Luis Eduardo Aute entra en la noche larga

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Luis Eduardo Aute (FOTO La Voz de Galicia)

Murió Luis Eduardo Aute (Filipinas, 1943). Murió ayer Bill Withers (Virginia, 1938), voz del soul. Murieron no sé si primero Juan Padrón (Matanzas, 1947) o Alberto Uderzo (Fismes, 1927), el 24 de marzo, sendos padres de Elpidio Valdés –héroe mambí del cómic cubano–, y de Asterix y Obelix –aquellos bebedores galos de una pócima que ahora mismo no nos vendría nada mal–. No conocí personalmente a ninguno, aunque los bocadillos de Padrón son de mi ajuar cotidiano más preciado contra cualquier desgracia. Talismanes los cuatro. Muertos en una época que será recordada por una corona que nadie quiere para sí –acaso nunca el poder fue tan declinado–. Época de entierros en masa online, de morgues de campaña, de obituarios imposibles.

No me pensaba sentar a escribir esta mañana de la que está en el aire, sino de un videoclip marciano de la Trovuntivitis que traigo hace un mes entre pecho y espalda. Hasta hoy seguía en este punto de los días en que, todavía medio muda, no había tenido casi que recriminarme el abrir la boca para decir ni esta lengua es mía. Jalada de un extremo al otro del to be or not to be, como de la risa al llanto, nos llevan el pimpón entre memes y noticias fulminantes. Y es que aun ahora abro una, pensando ejercitar la otra, y siento lo evidente, la parálisis: porque me sigue repeliendo tanto escribir de cualquier tema que termine apelando a la pandemia, como me parece horrísono no traerla cual un río sordo, cual una corriente helada por debajo de la delgada capa, por quebrarse, de la escritura… Así les ha pasado a tantos que no han podido sino pedir la palabra, para hablarle a un amor (como Paul B. Preciado), al fin de New York (como Roberto Brodsky), a las posibilidades que se abren con el arte del confinamiento (como Carlos Garaicoa) o a las que se cierran para la industria del arte, y ojalá que no para los artistas (como Jerry Saltz en Vulture), y al arte del silencio –impracticado– desde la creación, en meses donde los miedos hablan (así Iván de la Nuez en El País).

Al final, Aute me obligó a sentarme. No es para menos. Polifacético. Políglota. Revolucionario a lo suyo, sin panfleto. Director de cine, guionista, actor o compositor en Senses (1961), Días de viejo color (1967), Minutos después (1970), Chapuza 1 (1971), A flor de piel (1975), Los viajes escolares (1976), Esposa y amante (1977), Mi hija Hildegart (1977), ¡Arriba Hazaña! (1978), El hombre de moda (1980), El muro de las lamentaciones (1986), La pupila del éxtasis (1989), Un perro llamado Dolor (2001), Delirios de amor (1986), El niño y el basilisco (2012), Tras Nazarín, el eco de una tierra en otra tierra (2015), entre otras.

Escultor y pintor. Poeta de La matemática del espejo (1975), Canciones y poemas (1976), La liturgia del desorden (1978), Templo de carne (1991), animaLuno (1994), Disco-libro. animaLdos (1999), Libro-vídeo. Cuerpo del delito. Canciones (1999), animaLtresD (2005), animaLhada (2005), animaLhito (2007), No hay quinto aniMaLo (2010), Claroscuros y otros pentimentos (2014), El sexto animal (2016), hasta Toda la poesía (2017). Hablaba inglés, catalán, francés, italiano, tagalo, aunque yo lo conocí cantado en español.

Yo acabada de salir del pre. Vivía en ese espíritu. Así lo oí por primera vez. Lo rasgueaba un flacucho alto y achinado, con la clásica guitarrita de irse por los rincones de la escuela o por las avenidas de la madrugada habanera –Yang Le, puede que se llamara–. Ya yo era fan de Sabina: cantado por mi hermano José Alberto en noches de ronda y oído en un casete requeterrayado de Mentiras piadosas. Ya tarareaba “Quedamos los que puedan sonreír/ en medio de la muerte, en plena luz”. Mas Aute vino a ser piedra de toque, como después no sé cuántos, como han seguido llegando, ya en estertores, los niños de la Trovuntivitis y algunos pocos (des)conocidos más… Pero no exactamente. Y aquellos otros sin la fuerza del saberme de memoria un montón de sus canciones. No era para menos tampoco. Me topé con Aute en una etapa juvenil de esas en que todavía podía aparecer un novio que para enamorarte te dijera: “Me voy a casa, a terminar La Ilíada” –y lo mismo podía referirse a escribirla que a aprendérsela de memoria… vaya usted a saber.

Por eso hoy todavía Aute no me falla. Por eso cuando estoy medio triste me gusta cantarme para mí misma de un tapazo, más que jirones de otras, como nanas infalibles, cierto cuarteto de parcas, de bacantes, de ménades… El mío-mío, como otros la emprenderán hoy con el suyo-suyo, a toda voz en la radio, la tv, el phon o en el aullido inaudito de sus audífonos, una y otra vez, oyendo y tarareando “La belleza” o “Slowly”, “Mojándolo todo” o “Albanta”, “Pasaba por allí”, o ese versito pícaro de “Yo te quiero con ale-vo-sía”. Porque uno no se quiere despedir de un talismán. Porque los talismanes siguen en el bolsillo, en el cosquilleo de la mano vaciada, incluso para defendernos de su propia ausencia.

Bajito, y cada vez subiendo, cuando me levante de la mesa a por fin poner la cafetera, sé, pues, que cantaré: “Anda,/ dime lo que sientes,/ no temas si me matas./ Que yo sólo entiendo tus labios/ como espadas”… Y luego: “Fue en ese cine te acuerdas,/ en una mañana al este del edén/ James Dean tiraba piedras/ a una casa blanca, entonces te besé.// Aquella fue la primera vez/ tus labios parecían de papel”. Y que vendrá, por supuesto: “Hay algunos que dicen/ que todos los caminos conducen a Roma./ Y es verdad porque el mío/ me lleva cada noche al hueco que te nombra./ Y le hablo y le suelto/ una sonrisa, una blasfemia y dos derrotas;/ luego apago tus ojos/ y duermo con tu nombre besando mi boca” –esa via apia–. Para al final caer en mi favorita, esa breve y punzante: “De alguna manera tendré que olvidarte,/ por mucho que quiera no es fácil ya sabes […] Las noches se acercan/ y enredas el aire,/ mis labios se secan/ e intento besarte,/ qué fría es la cera/ de un beso de nadie./ Y nada más, y nada más,/ apenas nada más”…

Las repaso como en rosario y me doy cuenta de que todas son, ambamente y claro está, de amor, pero sobre todo, de que en las cuatro se habla del primer beso o de un beso imposible, del último beso, antes que caiga la noche de la desmemoria. Es siempre espeluznante ver lo que una se aprende, lo que nos queda del otro en la retina…

En algún lado del mapa, imagino que alguien anterior a los días en que conocí a Aute estará pensando hoy, al leer las noticias, que hallar “Un bello amor sin un final” es casi imposible (o eso parece, a veces), que “Es más fácil encontrar rosas en el mar”… Y sé que otras voces me responderán con otros Aute, en medio de tal desconcierto, haciendo un hueco entre el caos, ese que cuando reina –según dice mi amiga Adriana (siempre con la punta del ovillo en la mano)–, no debe hacernos más que rearticular nuestras prioridades, repensar nuestras vidas, que es ese segundo que a diario… en fin, lo que pasa sin que nos demos cuenta –como dice alguna frase de esas cursi que pueden venir como anillo al dedo en estos casos–. Un obituario con nombre entre tantas cruces sin colocar… qué es si no un vaso de agua dulce vertida en el océano; pero es, hoy, mi piedra (canto rodado en río revuelto) sobre la losa de tantos que se están yendo y se irán, minuto a minuto.

Respiro la cuarentena de un Vedado que vuelve a ser coto cerrándose. Miro la ventana que aún no he tenido tiempo ni de abrir al mar, con esta muerte canalla. Y reviso esa memoria que –como la tuya– sé que, cuando la deja quieta el bombardeo de la red, está pertrechada de trozos de canciones, frases de dibujos animados, versos cursi o del alto neobarroco, escenas de películas de ayer, postales familiares de domingo, desayunos en la cama y momentos de esos que creímos que serían el más grave de la vida –con los que Soleida Ríos sueña hacer un libro colectivo–. Estoy tranquila. Ni estoy sola ni “temo a la madrugada”. En ese revoltijo, en este largo túnel, lleguen el alba, o la noche, con sus buitres a poner su palomar, Aute seguirá conmigo como tantos otros talismanes. Yo, como Paul B. Preciado, como Marcelo Morales, como Calvert Casey, sí, cuando huele a muerte y vienen las parihuelas, no dejo de pensar en el amor.

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JMR
Jamila Medina Ríos en poesía: Huecos de araña (Premio David, 2008), Primaveras cortadas (México D. F., 2011), Del corazón de la col y otras mentiras (La Habana, 2013), Anémona (Santa Clara, 2013; Madrid, 2016), País de la siguaraya (Premio Nicolás Guillén, 2017), y las antologías Traffic Jam (San Juan, 2015), Para empinar un papalote (San José, 2015) y JamSession (Querétaro, 2017). Jamila Medina en narrativa: Ratas en la alta noche (México D.F., 2011) y Escritos en servilletas de papel (Holguín, 2011). Jamila M. Ríos (Holguín, 1981) en ensayo: Diseminaciones de Calvert Casey (Premio Alejo Carpentier, 2012), cuyos títulos ha reditado, compilado y prologado para Cuba y Argentina. J. Medina Ríos como editora y JMR para Rialta Magazine. Máster en Lingüística Aplicada con un estudio sobre la retórica revolucionaria en la obra de Nara Mansur; proyecta su doctorado sobre el ideario mambí en las artes y las letras cubanas. Nadadora, filóloga, ciclista, cometa viajera; aunque se preferiría paracaidista o espeleóloga. Integra el staff del proyecto Rialta.
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