José Lezama Lima
Lezama niño, circa 1916, en uniforme militar y junto a un antiguo teodolito. (Archivo JLL, Biblioteca Nacional José Martí)

Todo hilo del papalote fantasmal
quiere ascender hasta el padre,
saltando en la cuerda entre los dos oídos.
El zumbido tensa la cuerda del padre.
JLL, “Nacimiento del día”, Fragmentos a su imán.

En el origen de la estirpe paterna[1] está la tragedia de una viudez temprana. El abuelo por parte de padre, José María Lezama Tapia, bilbaíno nacido en 1845 y portador de “uno de los apellidos más antiguos de las Vascongadas”, había emigrado a Cuba con 20 años. Allí prosperó como hacendado, y tras comprar un ingenio azucarero en Las Villas se casó, hacia 1880, con una hermosa joven pinareña de veintipocos años, Eloísa Rodda y Méndez.[2] Pero ella murió en 1889, de tifus, y el vasco comenzó a consumirse, víctima de la terrible ananké. “Dios no me debía de haber hecho esto a mí”, dicen que repetía y, según contará su nieto años después, esa especie de “rebeldía frente a la condenación celeste que le había suprimido a su esposa”, lo llevó al ayuno y luego a la muerte antes de cumplir los 50 años. Dejaba huérfanos a cuatro hijos, entre ellos a José María Ramón Lezama y Rodda, nacido en La Habana en 1885.

Al nieto escritor le gustaba evocar esta “rebeldía prometeica” en formato doméstico. Investigó sobre su abuelo y, por “una especie de erudición voluptuosa”, se enteró de que el nombre del central que este poseía, Resolución, estaba inspirado en uno de los navíos de la escuadra del almirante español Casto Méndez Núñez, famoso por la frase “más vale honra sin barcos que barcos sin honra”.[3] Ese fervor integrista encontrará su equilibrio novelesco con la otra rama familiar, la materna y separatista de los Lima/Olalla, para cerrar el contrapunto biográfico que aparece en Paradiso.

Hay como un sino de trágica frustración en la herencia paterna de Lezama Lima. Sucesivas muertes y orfandades los van arrinconando, condenando a menos, dispersando; mengua la fortuna familiar y se impone la obligación de trenzarse con otras familias, de ampliar el tronco con nuevas alianzas.

El escritor se refiere varias veces con orgullo a la raíz hispánica, antigua y noble, que late en su primer apellido (“eran junto con los Leguizamón de los apellidos más ilustres ya desde la Edad Media de los vascos”). En efecto, varios Lezama fueron caballeros de las órdenes de Calatrava y de Santiago, y en los diccionarios de la nobleza española se detallan sus escudos de armas y otras pruebas de hidalguía. Los Lezama proceden de un pueblo en Vizcaya y su nombre significa sima, gruta o cueva. Aún hoy, sobrevive en la zona una sólida y esbelta torre Lezama, de planta cuadrada, mezcla de casa y fortaleza militar, y también una iglesia de Santa María de Lezama, que se remonta al siglo XVI.

Inscripción de nacimiento de José Lezama Lima, Archivo JLL, Biblioteca Nacional José Martí (Foto: cortesía de José Prats Sariol)
Inscripción de nacimiento de José Lezama Lima, Archivo JLL, Biblioteca Nacional José Martí (Foto: cortesía de José Prats Sariol)

Con esos signos de abolengo, Lezama fabricará la “gravedad bilbaína” de la que habla en alguna carta, “que coloca vértebras de gran armario en toda nobleza del aventurarse más allá del hollín de lo intermedio y aflojado”. Sin embargo, tanto en la vida real como en la trama novelesca, esa estirpe vasca acaba frustrada, disuelta en otra realidad mayor. Los detalles de esta historia familiar, recreados en un lenguaje que recuerda al de las teogonías míticas, están en Paradiso.[4] Pero antes de llegar allí conviene juntar todos los datos que podamos sobre ese padre huérfano, cuya muerte, también temprana, marcará un parteaguas en la vida del futuro escritor.

*  *  *

El niño, nacido a las 10 y 30 de la noche del 19 de diciembre de 1910, fue inscrito el 20 de enero de 1911 en la notaría de Marianao, con los nombres de José María (como el padre y el abuelo paterno) Andrés (nombre del abuelo materno) y Fernando (por su padrino, Fernando Aguado). La notaría era la correspondiente al campamento militar de Columbia, donde, tras su paso por la fortaleza de San Carlos de La Cabaña, estaba destacado el entonces teniente de artillería e ingeniero civil Lezama Rodda.

- Anuncio -

Toda la infancia de Lezama quedará marcada por los recuerdos de Columbia, desgranados en su famoso ensayo “Confluencias” (1968). Muchos de esos recuerdos de cuartel (las sobrecamas que se sacaban en invierno para ser golpeadas con varas, las recuas de mulos que transportaban víveres para los soldados, los “¿quién vive?” de las garitas…) poblarán más tarde su poesía. Hay en esas remembranzas transmutadas en imágenes un agudo sentido de lo prodigioso, una lógica del misterio que toma distancia del mundo cotidiano para convertir la infancia en “la novela de todos”.

Aquel campamento donde Lezama veía caer la noche con “innegable terror” estaba junto al monte Barreto, en la barriada de Marianao, al oeste de La Habana. Allí, dentro de la “ciudad militar” establecida por el ejército de ocupación norteamericano en 1900, se alojaba la familia:

La casa ofrecía no tan solo esa esperada metamorfosis, sino una continuada maravilla oculta. El cuarto de estudio del coronel. Mesas con planos y diseños, panoplias, títulos, condecoraciones, esferas armilares, proyecciones de Mercator. Estaba más allá del cuarto dormitorio de mis padres, que nosotros nunca traspasábamos. Ese más allá era el cuarto de estudio, donde el coronel pasaba gran parte de la tarde y de la noche. Si alguna vez penetrábamos en esa pieza, por alguna puerta furtivamente abierta, retrocedíamos corriendo, asustados, como quien penetra en una atmósfera que lo refracta.

Ese estudio paterno era el lugar de los objetos, una especie de Wunderkammer o gabinete de curiosidades que solo podía ser visitado cuando, con el cambio de estación, la casa se abría de par en par y los niños circulaban sin restricciones:

Allí se podía ver un pedazo de mármol negro y verde, dibujos comparativos de dagas florentinas y berlinesas, un juego de ajedrez de obsidiana, con las piezas del tamaño de una mano. Se abría para airearse sencillamente, pero para nosotros era una forma de conjuro, un reto, algo que convidaba a un acto de excepción y a un retroceso de disimulo.

La casa tenía su propia servidumbre, que vivía en una residencia adyacente. El nacimiento del varón obligó a traer desde España una nodriza veinteañera, que hacía también de cocinera y sirvienta: Baldomera Mazo Antón, rebautizada en Paradiso como Baldovina. De fealdad notable (“su reducida cara de tití peruano”, dice Lezama),[5] había nacido en 1884 en Cerezal de Aliste, una aldea de la provincia de Zamora, donde era famosa por tocar los tambores durante las romerías. Otras de sus costumbres pueblerinas eran la diversión de los soldados del cuartel: se alejaba a pie de la casa y abría un hueco en la tierra, por ejemplo, para hacer sus necesidades puesto que no quería usar los servicios sanitarios. Poco a poco se fue “civilizando”, según cuentan, pero le quedó cierta dureza esencial, una tosquedad que el escritor gustaba de relacionar con la reciedumbre castellana (“el mastín de Castilla”, también le decían), y que cobró sus víctimas entre la porcelana familiar que la criada limpiaba cada día con un aparatoso plumero.[6] Era a Baldomera a la que llamaban cuando había que matar una rata, por ejemplo, o combatir una plaga. Eloísa Lezama Lima cuenta que su hermano solía decirle que la criada se acercaba más al reino mineral que al vegetal. (Quizás por eso sobrevivió a toda la familia, incluido el escritor, y murió, cumplidos los 95 años, el 17 de diciembre de 1979, en el asilo católico Santovenia).

Revista militar en el Campamento Columbia, La Habana, 1913. (Boston Public Library, Licencia CC)
Revista militar en el Campamento Columbia, La Habana, 1913. (Boston Public Library, Licencia CC)

Baldomera era también la que vigilaba el sueño del niño y lo ayudaba a sobrellevar el asma con remedios que tenían algo de medicina medieval. Según el propio Lezama,

Fue una preconciencia parlante, consejera, que solo veía peligros inmediatos o peligro en salmuera. Su principal preocupación era mi pecho. Su dedo tocando mi costillar fue una primera forma de identidad. Si tengo pecho luego tengo costillas y cosquillas, luego soy un vertebrado risueño. Y junto con los miedos, ella me lanzaba dentro, con voz algo estrujada y parpadeos herrumbrosos, un concepto desmesurado y amenazante del mundo. Aunque en ese mundo suyo, los peligros al fin eran superados, conjurados, malogrados y se imponía un colofón alcanforado, una poltrona ennubecida. Sus palabras de consolación eran equivalentes a los ungüentos y bálsamos que untaba a mi pecho.[7]

El asma, que académicos y críticos no se han cansado de vincular con el estilo literario de Lezama Lima, fue una dolencia que heredó de la bisabuela materna, Mercedes Padilla. Su hermana Rosa también la padecía. Al niño le comenzó a los cinco meses de nacido, como una bronquitis invernal descuidada en el campamento militar de La Cabaña. En esa época no había muchos medicamentos para los asmáticos, si bien desde niño Lezama usó numerosos remedios para aliviarse: inhaladores de resina de pino, inyecciones de epinefrina, infusiones de hojas de cuajaní, caldos y potingues varios, algunos con nombres tan originales como “Renovador cubano” o “Sanahogo”. También recuerda que pasó buena parte de su infancia tomando jarabe de tolúa y brea, hasta que más tarde probó unos polvos medicinales, Abisinia Exibar, que se inhalaban y hacían la enfermedad más llevadera envolviéndolo en una “atmósfera oriental, que me recordaba un poco a Las mil y una noches”: “Me veía rodeado de un polvo de lentos chisporroteos de donde podían surgir extrañas divinidades. En medio de eso, me quedaba dormido”.[8]

*  *  *

Las inhalaciones con Abisinia Exibar causaban una especie de narcosis con sueños vívidos y visiones de vigilia, que sin duda influyó en la poética de Lezama. No olvidemos que en Paradiso los padecimientos del asma se mezclan con alusiones a la respiración, las dificultades respiratorias y la poesía como “pneuma universal”.

Oyó en el comedor la conversación de su madre con sus hermanas, no lo habían querido levantar ni avisarle que iban a comer, pues cuando tenía asma nada le hacía tanto bien como entregarse al sueño, aunque este fuera producido por las nubes de los polvos fumigatorios que comenzaban a dilatar el ramaje de su árbol bronquial, hasta lograr la equivalencia armónica entre el espacio interior y el espacio externo […] Ese humo lento, y yo diría como lentificado, se iba expandiendo por los poros, ocupando todo el organismo, como una divinidad que fuera expandiendo una alfombra para hacer de cada pisada humana una maravillosa escala de ritmos, de algodón y de silencios multiplicados por ecos infinitos en las grutas donde se entreabren catedrales o elefantes transparentes, formados por inmóviles oleadas de estalactitas, que parecen colgados de un techo oscilante por la entrecruzada lluvia de los reflejos.[9]

Detrás del asma infantil, que acabará propiciando poéticas alucinaciones, hay también un conflicto psicológico, enraizado desde muy temprano en la esfera familiar. Se manifiesta como una lucha entre dos concepciones de la enfermedad: la paterna y la materna. Ese contrapunto se traslada a Paradiso, donde el asma es un enemigo, pero también un aliado durante toda la vida de Cemí; un ángel oscuro, la causa y el resultado de su sensibilidad poética. El padecimiento le otorga una particular visión de la realidad, ya que la dificultad para respirar lo pone en contacto casi diario con el miedo a la muerte. Como se ha hecho notar, Cemí no es solo alguien que sufre de asma; encarna el asma. Su enfermedad y su identidad están entrelazadas pues a través de la primera se va apoderando poco a poco de la capacidad para la metáfora, para hacer conexiones impensadas y percibir el mundo poéticamente. El asma se convierte tanto en una dolencia física que requiere medicación como en un raro don, que otorga a quien la padece una experiencia poética del mundo.

Anuncio de Abisinia Exibar en la prensa cubana de la época
Anuncio de Abisinia Exibar en la prensa cubana de la época

En varias entrevistas Lezama repetirá que el asma y el insomnio siempre fueron sus compañeros de cama: durante toda su vida se sintió obligado a leer y escribir para superar la vigilia inducida por las complicaciones asmáticas. Tras sus “fumigaciones” entraba, como Cemí, en un estado de alucinación, una “segunda noche” poblada por las criaturas y lugares de los libros. Usó con frecuencia ese término, “alucinación”, para referirse a experiencias perceptuales o imaginativas muy diversas, algunas de las cuales podrían haber salido de un involuntario “paraíso artificial”. Autor y personaje rondaban el mundo hipnagógico de la duermevela, donde la habitación que los rodeaba se agitaba con seres fantásticos y las cosas adquirían un significado nuevo y extraño. Que ese estado alterado de conciencia, por llamarlo de algún modo, estuviera relacionado con su medicación es una hipótesis bastante plausible, aunque no explique, por supuesto, la imaginación del escritor.

En “Confluencias” aparece bien descrita una de sus angustias nocturnas, presentada también como ejercicio de lúcida introspección. Es la imagen de una mano que se asimila a la noche y que lo requiere con rara urgencia: “Vacilante por el temor, pues con una decisión inexplicable, iba lentamente adelantando mi mano, como un ansioso recorrido por un desierto, hasta encontrarme la otra mano, lo otro. Yo me decía, no es una pesadilla, más lentamente, pues puede ser que esté alucinado, pero al final mi mano comprobaba la otra mano”.

La descripción de sus miedos (“un miedo escondido dentro de otro. Miedo porque está la mano y posible miedo por su ausencia”) tiene las características de una experiencia alucinógena, aunque Lezama nunca menciona esa posibilidad. “Después supe que en los Cuadernos [de Malte Laurids Brigge] de Rilke estaba también la mano, y después supe que estaba en casi todos los niños, en casi todos los manuales de psicología infantil”. Muchos años más tarde rememora esa “experiencia decisiva y terrible”: “Cuando tenía seis o siete años, a las agitaciones convulsivas del asma se unía un miedo enorme. Creo que todos los niños han sentido ese miedo pero de todas formas no deja de ser interesante como recuerdo porque si bien es cierto que lo han sentido todos los niños, no es menos cierto que deja en todos una gran huella”.[10]

Sin embargo, Lezama se las arregla para transmutar sus terrores infantiles en vocación decisiva: el asma y su angustia propician el acceso a lo invisible, son una puerta a lo imaginario. El encuentro de las dos manos, la del futuro escritor y la de su fantasma, transfigura la vulgar realidad, que queda envuelta por “la piel de la noche”. Encontrar esa mano en la oscuridad significa también incorporar el misterio de la palabra poética, dominar la pesadilla, respirar aliviado, combinar inspiración y espiración en un ritmo universal. “Creo –dijo a un entrevistador en 1975– que de alguna manera o de otra, respirar es también una forma de escribir, una manera en que se comunica el espacio visible con el invisible, porque el hombre aspira lo visible y devuelve las ubres de sus entrañas”.[11]

Lezama niño, circa 1916
Lezama niño, circa 1916

Esa penetración nocturna en el mundo de la ensoñación, la imaginación y los libros, propiciada (directa o indirectamente) por el asma, venía no solo con la carga del sufrimiento físico, sino también con una sensación de vergüenza y fragilidad. El propio escritor describe cómo desde pequeño aprendió a ocultar los síntomas de la enfermedad a su familia y sus compañeros de juego, y detalla que su padre sentía vergüenza por aquella dolencia percibida como una debilidad.

La foto más antigua de José Lezama Lima, con dos años de edad. Archivo JLL, Biblioteca Nacional José Martí
La foto más antigua de José Lezama Lima, con dos años de edad. Archivo JLL, Biblioteca Nacional José Martí

“Mi padre –confiesa– tenía el orgullo de sus dos pequeños hijos y a todas las visitas nos mostraba, pero me había dado cuenta de que le molestaba que se percataran de que yo era asmático, por eso yo procuraba ocultar mis crisis delante de los demás”.[12]

En Paradiso abunda sobre el tema:

Llevaba la mayor de sus hijas, Violante, que era la hija por la que mostraba, cuando no vigilaba sus afectos, más atenciones y ternuras. Lo acompañaba también su otro hijo, José Cemí, a quien el fuerte aire salitrero comenzaba a hacer gemir el árbol bronquial. Se observaba sin disimulo que eso molestaba a su padre, que quería mostrar a los demás oficiales sus hijos fuertes, decididos, alegres.[13]

El padre militar, preocupado por la salud del niño, se esforzaba por vincularlo a las prácticas de la vida castrense: juegos en la explanada donde las tropas realizaban sus maniobras, pequeños uniformes (hay una foto de Lezama con cinco años en uniforme militar, jugando con un antiguo teodolito, instrumento de geodesia) y competencias de esgrima, deporte de moda en aquella Habana, que se efectuaban en el campamento.[14] O las preceptivas clases de natación, a veces por métodos poco ortodoxos.

Por esa época, la vulgata médica hablaba incluso de un “tipo de personalidad asmática”. A los ojos del militar, esa fragilidad física de su hijo, inseparable del miedo y la ansiedad, requería de curas enérgicas e inmersiones: la sal y el agua fría serían las encargadas de secar sus bronquiolos. Acudía a veces a lo que en Cuba se llaman “curas de caballo”. En Paradiso, el Coronel le propone a Rialta, la madre de Cemí, que la solución para su asma es sumergir al niño en un baño de agua helada. Casi lo mata, y luego es incapaz de encontrar la mirada de su esposa mientras ella se apresura a socorrer al pequeño, jadeante y aterido.

La novela, recordemos, se abre con un ataque paralelo de alergia y asma (tras ser picado Cemí por “una hormiga león mientras saltaba por el jardín”), que hace recaer sobre Baldomera/Baldovina la responsabilidad del bebé y propicia un ritual entre los demás sirvientes. Luego de ser frotado con alcohol y quemado con la esperma caliente que sueltan las velas de unos candelabros, el niño Cemí acaba curado casi por azar, ante la mirada preocupada de unos padres que llegan tarde, son informados y luego comentarán que el bebé sigue vivo “por puro y sencillo milagro”.

Es posible que la escena esté inspirada en una anécdota real. Esos años, los padres de Lezama solían salir de noche y tenían una animada vida social (comidas oficiales, viajes, teatros) mientras residían en el campamento de Columbia.[15]

Jocelyn los esperaba despierto con los deditos pegados a la boca indicando que tenía hambre. Mamá contaba con un regodeo especial estas escenas: mi padre sentado en una banquetica viendo el exceso de leche que le brotaba de los senos. Papá le decía que era una lástima desperdiciar esa leche destetando al niño. Jocelyn mamó hasta los cuatro años, que empezó a ir a la escuela. Según él, este dato daba la clave del vínculo que los unió hasta la muerte”.[16]

Eloísa Lezama también confirma que los remedios contra el asma y los miedos de Cemí detallados en Paradiso, incluido el horror a los baños en las piscinas militares, fueron los mismos del Lezama niño. En sus primeros años de escuela, cuando asistía al Colegio del Apostolado de Marianao acompañado de su hermana mayor, “Rosita contaba que a la salida de la escuela él la esperaba como el que temía perderse, lleno de ansiedad”.

Tanto el padre como la madre de Cemí reconocen que el carácter miedoso y fantasioso de su hijo tiene algo que ver con su asma. Sin embargo, difieren en la forma de abordar este asunto. José Eugenio percibe que la enfermedad mina la vitalidad y virilidad de su hijo, convirtiéndolo en una persona débil y temerosa. Aunque reconoce que su hijo está sujeto a terroríficas visiones nocturnas, su prosaica conclusión es que el niño debe aprender a no tener miedo y desterrar estas fantasías, reconocerlas como meras ilusiones. Por tanto, lo insta a fortalecerse: el hijo de un soldado no puede tenerle miedo a la oscuridad. Si se hace fuerte y supera sus temores, podrá conjurar el asma, vista como una fuerza demoníaca. Por eso prueba esa especie de exorcismo, el baño con agua helada, que en Paradiso es descrito como un ritual que “tenía algo de los antiguos sacrificios”.

Rialta, por otro lado, es capaz de percibir la enfermedad de su hijo de una manera más amplia y comprensiva, como un aprendizaje contra la angustia. En uno de sus discursos sugiere que el asma es un don divino, que los terrores nocturnos del niño incitan su imaginación, su capacidad visionaria y su sensibilidad poética, facilitándole un conocimiento privilegiado del mundo de los muertos. Además, a través del asma Cemí queda a resguardo de las demás enfermedades: “Todos dicen que el que tiene esa enfermedad está protegido como el jiquí contra el rayo. Que es una enfermedad protectora como una divinidad”. Al final, la madre concluye que su hijo solo se curará aprendiendo a comprometerse con un reino imaginario, lidiando con las visiones monstruosas en sus propios términos, una suerte de curación por la imagen.

Anuncio del jarabe Sanahogo en la prensa cubana de la época.
Anuncio del jarabe Sanahogo en la prensa cubana de la época.

En la familia de Cemí son las mujeres quienes entienden esa lenta capacidad curativa de los sueños, las visiones y la imaginación. Uno se ahoga, dice Rialta, por esos sueños que no puede contar, “ahí está ya el asma”. Los polvos de asmático son eficaces porque provocan somnolencia, permitiendo la relajación del niño agitado y traumatizado, y otorgándole acceso a ese reino visionario del cual obtiene su fuerza definitiva.[17]


Notas:

* Se presenta aquí, en exclusiva para Rialta, uno de los capítulos (el segundo) del libro en el que llevo demasiados años trabajando: José Lezama Lima: una biografía (título provisional). Otro capítulo, titulado “Hotel Vedado”, fue incluido en mi libro Inventario de saldos. El cuarto, “Narciso en Upsalón (1929-1933)”, fue publicado en tres entregas en la revista El Estornudo, en febrero-marzo de 2020. Como se verá, se trata de un esfuerzo por mantener el análisis de la vida y la obra de Lezama a un nivel estrictamente biográfico, al margen del gigantesco corpus de exégesis literaria que ha generado su obra, y que se ha multiplicado en los últimos años. Para el biógrafo de Lezama, son especialmente útiles los testimonios de las personas que lo conocieron, muchos recogidos por Carlos Espinosa en su indispensable Cercanía…, y el deslumbrante trabajo de rescate de su archivo realizado por Iván González Cruz, con quien cualquier lector e investigador de Lezama estará siempre en deuda. Agradezco también algunas contribuciones documentales para este capítulo y/o sugerencias que hicieron, de manera privada, Ciro Bianchi Ross, Abilio Estévez, Rosa Ileana Boudet, Pedro Marqués de Armas, José Ignacio Rodríguez y José Prats Sariol. Las referencias usadas para este fragmento de un work in progress (que se dividirá en tres entregas semanales bajo diversos títulos) se abrevian aquí, por razones de espacio.

[1] La estirpe vasca de los Lezama, hasta donde hemos podido rastrearla, es la siguiente. Su tatarabuelo, Manuel de Lezama y de la Torre (nacido en Baracaldo, provincia de Vizcaya, 1765) se casó en su ciudad natal en 1803 con María Juliana de Arana y Chavarría (nacida también en Baracaldo, en 1786) y luego concibieron al bisabuelo de Lezama: José María Lezama y Arana (n. 1810), que se unió en matrimonio con Severina de Tapia y Urcullu (n. 1813). Uno de sus hijos, José María de Lezama y Tapia (Baracaldo, 1845-Quemados de Güines, 1892), se instaló en Cuba en 1865 y hacia 1880 se casaría con la cubana Eloísa Rodda y Méndez (1860-1890). Otra rama de los Lezama y Arana, tíos abuelos de Lezama Lima, se estableció en el Río de la Plata, y una de sus casas, la “mansión Lezama”, es hoy la sede del Museo Histórico Nacional de Argentina, en Buenos Aires.

[2] Aunque hay pocas dudas sobre el origen pinareño de esta familia (de Mantua, para ser más exactos), Eloísa Rodda aparece en el acta de nacimiento de Lezama Lima como “natural de San Francisco de Paula, en la Provincia de La Habana”. En esa época era común que las familias pudientes llevaran a las embarazadas a la capital en el momento del parto e inscribieran allí a su descendencia. Su fallecimiento tuvo lugar en el ingenio Resolución aproximadamente el 11 de noviembre de 1899 (según el Diario de la Marina del 12 de noviembre de 1889, p. 2).

[3] El central azucarero Resolución (localizado en el municipio Quemado de Güines, actual provincia de Villa Clara) pasó luego, en 1935, a ser parte de una de las grandes fortunas de Cuba, la de José Gómez-Mena Vila, cuya familia poseía la popular Manzana de Gómez en La Habana y otras muchas propiedades. En 1951, el central provocó una vendetta por negocios: el magnate sobrevivió a los tres disparos que le dio un socio traicionado, el administrador del central Ángel Machado Palomino, en los portales de la célebre manzana que aún lleva su nombre. En octubre de 1960, el central fue nacionalizado por el gobierno revolucionario cubano y desde esa fecha se le llamó José René Riquelme. Hoy está en ruinas, como buena parte de la industria azucarera en la isla.

[4] Véase, sobre todo, el Capítulo IV de la novela, donde la abuela Munda le cuenta a José Eugenio Cemí la historia de sus padres como la fusión de dos mundos condenados a atraerse sin entenderse: “La atracción de los vascos por los ingleses parecía continuar su tradición en esa pareja, pues tu madre era hija de descendientes de ingleses entroncados con cultivadores de la hoja del tabaco. El valle donde estaba el Resolución era muy bajo, su ausencia de litorales y playas hacía un aire muy espeso, adensado, que la sutil respiración de tu madre sentía como si la obligasen a alentar por debajo del mar”.

[5] Pese a burlas y chanzas (solía hacerle bromas sobre su vida sexual en España y su proverbial tacañería), Lezama sintió un gran apego hacia su nodriza-sirvienta, que lo acompañará durante toda su vida. Hay datos biográficos sobre Baldomera en un libro de Yamilé Limonta Jústiz: Las mujeres en Lezama (Ediciones Extramuros, La Habana, 2009).

[6] “Nunca utilizó el plumero con delicadeza, aunque fuera de plumas de ganso; lo empuñaba con tal fuerza que siempre atinaba a que el mango de madera le diera a la porcelana. Saltaban fragmentos de una patita de carnerito o de la nariz de la pastora; al día siguiente amanecían pegados con jabón amarillo. Nunca Baldomera aceptaba que había sido ella y lo negaba impávida. Mi Madre le reprochaba la mentira y ella se defendía diciendo que el cura de su aldea le había dicho que esos no eran pecados” (Eloísa Lezama Lima: Una familia habanera, Ediciones Universal, Miami, p. 9).

[7] Félix Guerra: Para leer debajo un sicomoro. Entrevistas con José Lezama Lima. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1998, pp. 130-131.

[8] Exibar era el apellido del químico francés que desarrolló los polvos combustibles a finales del siglo XIX, François Amédée Exibard. No es descartable un posible efecto alucinógeno o narcotizante de estos “polvos abisinios”, “gránulos antiasmáticos que, al ser quemados dentro de la habitación cerrada, producían un humo espeso cuya aspiración aliviaba o disipaba totalmente las crisis de asma”, según precisa Cintio Vitier. Al parecer, la fórmula del Absinia Exibard incluía al inicio opio o morfina, pero a partir de los años veinte se insiste mucho en que no tiene esos componentes. Por increíble que nos parezca hoy, la Abisinia Exibar se comercializaba también en “cigarrillos medicinales”. Proust usó varios de esos cigarrillos y “fumigaciones”: quemaba e inhalaba polvos de Espic, Legras o Escouflaire, todos los cuales contenían estramonio, derivado de la planta Datura stramonium; miembro de la familia de las solanáceas (que incluyen el beleño, la belladona y la mandrágora) conocida por sus propiedades antiespasmódicas y usada para “adormecer la sensibilidad”, es decir para tratar todo lo que “irritara” los nervios. Los efectos alucinógenos del estramonio, que en Cuba se usó siempre como antiespasmódico para el asma antes de que llegaran los productos franceses, le han granjeado sobrenombres como “mata del infierno”, “hierbas de las brujas” o “berenjena del diablo”. La planta contiene alcaloides ricos en atropina, escopolamina e hioscinamina, sustancias que estimulan la corteza cerebral. Según Mark Jackson (‘“Divine Stramonium”: The Rise and Fall of Smoking for Asthma’, Medical History, 2010, vol. 54, n. 2, pp. 171-194), es muy posible que Abisinia Exibar contuviera estramonio y, por lo tanto, también es probable que Lezama/Cemí sufriera alucinaciones debido a este remedio. Estos datos aparecen en un ensayo de William Rowlandson: “Asthma and its symbolism: the respiratory aesthetics of José Lezama Lima”, en Patricia Novillo-Corvalán (ed.), Latin American and Iberian Perspectives on Literature and Medicine, Routledge, Nueva York, 2015.Véase, también, Mark Jackson: Asthma: the Biography, Oxford University Press, 2009. Lezama usó distintas marcas de estos polvos al menos hasta finales de los sesenta, alternándolos con nebulizadores.

[9] Paradiso, Capítulo IX, pág. 232 de la edic. crítica, CSIC (Colección Archivos, n° 3), 1988.

[10] Ciro Bianchi Ross: “Asedio a Lezama Lima”, Así hablaba Lezama Lima. Entrevistas, Colección Sur Editores, La Habana, 2010, p. 74.

[11] “La imagen para mí es la vida”, entrevista con Gabriel Jiménez Emán, en Así hablaba Lezama Lima, ed. cit., p. 233.

[12] Ciro Bianchi Ross, “Asedio a Lezama Lima”, ob. cit., p. 74.

[13] Paradiso, Capítulo VI, pág. 129 de la edic. crítica.

[14] “Ese espectáculo me fascinaba. Me encantaban aquellas máscaras, aquellos caballeros vestidos de blanco, aquellos pasos que sonaban en el tablado y aquellos gritos de touché, touché del final”. Pero incluso a esas experiencias deportivas de la mano del padre Lezama le agrega un aire alucinatorio, como de historia japonesa, cuando añade: “Pero todo eso, en el fondo, me causaba una impresión de pesadilla, pues aquellos hombres no dejaban de ser enmascarados que parecían agitarse en una noche de luna muy clara, en una de esas noches que siendo simpáticas no dejan de ser terribles y en las que vemos el patio de la casa con una blancura que de pronto nos sorprende. Alzamos el rostro y vemos la sonrisa lunar recorriéndolo todo y alguna areca entremezclando sus anchas cintas verdes” (Ciro Bianchi: “Asedio…”, ob. cit., p. 76).

[15] “Recuerdo cuando mis padres iban a la ópera. Mi hermana y yo nos quedábamos en la casa con la sirvienta y yo sentía un gran miedo hasta que ellos regresaban” (Ciro Bianchi: “Asedio…”, ob. cit., p. 73).

[16] Eloísa Lezama Lima, ob. cit., p. 27.

[17] Con el tiempo, cuando el asma ya se le había convertido en enfermedad crónica, Lezama la incorporó a su mitología personal. “No es una enfermedad sino una manera de ser”, dice en su entrevista con Martínez Laínez. En otro lugar asegura que mientras que para muchas personas respirar es una actividad inconsciente e inadvertida, para él es un acto de voluntad siempre presente, que le otorga un estado particularmente intenso de percepción del mundo que le rodea: “Mi cuerpo ha asimilado un asma crónica, es decir, el ritmo normal de mi respiración es para mí alarmado, subdividido, irregular. Esto significa que cada instante para mí es vívido. Duermo muy poco. El éxtasis, la sorpresa, recorren y se apoderan de mi cuerpo […] Cuando siento esa deliciosa sensación de la respiración larga y lenta, todo se congela con la contracción y dilatación del ritmo universal”, ob. cit., 728). Esta idea proustiana de la enfermedad como una especie de musa propició delirantes declaraciones, que alimentaron la imagen del Lezama escritor como una criatura semifabulosa:

El médico me ha dicho que [el asma] se debe a un hongus focus, un hongo que vive en el aire. Yo, en cambio, vivo como los suicidas, me sumerjo en la muerte y al despertar me entrego a los placeres de la resurrección. Mi asma llega hasta mí en dos ondas: primero, desaparece por debajo del mar, y luego arriba al gran acuario donde todos los peces saborean el mundo. Yo también soy como un peje: a falta de bronquios, respiro con mis branquias. Me consuela pensar en la infinita cofradía de grandes asmáticos que me ha precedido. Séneca fue el primero. Proust, que es de los últimos, moría tres veces cada noche para entregarse en las mañanas al disfrute de la vida. Yo mismo soy el asma, porque a la disnea de la enfermedad he sumado también la disnea de la inmovilidad. (“El peregrino inmóvil”, entrevista con Tomas Eloy Martínez, en Así hablaba Lezama Lima, ob. cit., p. 48).

Preguntado en los últimos años de su vida sobre si el asma había sido “verdugo o compañía”, responde: “El asma que no deja dormir conduce al libro: en los libros vive un ácaro que provoca asmas. Círculo cerrado: del asma al libro y del libro al asma, como del codo al caño y del caño al codo. Y soy ese Lezama porque de otra manera yo sería mi sucedáneo, con menos asmas quizás, pero tal vez con menos lecturas en los cimientos” (Félix Guerra ob. cit., p. 96).

Colabora con nuestro trabajo
Somos una asociación civil de carácter no lucrativo, que tiene por objeto principal la promoción y fomento educativo, cultural y artístico. En Rialta nos esforzamos por trabajar con el mayor rigor profesional en la gestión, procesamiento, edición y publicación de los contenidos y la información. Todos nuestros contenidos web son de acceso libre y gratuito. Cualquier contribución es muy valiosa para nuestro futuro.
¿Quieres (y puedes) apoyarnos? Da clic aquí.
¿Tienes otras ideas para ayudarnos? Escríbenos al correo [email protected].
Ernesto Hernández Busto (La Habana, 1968). Poeta, ensayista y traductor. Su libro Perfiles derechos. Fisonomías del escritor reaccionario ganó en 2004 el III Premio de Ensayo Casa de América y fue editado por Península. Ha publicado numerosas traducciones, sobre todo de poesía, en editoriales de España y Latinoamérica. Sus obras más recientes son el poemario Ariles (Godall, 2021) y un ensayo: Cerdos y niños. Por qué seguimos siendo carnívoros (InterZona, 2011). Vive en Barcelona desde 1999.

1 comentario

Deja un comentario

Escriba su comentario...
Por favor, introduzca su nombre aquí