Noel Guzmán Boffill
Noel Guzmán Boffill (FOTO Orlando Hernández)

Ahora no sé qué decir, ni cómo decirlo. La muerte de un amigo es siempre paralizante. Estoy seguro que mi abuelo Miguel y mi padre sabrían muy bien cómo lidiar con esto, cómo pararse al borde de una tumba, poner la voz dramática y emocionar a la familia y a los amigos del difunto contando pasajes de su vida. Ambos fueron despedidores de duelo muy competentes. Pero yo no heredé esa oscura elocuencia. Me ha dolido mucho la muerte de Noel Guzmán Boffill. (Iba a decir “la muerte sorpresiva”, pero la muerte siempre lo es). Así que voy a contar rápidamente cómo lo conocí y cómo me obligó a escribirle este texto que ahora Rialta recupera, y para agradecer su despampanante legado artístico.

Fue en el 93. Yo había dejado de trabajar en el Museo Nacional en el 89, pero me las arreglé para ser contratado y así poder organizar la sala permanente de Pintura y Dibujo Popular Cubano que yo mismo había propuesto y defendido años atrás, y que, aunque fue finalmente aprobada gracias a la lucidez de la directora Lucy Villegas, por alguna razón nunca llegó a realizarse.

Una tarde alguien me llamó a la casa para decirme que el pintor Boffill estaba en el vestíbulo del museo acompañado de una modelo y que no se iría hasta conocerme. “Díganle que ya no trabajo ahí”, les respondí. “Pero está empecinado, Orlando, y nos está volviendo locos, por favor, ven rápido”. Primero me resultaba muy curioso que un pintor tan informal como él usara una modelo, y, además, me sorprendía que los especialistas del museo se hubieran dejado chantajear tan fácilmente como para pedirme auxilio. ¿Qué clase de personaje sería ese Boffill que los había sacado de paso tan rápido? Me encabroné, cogí un carro y fui a verlo. Pero mi bravura duró muy poco. A los cinco minutos ya éramos amigos y me había convencido para que le escribiera el texto de su exposición. Quedamos en que fuera a mi casa y que trajera algunos de sus cuadros para escoger el que estaría en la colección del museo. Llevó una jaba con mangos y un rollo de cuadros. A los pocos días le entregué el texto que me había pedido. Se lo leyó ahí mismo. Abrió los ojos y me miró como si yo lo estuviera engañando y el texto fuera para otro. “¡Es un texto de un millón de dólares, mi hermano!”, me dijo con total seriedad.

A los escritores les cuesta mucho que le paguen sus textos. Le dije que quería un cuadro suyo para mí. “Cuando veas uno que te guste de verdad, es tuyo”, me dijo. Así que le tomé la palabra. Unas semanas después vi un hermoso par de cuadros suyos colgados en la Galería Diago del Fondo Cubano de Bienes Culturales y le dije a la directora: “Voy a llevarme ese cuadro de Boffill. Ya él lo sabe”. El cuadro costaba como mil pesos. Y a los pocos días me llamó alarmado. “¿Es verdad que compraste el cuadro Era la mañana de la Santa Ana?”, me dijo. “No, pero quería decirte que no te preocupes por los 999 mil pesos que todavía me debes”, le respondí. Se rió nervioso y me dijo: “Claro mi hermano, ese es tuyo… Esta vez me jodiste”. Después el museo le pagó Las profecías de Ezequiel que fue la obra que escogimos. Y no recuerdo si alguna más.

Boffill tuvo más suerte que otros artistas populares también seleccionados para aquel proyecto, porque muy pronto su cuadro fue seleccionado para ser exhibido en Salas Cubanas, lo cual constituyó un gran orgullo para él. Iba a visitarlo casi todas las semanas, según me decían las veladoras, y daba grandes discursos explicativos a los que se acercaban a mirarlo. Fue un gran placer para mí. Seguimos viéndonos y comunicándonos a partir de entonces. Va a ser muy difícil no extrañar a ese bicho.

Orlando Hernández, 4 de agosto de 2021

‘Retrato de Orlando Hernández’, Noel Guzmán Boffill, óleo sobre lienzo, 2006
‘Retrato de Orlando Hernández’, Noel Guzmán Boffill, óleo sobre lienzo, 2006

Noel Guzmán Boffill: un ángel de la jiribilla

No necesitaba Noel Guzmán Boffill ser primo hermano de Su Majestad el Rey de España para demostrar su realeza. Ni haber recibido la bendición del Papa para probar su santidad. Ya había en él suficiente santidad y realeza. Santidad y realeza no otorgadas, sino innatas. Majestad natural. Y no sólo visible en lo que pinta, sino en la forma misma de su ser, en la total desenvoltura de su ser, en lo que dice y en cómo lo dice. Y en la manera de reír.

Noel Guzmán se ríe utilizando la mayor cantidad de dientes y encías que puedan caber en una risa. Aunque no sea del todo una risa festiva, ni alegre, sino una risa mucho más compleja, una risa humana, la risa de alguien que está vivo. Y esta vivacidad se ve, se oye en sus obras. Risa limpia y traviesa como la de los niños. Y también dolorosa, melancólica. Como dicen que son las risas del payaso. Como si dejara todo al descubierto, de par en par, y uno no pudiera sin embargo llegar nunca al traspatio de esa risa para descubrir el secreto de lo que hace y de cómo lo hace.

‘Vikingos’, Noel Guzmán Boffill, óleo sobre tela, circa 1985-1986
‘Vikingos’, Noel Guzmán Boffill, óleo sobre tela, circa 1985-1986

Conocí a Noel hace unos días, aunque ya había visto y admirado algunas de sus obras y las había escogido (junto al sobresaltado y eufórico Ramón Vázquez) para la sala permanente de Pintura Popular del museo. Obras impresionantes, fuera de lo normal, sin un solo centímetro vacío, inexpresivo. Solitaria, de ermitaño, sin deudas, la pintura de Noel Guzmán Boffill tiene pocos, poquísimos parientes dentro de la llamada pintura popular cubana. Y pocos también dentro de la otra. Su exagerada originalidad lo convierte en uno de los grandes raros de nuestras artes plásticas. Grande y raro como pueden serlo Wifredo Lam, Benjamín Duarte, Acosta León, Pedro Osés o Ramón Moya. Salidos sabe dios de dónde.

Pero conocerlo fue una revelación. Me pareció haber conocido personalmente a una fuerza natural, a una manga de viento, a un aguacero. Salí de su conversación como quien sale de la neblina, del humo, aturdido, confuso. En pocos minutos vi cómo hipnotizaba con su verbosidad, con su inteligencia, con su imaginación, con su simpatía, a un auditorio de investigadores, de estudiosos del arte, minutos antes adormilados por la luz fría y el encierro. Contemplé su poderosa, inagotable energía vital chocar ruidosamente contra los tabiques y el cielo de cartón de este local generalmente contaminado por silenciosos virus eruditos, oficinescos, y en un instante descongestionar, desinfectar todo el ambiente. Meter allí la luz del sol, el olor de los parques, de las frutas, de los animales. Ponerlo todo a la intemperie, al revés. Transformar el espacio, los rostros. Lo vi tocar a cada uno con su mano, hablar directamente, seducir, prolongarse, resplandecer. Quien no aprendiera allí lo que es un creador, un artista –ese lugar de donde sale el arte y que es siempre superior, muy superior al arte, a los objetos–, en vano fatigará sus párpados buscándolo en documentos y en archivos. Noel es el arte en dos patas, como le hubiera gustado decir al gigante Feijóo. ¿No será Boffill un personaje escapado de una de las novelas de Samuel?

‘Era la mañana de la Santa Ana’, Noel Guzmán Boffill, acrílico sobre tela, circa 1987-1988
‘Era la mañana de la Santa Ana’, Noel Guzmán Boffill, acrílico sobre tela, circa 1987-1988

Toda la extrañísima belleza que hay en los cuadros de Noel sale de allí, de ese ser a la vez expresivo y enigmático llamado Noel Guzmán Boffill. Un místico y un pícaro. Su pintura está llena de él mismo, de sus amores, de sus fracasos, de sus correrías, de sus tristezas, de sus hambrunas, de sus trabajos, de su optimismo. Y está también llena de Cuba, de las cosas cubanas. De lo desconocido cubano. De lo invisible cubano.

Por eso mete la mano y saca lo que quiere. Una profecía de Ezequiel. Un héroe americano. Un chinito que conoció en Maisí. Un amor en Guantánamo. Una décima. Y los hilvana sobre una misma tela. Porque allí adentro todo está revuelto. Como en esas gavetas donde uno va tirando cosas que parecen inservibles, inútiles, pero que por nada del mundo se decide a botar porque son partes de uno mismo. De estos minúsculos tesoros está repleto el corazón más o menos solitario de Noel Guzmán Boffill.

Puede pintar y leer lo que pinta como en un libro abierto. Y escribirlo después sobre un papel, transcribirlo. Describiendo e inventando lo que ve –lo que acaso sin él nunca hubiéramos visto–, pintando de nuevo con la voz, con el gesto, con la escritura. He presenciado con placer, con envidia, este extraordinario espectáculo y me ha parecido que Noel no es sólo un pintor, un poeta, un novelista, sino alguien dueño del lenguaje, de la comunicación total.

‘Santa María me hizo ver que ustedes se iban a dividir en mil partidos’, Noel Guzmán Boffill, óleo sobre masonita, circa 1989
‘Santa María me hizo ver que ustedes se iban a dividir en mil partidos’, Noel Guzmán Boffill, óleo sobre masonita, circa 1989

Nacido en la antigua villa de San Juan de los Remedios, Noel Guzmán Boffill muy bien pudiera ser alguno de aquellos 800 000 demonios que la invadieron a fines del siglo XVII. Pero un demonio bueno, de la luz, de la creación, de la belleza, y no de la destrucción y las tinieblas. Y no estoy tratando –Dios me libre– de colocarle a Noel dos alitas de ángel, porque no lo es. O quizás sí, pero sería como aquel ángel nuestro de la jiribilla que descubrió Lezama, que es también diablillo de la ubicuidad, colibrí, llamas, ligereza.

La Habana, octubre de 1993

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2 comentarios

  1. Brillante artista, entusiasta, valiente, con mucha energía. Es un orgullo haberlo conocido.
    El excelente texto de OH refleja todo lo q Bofill era y es. Ojalá algún día se le de su verdadero valor, como a tantos más artistas populares.

  2. Me he quedado muy impresionada por este trabajo que pienso es uno de los mas hermosos y sentido escritos sobre Boffill. No se imaginan cuanto lo agradezco. Ya es hora que a nuestro Boffill se le de el lugar cimero que merece en la cultura cubana y se le juzgue en toda su valia. Hay pocos artistas tan completos como Boffill, que hayan incursionado en tantos ambitos de las artes, que hayan sido tan polifaceticos y especialmente tan buenos, excelentes y originales. Boffill rompio todos los esquemas. Pero tambien y para ser justa con el bueno de Boffill, pues aparte de todos sus meritos quiero destacar la pureza de su alma, su bondad y su amor al projimo, no tengo otra opcion que decir que todos estos homenajes y reconocimientos ya llegan muy tarde para el.

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