‘Derecho a regresar’, dibujo de Camila Lobón.
‘Derecho a regresar’, dibujo de Camila Lobón.

Anamely Ramos es una activista, artista, historiadora del arte, intelectual cubana. Quizás el título de intelectual, que formó parte de las ideas de una conversación ocurrida el domingo 13 de febrero de 2022, la defina mejor de acuerdo a su propio concepto del rol del intelectual: alguien que tiene la vocación y la capacidad de generar sociabilidades a partir de un cultivo continuo del saber que debe conducir al diálogo franco y fructífero con el mundo. El activismo en Anamely Ramos provino de lo que, en ese rol, deriva naturalmente en un involucramiento comprometido con la realidad, en el que el compromiso concreto ante circunstancias precisas toma formas insospechadas pero ineludibles.

Anamely fue una de las protagonistas del acuartelamiento en la casa de Luis Manuel Otero Alcántara, sede del Movimiento San Isidro, en noviembre de 2020. Dos meses después viajó a la Ciudad de México para comenzar el segundo semestre de estudios de Doctorado en la Universidad Iberoamericana. Ayer 16 de febrero, desde la ciudad de Miami, intentó regresar a Cuba en un vuelo de American Airlines y fue impedida de montar en el avión por indicación de las autoridades cubanas. Este era uno de los desenlaces posibles, aunque no normales o lógicos y mucho menos legítimos, de la intención de ejercer un derecho humano básico: regresar al país de origen. Con esta negación, el gobierno cubano apela una vez más a una de las formas que puede tomar el destierro, una que comienza en otro país al negar la entrada al propio. Días antes de esos sucesos, que tienen todavía un desarrollo en el que no faltarán la denuncia y la negación a aceptar las lógicas del totalitarismo y su determinación arbitraria de expulsar o negarse a recibir a quienes le incomodan, conversábamos sobre lo que era entonces un próximo regreso a Cuba y es ahora más bien un testimonio de la voluntad de poner un límite a la normalización de las arbitrariedades y violaciones del Estado. No poder regresar al país propio no puede ser normalizado. Conversamos también sobre otros temas: el rol de los intelectuales, la necesidad de una apertura a las experiencias en otros lugares y contextos para enriquecer la labor de la sociedad civil cubana o la posibilidad de reconciliación entre las muchas Cubas que constituyen la Cuba de hoy.

Para esta primera entrega, sin embargo, he seleccionado las reflexiones que hablan sobre la posibilidad y la necesidad del regreso. Ellas permiten contextualizar los sucesos del 16 de febrero dando cuenta no solo de las lógicas del Estado, sino de la insistencia en escapar de ellas.

¿Cómo te sientes al haber decidido regresar a Cuba? Puedo imaginar que el proceso para llegar a la decisión ha de haber sido difícil.

Yo quería regresar hace rato. Si hubiera sido por mí, hubiese ido desde mayo. Pero fue imposible, debido a la pandemia; no había ni vuelos. No fui a Cuba básicamente por eso. Y luego vino el enredo de venir para acá [a Estados Unidos]. Decidí venir poquito tiempo, pero me he quedado más de tres meses. Y ahora realmente necesito entrar a mi país. No sé qué va a pasar, tampoco me voy a quedar para siempre, pero creo que necesito entrar y ver cómo están las cosas allá, sentirlo por mí misma, porque siento que he perdido un poco la señal de cómo están realmente están las cosas.

Claro, afuera hay ciertamente una conexión porque hay comunicación con la gente y se está al tanto de lo que sucede, pero hay algo que solo es posible percibir directamente estando en el lugar. ¿En qué fecha saliste?

En enero de 2021. Hace poquito más de un año.

Y saliste a hacer el doctorado…

Ya había cursado un semestre. Debí haberme ido en julio del año anterior, pero como estaba la pandemia no me pude ir y entonces pasó todo lo del acuartelamiento de San isidro. En ese momento yo estaba cursando el primer semestre; lo empecé online y estaba en medio de ese enredo. Durante el acuartelamiento estaba en el tiempo de los ensayos finales del semestre. Y no pude hacerlos. Mi Internet era constantemente interrumpido. Los profesores se reunieron y decidieron resolver mi situación [con lo que ya había entregado] para que pudiera empezar en el segundo semestre y no llevara asignaturas pendientes.

Entonces hice todo el primer semestre en Cuba, no solo en el acuartelamiento. Desde antes me quitaban mucho el Internet, y tenía que estar inventando para ver cómo conectarme, porque las plataformas que usa la Ibero son difíciles de acceder en Cuba. El classroom es complicado para la conexión de Cuba. Y era entrando y buscando, y no cargaba nada. Eso lo voy a tener que volver a vivir cuando regrese… Entonces, cuando voy a México en enero de 2021 es que empiezo el segundo semestre.

Recuerdo cuando fuiste a salir en enero de 2021. Salir de Cuba, cuando se es activista y alguien conocido, genera un revuelo. Hay una especie de estigmatización, que se lee en términos de traición o de expulsión. Y recuerdo que cuando fuiste a salir, antes de que surgieran opiniones viciadas o estigmatizantes, aclaraste que te negabas a someter tus decisiones a las narrativas del abandono o el escape. Explicaste que estabas pasando el doctorado en la Ibero y que ibas a cumplir un compromiso que tenías pendiente desde antes de los sucesos de San Isidro. No sé cuánto funciona a nivel de opinión pública –siempre es medio desalentador ver la insistencia de algunos en evaluar las acciones de los demás de acuerdo con esas narrativas–, pero lo que recuerdo mucho es el énfasis que pusiste en la necesidad de escapar de los estigmas asociados a la salida del país, en uno u otro sentido.

Yo he pensado mucho en esto del escape. Porque hay una tendencia, a veces también por la sensación de peligro, porque al final estás en situación de vulnerabilidad, eso es indiscutible, estás en una situación totalmente asimétrica frente a un Estado entero; toda una narrativa de muchos años sobre ti.

Eso te va llevando a una especie de necesidad de victimizar también lo que te está pasando. Una es una víctima, eso es indiscutible –y hay otras personas que son mucho más víctimas que uno–, pero esa condición de víctima no te quita ni la responsabilidad ni el poder que tienes. Uno tiene un poder al mismo tiempo, aunque sea víctima, aunque ese poder es distinto del poder del Estado. Eso no te puede llevar a actuar siempre según la narrativa de ellos. Tú eres una víctima dentro de su narrativa. Ellos necesitan mantenerte así. Pero uno tiene que salirse de ahí; incluso denunciando y diciendo “esto fue lo que me pasó”. Incluso siendo sincero. Pero a la vez uno tiene que decir, y es el caso mío, “yo salí a hacer un doctorado”. No tengo por qué decir que me sacaron de Cuba, por ejemplo; insisto, en mi caso. No estoy criticando al que lo dice. Todos estos casos son diferentes.

Toda la gente que ha salido de Cuba más o menos amenazada, más o menos violentada, son casos distintos. Entonces creo que lo primero es reconocer que la situación es asimétrica, que estás vulnerable y que hay un Estado que te está coaccionando en alguna medida. Pero lo segundo es reconocer que cada caso es distinto y ver entonces las especificidades de cada caso, para tratar de sacar algo en claro, para aprender para el futuro, para los que vengan luego, porque ellos van cambiando. Ellos tienen modelos estándares de represión, que los repiten y los repiten. Pero hay pequeñas variaciones de acuerdo a quién es uno, las redes de apoyo que tiene, la visibilidad, quienes son tus padres, cuál es tu psicología. Van haciendo una especie de perfil y de acuerdo con eso actúan según uno u otro de los modelos que tienen predeterminados. Yo creo que ellos han ido aprendiendo a improvisar, que era algo que no tenían mucho antes, pero las cosas han ido cambiando muy rápido y estos dos últimos años han sido intensos: han aparecido personas que ellos no tenían en su radar como opositores o disidentes y que tienen formas de actuar que tal vez les muevan un poco el piso porque no están adecuados a eso. Entonces han ido improvisando también. En esas improvisaciones ellos cometen muchos errores, pero van probando formas distintas de reprimir; formas de desestabilizar la situación, o de generar problemas del otro lado para que la situación se desestabilice por sí misma sin que ellos supuestamente aparezcan como los autores de esos procesos de desestabilización. Hay que aprender de eso porque por mucho que uno quiera ir reuniendo, ir articulando, todo el tiempo van a estar presentes factores desestabilizadores para fracturar otra vez. Todo lo que ellos hacen va en la dirección de fracturar porque saben que de ahí sale el poder de la gente, de esas alianzas que puedan ir generando.

Ellos le tienen pánico a todo lo que indique mínima autonomía y sobre todo lo que indique mínima alianza. Cualquier alianza, aunque sea muy frágil, aunque sea un simple post de una persona católica que apoya el matrimonio igualitario, por ejemplo, que es algo que está ahora en discusión. Esa pequeña alianza entre dos personas que representan dos formas de ver el mundo, ya para ellos puede leerse como que “aquí hay algo, esto se puede convertir en otra cosa”. Y en eso son expertos, detectando poderes. Eso es lo que a mí me asombra, que nosotros no acabamos de entender que ellos sí perciben el poder que tenemos. Ellos lo detectan incluso antes de que nosotros lo sepamos, y nosotros a veces no lo vemos. Vemos el poder de ellos, pero no vemos el nuestro.

Comentabas en algún momento reflexionando sobre tu regreso que tenías intuiciones sobre lo que podrías encontrarte una vez que regresaras. Y, claro, no puede ser más que eso porque otra cosa sería futurología. Pero quería preguntar, ¿en qué esperarías que pudieras servir una vez que estés en Cuba?

Esto es algo que he respondido en estos días en los videos que he ido dejando. Yo voy estrictamente porque necesito ir. Es una cosa estrictamente personal que no está desligada del activismo porque para mí el activismo es personal también. Yo quiero conocer personas que no conozco que están haciendo cosas ahora mismo allá, por supuesto quiero acompañar más de cerca los procesos el tiempo que eso tome –una semana, un año o para siempre.

Maykel [Castillo Pérez] y Luis [Manuel Otero Alcántara] están presos. Para mí es obvio que yo voy a tratar desde adentro de hacer lo que pueda por ellos y por todos los demás, pero no tengo ningún plan. Es decir, yo no voy a nada. Voy porque soy cubana y quiero regresar a mi país, y nunca he pensado dejar de ir a mi país. Si ellos lo piensan, eso es problema de ellos, pero yo no voy a dejar de ir. No entiendo esas cosas. Necesito ver La Habana, caminar por la ciudad, necesito ver a mi familia, etc. Y sobre todo necesito no quedarme dentro de una disyuntiva que ellos han creado para mantenerse en el poder y de la cual yo no formo parte.

No me siento parte de esa disyuntiva del afuera y el adentro, y por lo tanto voy a validar mi sentir. Yo sé que la victoria es entrar a Cuba. Me pueden meter presa, me puedo ir a la semana, porque me obligan o porque lo decido por mí misma. Pero la victoria es entrar a Cuba. Es decir: “Eres ridículo. Estás perdido en el mundo. Tú quieres a toda costa la vida de las personas, y eso no se puede hacer ya en el siglo XXI”. Mucho menos controlar la entrada y la salida de un país. Entonces necesitamos controlar la entrada y la salida del país nosotros los ciudadanos. Porque es a nosotros a los que nos toca, porque somos los que vamos a entrar y salir.

Necesitamos ese espacio; ese espacio de frontera es nuestro espacio. La frontera siempre es importante, por eso la cuidan tanto y tratan de externalizar las crisis. Entonces necesitamos dominar ese espacio. Si nosotros dominamos eso, la dictadura se va a caer por su propio peso, pero no podemos seguirnos quedando del lado de allá o del lado de acá, porque entonces vuelven a marcar el territorio. Y usan marcar el territorio como chantaje, como una forma de coacción más allá del territorio. Lo usan para externalizar las crisis y generar conflictos en otros países. Usan el territorio para que la gente se escape y genere problemas en otros lugares, como crisis migratorias, situaciones de ilegalidad.

Ese pasaporte que tenemos los cubanos es el mayor logro de ese Estado; que seamos vistos en el mundo como una especie de plaga. Ese es el mayor logro del Estado cubano. Yo no quiero caer en ese lugar al que ellos me quieren llevar; ese lugar en el que ya no voy a tener pasaporte porque no me lo van a dar y que de momento yo no tenga país, o de momento tenga que exilarme porque no me queda más remedio, o vivir ilegalmente. Yo respeto profundamente a toda la gente que se va, que cruza fronteras, que vive ilegal en los lugares porque tiene que salvar su vida. No estoy criticando eso. El problema es que ahí nos ha llevado un Estado totalitario. Nosotros no podemos vivir cómodos ahí. No podemos estar felices simplemente con ser inmigrantes con privilegios en los Estados Unidos. Entiendo que eso ayuda a la vida, y obviamente no se puede perder. Pero es un arma de doble filo. Entonces, yo no quiero estar ahí en esa franja, y mucho menos si no es por decisión propia, sino porque ellos me lo están imponiendo y me están arrojando a esa situación de ilegalidad, a una condición de vulnerabilidad más. Yo no lo acepto. Y decirles a ellos: “No pueden seguir haciendo esto y no quiero que lo hagan conmigo”, es decirles que tienen que quitar eso. Y es decirle al mundo: “Vamos. ¿O ustedes sí quieren a los cubanos en las fronteras de sus países?” Porque eso va a seguir pasando. La solución no está en bajarle un poquito a la intensidad al problema para que la gente en Cuba se quede tranquila dentro de Cuba.

Hay, por ejemplo, una resolución de las universidades mexicanas de que no van a aceptar más cubanos, porque emigran a los Estados Unidos. Y en medio de eso, AMLO apoyando al gobierno cubano. No hay un pronunciamiento sobre eso, solo sobre que los cubanos llegan a México porque quieren cruzar la frontera. Y el problema no es que los cubanos mienten y dicen que vienen a estudiar porque quieren cruzar la frontera, aunque por supuesto eso sucede. El problema es mucho más grande. Eso de la frontera es importante.

Yo no he perdido la residencia cubana; sería el primer caso de cubana con residencia activa que no la dejan entrar a su país. Entonces, hay que tensar la cuerda. No podemos esperar a que la ONU obligue a Cuba a que cambie eso. Hay que hacerlo desde uno porque es a uno a quien le violan los derechos. Hay gente que se ha ido por un día y no ha podido regresar nunca más.

El problema aquí no es “no me lo vas a hacer porque no me da la gana”. No es eso, es que no puede ser porque destruye la vida; cuando se pasa algo así no levanta cabeza más nunca. Yo he visto gente que ha venido a abrazarme aquí diciéndome: “Me han destruido la vida, no soy feliz”. Mucha gente no es feliz por haber salido, aunque viva “mejor”. Y no es porque los cubanos no puedan ser felices si no es dentro de Cuba. Pero si no eres feliz… ¿cómo vas a solucionar eso?

Claro, todos los lazos rotos, la familia; es un daño muy grande. Por otra parte, todo el esfuerzo en la dirección de aprender de las experiencias de vivir en otros países, de abrirnos como sociedad civil a la alteridad y escuchar otras experiencias y enriquecernos y evadir la lógica de la frontera, es malogrado porque el punto de quiebre sigue siendo ese manejo del límite de un país rodeado de mar con un gobierno que decide quién entra y quién sale. Es como que todo lo que queremos romper por otras vías es deshecho con este control sobre la entrada y la salida.

El mar… Si no fuéramos una isla, esa dictadura no existiría. No hubiese sido posible…

El Estado cubano ha demostrado ayer, en un nuevo episodio de arbitrariedad e impunidad en la violación de derechos humanos elementales, que continúa teniendo el predominio de la fuerza. Los argumentos, sin embargo, están en otra parte; están en los territorios del regreso, incluso en los regresos que pueden ser todavía impedidos.

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