Laura Liz lee en Instagram poemas elefantinos (y nos habla de ellos)

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Laura Liz Gil

Laura Liz lee en Instagram poemas elefantinos. Lee: “Soy la dueña de la mudada, soy la ciclista que venía pedaleando a tu lado, soy la ciclista a la que obligaste varias veces a cruzar la senda, soy el elefante que atropellaste en la curva antes de entrar a la ciudad”.

Para celebrar el Día Mundial de la Poesía, el 21 de marzo, la editorial independiente Salvadora Editora, con base en Montevideo, convocó al ciclo de lecturas en línea Leernos para no aislarnos – Ciclo de teatro leído.

Por Instagram y desde Valencia, la cubana Laura Liz Gil Echenique (La Habana, 1992), leyó fragmentos de Cartografía de elefantes sin manada, un libro de poemas pensado en y para el teatro, publicado por la editorial uruguaya en 2017 como parte de su colección Nueva dramaturgia aduanera, que se enfoca en dramaturgias escritas por mujeres latinoamericanas.

Salvadora Editora surgió “como una propuesta a la necesidad de acceder a publicaciones especializadas en artes escénicas, dramaturgia y teoría”, y “defiende la valoración del texto dramatúrgico como texto literario en sí mismo que puede dialogar con el hecho teatral”, como se consigna en el sitio web del sello editorial.

El Ciclo de teatro leído es una acción de Salvadora Editora “que se incluye –indica Laura Liz– dentro del grupo de iniciativas promovidas en Internet por la cuarentena que impone la Covid-19”.

Cartel promocional de la lectura de Laura Liz en Instagram

Laura Liz Gil Echenique estudió música, “siete años de estudio”: oboe, en el Conservatorio de Música Guillermo Tomás. Es dramaturga y artista visual, egresada de la Facultad de Teatro de la Universidad de las Artes de Cuba (ISA) y de la Academia de Bellas Artes San Alejandro. Además, como enuncia en un “ordenado y concreto” currículum que me envió por WhatsApp, es “artista educadora e in(ter)disciplinada”.

Hoy vive en Valencia, porque fue merecedora de una de las ayudas que otorga la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) para la ampliación de estudios internacionales. Actualmente, cursa el máster PERMEA (Programa Experimental de Mediación y Educación Artística), en el Centro de Cultura Contemporánea del Carmen.

No sale de casa, me dice en un mensaje de WhatsApp. En estos días ha tenido momentos de miedo, ansiedad: “No tanto por no poder salir de casa, sino por sentir que no puedo hacer más para ayudar”.

Pero jamás se siente aburrida, enfatiza. Al contrario: “me siento en muchas ocasiones abrumada por la cantidad de cosas por hacer”. Entonces se dedica a escribir, dibujar y bordar el mantel de La cena de los Sobrevidentes.

La conocí –ella no me recuerda– mientras preparaba La cena de los Sobrevidentes, como parte de la muestra colateral que el Laboratorio Escénico de Experimentación Social (LEES) organizó durante la XIII Bienal de La Habana.

La recuerdo en otro momento. Yo casi acababa de llegar a La Habana para hacer un máster en el ISA cuando una amiga, la teatróloga Mercedes Ruiz, me invitó a ver Las fundadoras, lectura polifónica performativa concebida por la poeta y performer Marta Luisa Hernández Cadenas (a.k.a. Martica Minipunto), en el antiguo Lyceum y Lawn Tennis Club de El Vedado, hoy Casa de Cultura de Plaza de la Revolución.

Laura Liz era una de las catorce mujeres “fundadoras”, vestidas de negro (menos Soleida Ríos, de blanco), que leían fragmentos, intervenidos, de Memorias de una cubanita que nació con el siglo, de Renée Méndez Capote.

En ese momento yo cursaba un taller de sonido que impartía el artista colombiano Leonardo Donado, que, a su vez, se incluía en la curaduría de Declaración Improducible. Así se llamó la curaduría de procesos, residuos, intercambios, experiencias que organizó el LEES, en el que se incluía La cena de los Sobrevidentes.

Laura Liz: La cena de los Sobrevidentes es un trabajo que se basa en la memoria y el deseo para pensar en el futuro. Materializo esta memoria a través de los sabores, la gastronomía, la comida, como una manera de ir hacia ciertos momentos (lugares) de nuestra historia. También como una forma de proyectarnos hacia el otro. La cena es un espacio de encuentro, conversación, pensamiento, reflexión y puesta en común de muchos temas.

La cena de los Sobrevidentes es un proyecto que utiliza materiales que recopilé durante cinco años. El título se concretó cuando en febrero del año pasado me invitaron con este proyecto a participar en un festival en Barcelona, y era importante que tuviera un título. Estuve pensando en lo que el proyecto significaba para mí. La idea de crear una palabra (sobrevidentes) que conjugara otras ya existentes fue una forma de definir el proyecto.

Edgar Ariel: ¿Concibes la memoria como un archivo, como la entiende Nelly Richard, la memoria como un proceso abierto de reinterpretación del pasado que deshace y rehace sus nudos para que se ensayen de nuevo sucesos y comprensiones?

La cena de los Sobrevidentes se construye a partir de un taller en torno a la memoria, pero que no necesariamente se limita a contar algo. Concibo la memoria como un material vivo, un material que puede ser trasformado, mezclado, recontado, reinventado.

Utilizo mucho dentro de los talleres, y también dentro de las presentaciones, la comida. Los sabores nos llevan a lugares muy peculiares que tiene que ver con la memoria. La memoria se asocia a los sentidos, sobre todo al olfato y al gusto. La comida como un activador de la memoria.

La comida activa conexiones cerebrales que están muy ligadas a nuestros referentes afectivos, porque no solamente es imprescindible a nivel fisiológico, no sólo nos alimenta para estar vivos, sino que es importante, también, a nivel emocional, por todo lo que se genera alrededor de ella.

Es decir, entiendes el acto de comer como una experiencia que articula un flujo constante de memoria. Por lo que me dices, en La cena… la comida es una acción evocativa. ¿Una acción seudoconciliatoria con el pasado?

No. En La cena de los Sobrevidentes se evoca la memoria en su relación con el presente y el futuro. Cuando utilizo la ancianidad lo hago porque me interesa hablar del futuro. En realidad, La cena… la concibo como un taller intergeneracional, porque considero que las personas mayores pueden aportar mucho al pensamiento sobre el futuro. Porque no es a ellos a quienes, usualmente, le preguntamos por el futuro.

La cena de los Sobrevidentes sucede alrededor de una mesa. En Cuba ese espacio tiene mucho simbolismo. A partir del Periodo Especial, por las carencias, las necesidades, se convirtió en un espacio de pro-mesas. La mesa, en Cuba, muchas veces es una mesa de disección.

Tradicionalmente el comer a la mesa ha sido parte de la historia de la familia cubana. De hecho, hay un dicho: “alrededor de la mesa todo se resuelve”. La cena es un momento donde confluyen las generaciones, espacios, problemas, deseos. La mesa es un espacio de creación en conjunto. Pero es un espacio que ha perdido protagonismo en los últimos años, y que sigue perdiendo protagonismo en Cuba.

La idea de crear La cena de los Sobrevidentes nació a partir de una larga entrevista que le hiciste a tu abuela. Luego esa entrevista formó parte de uno de tus textos teatrales: Las morzas, un texto que fue becado por Panorama Sur. Encuentro en Las morzas una primera búsqueda de los elefantes. ¿Estoy en lo cierto?

Sí. Considero que Las morzas es la primera parte de la búsqueda de los elefantes que luego aparecerían en Cartografía de elefantes sin manada. En Las morzas, aunque se puede considerar un texto más tradicional, se puede encontrar mayor abundancia de elementos extradiegéticos, saltos en la forma narrativa, y muchos guiños a la performatividad.

Empecé a escribir Cartografía de elefantes sin manada en 2015. En ese año viajé a Argentina para un seminario intensivo de dramaturgia, Panorama Sur. Luego regresé a Cuba y continué escribiendo. En mitad del proceso trabajé con El Arca Teatro en la obra Bastian y Bastiana. Creo que ese encuentro con los títeres marcó mucho el proceso de escritura de Cartografía… Decidí cerrar la obra en 2017.

Cartografía… se compone por varios textos y dibujos, también realizados por ti. Le llamas cajas a esos textos. Cajas de memoria. Cajas poéticas, pero, ¿son poemas?

Considero que Cartografía… es una obra teatral que utiliza la forma poética como estrategia discursiva, pero siempre la sitúo en el lugar del teatro. ¿Por qué? Porque considero que es poesía para ser leída en voz alta, para ser dicha en un espacio, y porque muchas de las imágenes poéticas con las que trabajo podrían estar sobre un escenario, que se activan desde la palabra pero que podrían también activarse desde otros recursos escénicos.

El texto propone unas instrucciones de uso, es la única didascalia que posee. Como es una mudada, hay cajas con letreros de “FRÁGIL”. Cajas con objetos más pesados. Pequeñas.

Envueltas en celofán. Cajas imágenes. Cajas armonía musical.

Yo les llamo cajas. Pero cada quien puede llamarles de la manera que quiera.

Cartografía… es una obra profundamente personal. Pero en la que dejo espacios para que puedan intervenir en ella desde un proceso menos vertical. La obra parte mucho de la autoficción, pero también de los poemas dramáticos, de la poesía visual. Yo vengo de la música y de las artes visuales. Para mí era muy importante el ritmo. Me preocupaba cómo el ritmo cambiaba en cada caja. Cuál podía ser la armonía de toda la obra. Una armonía quebrada. Cómo visualmente podía entenderse la poesía, por eso hay dibujos dentro de la obra que realicé durante el proceso de escritura. Suelo dibujar siempre cuando escribo. Y suelo escribir siempre cuando dibujo. Para mí son dos cosas que no pueden separarse.

Dibujo de Laura Liz perteneciente al libro ‘Cartografía de elefantes sin manada’ (Salvadora Editora, 2017)

Luego de ser publicada por Salvadora Editora cuál ha sido el recorrido de Cartografía de elefantes sin manada.

Luego de que la obra fuera publicada en 2017 se presentó, dirigida por el director chileno José Miguel Neira, que intervino el texto, en el Primer Encuentro de Dramaturgia Latinoamericana Epicentro, en Concepción, Chile.

En ese momento se hizo una lectura en espacio. Consistía en la intervención de un apartamento. Las personas llegaban y, a través de un mapa, iban recorriendo las diversas habitaciones donde varios artistas decían los textos.

En Cuba se presentó por primera vez por el grupo La Caja Negra, que dirige Juan Edilberto Sosa en Santiago de Cuba, en el encuentro Repique por Mafifa. La obra continúa en escena de forma intermitente como parte del repertorio del grupo.

Además, se está montando en Buenos Aires, en una residencia de creación con la directora Jenifer Gasperi.

Laura, la noción de manada es una noción de periferia.

Yo soy de Guanabacoa, y la periferia es algo que marcó mi crecimiento, mi formación, mi vida. Me interesa hacer un arte que mire hacia los bordes de las cosas. Que mire hacia esa periferia.

Escribe Laura Liz en un post de Facebook: “Hace años comencé Cartografía de elefantes sin manda, que es lo mismo que decir que empecé a relatar las veces en que mentía y sacaba mis cosas de cajas en distintos sitios. Olvidaba, rearmaba, construía y empezaba de cero. Ahora más que nunca me siento ese elefante, pero ahora también sé que no existe la posibilidad de no tener manada”.

Laura Liz se siente un “elefante transparente”.

Laura Liz se siente un “elefante confundido”.

Laura Liz se siente un “elefante ingenuo”.

Laura Liz se siente un “elefante de plástico”.

Laura Liz se siente un “elefante que canta”.

Laura Liz se siente un “elefante con un par de audífonos”.

Laura Liz se siente un elefante que “atropellan en la curva”.

Laura Liz lee en Instagram poemas elefantinos.

Laura Liz dice que “no hay nada más parecido a una obra de teatro que un elefante en permanente mudada”.

Laura Liz cree que “una mudada es un gran gesto poético”.

Laura Liz sólo recomienda “bajar de último los objetos pesados”.

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