‘Meu nome é Bagdá’: una negación del estereotipo femenino en el cine brasileño

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Fotograma de ‘Meu nome é Bagdá’, Caru Alves de Souza, dir., 2020

Una chica –bastante andrógina, lo mismo en su físico que en su modo de vestir– se desplaza en su skateboard por el largo pasillo que la conduce a la puerta de salida del colegio. Mientras atraviesa esos corredores, a modo de recuerdos, flashazos de la memoria o anticipaciones, se muestran imágenes de un grupo de adolescentes que bailan, fuman, se besan durante alguna fiesta en una discoteca; se ve a la propia chica mientras graba con su cámara casera a los demás, e incluso cuando forcejea con algún muchacho que la acosa.

Cuando llega al portón de salida del colegio, la muchacha salta la enorme reja de hierro y, una vez fuera, grafitea en el enorme muro que separa el recinto de la calle, con algo similar a un lápiz labial: “FODA SE” (“Fuck You”, en su traducción al inglés). Este fragmento introduce elocuentemente el discurso todo de Meu nome é Bagdá (2020): la resistencia femenina en un mundo regido por patrones machistas, la lucha de la mujer por transgredir los estereotipos de género y por disfrutar de una identidad “diferente” a la impuesta por una sociedad heteronormativa.

Meu nome é Bagdá es el segundo largometraje de ficción de la directora brasileña Caru Alves de Souza, quien en 2013 estrenó su ópera prima De menor. Esta última entrega obtuvo el Gran Premio de la sección Generation 14 Plus de la edición de 2020 del Festival Internacional de Cine de Berlín. Cuenta no sólo con el mérito de explorar un tema particularmente sensible para nuestra contemporaneidad –la adolescencia femenina en un entorno social administrado por la hegemonía patriarcal–, sino con una realización cargada de creatividad e inventiva cinematográfica.

Me atrevería a decir que el acierto mayor de Caru Alves de Souza –otro nombre que viene a confirmar el protagonismo y la solidez que disfruta el cine realizado por mujeres en la actualidad– estriba justo en la escogencia del estilo: una gramática trasparente, minimalista, que confunde con total intención las nociones de documental y ficción, una estética en “tono menor”, sin demasiados artificios o subrayados formales.

La eficacia de un filme como Meu nome é Bagdá se halla, ante todo, en la fertilidad con que su registro formal tributa a la comprensión de las emociones, los conflictos, la vida de la gente y el nervio de su cotidianidad. Es impresionante la sutileza dramatúrgica, ajena a cualquier tipo de formalización estricta, la sencillez expositiva y, junto a ello, la agudeza antropológica con que este filme se sumerge en momentos del diario vivir de Bagdá, al punto de construir un precioso relato acerca de la posibilidad de ser uno mismo por sobre la cruenta realidad que se impone a las personas tenidas por diferentes. El propio naturalismo de la imagen, en un riguroso maridaje entre dirección de arte y fotografía, enriquecido con los insert procedentes de la cámara casera con que la protagonista graba a sus amigos y su entorno, explica perfectamente la esencialidad, fuera de cualquier ampulosidad discursiva, con que esta directora se aproxima a la adolescencia de su personaje.

Inspirada en la novela Bagdá, o skatista, del escritor Toni Brandão, este filme es una singular variación del coming of age. Bagdá, una chica de 17 años que vive en un pueblo periférico de São Paulo, desea convertirse en skater profesional. Bagdá lleva el cabello corto y no le gusta vestirse con la ropa típica de mujer, o lo que se espera por tal. Ella es la única mujer –aparecerá una amiga en cierto momento– en el grupo de skaters de su barrio, con ellos pasa la mayor parte del tiempo, muchachos cercanos a su edad que no hacen mucho más que practicar y competir en el skatepark del lugar. Entre tantos varones, Bagdá lucha por imponer su individualidad. Esta chica no se cuestiona la legitimidad de su diferencia respecto a las demás niñas, y defiende su espacio en ese medio privilegiadamente masculino.

Fuera del skatepark, Bagdá pasa el día en su casa, con sus dos hermanas y su madre, o en el salón de belleza donde trabaja esta última. Estos son dos entornos en los que se celebra y se goza la diferencia. El guion cuida mucho de presentar un ambiente filial inclusivo, marcado por el afecto y la compenetración interpersonal entre quienes lo integran. Ausente la figura paterna, la madre apoya la libertad de su hija para disponer de su cuerpo y su comportamiento, sin que le moleste jamás la conducta “poco femenina” de la joven. De ese clima tenía que salir una personalidad resuelta e imponente como la de Bagdá. Pero donde esta muchacha aprende que no tiene por qué reproducir la imagen de las mujeres “que aparecen en las revistas de moda” es en el salón de belleza donde trabaja su mamá; allí pasa largo tiempo con Emilio, su director, un simpático y viejo gay achacado por la edad, y Gilda, una mujer trans, dos personalidades fuertes que se imponen al conservadurismo del vecindario. Con estos personajes, la película consuma un alegato de resistencia a las leyes reguladoras de una sociedad que normatiza cómo deben ser las familias y los géneros masculino / femenino.

Esos espacios propios son los únicos recintos de protección que ha podido encontrar Bagdá, delineados con plenitud de matices por parte de la realización. Pero dentro de esta cotidianidad emergen continuamente pequeños actos que denotan una sociedad prejuiciosa, homófoba, violenta con el diferente. En algún momento de la trama, la policía acorrala a los jóvenes skaters y los presiona contra un muro para revisar si portan armas o traen drogas, cuando en verdad la única razón para violentarlos así es su condición marginal en medio de una sociedad estratificada. Cuando descubren a la protagonista entre tantos varones, se burlan de ella, la violentan físicamente y la acusan por su supuesta poca feminidad. Pero Bagdá se impone, como lo hace también frente a los muchachos que agreden a Emilio y a Gilda.

Hay que destacar especialmente el diseño del personaje protagónico de Meu nome é Bagdá. La dramaturgia laxa –sin apenas peripecias– de este filme es una continua caracterización de este individuo, de su voz de mujer adolescente en un entorno particularmente complejo, en el que ha encontrado, no obstante, la protección de su familia y sus amigos. Nunca se hace alusión a sus preferencias sexuales (no son importantes), ni se le relaciona con el ambiente escolar institucionalizado. No es el descubrimiento de la sexualidad lo que importa a esta directora, sino la conquista de un cuerpo propio frente a las políticas reguladoras que modelan la identidad femenina, el vuelo de un imaginario y una subjetividad que no teme conquistar y gozar de su libertad.

Cuando Bagdá viaja con sus amigos skaters a una ciudad más grande, próxima a su barrio, conoce a otras mujeres que, como ella, han hecho del skateboarding su cotidianidad. Es entonces cuando cobra plena conciencia de su femineidad, al descubrir un entorno de fraternidad en el que poder ser ella sin temor a las miradas de los demás. Casi al finalizar la película, durante una fiesta –la misma que se anticipó en las imágenes iniciales–, Clever, uno de los colegas de patinaje, intenta abusar de Bagdá. Al día siguiente, cuando se encuentran todos en el skatepark, ella y sus nuevas amigas lo enfrentan. En esa secuencia figura una apuesta por el enfrentamiento colectivo de las mujeres –también el resto de los varones se suman al repudio– a las situaciones que les impone el espacio social que les ha tocado.

Caru Alves de Souza ha rodado una obra sobre la emancipación de la diferencia y el precio de ser mujer y adolescente en los márgenes de la sociedad. Aunque el filme está emplazado en el entorno barrial de las periferias de São Paulo, la baja densidad alusiva de su narración le garantiza un tono de universalidad a esta historia. Las virtudes de la realización y el empeño –revelador sobre nuestra realidad latinoamericana– de romper con los estereotipos de género e imputar las múltiples formas de violencia experimentadas por el otro, hacen a Meu nome é Bagdá un filme notable. El carácter con que Bagdá enfrenta a Clever y la habilidad con que se desplaza con su skateboard por las empinadas escaleras con que se despide la película, alegorizan la independencia y la fuerza que van ganando las voces femeninas en la contemporaneidad.

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ÁNGEL PÉREZ
Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.
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