inCUBAdora publica una edición facsimilar de ‘Naranja Dulce’

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Detalle de cubierta de la edición facsimilar de la revista cubana ‘Naranja Dulce’ (inCUBAdora Ediciones, 2020)

Vuelvo una y otra vez sobre las páginas de Naranja Dulce. Trascurridos poco más de treinta años desde la aparición de su primer número, me sorprende el espíritu de vanguardia que conserva para nuestra contemporaneidad, el mismo que la convocara a finales de la década del ochenta.

Definitivamente, con Naranja Dulce. Edición facsimilar (1988-1989), inCUBAdora consuma otro gesto en su invaluable tarea de recuperar (y rearticular) la memoria cultural, artística e intelectual cubana. Con edición de Idalia Morejón Arnaiz, quien se ocupó también de la precisa presentación que el volumen incluye, este nuevo ebook, gestionado por Carlos A. Aguilera, constituye una oportunidad más para pensar el archivo histórico de la cultura revolucionaria.

Aunque gestada en un espacio institucional –fue suplemento de El Caimán Barbudo y adscrita a la Asociación Hermanos Saíz–, Naranja Dulce resulta un ejemplo indiscutible de cultura alternativa. Y lo fue en la medida en que, al interior del circuito de fuerzas establecido en el terreno intelectual de su época, asumió una postura transformadora.

Esta revista nucleó un pensamiento, no sólo estético, prácticamente inédito en el paisaje intelectual del periodo; como mínimo, articuló un conjunto de voces que entonces se ocupaban de revitalizar una escena bastante resentida. Fue la proyección de una serie de posicionamientos intelectuales que, por su propio carácter inaugural y de vanguardia, entraban en contradicción con la matriz de poderes en la que se insertaban.

Naranja Dulce hizo posible visibilizar la aparición de un saber otro, el cual, a partir de ese momento, definía nuevos caminos en el pensamiento artístico-literario (y no sólo) del país. Siguiendo a Foucault, me atrevo a decir que Naranja Dulce estableció un “punto de resistencia” a la hegemonía cultural del periodo, consumó una nueva estrategia de intervención estética, mostró otra forma de concebir la cultura.

Para comprender la significación que estos (apenas) cuatro números de la revista tuvieron –reparemos, por ejemplo, en que muchos de los nombres que se dieron cita en ella integraron además proyectos tan revolucionarios como Paideia o Diáspora(s)–, habría que retroceder a la década anterior, incluso a los primeros años de los ochenta.

El impacto radical del pensamiento estalinista que triunfó en Cuba hacia la década del setenta, tanto en la esfera artística como educacional y cívica, generó una depresión cuasi absoluta de las formas de producción de saber y estéticas. La intervención del poder político –no importa ahora las estrategias desplegadas– en los dominios de la creación artística, generó una producción, en su gran mayoría, sinflictiva, cosificada, esquemática. En el terreno de la escritura literaria, los efectos de esos años setenta condicionaron una verdadera crisis en el lenguaje.

La generación que se reúne en las páginas de Naranja Dulce, tuvo que librar una batalla tácita para imponerse a dichas coordenadas culturales. Resulta significativo que sea al interior de El Caimán Barbudo donde aparezca Naranja Dulce, si tenemos en cuenta que en ese mismo espacio se había presentado, años antes, una promoción de escritores bajo aquella suerte de manifiesto titulado “Nos pronunciamos”. Lo que en la “generación del caimán” era una voluntad por hacer del cambio revolucionario una verdad capaz de engendrar la escritura, en esta “de los ochenta” se convierte en un ansia de contemporaneidad que intenta sintonizar con el mundo, abrirse a él.

En una entrevista que –a propósito de la publicación de esta edición facsimilar de Naranja Dulce– acaba de recuperar y poner en circulación la historiadora del arte Elvia Rosa Castro, Víctor Fowler –uno de los principales artífices del proyecto– comenta: “Queríamos dialogar sobre lo cubano, pero desde lo universal. Te pongo un ejemplo: las discusiones sobre la libertad del creador, que eran importantes y frecuentes en ese contexto, fueron asumidas por Rolando Prats Páez en un artículo dedicado al cine de Andrei Tarkovsky. Deseábamos eludir el provincianismo, trascender lo local, trabajar a partir de la evocación”.

Al constatar ahora el vanguardismo de las ideas que recorren Naranja Dulce, la contemporaneidad de su diseño –no sólo en el plano visual, sino en la inteligencia conceptual de su concepción–, la densidad de las experiencias textuales que reúne, se hace más que evidente su importancia, y la de los autores que la hicieron posible, para el devenir posterior de la intelectualidad cubana. Fue una revista puente –como lo fueron los años en que existió, finales de 1988 y 1989–, que despedía y anunciaba un nuevo estadio.

Su equipo editorial –en el que figuraban Víctor Fowler, Omar Pérez, Emilio García Montiel, Ernesto Hernández Busto, Abelardo Mena, Atilio Caballero, Alberto Garrandés, Luis Felipe Calvo, Antonio José Ponte– desarrolló un periodismo de columna que apostó por temáticas tan variadas como el humor, el rock and roll, la trova, el erotismo, las artes visuales, la fotografía, los géneros literarios tenidos por “menores”, el teatro, el cine…

Pero más que las temáticas convocadas, llama la atención la contemporaneidad de la mirada, la lucidez de las ideas, la inteligencia del ejercicio crítico. Lo cual es constatable, por poner algunos ejemplos, en Ernesto Hernández Busto cuando explora el romanticismo europeo, en Atilio Caballero al repasar el teatro contemporáneo, en Abelardo Mena cuando hurga en las relaciones entre cultura de masas, tecnología, creación artística, posmodernidad… –tan determinantes para comprender la sensibilidad de la época–, en Antonio José Ponte al inspeccionar nuestro siglo XIX, en Víctor Fowler cuando bucea en lo erótico y sus articulaciones en la historia de la cultura.

De hecho, en los artículos de muchos de estos autores, se pueden apreciar ya los intereses que los ocuparan en su obra posterior. Todavía se debe destacar, en específico, el trabajo de traducción que realizaron los miembros de Naranja Dulce, que hizo posible la lectura de notables poetas rusos, italianos y norteamericanos. Como es importante, además, para comprender lo que sucedió después, reparar en la nómina de colaboradores con que contó: Pedro Marqués de Armas, Rogelio Saunders, Sigfredo Ariel, Radamés Molina, Gerardo Fernández Fe, Rolando Sánchez Mejías, Odette Alonso, Damaris Calderón, Juan Carlos Flores, Reina María Rodríguez, José Manuel Prieto, y sólo menciono algunos.

Como bien apunta Idalia Morejón Arnaiz en su introducción: “Humor, orientalismo, pensamiento poético, arte contemporáneo, teatro de vanguardia, cine son algunos de los temas que la revista presenta, en miradas y lecturas diferentes a las del discurso oficial, y con el subsidio de una biblioteca renovada: Blanchot, Barthes, Gramsci, Lezama Lima, Bataille, Martí, Eco y Jakobson, entre otros pensadores. Se trata, pues, de autores y obras aún excéntricos en la Cuba de los ochenta, cuyas ideas impulsan en otra dirección un proyecto editorial que desea construir otra imagen del escritor y de la escritura, con gestos que escandalizan y generan extrañeza. En tanto proyecto, Naranja Dulce apenas se sostiene en la biblioteca pública de la patria –mejor dicho: se sostiene en dos puntales de esa biblioteca: Lezama y Martí, tal como lo muestran los ensayos de Antonio José Ponte. Sus editores devuelven a la prensa cultural habanera algo tan sabroso de paladear como una dulce naranja: la diferencia”.

La actual edición facsimilar de Naranja Dulce que entrega inCUBAdora llama la atención, decía, sobre la importancia de esta revista –no por efímera menos efectiva– para el campo cultural cubano. Posibilita, además, reparar ahora en su condición de máquina de guerra: en el cuerpo de ideas y en el imaginario que acogen estas páginas se percibe una lucha enorme por reconfigurar la cultura cubana.

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ÁNGEL PÉREZ
Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.
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