada crítica al cuento fantástico”, publicado en 1966 en Bohemia (n.o 39, 30 de septiembre). Rogelio Llopis fue el principal animador de la importante corriente fantástica en la literatura cubana de los años sesenta.

[6] No es casual que fuera Cabrera Infante quien le diera la bienvenida a la nueva sección, teniendo en cuenta la importancia por estos años de Carteles en la difusión de la literatura norteamericana en Cuba. Y la ciencia ficción que se publicó en sus páginas era principalmente de autores estadounidenses.

[7] En el propio 1963 La Gaceta publicó también la mayor parte del cuaderno de poesía La ciudad muerta de Korad, de Oscar Hurtado, que apareció en forma de libro al año siguiente.

[8] Rogelio Llopis: “Introducción”, en Cuentos cubanos de lo fantástico y lo extraordinario, Ediciones Unión, La Habana, 1968, p. 28.

[9] El pasaje admite, sin embargo, otra lectura: Llopis estaba estableciendo una distinción entre “cuentos” (que se publicaron antes y después de la Revolución), y “obras” (¿libros?), que solo empezaron a aparecer después de1959. Pero no me inclino por esta variante.

[10] Venture Science Fiction. The Complete Fiction. Jerry eBooks, 2021. El cuento “Intruder” es de marzo de 1958. Esta edición de Venture fue realizada por un fan en fecha muy reciente.

[11] La hipótesis de un plagio puro y simple me inclino descartarla, por dos motivos: primero, él no firmó el cuento con su nombre, sino con un alias que nunca reconoció; segundo (y esto es lo más importante), ya había publicado la historia en Carteles pocos meses antes con el título y autor correctos.

[12] Probablemente la única persona que podía arrojar luz sobre este punto era Santiago Cardosa Arias, pero falleció en 2016. Cardosa Arias era el emplanador (diagramador) de la sección Cine de G. Caín y también realizó el espectacular emplane del cuento “Psyche”, cuyo probable autor fue Hernández Artigas.

[13] Como dato curioso apunto que, después de la publicación en Rialta del primer artículo sobre este autor, Hernández Artigas pasó a ser incluido también en la ISFDB.

[14] Otra posibilidad es que “Psique” no fuera publicado en una revista pulp, sino en una normal (aunque la IFDB incluye fuentes diversas, no solo las revistas pulp). En su contra cabe argumentar que el cuento es inobjetablemente de ciencia ficción y que en los demás casos Pepe Hernández recurrió a las revistas populares de ciencia ficción como fuente para sus traducciones. Y esta alternativa no explica tampoco el complejo trabajo de diagramación, que tiene todas las trazas de un trabajo de autor, concebido específicamente para el formato de Carteles, así como el extravagante pseudónimo.

[15] Nótese que Hernández usa el artículo en el título, lo cual probablemente significa que leyó la primera edición de la novela. Ediciones posteriores prescindieron del artículo.

[16] En el cuento de Arango (que sospecho no muchos han leído) los neoyorkinos construyen varias versiones de Nueva York, una encima de la otra, usando tecnología antigravitacional. Pero en la última versión llegan al cielo metafísico, donde el propio San Pedro les da la bienvenida y les entrega las llaves del cielo, en un giro en que se abandona el terreno de la ciencia ficción en sentido estricto. No obstante, este cuento es muy importante para la historia del género en Cuba.

[17] Escribe la citada autora: “the 1950s, the incubation period for genre sf in the region. Despite the tremendous growth in research on genre production in Latin America in recent years, with the 1950s we are once again in somewhat sparsely populated territory, where the process of establishing a corpus of primary texts is particularly challenging and particularly relevant”. (Rachel Haywood Ferreira: “How Latin America Saved the World and Other Forgotten Futures”, Science Fiction Studies, vol. 43, n.o 2, July 2016, p. 207.

[18] Véase mi artículo «Los futuros en crisis de Juan Luis Herrero». Revista Espacio Laical. Proyecto del Centro Cultural Padre Félix Varela, Año 17, Nro. 3-4, 2021, pp. 91-101. Los estudios publicados fuera de Cuba tampoco suelen incluir a este autor, que escribió algunos de los mejores cuentos de CF la década del 60.

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Rinaldo Acosta Pérez-Castañeda (La Habana). Es autor del libro Temas de mitología comparada (1997, Premio Pinos Nuevos y Premio de la Crítica) y de una recopilación de ensayos dedicada a la ciencia ficción publicada por Letras Cubanas: Crónicas de lo ajeno y lo lejano. Acerca de la ciencia ficción (2010, Premio de la Crítica). Tuvo a su cargo (junto a Fabricio González Neira) la selección de narrativa y ensayo Otras tierras, otros soles: Una mirada a la ciencia ficción (Letras Cubanas, 2017).

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