La novela latinoamericana es en lo general un documento más exacto que la historia. Se desarrolla en torno a los puntos más sensibles. Explica el punto de vista del campesino, de la masa. No tiene las limitaciones de los informes oficiales. Y si puede ser caricaturesca y tener puntos de vista interesados, de los mismos defectos adolecen no pocas veces ya no los simples informes oficiales, sino las estadísticas”.[1]

Teniendo en cuenta estas palabras de Germán Arciniegas y dada la enorme resonancia que ha tenido la Revolución cubana en todo el mundo, sorprende el poco caso que se ha hecho de más de doce novelas inspiradas en este fenómeno histórico, que se han publicado en los cuatro últimos años.

Lo primero que salta a la vista en el estudio de las novelas de la Revolución cubana es que se dividen en dos grupos, las que se publicaron en 1959 y 1960 y las que no salieron a luz hasta 1961. En el primer grupo figuran cinco obras: La novena estación (1959) de José Becerra Ortega;[2] El sol a plomo (1959) de Humberto Arenal;[3] Bertillón 166 (1960) de José Soler Puig;[4] Una cruz en la Sierra Maestra (1960) del ecuatoriano Demetrio Aguilera Malta;[5] y Mañana es 26 (1960) de Hilda Perera.[6]

La acción de todas transcurre durante los últimos meses de 1958. El triunfo de la Revolución aparece sólo brevemente en el libro de Aguilera Malta, donde se emplea el desfile del 8 de enero de 1959 como motivo para iniciar y cerrar los recuerdos de la acción en la Sierra Maestra, y en el último capítulo de Mañana es 26. A excepción de la obra ecuatoriana, la acción se sitúa principalmente en la ciudad: tres en La Habana y Bertillón 166 en Santiago.

El tema constante de las cinco novelas es la persecución despiadada de los conspiradores revolucionarios por los esbirros de Batista. Más que nada, los escritores parecen criticarle a Batista las torturas llevadas a cabo en el último año de su régimen. Los títulos de dos de las novelas se refieren directamente a eso. La novena estación es donde un capitán de policía se ensaña contra sus víctimas. Bertillón 166 es la clave jurídica que se usa en el periódico para identificar a los muertos por actividades revolucionarias. En Una cruz en la Sierra Maestra, un sargento sicopático interroga a unos campesinos que tienen escondidos a dos revolucionarios heridos. Cuando no le revelan nada obliga a la más apetecible de las señoras a bailar con él mientras los otros tienen que marcar el compás batiendo palmas. Luego mata al marido y viola brutalmente a la viuda. En El sol a plomo, el capitán Fortuna y los otros policías se vuelven frenéticos golpeando y pateando a una maestra y pasándole corrientes eléctricas a otro revolucionario. Mañana es 26, escrita por una mujer, es la única novela de este grupo en que no se presentan directamente las escenas de tortura.

¿Quiénes son estos conspiradores revolucionarios que sin excepción rechazan la oportunidad de salvarse mediante la delación de los otros? En tres de las novelas, queda muy claro que pertenecen al Movimiento 26 de Julio; en El sol a plomo, son miembros del Movimiento a secas, que podría ser el del 26 de julio; y en La novena estación, se trata de otro grupo revolucionario sin nombre. En las cinco novelas los revolucionarios son jóvenes; en cuatro, se insiste en su carácter de estudiantes universitarios; en dos, son de la clase alta mientras en las otras son probablemente de la clase media. No hay ningún protagonista proletario. En la novela de Aguilera Malta, la única que de veras tiene lugar en la Sierra, de los seis hombres que integran la patrulla revolucionaria, sólo dos son cubanos, un estudiante de medicina y su hermano a cuya esposa los esbirros habían matado cuando estaba por dar a luz. Los otros del grupo son el argentino Che Cavalcanti, el texano Bob, el periodista mexicano y el viejo profesor español. De estos seis, los primeros cuatro mueren pronto, de manera que los verdaderos protagonistas son el mexicano y el español, además de los campesinos que los protegen.

El caso del español llama mucho la atención porque en todas estas novelas es el único revolucionario viejo. En efecto, uno de los subtemas de Bertillón 166, de Mañana es 26 y de algunas de las novelas más recientes, es la falta de comprensión de parte de los padres de los revolucionarios, algunos de los cuales habían participado activamente en la lucha contra Machado en 1933. Es que como vieron que la caída de Machado no señaló el fin de los males de Cuba, mantienen una actitud cínica frente al idealismo de sus hijos.

¿En qué consiste ese idealismo? ¿Están peleando sólo por acabar con el terror del régimen batistiano? Sí y no. El sol a plomo y Una cruz en la Sierra Maestra son de carácter episódico donde el único afán de los revolucionarios es derribar a Batista. En las otras tres novelas, se nota una creciente preocupación social, pero sin que esta pase de ser un tema secundario.

En La novena estación, el autor denuncia a los dirigentes del país por no tener ningún programa para ayudar a los pobres. En una escena breve y artificial, un viejo campesino se queja a los prófugos revolucionarios de las malas condiciones en los cañaverales, sin mencionar a los Estados Unidos.

En Bertillón 166, como la acción se desarrolla en Santiago, el ambiente revolucionario es más intenso. Carlos proclama que quiere un gobierno “para los humildes, para los obreros, para los campesinos, los estudiantes” (p. 154). Se critica a los Estados Unidos tanto por su ayuda a Batista como por su dominio económico de la isla. Uno de los protagonistas es comunista, pero tanto por su filiación ideológica como por proceder de La Habana, los otros no lo aceptan completamente. En cambio, los revolucionarios se sienten más ligados al cura valiente que los esconde en la iglesia y resiste la interrogación de los oficiales batistianos.

Mañana es 26 parece haber sido escrita después de las obras anteriores. El diálogo entre Rafael y su tío constituye la expresión más clara de los ideales de la Revolución. El joven revolucionario ve la necesidad de una reestructuración económica a base de “la reforma agraria, la división de los grandes latifundios, el proteccionismo aduanal” (p. 32). La preocupación continental de Rafael y su disposición de transigir con los ideales políticos del futuro comprueban la posterioridad de esta novela a las otras. “Cuba va a resolver la incógnita de Hispanoamérica: si dentro de la democracia institucional pueden llevar a cabo las profundas transformaciones económicas, o si para esa labor, es inevitable caer en dictaduras de izquierda” (p. 34).

Además de las palabras, la preocupación socioeconómica aparece en la escena, tan gratuita como la de La novena estación, en casa de un campesino que dice:

—En vese que comíamo, en vese que no. En vese teníamo zapato, en vese que no, en vese teníamo medicina, en vese la sufríamo, en vese alcanzábanlo un troso e vianda, en vese que no y así arando, pega a la batea ¡míreme las mano! crío yo mi hijo, de diez y seis años que tenía! Y un día vienen y disen que es rebelde, (p. 139).

Por interesantes que sean estas pocas escenas sobre los ideales de la Revolución, vuelvo a insistir que ocupan un papel bien secundario dentro de cada novela. En cambio, es mucho más significante la actuación novelística de los representantes de la clase baja. En las cinco novelas no hay ningún protagonista proletario. Los campesinos tienen un papel importante sólo en la novela de Aguilera Malta. En La novena estación y Mañana es 26 se introducen sendas escenas con campesinos de una manera forzada. En cuanto a la gente pobre de la ciudad, desempeñan papeles secundarios; son indiferentes a la Revolución; se sienten ligados a Batista; y traicionan a los revolucionarios. Es más, en las cuatro novelas cubanas, los autores revelan una actitud racista. En La novena estación el chofer de los esbirros es mulato; en un vistazo de un salón de baile, el autor comenta que ahí es donde van chinos y mestizos a buscar mujeres fáciles; y la brutalidad de la policía de Batista se compara con la de las tribus más salvajes de África. En El sol a plomo, el chivato que delata a los secuestradores es un alcahuete negro, mientras los policías comentan que bajo Batista ya no se sienten tan despreciados por los intelectuales. En Bertillón 166, uno de los protagonistas es el comunista negro que siente la desconfianza de sus correligionarios, porque todo el mundo dice que “los negros no se meten con Batista” (pp. 44, 126). Mañana es 26 es la única de las cuatro novelas donde se entreteje una trama de pobres con la trama principal de los revolucionarios de la clase alta. Se trata de la vida de las criadas en La Habana, pero, aunque la idea original de la autora hubiera sido hacer un contraste entre la vida frívola de la señora Teresa y la vida desgraciada de sus criadas, la novela se le escapa cuando Teresa se convierte en una especie de heroína revolucionaria y las criadas no se ven tan maltratadas.

Este intento malogrado de justificar la Revolución desde el punto de vista social, junto con la presentación de algunos personajes históricos, marca el papel transicional de Mañana es 26 respecto a las otras novelas. El capítulo final describe la entrada triunfal de los barbudos en las calles de La Habana. Aparecen Fidel Castro, su hijito y Camilo Cienfuegos “como un Nazareno Vigilante” (p. 227).

Nuestro estudio sería incompleto si no hiciéramos una evaluación literaria de estas obras. Todas son mediocres o peores y por eso interesan más como documentos históricos que como literatura.

La novena estación lleva un parecido asombroso con la Amalia de José Mármol: la lucha por la democracia contra un dictador tiránico que se mantiene en el poder a base de un gran sistema de espionaje; los héroes aristocráticos y la actitud racista del autor; y la convalecencia del héroe en la casa de campo de una señorita de quien se enamora. Además de la coincidencia de estos detalles, La novena estación tiene el mismo tono sentimental y melodramático que su prototipo argentino. El autor también peca por exceso de moralizar.

El sol a plomo es una buena novela de aventuras llena de suspenso, pero sin trascendencia alguna. Es una versión novelada del secuestro del corredor de coches argentino Juan Fangio -transformado en un boxeador mexicano.

A mi juicio, la mejor novela de este primer grupo es Bertillón 166, cuya presentación realista, no romántica, del terror en Santiago convence más que las obras anteriores. Sin embargo, tampoco es lo que se podría llamar honradamente una buena novela: el autor trata de manejar en pocas páginas demasiados personajes, quienes no llegan a individualizarse bastante; parece olvidarse del cura que es el héroe del primer capítulo; y emplea el marco artificial de un mendigo sordo en las gradas de la Catedral, inspirándose tal vez en El señor Presidente de Miguel Angel Asturias, pero sin que el mendigo desempeñe ningún otro papel en la novela.

Ya hemos aludido a la mala fusión de los distintos elementos de Mañana es 26. El propósito de la autora queda confuso. No logra justificar la Revolución y tampoco nos convence del terror batistiano.

Una cruz en la Sierra Maestra de Aguilera Malta trata de captar la esencia de toda la guerra en un solo episodio, cuya concentración recuerda Por quién doblan las campanas, de Hemingway; pero esta novela, igual que Canal Zone (1935) y Madrid (1939) del mismo autor, es muy inferior a su obra maestra Don Goyo (1933) y a sus cuentos de Los que se van (1930). Aunque se mantiene el interés constantemente, el tono melodramático le resta valor literario. Basta citar los títulos de varios capítulos: “La patrulla suicida”; “El niño que no nació”; “La muerte anda con botas”; “Un corazón que canta»; “El tiburón saca su aleta”; “Comienza el torbellino”; “La hora trémula” y “Cuando estuvo alto el sol”.

Mientras las novelas susodichas llevan epígrafes de José Martí (La novena estación), de Jorge Mañach (El sol a plomo) y de Abraham Lincoln (Una cruz en la Sierra Maestra), la primera novela del segundo grupo lleva un epígrafe de Jean Paul Sartre, cuya visita a Cuba en marzo de 1960 parece haber inspirado a los autores de cuatro de las novelas más recientes. En efecto, mientras las novelas de 1959 y 1960 se destacan por sus héroes románticos que viven de una manera melodramática, en un período corto de menos de un año; los protagonistas del segundo grupo de novelas son seres existencialistas, cuya angustia abarca todo el período prerrevolucionario con el fin de justificar la revolución social. En La búsqueda (1961) de Jaime Sarusky,[7] no hay ninguna alusión a Batista ni a los rebeldes, pero el autor deja la impresión de que quería pintar el ambiente de la vieja Cuba. El protagonista, flautista en una orquesta de baile, de repente decide “llegar” tocando en la orquesta sinfónica. Su fracaso es una denuncia simbólica de la Cuba de 1940 poblada de gente mezquina, prostitutas, traficantes en drogas y policías.

Otro cuadro de la vida prerrevolucionaria se presenta en El descanso (1962) de Abelardo Piñeiro,[8] la única obra con protagonistas proletarios. El autor parece conocer muy bien el ambiente, pero se pierde en su intento de entretejer los problemas sociales y sentimentales de los diversos personajes. La intervención de la policía y la complicidad de los tribunales para evitar una huelga constituyen una denuncia del “Gobierno Auténtico” sin que se precise la fecha de la acción.

Tampoco hay límites cronológicos en el mundo rural. Tierra inerme (1961),[9] la única novela de la tierra de todas estas obras revolucionarias, aunque no alude ni a Batista ni a Castro, es un intento de justificar la reforma agraria y la Revolución en general. Los guajiros, pobres, analfabetos y enfermos trabajan en la hacienda de Clemente Muñoz, pero éste no sólo no los explota, sino que los trata relativamente bien. La autora, Dora Alonso, habla pestes de los dueños americanos del cañaveral cercano, pero ellos no intervienen en la novela excepto cuando Mr. Higgins atropella a un pobre niño idiota sin parar su coche. Toda la segunda parte, “El mundo de los juanes”, está dedicada al cuadro del caciquismo a la manera de Rómulo Gallegos. Como éste, la autora insiste en el carácter pintoresco de sus caciques, pero los hermanos Pablo Juan y Juan Pablo Montero no son tan malévolos como los Ardavines de Canaima. Las críticas de los médicos, los farmacéuticos y la maestra rural tampoco convencen porque no están bien integradas en la trama principal, cuya protagonista no es un ser explotado sino la sobrina del hacendado que sufre mucho por un amor desilusionado, pero que acaba por encontrar el amor verdadero con el hijo culto de uno de los hermanos caciques. La novela también sufre de un exceso de personajes y de la repetición artificial de la palabra “inerme”.

No hay problema (1961) de Edmundo Desnoes[10] abarca el período extenso, pero fijo de 1952 a 1958. Comienza con el golpe de Batista y termina con la intensificación de las actividades revolucionarias en la Sierra. Sebastián, hijo de un cubano y de una americana, sufre de la falta de comprensión en el mundo existencialista de la Cuba batistiana. Corresponsal por una revista de Nueva York, es un joven inteligente y sensible que no puede comunicarse ni con sus padres, ni con sus amigos, ni con sus amantes, ni consigo mismo –además de Martí, los escritores predilectos de Desnoes son Dostoiewski, Kafka y Baroja–. Sin embargo, esta obra se entronca algo con las del primer grupo por la decisión heroica de Sebastián de volver de Miami a Cuba a pesar de las torturas que sufrió a manos de los policías de Batista.

También Los días de nuestra angustia (1962) de Noel Navarro[11] parece a primera vista pertenecer a las novelas del primer grupo por su énfasis en la brutalidad de los esbirros batistianos, pero la actitud del autor coloca la obra entre las del segundo grupo. El título existencialista es un reflejo fiel del estado síquico de los personajes más importantes. La división del libro en dieciséis épocas; las páginas “panorámicas” (varias de las cuales son antiyanquis) que preceden las primeras catorce épocas. En las biografías de Castro, Cienfuegos y Che Guevara –no se puede negar la influencia de Dos Passos; el transcurso de la acción tanto en el campo como en la ciudad; la mayor preocupación social– todo indica el afán del autor de justificar la Revolución cubana y de colocarla en su marco histórico. Además, en la solapa se anuncia que es el primer tomo de una trilogía, cuyos otros tomos todavía no se han publicado.

Los muertos andan solos (1962) de Juan Arcocha,[12] una obra salpicada de existencialismo, abarca el período posrevolucionario, lo mismo que prerrevolucionario. Al parecer, la acción comienza unos pocos días antes de Año Nuevo de 1959, pero por medio de una serie de recuerdos individuales, se intenta captar toda la época prerrevolucionaria. La protagonista es ninfómana que odia a todos los hombres menos a su hermano homosexual. Se rodea de un grupo de jóvenes que son “muertos andantes” por su falta de idealismo. Su vida no consta más que de paseos a la playa de Varadero, chismes sociales, obsesión por las últimas modas del Norte y alguna que otra orgía. La Revolución al principio apenas afecta la vida de los protagonistas, pero poco a poco va creciendo hasta disolver el grupo.

En contraste con los autores del primer grupo de novelas, Juan Arcocha se distingue por su falta de preconceptos raciales y por su preocupación por los de abajo. Despreciados por los protagonistas, los pobres mestizos, mulatos y negros resultan simpáticos para el lector. En un cafecito de Matanzas la discusión sobre el aspecto pintoresco de los bohíos de los guajiros resulta ridicula con la llegada de una joven guajira encinta seguida de sus dos niños enfermizos.

El “judas” del libro es Rogelio, hijo de pescadores pobres, cuyas ganas de penetrar en el mundo de los ricos lo lleva a dejarse enamorar por la ninfómana Rosa. Al lograr dominarlo, ella lo echa de la casa. Rogelio, incapaz de volver al pobre hogar de sus padres, se suicida.

En cambio, Luis, otro miembro del grupo, logra salvarse abrazando la causa revolucionaria-comunista y separándose definitivamente de Rosa. El papel heroico de Luis se anticipa por su actitud frente al negro que chotea a Carmen en la gran concentración frente al Palacio: “—¡Arriba, miren pa’ esa blanquita, cómo le mete…! (Luis) Viró el rostro hacia el negro y se rió con él y ambos compartieron su alegría” (p. 90). El apoteosis final de Luis debilita esta novela que por otra parte no es mala.[13] Al darse cuenta que Rosa ha seducido descaradamente al marido de su criada Caridad, Luis le da la espalda definitivamente a su vida anterior. En un acto de compañerismo revolucionario, ayuda a un soldado “medio mulato, medio indio” (p. 248) a poner en marcha un carro intervenido. Redimido, vuelve a la casa donde su esposa Esperanza ha comenzado a leer obras comunistas para comprender mejor la Revolución. “El viejo mundo se derrumbaba a su alrededor y tenían que apoyarse el uno en el otro para mantenerse firmes. Emprenderían juntos el camino. La haría comprender todo, la convencería de que ella tampoco debía mirar hacia atrás. Era hacia adelante que había que mirar, para no convertirse en estatuas de sal…” (p. 251).

Aunque hemos hecho hincapié en las diferencias entre los dos grupos de novelas, que parecen reflejar las dos etapas de la Revolcón, también se destacan ciertos rasgos en común:

  • Predomina el escenario urbano sobre el rural.
  • Los protagonistas en general (El descanso es la única excepción) no son ni obreros ni campesinos; ni mestizos ni mulatos ni negros; son blancos que pertenecen a la clase media o a la aristocracia.
  • Los antagonistas son los policías y los soldados de Batista.
  • Los explotadores norteamericanos actúan muy poco en la novela.
  • No hay ninguna nota anticlerical.
  • Los comunistas intervienen muy poco, aunque en la última novela que analizamos, Los muertos andan solos, la Revolución está totalmente identificada con el comunismo.
  • Predominan los asuntos novelescos sobre los asuntos históricos. Los personajes históricos apenas aparecen.
  • Las novelas son uniformemente mediocres o peores.
  • Casi todos los autores son nuevos. No hay ninguna novela revolucionaria publicada por los ya consagrados valores literarios. El mismo Alejo Carpentier, que todavía está con Castro, aún no ha tratado el tema revolucionario.

Mientras el segundo grupo de novelas revela una mayor preocupación por los ideales sociales de la Revolución cubana, la novela más reciente que he leído puede indicar el comienzo de un tercer grupo totalmente incorporado en la ideología comunista. Maestra voluntaria de Daura Olema García,[14] que ganó el premio nacional de 1962, es la autobiografía doctrinaria de la conversión de una maestra voluntaria al comunismo en la Sierra Maestra. El individuo está totalmente subordinado al grupo. Aun Fidel ya no se considera indispensable. Desde luego que es muy útil, pero la Revolución no puede depender de un solo individuo. Al mismo tiempo, la creencia en la humanidad sustituye a la creencia en Dios. Los maestros voluntarios estudian los principios del comunismo y la economía política de la Unión Soviética. El sentimiento solidario del grupo se refuerza con la presencia de rebeldes en la Sierra y la invasión de Playa Girón.

Como reacción frente a la comunización de la Revolución cubana, ya ha comenzado a surgir una literatura antirrevolucionaria. La única novela de este tipo que conozco es Ya el mundo oscurece de Salvador Díaz Versón,[15] fechada por el autor en marzo de 1960 y publicada el año siguiente en México. Escrita en el estilo de las novelas folletinescas del siglo XIX, esta obra es una denuncia tremenda de la dictadura comunista de Fidel Castro desde el punto de vista de un católico fervoroso, quien además critica el Partido Ortodoxo por su liberalismo, simpatiza con la dictadura de Franco en España y hasta defiende a Batista. La misma actitud racista que notamos en las primeras novelas antibatistianas también se ve aquí en el maltrato de los presos políticos por algunos oficiales negros.

En contraste con esta subliteratura, el cuento antirrevolucionario[16] ha sido cultivado por dos de los mejores literatos cubanos, Ramón Ferreira y Lino Novás Calvo. “Sueño sin nombre” de Ferreira,[17]17 que ganó una mención honorífica en el concurso patrocinado por Lije en español, es la única obra que no es ni pro o anti-Batista ni pro o anti-Castro. Aunque el episodio -la colocación de una bomba delante de un almacén habanero por un niño inocente- puede haber sucedido en los últimos días de Batista, podría suceder hoy mismo. Es más, el cuento no depende del conflicto entre las fuerzas políticas, sino de la muerte simbólica de una mujer que representa el amor humano y los efectos traumáticos que puede tener esa violencia sobre la vida futura del niño.

El mejor cuentista contemporáneo de Cuba y uno de los mejores de toda Hispanoamérica es Lino Novas Calvo, quien dirige actualmente la revista Bohemia Libre en Nueva York. Entre diciembre de 1961 y julio de 1962 publicó cuatro cuentos antirrevolucionarios bastante buenos.[18] En los tres primeros, el tema constante es la muerte de personas inocentes a manos de los barbudos victoriosos. En “La abuela Reina y el sobrino Delfín”, publicado el 8 de julio de 1962 se ensancha la visión para presentar la desintegración total de una familia bajo el régimen de Castro. Tío Martín muere en una defensa inútil contra la confiscación de su ferretería por el gobierno. Teresita se suicida incendiándose después de descubrir que su novio es un espía castrista y que ha delatado a todos sus amigos. Los criados se adueñan de la casa. Se dimite a los burócratas civiles; se confiscan las cuentas del banco; se prohíbe la instrucción religiosa; hay carestía de todo; y las actividades contrarrevolucionarias aumentan en la sierra, en los cañaverales y en la ciudad. Todo se presenta en un ambiente de realismo mágico creado por la presencia constante de la abuela medio loca que jura vengarse cuando su sobrino baje de la sierra. No sólo los otros personajes, sino también el lector, quedan asombrados cuando en efecto esto sucede.

No cabe duda de que todos estos cuentos y novelas son interesantes, porque contribuyen a una mayor comprensión de la Revolución cubana. Sin embargo, hay que constatar que todavía no se ha escrito la obra maestra de la Revolución cubana y que es probable que no se escriba por mucho tiempo, tanto por la censura dentro de Cuba como por el partidarismo apasionado de los cubanos dentro y fuera de Cuba.


Notas:

[1] Germán Arciniegas: Entre la libertad y el miedo, Ediciones Cuadernos Americanos, México, 1952, p. 22.

[2] José Becerra Ortega: La novena estación, Imprenta “El Siglo XX”, La Habana, 1959, 133 pp.

[3] Humberto Arenal: El sol a plomo, 2 ed., Ediciones Nuevo Mundo, México, 1959, 132 pp.

[4] José Soler Puig: Bertillón 166, Casa de las Américas, La Habana, 1960, 217 pp.

[5] Demetrio Aguilera Malta: Una cruz en la Sierra Maestra, Sophos, Buenos Aires, 1960, 170 pp.

[6] Hilda Perera: Mañana es 26, Lázaro Hnos., La Habana, 1960, 227 pp.

[7] Jaime Sarusky: La búsqueda, Ediciones R, La Habana 1961, 206 pp.

[8] Abelardo Piñeiro: El descanso, Ediciones Unión, La Habana, 1962, 201 pp.

[9] Dora Alonso: Tierra inerme, Casa de las Américas, La Habana, 1961, 202 pp.

[10] Edmundo Desnoes: No hay problema, Ediciones R, La Habana, 1961, 225 pp.

[11] Noel Navarro: Los días de nuestra angustia, Ediciones R, La Habana, 1962, 383 pp.

[12] Juan Arcocha: Los muertos andan solos, Ediciones R, La Habana, 1962, 251 pp.

[13] En una reseña publicada en la revista Bohemia, en enero de 1963, Rogelio Luis Bravet critica Los muertos andan solos, por su lenguaje soez y por ser los antagonistas “dos seres totalmente parasitarios… Pero desde el punto de vista social tendría mayor interés dramático describir el conflicto con la Revolución, no de los burgueses parásitos y viciosos, sino de los laboriosos hombres de empresa y honrados profesionales privilegiados que incluso lucharon contra la tiranía de un modo u otro y sustentaban ‘ciertos’ principios de justicia social, pero que, al verse ante el hecho desnudo y real de la Revolución, se replegaron en sus intereses de clase y en su característica sumisión al imperialismo norteamericano, traicionando a su patria y a su pueblo. Ahí está el drama, ‘vivito y coleando’ y no entre el ‘lumpen’ adinerado que organizaba orgías en Varadero los fines de semana”.

[14] Daura Olema García: Maestra voluntaria, Casa de las Américas, La Habana, 1962), 148 pp.

[15] Salvador Díaz Versón: Ya el mundo oscurece, Botas, México 1961, 228 pp.

[16] No he comentado los cuatro tomos de cuentos revolucionarios, que cito a continuación, a causa de su escaso valor literario y su semejanza temática e ideológica con las novelas:

  • Luis Agüero: De aquí para allá. Cuentos, Ediciones R, La Habana, 1962, 125 pp.
  • Guillermo Cabrera Infante: Así en la paz como en la guerra. Cuentos, Ediciones R, La Habana 1960, 201 pp.
  • Calvert Casey: El regreso. Cuentos, Ediciones R, La Habana 1962, 124 pp.
  • Raúl González de Cascorro: Gente de Playa Girón, Casa de las Américas, La Habana 1962.

[17] Ramón Ferreira López: “Sueño sin nombre”, en Ceremonia secreta y otros cuentos de América Latina, Doubleday, Nueva York, 1961.

[18] Lino Novas Calvo: “Un buchito de café”, Bohemia Libre, diciembre de 1961; “El milagro”, Bohemia Libre, 29 de abril 1962. Lino Novas Calvo, “Fernández al paredón”, Bohemia Libre, 27 de mayo de 1962; “La abuela Reina y el sobrino Delfín», Bohemia Libre, 8 de julio de 1962.


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