Testimonio del 11-J: “Ansias del alba”

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Un joven graba con su teléfono móvil la actuación policial durante las manifestaciones del 11 de julio en La Habana. Foto: Rialta.
Un joven graba con su teléfono móvil la actuación policial durante las manifestaciones del 11 de julio en La Habana. Foto: Rialta.

Presentamos a continuación el testimonio –entrecruzadas sus versiones escrita y oral– de un joven artista plástico cubano que participó y fue detenido por la policía en las manifestaciones del 11 de julio en La Habana. Por razones de seguridad, el autor ha solicitado no revelar su identidad.

[oye, nada, ya llegué hace un ratico…].

En la tarde del domingo 11 de julio me dirigí en mi bicicleta hacia Centro Habana, lugar donde mayor número de personas se concentraban para exigir libertad. En ese andar por las calles me encontré muchas escenas desgarradoras, hasta el punto de sacarme las lágrimas. La represión no creía en mujeres, menores ni ancianos, todos eran castigados incluso hasta por el simple hecho de documentar lo ocurrido con un teléfono celular.

Así llegué hasta las cercanías de Galiano, donde las personas en estampida intentaban escapar; entre la multitud pasó delante de mí una mujer corriendo calle abajo, y tras ella un policía vestido de azul que le lanzó una porra a las piernas. La mujer cayó al suelo; otros tres policías llegaron y juntos la empezaron a patear [le estaban dando por la cara, con botas… por la cara… palos…, de todo le estaban dando a la mujer…]. Sólo uno de ellos alertó que no debía ser golpeada y se mantuvo al margen.

La adrenalina y la impotencia me hicieron reaccionar. Desde mi bicicleta, les grité que dejaran el abuso, que, por favor, se detuvieran; pedí a gritos a las personas en los balcones que, por favor, documentaran lo que estaba pasando y no se quedaran simplemente mirando, que no fueran cómplices de tal violencia [“…filmen, filmen lo que está pasando aquí, filmen”; había una pila de gente como mirando nada más, en el chisme]. En ese momento, tres agentes […estos hijos de puta] de la Seguridad, con pantalones verde olivo, llegaron y me tumbaron; me esposaron hasta cortarme en las muñecas y patearon mi bicicleta mientras decían que no la volvería a ver.

Así, entre maltratos y ofensas me llevaron a lo largo de dos cuadras; delante de mí uno de ellos corría [comiendo pinga] con mi bici y gritaba que a partir de ahora sería de Fidel, de Díaz-Canel y del pueblo […que la calle era de los revolucionarios]. No podía creer lo que escuchaba [vaya… feo, feo]. Me llevaron ante uno de sus superiores quien determinó (este fue de los pocos que no me ofendió) que me trasladarían en un carro junto a mi bicicleta [atrás, en el capó]. Me montaron en un Lada rojo y dentro [cuatro imbéciles, cuatro militares de mierda de estos] comenzaron a decirme gusano, escoria [un miserable], y que yo iba a saber lo grande que era la Revolución. Estos ni siquiera sabían por qué causa me llevaban. Pedí que me aflojaran las esposas. Me gritaron que me callara y que aguantara como un hombre…

Llegamos a la estación de Zanja, donde volvieron a lanzar mi bicicleta [“…no la vas a volver a ver en tu vida”]; aseguraban que la convertirían en chatarra revolucionaria. Allí me recibieron con un mitin de repudio [ya tú sabes…] que coreaba vivas a Díaz-Canel y a la Revolución. Me quitaron el teléfono [tampoco lo vi más ni me preguntaron mi número ni nada] y me llevaron hasta una oficina para quitarme las esposas. Ahí encontré a una madre con su hija, ambas con los ojos hinchados; habían recibido gas pimienta. El llanto era estremecedor.

Luego me llevaron hasta un calabozo de cuatro por cuatro metros. Cuando llegué éramos 13; cifra que a la hora se había convertido en 30, incluidos tres menores de edad de 16 o 17 años. Había entre nosotros heridos: algunos sangraban [las cabezas partías], otros presentaban fracturas [en las manos, en los pies…]. Varios estaban descalzos; otros habían perdido sus nasobucos en las detenciones. Había un extranjero, quien a la hora fue puesto en libertad. Uno de los menores estaba muy asustado y mostraba preocupantes síntomas de hipoglicemia; pedimos que fuera atendido [no nos hicieron caso…] y la reacción fue muy lenta. Lo sacaron de la celda unas dos horas después, junto a un señor de unos 50 años que tenía un dedo desgarrado debido a un portazo cuando lo montaron violentamente en la patrulla.

Empezamos a conocernos y a hacer empatía. Muchos jóvenes con preocupaciones e ideas frescas, inteligentes y con mucha sensibilidad. Todos mostramos nuestras posturas y era evidente que nos unía muy fuerte nuestro amor por Cuba y por su libertad. Para sorpresa nuestra, regresó el señor del dedo desgarrado, con el brazo enyesado y aún rabiando de dolor. Le habían puesto 15 puntos. Nos dijo: señores, no estamos solos, la gente sigue en las calles y afuera de la estación hay un mar de personas. Sin dudas fue el momento más emocionante y motivador de la noche, uno de los muchachos dijo: cantemos el himno nacional a la cuenta de tres. Juro que nunca había oído cantar nuestro himno con tanta bomba. Se unieron todas las celdas al canto y a más de uno le saltaron lágrimas […aplaudiendo, gritando “Libertad, libertad, libertad…”, y los policías ahí, los del pasillo, ya tú sabes estaban como… nosotros estamos loquito también por que se caiga esto]. No quería que ese momento acabara nunca.

Poco a poco fuimos relajándonos. No nos brindaron comida y a la hora de tomar agua teníamos solo un jarro para los 30 del cual no quise tomar. Por tanto, había que guardar energías. Hicimos espacio para que durmieran acostados los que en peores circunstancias se encontraban. Otros no dormimos. Era mucha la preocupación; más aún por la imposibilidad de hacer alguna llamada. Los que quedamos despiertos estuvimos cantando varias canciones; recuerdo con especial cariño “Ansias del alba”, de Santiago Feliú.

Cada cierto tiempo, un guardia venía y nos decía que nuestro destino era Villa Marista y que, poco a poco, nos irían llevando uno a uno… Se pueden imaginar la tensión.

Justo a las 3:00 a.m. quedábamos unos 15 o 20 y decidieron cambiarnos de calabozo [el maltrato otra vez, diciéndonos de todo…]; el nuevo destino era veinte veces peor [estaba más heavy todavía]. Unas 50 personas [te tienes que acostumbrar a caras nuevas], hacinadas. La celda era más cerrada, y los malos olores eran asfixiantes [una peste a orine de pinga ahí]. No podía creer que nos fueran a dejar allí. Al parecer, seguían llegando personas y había que apiñarnos todavía más [había gente que estaba un poco alterada también, y eso tú sabes que tensa un poco más las cosas]. En la nueva celda, el señor de la lesión en el dedo se desmayó. Había perdido el conocimiento. Parecía que se iba; no reaccionaba con nada. Cerró los ojos, y empezamos a dar golpes contras las paredes y la reja [bang, bang, bang, bang…] exigiendo que le dieran atención de inmediato. Pedimos que nos ayudaran a sacarlo, medía unos dos metros y pesaba bastante; el guardia dudó un poco, pero finalmente nos ayudó. [Por suerte, ya después, al final de toda la película, lo vi y estaba bien; un tipo supervolao].

Los gritos eran de horror cada vez que traían a alguien. Se escuchaban mujeres gritando, y golpes fuertes. Ya estaba amaneciendo y cada vez éramos menos en la celda, aunque seguían trayendo a más personas a quienes, por alguna razón, mantenían sentadas en los pasillos.

Finalmente llegó mi turno […estuve hasta el final ahí con una persona, un amigo que hice que, por favor, tremendo tipo…] y, por primera vez en tantas horas [17, 18 horas], me interrogaron. Pude explicar las razones de mi detención; dije toda mi verdad y ellos la aceptaron. Buscaron mis pertenencias y me las entregaron. A mi salida [fui a recoger mi bicicleta] me impresionaba mucho ver a policías con sangre en sus uniformes [la ropa rota] y caras de preocupación [igual que todo el mundo adentro, porque nunca hubo una atención ni a los menores de edad ni a los que tenían cabeza partía; hubo uno con la cabeza sangrando… toda la noche la tuvo sangrando].

Debo decir que he visto muchos videos y fotos de todo lo ocurrido. Para mi sorpresa he encontrado, en algunos, a gente que conocí esa noche. Va mi respeto y mi admiración para todas esas valientes y lindas personas [gente con tremenda bomba… gente inteligente… en fin, una cosa superbonita]. Muchos de ellos aún continúan desaparecidos [no, el lío es que ya se los llevaron de ahí, de Zanja, esos padres han ido allí a buscarlos y ya no están…].

[y nada… esa es la película].

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