carlos pabón ortega
Campo de concentración de Auschwitz

El tema de Historia, memoria y ficción. Debates sobre la representación de la violencia extrema (Ediciones Laberinto, 2022), el último libro de Carlos Pabón Ortega, es el tratamiento del genocidio y la violencia extrema en la historiografía sobre el siglo XX y los problemas epistemológicos que ello ha generado desde la década de 1960 al presente. Al final del camino, el autor elabora una puntual reflexión sobre el mismo asunto en el marco de la ficción literaria y la cinematografía: las miradas logocéntricas y videocéntricas sus posibilidades y limitaciones, son sometidas a un estudio crítico intenso. Debe reconocer que, a la luz del Holocausto, el siglo XX constituye un modelo inequívoco de lo que puede denominarse la “barbarie moderna”. Hay algo de refinamiento y vulgaridad difícil de explicar en el arte de explotar y matar racionalmente, según se manifestó en los campos de concentración y exterminio de judíos durante la Segunda Guerra Mundial.

El volumen de Carlos Pabón Ortega constituye además un comentario valioso sobre la historiografía del siglo XX y su representaciones dominantes: el totalitarismo y el extremismo. Racionalidad e irracionalidad se combinaron a la hora de producir el efecto sugerido. En gran medida, el siglo XX fue resultado neto del dualismo de la Guerra Fría (1947-1989) que la lógica de la pos Guerra Fría ha reafirmado. El maniqueísmo extremo sigue siendo clave para legitimar aquella metáfora, a pesar de que la cultura del siglo XX no creó de la nada la representación. Me temo que, en Occidente –cualquier cosa que eso signifique en el presente– el dualismo maniqueo es parte de una herencia imposible de borrar que extiende sus raíces a la mirada del providencialismo cristiano, fenómeno que debería tomarse en cuenta a la hora de enfrentar la lectura de Pabón Ortega en torno a la representación del Holocausto, el genocidio y la violencia extrema en cualquier medio.

El siglo XX fue uno mal aspectado desde antes de su inicio y su término cronológicos.  El derrumbe de un orden mundial controlado por un puñado de países europeos en el marco de las competencias imperialistas de la Gran Guerra (1914-1918) así como la Revolución Bolchevique (1917); y la aceleración de la mutación del capitalismo liberal en capitalismo financiero, sugerían que el lugar privilegiado de Europa en el entramado mundial ya no sería el mismo. Una serie de eventos ocurridos alrededor de 1898 –el ascenso de Estados Unidos al ruedo geopolítico internacional fue uno de ellos– preludiaban la tendencia.

Hace unas cuantas semanas, al comentar una antología de textos de autores anarquistas puertorriqueños de principios del siglo XX, recopilados por Jorell Meléndez Badillo, llamé la atención sobre la terrible imagen que ese siglo producía en algunos de los teóricos antologados. El pesimismo en torno al siglo XX y el optimismo cándido a tenor de la inevitabilidad de la revolución y el advenimiento de la acracia, una actitud heredada del progresismo burgués equiparable a la esperanza cristiana de salvación, se concertaban en las voces de lo ácratas. El hundimiento de un orden puede animar una cosa o la otra: el optimismo y el pesimismo son dos esferas inseparables. Los autores anarquistas a los que hago alusión reflexionaban al filo de la Gran Guerra iniciada en 1914 y antes de la Revolución Bolchevique de 1917, proceso que tampoco llenó sus expectativas.
En medio de la lectura, me sentí tentado a comparar la impresión, también pesimista y cargada de melancolía, que producía el siglo XX en el ya anciano sociólogo krausopositivista Eugenio M. Hostos Bonilla, en un breve ensayo de 1901.

El historiador puertorriqueño Carlos Pabón Ortega
El historiador puertorriqueño Carlos Pabón Ortega

La idea del siglo XX como una etapa en la cual algo/todo se desplomaba marcó también, bajo circunstancias peculiares, a pensadores como Oswald Spengler y a historiadores como Arnold Toynbee: la decadencia y la muerte de la civilización obsesionó a ambos. El resentimiento que contra sus reflexiones mostró Lucien Febvre en sus Combates por la historia sigue siendo emblemático. El siglo XX, escenario de la revolución de 1917 con su filón de esperanza, también fue el siglo de las grandes desilusiones. La disolución del socialismo realmente existente desde 1989 encarnó el fin de una época y el inicio de otra.

En ese sentido, la premisa presente en este volumen de que el “siglo XX corto”, conceptualizado por Eric Hobsbawm, fue también el paradigma de la “barbarie moderna” posee un enorme valor ilustrativo. Contradice la concepción ilustrada del “progreso” como una promesa civilizatoria y humanizadora capaz de asegurar el mejoramiento material y moral de todos. La intelectualidad de fines del siglo XVIII y principios del XIX, como se sabe, confiaba en aquel principio etéreo con una convicción equiparable a la fe. El “siglo XX corto”, por otro lado, sigue constituyendo un reto intelectual para los historiadores del presente: los eventos recientes entre Rusia y Ucrania sugieren que sus dislates no han sido dejados atrás.

Un asunto que llamará la atención de cualquier lector de este libro de Pabón Ortega es la centralidad que otorga al Holocausto en el desmantelamiento del modelo progresista cándido aludido. La primacía otorgada al Holocausto en ese proceso de ruptura puede responder a varias cosas. Por un lado, a la naturaleza del evento que, en ocasiones resulta inefable, es decir imposible de articular en palabras, condición que lo coloca en la frontera de la ficción. Por el otro, al papel histórico que tuvo la cultura judía en la formulación de la identidad de Occidente. La cultura representada por las víctimas del Holocausto, a pesar de la distancia temporal entre la Antigüedad y la Modernidad, dos orbes cuya continuidad se asume como incuestionable, es considerada una de las bases del cristianismo y de Occidente.  Durante siglos, se ha aceptado que Occidente es el resultado de la compleja hibridación de valores judíos, helénicos y latinos, otra trinidad sacralizada.  Aclaro que voy a descartar la relevancia geopolítica del Israel moderno en la identidad occidental porque quiero prescindir de argumentaciones geopolíticas incómodas en este comentario.

El problema planteado por Pabón Ortega en su libro tiene que ver con los debates respecto al Holocausto, en especial su transición del olvido tras la Segunda Guerra Mundial cuando el tema era tabú; a la memoria cuando el asunto regresó del Leteo durante la década de 1960.  No se puede descartar la relevancia del hecho de que fuesen consideraciones jurídicas –había que ubicar a los perpetradores y los victimarios del crimen para castigarlos– lo que transformó el Holocausto en un tema central de discusión para cierta historiografía.

El fenómeno puso de frente dos registros del pasado que siempre han poseído una relación problemática. De un lado, la historia, un examen disciplinar y sistemático, resultado de un método más o menos estandarizado apoyado en la distancia espacio temporal del evento aludido. De otro lado, la memoria, un examen personal y emocional articulado alrededor de la cercanía espacio temporal del evento aludido. En general, se trata de dos tipos de testimonios respecto a un evento traumático que, irremediablemente, chocarán en algún momento. Desde mi punto de vista, uno y otro campo articulan una impresión de los hechos en dos registros temporales distintos: el tiempo matemático cronológico y el tiempo vital humano. La sombra del vitalismo de Henry Bergson está detrás de este comentario.

El modelo documental, propio de la historia, y el modelo testimonial, propio de la memoria, colisionaban al palio de consideraciones filosóficas que algunos ya hemos dejado atrás.

Me refiero el dualismo, desde mi punto de vista también maniqueo, entre la objetividad que asume el primero como distintiva; y la subjetividad que se adjudica como inseparable del segundo. Debo recordar que las fronteras entre objetividad y subjetividad en la historiografía siempre han sido difusas y cuestionables: se trata de un problema que debió superarse hace tiempo.

'Historia, memoria y ficción. Debates sobre la representación de la violencia extrema', de Carlos Pabón Ortega
‘Historia, memoria y ficción. Debates sobre la representación de la violencia extrema’, de Carlos Pabón Ortega

La interesante reflexión de Pabón Ortega respecto al “giro lingüístico”, una expresión vinculada al giro cultural que comienza a florecer también en la década de los sesenta, y el desenvolvimiento reciente de lo que he denominado “el giro interior”, vinculado a la historia de las emociones, confirman que objetividad y subjetividad son presunciones operativas complejas que iluminan el problema de la “verdad posible” de modos distintos pero complementarios. La relevancia de los comentarios de Pabón Ortega tiene que ver con un asunto de más alcance. Me refiero a la consideración de que la revolución definitiva contra la historiografía tradicional y positivista y el modelo historiográfico documental en general correspondió a la reflexión del giro cultural y del giro lingüístico y no a la del giro social, como por lo regular se afirma. La memoria y el testimonio ocuparon un lugar protagónico en ese proceso de ruptura.

El discurso de Pabón Ortega sugiere que, en el marco de la memoria y el testimonio, se encuentran los instrumentos más apropiados para elucidar el problema alrededor del cual gira su reflexión: la representación del Holocausto, el genocidio y la violencia extrema, es decir, los eventos traumáticos que marcaron el siglo XX. La necesidad de “historizar la memoria”, comprender su situación cambiante a lo largo del tiempo y el espacio, es más probable desde la empatía, los lazos emocionales y las intuiciones que estas miradas suponen. En este aspecto, me parece estar escuchando los susurros de Marc Bloch redivivo. Claro está, el dilema de la confrontación entre la objetividad científica y la subjetividad emocional no existiría si no se asociará la objetividad al fetiche de la “verdad”, un concepto que corresponde a una realidad fija e inmóvil; y la subjetividad al fetiche de la “ficción”, un concepto que sugiere al fingimiento que no corresponde a la realidad fija e inmóvil. Reconocer la plasticidad y la polisemia de la “verdad” resulta decisivo.

Uno de los puntos cardinales de ese debate se relaciona con la naturaleza de la “documentación”: el modelo historiográfico documental pretendía apoyarse en registros materiales; y el modelo testimonial legitimaba un sinnúmero de registros emocionales. Todo sugiere que las impertinencias del viejo Voltaire siguen asediando a numerosos observadores del pasado hasta el día de hoy. Pabón Ortega se ocupa de elaborar una crítica bien pensada en torno a los límites del modelo historiográfico documental y las virtudes potenciales del modelo testimonial a la hora de evaluar eventos traumáticos.

Dos discusiones particulares llaman mi atención de esta lectura. La primera se relaciona con los lazos de la memoria a la práctica de la historia reciente en torno a eventos traumáticos: el siglo de los totalitarismos y los extremos es el mejor taller para este tipo de procedimiento. Las observaciones teóricas sobre historia reciente vertidas por Pabón Ortega son por demás interesantes. El hecho de que las críticas más intensas a la historia reciente se apoyen en argumentos propios del modelo historiográfico documental me parece determinante. Me refiero a la alegada imposibilidad de aquella práctica a la hora de aclarar el alcance de lo “reciente” por la carga subjetiva que anima el concepto. La imprecisión de la noción “reciente” no debería ser argumento suficiente para descartar una experiencia interpretativa tan necesaria.

Una suerte parecida a la de la historia reciente tuvo la historia de las mentalidades confrontada por la historia social y económica de los discípulos de Fernand Braudel, el materialismo histórico y la historia cultural según la pensaba Peter Burke. Lo cierto es que el modelo historiográfico documental, condición compartida por la historiografía tradicional, la historia social y económica y el materialismo histórico, perciben una amenaza en cualquier espacio que se le ofrezca a la subjetividad en la producción de saber historiográfico y son propensos a deslegitimarlo. La reconsideración de la memoria como una entidad polisémica, contingente, plástica, cargada de subjetividad pero historizable, resulta perentoria.

No se trata sólo de que la memoria oficial o “fuerte” choque con la memoria subterránea, alterna o “débil”; o que la memoria de los victimarios y las víctimas sea distinta. La historicidad de la memoria ratifica que el balance de fuerzas puede cambiar: el caso del Holocausto así lo ha demostrado. Mayor relevancia tiene que se reconozca que el control de la memoria no es otra cosa que una lucha por el poder y se problematicen los efectos que ello pueda tener en un orden concreto. El asunto es más complejo: no se puede obviar que, en el territorio de las víctimas, también la memoria puede diferir por consideraciones sociales, culturales, psicológicas e incluso neurobiológicas. El estudio de la memoria invoca no solo la articulación de recursos propios del psicoanálisis, tan presente en la discusión historiográfica de los últimos cincuenta años, sino también de la neurociencia. Es posible que la neurohistoria tenga algo que decir respecto estos asuntos en algún momento. La memoria y el olvido responden a factores psíquicos y sociales, es cierto. Pero también poseen componentes biológicos que deben observarse en su conjunto a fin de comprender la dialéctica entre la una y la otra.

Las acotaciones de Pabón Ortega en torno a las intersecciones entre memoria, ficción y cinematografía deben ser tomadas con sumo cuidado. La primera vez que vi en mi casa Night and fog (1955) de Alain Resnais permanecí inmutable ante la sugerencia de las imágenes. Schindler’s list (1993) de Steven Spielberg no me produjo el mismo efecto. El cineasta François Truffaut afirmaba que la obra de Resnais y Germania anno zero (1947) de Roberto Rossellini, eran dos de las mejores producciones de todos los tiempos. Aquellos filmes, atados a la imagen de una realidad ominosa, excedían el subgénero de la ficción o lo documental. La ansiedad por convertir el trauma en materia prima estética planteaba el problema ético de hasta donde debía permitirse llegar a la imaginación a la hora de (re)producir un evento traumático. Me parece que la “estética de la violencia”, una práctica que se ha impuesto en la narrativa occidental y puertorriqueña al palio de las narraciones fílmicas desde la década de los sesenta, según comenté en un libro de crítica literaria que publiqué en 2007, llegó para quedarse.

Un último comentario. Debo insistir en que las sugerencias interpretativas de Pabón Ortega a la luz del Holocausto, el genocidio y la violencia extrema pueden ser de suma utilidad para la evaluación de la memoria de eventos no tan traumáticos como aquellos. Para el estudioso cuyo campo de acción está más allá de aquellos espacios sus indicaciones son orientadoras y esclarecedoras. La reinversión de esta meditación en otros territorios concretos de investigación historiográfica me parece esperanzadora.

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Mario R. Cancel Sepúlveda (Hormigueros, Puerto Rico, 1960). Es Catedrático de Historia en el Recinto Universitario de Mayagüez, sistema en el cual trabaja desde 1994. Fue profesor en la Escuela Graduada Creación Literaria con concentración en Narrativa de la Universidad del Sagrado Corazón (2005-2014) y de Estudios Puertorriqueños e Historia de Puerto Rico en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe en San Juan (2014-2019).  Ha publicado libros de historia, biografía y crítica literaria e historiográfica en torno a diversos aspectos del Puerto Rico de los siglos XIX, XX y XXI; y literatura creativa en los géneros de poesía y narrativa corta, así como numerosos textos en el orbe digital. Su publicación más reciente es El laberinto de los indóciles. Estudios sobre historiografía puertorriqueña del siglo XIX.

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