El primer requisito para que una discusión sirva de algo es que no trafique con malentendidos y ambigüedades. La nota de Tomás Gutiérrez Alea publicada en el número 29 de La Gaceta de Cuba, en la que se me alude, infringe esa y otras exigencias. Se trata de un texto para iniciados, y es necesario no olvidar nunca que las discusiones entre los miembros de una capilla no deben usufructuar los medios de difusión que paga la sociedad en su conjunto. Digo que es un texto para iniciados en razón de que nadie que no haya asistido a cierto coloquio realizado en la Escuela de Letras podrá abrir juicio sobre la respuesta que dicha nota intenta dar a las afirmaciones de algunos participantes del mismo. El autor, que no habló en aquella ocasión, reservó para La Gaceta una respuesta allá oportuna y aquí intempestiva.

Más grave es la objeción que merece su modo de referirse a mis palabras. En lugar de citarlas, postula una inverificable hipótesis acerca de los sentimientos de “por lo menos el 90 % de las personas que estaban allí reunidas”, a la que agrega algunas afirmaciones absolutamente ajenas a lo que efectivamente dijo, sin aclarar si son consecuencias que él extrae de mis palabras, cita de las mismas, o si aun prosigue revelándonos los sentimientos de ese 90 % de auditores que tan bien conoce. Mucho más fácil que imaginar la subjetividad de más de un centenar de personas, era partir textualmente de lo que yo afirmé, lo que por otra parte consta en una grabación hecha por el ICAIC, a la que, por consiguiente, el autor de la nota debe tener acceso. Pero aunque el procedimiento elegido por Gutiérrez Alea es más trabajoso, tiene una clara ventaja; no me permite acusarlo de deformar mis palabras, puesto que no se sabe si las cita o las glosa. Lo que sí puedo hacer es señalar la incorrección del procedimiento, y puedo también plantear el problema sin tapujos para que la discusión deje de ser para iniciados. Lo primero acabo de hacerlo; lo segundo, que es lo importante, intentaré hacerlo a continuación.

El documento que está en el comienzo de esta historia, redactado por un grupo de directores cinematográficos, y publicado en La Gaceta hace algún tiempo, fue objeto de una discusión promovida por la Asociación de Estudiantes de la Escuela de Letras, con la asistencia de sus autores. En dicha ocasión los puntos de ese documento con los que no era fácil concordar fueron, o simplemente rectificados por sus firmantes, o estos aclararon de tal manera el sentido que había querido expresar, que sólo cabía objetar la ambigüedad con la que había sido redactado. Si los autores se hubiesen resignado a que se los criticase, con justicia, por haber publicado con el título de “Conclusiones de un debate” un texto escrito en estilo sentencioso, que con tanta facilidad reconocían parcialmente erróneo y equívoco, y cuya rectificación oral no alcanzaría la difusión de su versión impresa, entonces todo el problema se habría esfumado y quizá dentro de unos años podrían proponernos un documento más serio sobre el cual discutir seriamente.

Este final lógico, incineración o inhumación de un documento que no nació viable, no pudo darse, ya que, por un lado, algunos se negaron a rectificar lo que otros rectificaban, y por otra parte, aun aquellos que habían hecho pública la rectificación defendían la significación y el valor del documento, y hasta negaban que lo hecho fuera efectivamente una rectificación. Gutiérrez Alea en su nota insiste en que no hubo tal retractación.

Los argumentos que en aquella ocasión se esgrimieron para defender el documento a pesar de sus errores, fueron dos. En primer lugar, que tenía el mérito de promover la discusión, y por otra parte, que lo más importante subsistía vigente. Fuesen cuales fuesen sus debilidades, subsistía el espíritu antidogmático que lo animaba.

Consideramos en primer término el mérito de promover la discusión. Obsérvese que esta propiedad le es atribuida a un texto cuyos propios autores consideran no suficientemente explícito en razón de “una cierta precipitación o una cierta ebriedad” (motivada por la alegría) según lo dice Julio García Espinosa, quien tampoco considera perdonable “el haber sido tan ambiguos al hablar de que las categorías formales no tienen contenido de clase” y quien, en fin, considera que el documento es “pobre” (aunque “fuerte”). Si el documento tiene esos caracteres, según los propios firmantes lo reconocen, es obvio que la discusión debía iniciarse criticándolo. ¿Si el punto de partida, el incentivo de la discusión, era el documento, cómo no discutir el documento señalando sus falacias? Si sus autores, cuando se les critica buscan defenderlo con el argumento de que fue redactado para promover la discusión, lo que están haciendo es, precisamente, lo contrario de lo que dicen; en lugar de promover la discusión, la están cerrando. Si efectivamente quieren discutir, tienen que aceptar que el documento sea demolido, puesto que toda discusión promovida por afirmaciones erróneas o ambiguas tiene que comenzar por destruir esas afirmaciones erróneas, aclarar esas afirmaciones ambiguas y objetar la ligereza de los que las difunden.

La otra justificación es también totalmente inconsistente. Dice Gutiérrez Alea que el manifiesto nació ante manifestaciones sobre cuestiones estéticas hechas en la URSS y en Cuba “altamente discutibles para la mayor parte de nosotros”. En otros términos, contra una concepción dogmática de los problemas estéticos. Lo curioso es que no hay en el documento un solo párrafo que se refiera explícitamente a esa cuestión, ni que rebata una sola tesis dogmática. A no ser que las formulaciones antidogmáticas sean precisamente aquellas que luego rectificaron o aclararon. La conclusión que sale de aquí es muy clara: o tomamos el documento en su redacción original, y entonces nos encontramos que, pretendiendo rebatir a los dogmáticos, se separan del marxismo, o lo consideramos con las correcciones que los autores aceptaron realizar, y entonces ya no es antidogmático, puesto que ningún marxista, dogmático o no, dejará de aceptar principios tan generales. O antidogmático y también antimarxista, o marxista y entonces no-antidogmático: esa es la triste disyuntiva del documento en cuestión. Esto quiere decir que tampoco por su espíritu el documento se salva, en la medida en que ni el menor átomo del espíritu que dicen que lo inspiró se ha comunicado a través de él.

Pero lo más significativo es quizá la reacción ante las muy pocas palabras que pronuncié en el coloquio de la Escuela de Letras. ¿Qué dije allí en resumidas cuentas? Pues simplemente recordé algunos hechos obvios que, sin embargo, nunca está demás rememorar. Recordé que los intelectuales y los artistas provenimos, en general, de la pequeña burguesía; que dicha “extracción de clase” (expresión mucho más antigua de lo que cree Gutiérrez Alea) determina residuos ideológicos que no desaparecen sin una empecinada lucha contra ellos; que mal podemos luchar contra el dogmatismo de los otros si previamente no hemos aniquilado el propio idealismo.

La respuesta de Gutiérrez Alea no solamente confirma la oportunidad de mis palabras, sino que me obliga a precisarlas. Ya no solamente creo que los intelectuales debemos esforzarnos por alcanzar una visión proletaria del mundo, y que esto es más difícil de lo que parece, sino que verifico además que, en este caso particular, los que se han erizado ante mis afirmaciones no han hecho el menor esfuerzo por tratar de lograr esa perspectiva. Si no fuese así, tendrían la experiencia de la dificultad, a veces dolorosa, que comporta ese esfuerzo. No podrían ignorar cómo fracasamos una y otra vez, cómo ciertas viejas mañas del pensamiento, de la valoración, de la actitud vital reaparecen por enésima vez cuando creíamos haberlas eliminado definitivamente. Sólo quien no se ha propuesto ser marxista de verdad puede carecer de esa experiencia, y sólo quien carece de esa experiencia puede echar por la borda lo que en último término es el problema esencial de los que sin ser proletarios adherimos a una revolución y a una filosofía proletarias: conseguir en nuestro pensamiento, en nuestra vida, en nuestro arte, una actitud que no arrastre la secuela de nuestro origen, de nuestra educación, del mundo en el que vivimos y nos desarrollamos, de ese mundo que, aunque rechazáramos, lograba infiltrarse en nosotros, en la misma medida en que, al no pertenecer a la clase explotada, se pertenece necesariamente a una clase usufructuaria, en el grado que sea, de la explotación. Y esta situación material no ocurre sin dejar rastros en la conciencia, a no ser que neguemos el principio fundamental del materialismo histórico: la dependencia de la conciencia con respecto al ser social, de la ideología con respecto a la clase.

En último término se trata, precisamente, de negar o aceptar ese principio. Y todos los expedientes con los que se intente embrollar la cuestión no pueden impedir que la cuestión sea esa. Si Gutiérrez Alea hubiese comenzado por negarlo, la discusión habría ganado claridad y sería evidente la perfecta correspondencia entre su posición teórica y su experiencia práctica. A la negación teórica del materialismo histórico corresponde la ajenidad práctica respecto a la tarea de librarnos de nuestra conciencia pequeñoburguesa.

¿Y de qué forma me rebate Gutiérrez Alea? Pues simplemente inventando afirmaciones que no tienen nada que ver con mis palabras, refiriéndose como si hubiesen sido postuladas por mí a “verdades irrefutables” “que teníamos que aceptar porque estaban ahí y eran irrefutables” o a cierto “pecado original que había que expiar”. Todo esto nada tiene que ver ya con las discrepancias ideológicas y sí con la honestidad de los procedimientos polémicos. Se trata de un pecado nada original por cierto: la grosera tergiversación.

Aparece en la nota otro argumento que su autor pide prestado a Lisandro Otero y que Jorge Fraga también usó en su artículo anterior. Lo grave es que ya había respondido en el encuentro de la Escuela de Letras a esa objeción sin que Gutiérrez Alea parezca haberme oído. Los sofismas no se resignan a perecer, lo que obliga a rebatirlos una y otra vez. ¿Por qué acusar a los intelectuales por su extracción de clase, se preguntan, cuando eso no impidió a Marx, Engels o Lenin ser teóricos y revolucionarios insuperables? Obsérvese que este modo de discutir solamente sería válido contra una concepción mecanicista, que considerará que las determinaciones materiales o de clase son intransformables. Pero, justamente, si yo hubiese hablado desde una actitud mecanicista, mal podría sostener la necesidad de que los intelectuales se liberen de los rezagos pequeñoburgueses de su conciencia. A un cadáver no se le pide que cuide su salud. Es claro que es mucho más fácil atacar a la caricatura del marxismo que atacar al marxismo mismo. Por otra parte, la mención de Marx, Engels y Lenin para discutir el principio fundamental del materialismo histórico es, hasta cierto punto, cómica. Justamente, ni Marx, ni Engels, ni Lenin participan de la ideología de la clase de la que provienen, entre otras cosas, porque comprendieron profundamente la naturaleza clasista de la ideología. Mientras que, los que como Gutiérrez Alea se espeluznan cuando se les señala ese condicionamiento básico muestran palmariamente que no han conseguido liberarse un ápice del mismo. Marx y Engels, refiriéndose a los individuos de la clase dominante incorporados a la lucha del proletariado en Alemania, señalan que “En lugar de profundizar ante todo en el estudio de la nueva ciencia, cada uno de ellos ha tratado de adaptarlo de una forma o de otra a los puntos de vista que ha tomado de fuera, se ha hecho a toda prisa una ciencia para uso particular y se ha lanzado a la palestra con la pretensión de enseñársela a los demás”. (Carta circular del 17-18 de septiembre de 1879). Los autores del documento deberían comprender que su texto es un ejemplo de esa “ciencia para su uso particular”, y que esos híbridos provienen de una conciencia híbrida, de una conciencia todavía pequeñoburguesa.

Para terminar quisiera hacer algunas precisiones sobre una cuestión a la que se ha aludido insistentemente en estos debates: el dogmatismo en el arte.

Evidentemente ese dogmatismo existe y debe ser combatido. El problema es determinar desde qué posición debe ser combatido y desde cuál no. No podemos combatirlo desde una actitud en la que el artista cree ser el custodio de ciertos valores eternos amenazados por la “incultura” proletaria. No podemos combatirlo si nuestra preocupación no es otra que mantener vigentes estilos, modas, formas y modelos, que aunque posean valor artístico estimable, corresponden a una concepción del mundo burguesa y por eso mal pueden proponerse como ejemplo orientador para el arte socialista. No podemos combatirlo si antes que luchar por conseguir una nueva conciencia, una conciencia proletaria, nos preocupa defender el más cultivado, refinado, exquisito rincón de nuestra conciencia burguesa.

Es cierto que el dogmático yerra al rechazar técnicas o formas como si fueran irrecuperables y al aceptar algunas otras, caducas y académicas; al negar, sin más, la música serial-dodecafónica, o al defender, sin más, un supuesto realismo pictórico, amanerado y ecléctico. Pero es ayudado en su error, empujado a cometer el error, por aquellos que no se enfrentan a ciertos productos del arte burgués contemporáneo con la distancia y la objetividad que permita considerarlos fuente de experiencia técnica, o aprehender sólo lo que de verdadero y profundo, aunque distorsionado, puedan poseer como significación. Si no se considera el arte burgués desde una perspectiva marxista, se terminará creyendo que sus manifestaciones son productos delicados que debemos proteger de la barbarie, y contra esa visión burguesa es que se levanta, acertadamente, el dogmático, aunque incurra en el error de rechazar en bloque lo que requiere previamente un análisis cauteloso y perspicaz. Es que cuando el artista de talento y experiencia se obnubila con sus maestros burgueses y se vuelve un mero discípulo de ellos, de su espíritu, deja un lugar vacío para que el dogmático lo llene con obras que, aunque rudimentarias e insuficientes, sean insospechables de aquel vicio.

En cierta ocasión, Lenin escribió a Gorki:

Considero que el artista puede sacar mucho provecho de cada filosofía. En fin, estoy de acuerdo enteramente y sin restricción con que en los problemas de la creación artística sois mejor juez que nadie y que, extrayendo vuestras concepciones de vuestra experiencia artística y de una filosofía, aunque fuera idealista, podéis llegar a conclusiones que beneficiarán enormemente al partido obrero.

La verdad de estas palabras de Lenin está fuera de discusión, siempre que el artista se enfrente a los problemas de su arte, en tanto marxista-leninista, de acuerdo con esta otra exigencia de Lenin: “La literatura debe ser una parte de la causa proletaria”. Quien no lo haga así no puede pretender justificarse en nombre del marxismo. Quien esté bien seguro, en cambio, de que teórica y prácticamente está haciendo del arte una parte de la causa proletaria, podrá, desde una actitud auténticamente marxista, combatir el dogmatismo. Pero no antes.

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