José Capaz: de lo pictórico a lo distópico

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‘Ataraxia’ (detalle), José Capaz, 2020

Vivimos en tiempos pesimistas, y la verdad, no creo que haya mucho que objetar a esa afirmación. El optimismo, obstinado en un porvenir alentador, no resulta propio de momentos en que la autocomplacencia –porque hoy los deseos a corto plazo configuran la escala de prioridades– se ha difuminado como único estilo de vida, mientras la promesa de una sociedad igualitaria deambula como un inconsciente fantasma antropófago en la Isla que parece olvidarse a sí misma. No cabe mirarnos con ojos llenos de esperanza, la sospecha y el desaliento han trastocado en las máximas del hombre contemporáneo.

Es quizás este pesimismo constitutivo del ser posmoderno el móvil primario para una muestra como Ataraxia, que por estos días exhibe José Capaz en la galería Casa 8. Y no me refiero al pesimismo asumido desde una visión específica o tangible –Capaz no es un artista de datos o conjeturas, es más un pintor en el sentido establecido de la palabra– sino como un estado generalizado de espíritu, un acercamiento a lo corroído del orden vital. Una visión generalizada pudiera advertir que los tres lienzos enormes dispuestos en el espacio –todos sobrepasan los tres metros– encarnan una suerte de distopía de orden pictórico; porque en Ataraxia se configura una realidad holocáustica donde seres medio vivos se arrastran en parajes desoladores y de una violencia cromática impresionante.

‘Apatía’, José Capaz, 2020

Creo que la distopía se ha convertido en uno de los recursos –ya sea visual o narrativo– más utilizados por la ficción actual: funciona como advertencia respecto a un probable estado definitivo e inmanente. Por supuesto, ante la sospecha generalizada de una realidad que se proyecta para evitar los holocaustos irremediables que se le avizoran, corporeizar lo negativo destaca, quizás, por su capacidad didáctica; es como aprender de los errores que no hemos cometido. Ahora, a mi juicio la construcción distópica funciona a plenitud en soportes en los que la imagen se somete, en parte, a la narración –pienso específicamente en la literatura o el cine–. Transportar estas pautas al soporte pictórico, sobre todo a estas alturas, necesita de un manejo en cuanto a tema y técnica muy particular. A fin de cuentas, sería necesario sortear similitudes muy evidentes con figuras que barren toda la historia del arte, quizás importar un sistema de referencias visuales que emparente lo pictórico con lo cinematográfico, incluso desterritorializar el tema y ofrecerlo desde una arista innovadora. Al final, el paroxismo de lo distópico, incluso trabajado como distorsión del presente, viene sirviendo hace bastante tiempo como herramienta de pugna desde la pintura, sobre todo si recordamos lo representado por algunas vanguardias y la posterior ola neofigurativa, especialmente en Latinoamérica.

Regresando a Ataraxia, usualmente no aplicaría este concepto a la pintura, pero las piezas presentadas me parecen demasiado deudoras de la visualidad y organicidad distópica, posapocalíptica o apocalíptica en este caso: espacios extrañamente cercanos en que se amontonan figuras mutiladas, bosques que se consumen en llamas, un astronauta deforme y mortecino. Y aquí comienza a atentar contra la muestra cierta direccionalidad en el mensaje, esta condición de toma de conciencia contra un estado determinado del ser actual de pronto se hace demasiado evidente. Al final, el entramado simbólico termina por convertirse en un espacio representacional común, una raíz metonímica demasiado llevada y traída. Incluso, esta especie de sensación audiovisual lograda por cierta distorsión y fragmentación de la imagen no hace otra cosa que reforzar esta extraña reminiscencia distópica. Extraña, porque no permite pensarla de otra manera: salta la distopía ante la neofiguración, el expresionismo o cualquier referencia clásica con la que se dialogue, aunque todavía no entraré en cuestiones técnicas o de estilo. Si, por ejemplo, el expresionismo más comprometido de las vanguardias latinoamericanas utilizó estas realidades pesimistas –en este caso no me atrevería a usar el término– como vertiente crítico-reflexiva principal, la propuesta de Capaz me parece primeramente una repetición sin mucho de novedad por la que aplaudirla.

‘Apatía’, José Capaz, 2020

Por supuesto, esta construcción visual distópica funciona como cimiento para la idea que soporta la base teórica de la muestra, de la curaduría, o más bien de esta serie de tres piezas: la ataraxia. El vocablo, de origen griego y con especificidades según desde la corriente de pensamiento que se aborde, refiere a un estado ideal del hombre a través de la supresión de impulsos innecesarios. Esta idea nos lleva a una afirmación respecto a lo que la imagen muestra, una suerte de predicción fatalista en torno a la sociedad de la autocomplacencia: hay cierta evocación austera en la raíz de todo, una esencia de la que hemos desligado y desatado nuestro potencial autodestructivo. Y este sustento teórico viene a direccionar por completo lo que ya enunciaba la imagen: si el mensaje casi universal no era suficiente, esta idea de la ataraxia no deja atisbos para otros planteamientos conceptuales más allá de la revisión del hombre ante su tiempo decadente. En lo personal, hubiese preferido que los cuadros hablasen por sí mismos, sin tantas voces –nombre de la exposición, texto de pared, catálogo– repitiendo lo que ya era bastante inteligible.

En las piezas de por sí hay ya suficiente atractivo. El gran formato siempre multiplica el impacto, y hablamos de cuadros que en dos casos rebasan los cinco metros; o sea, cada uno se adueña de toda la pared en la que se dispone. Por otro lado, Capaz me parece un pintor que domina el lienzo, sabe distribuir la composición y arreciar una técnica a la que, al menos en su aplicación, poco puede objetársele. Despliega un expresionismo de tintes grotescos que deforma la escena y la carga de un matiz horroroso para quien se asume cerca de ella. Además, esta suerte de fragmentación, incluso falta de nitidez cinematográfica podría decirse, provoca un cruce de referencias inconsciente que corporiza esa idea tan marcada de lo distópico. Esta es quizás la particularidad más interesante en toda la propuesta.

Por su parte, ese expresionismo, aunque bien ejecutado, termina por constituirse un arma de doble filo. El texto del catálogo, replicado en la pared de la sala, hacía énfasis en un paralelismo entre Capaz y Francis Bacon. Precisamente, más que como un elogio, esta cercanía la asumo con cierto recelo. Las figuras deben demasiado a Bacon, como si esos seres amorfos y deformes del irlandés, descoloridos en un aura de casi muerte, se transportaran sin variables a las paredes de Casa 8. Algo parecido sucede con Edvard Munch, su grito reaparece en un déjà vu interminable por toda la sala. Al final, la misma idea se trata de la misma manera, y el intertexto, en estos casos, termina funcionando como una carta no tan favorable.

‘Ataraxia’, José Capaz, 2020

Prefiero destacar, sin embargo, una referencia menos enfatizada y mejor ejecutada. En cada pieza aparece cierto homenaje a las Pinturas negras de Francisco de Goya: la paleta oscura y perturbadora, las violentas formas que en ocasiones parecen renunciar a Bacon o Munch para acercarse, sutilmente, al maestro español. En este aspecto sería Apatía la pieza mejor resuelta. Su eficacia radica en renunciar al rostro y decantarse por los cuerpos y el paisaje. Con la mancha nerviosa ejerciendo su soberanía, los cuerpos en el suelo parecieran trozos de los hijos de Saturno, si se atiende a los colores, la forma y la disposición de las mutilaciones. Incluso, la imagen mantiene el pesimismo de las otras, recurriendo a verdes más brillantes y evocando levemente el paisaje romántico. Aquí no hay Munch, sólo un Bacon levemente sugerido en la putrefacción de las carnes. La reiteración del tema y el despliegue técnico para nada novedoso se salvan en este caso por la disposición, digamos osada, de ese intertexto versátil, casi herético.

A grandes rasgos, Ataraxia hubiese funcionado como un texto más sólido si, en primera instancia, se hubiese controlado el exceso informativo, las referencias que parecen insalvablemente condicionar la recepción. Se puede decir que en Ataraxia se subestimó un poco al público: creo que el espectador hubiera disfrutado más encontrar por sí mismo a Bacon y a Munch. El propio texto visual tampoco necesitaba un cuerpo que masticara tanto el sentido primario de la exposición. Y las obras, ya con todas las añadiduras, no llegan a ser del todo convincentes, con la salvedad de Apatía en algunos aspectos.

La pintura debe permitirse esas reflexiones que excedan lo matérico; de hecho, también eso forma parte de su esencia, pero en orden conceptual. Y si vivimos en un presente casi distópico, importar su sistema visual no sería una alternativa a desechar. Sólo que en ocasiones las problemáticas necesitan de una mirada que sortee lo establecido, y renuncie a un tratamiento convencional de la temática dispuesta. Es probable que las piezas de José Capaz, con sus mencionadas imprecisiones, funcionaran mejor en una propuesta colectiva que deconstruyera el presente de orden pesimista. Sería posible plantear una Ataraxia menos unívoca, incluso pensar de cuántas maneras podría asumir lo distópico el arte cubano en general.

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