Primero… ¿Quién es Elmer Castillo?
Elmer Castillo: Guantanamero, guajiro guantanamero. Del Año del perro y del mes del escorpio, pero con vocación de ave migratoria. Desde que salí del terruño he dado bastante rueda, empezando por Madrid, después Connecticut, y hace unos años me asenté en Miami. Y ahora paso más tiempo en La Habana con la mitad que se quedó; mi viejita que acaba de cumplir 74 años y ya no soporta mis ausencias, y encima le tiene miedo a la oscuridad.
Desde mi primera exposición personal en el 2000, en la Galería La Celosía de la UNEAC, en Guantánamo, pasando por muestras en Udine, Italia, en Hartford, Connecticut, en Dortmund, Alemania…, mi vida ha estado marcada por el desplazamiento. Creo que durante mucho tiempo esos desplazamientos pertenecieron a mi biografía, pero no necesariamente a mi obra. Y ahora parece que ambas cosas comenzaron a encontrarse.
La Espiral que no se expande es un proyecto que has venido desarrollando desde hace un tiempo. ¿Cómo surge este proyecto, de dónde proviene la inspiración, cómo lo has investigado?
Todo comenzó con la Polymita picta y su espiral. Un caracolito colorido en peligro de extinción que me dio el paralelo perfecto con la situación que vive Cuba, y así nació la idea de la espiral contenida, donde das vueltas y vueltas sin poder salir, sin poder avanzar.
Pensé en generaciones enteras de cubanos que han nacido, crecido y envejecido dentro de una estructura política y social que durante más de seis décadas ha anunciado cambios y transformaciones, pero que constantemente parece regresar al mismo punto.


Con el tiempo entendí que La espiral que no se expande no era una serie de pinturas. Era una interrogante suficientemente amplia como para permitirme investigar dentro de ella.
Cuentas que Memoria Strata es una “subserie” o sección dentro de La espiral que no se expande. ¿En qué consiste Memoria Strata y cómo se inserta dentro del discurso general del proyecto?
Memoria Strata apareció cuando comencé a hacerme una pregunta que, curiosamente, estaba fuera de la investigación inicial. ¿Qué sucede cuando alguien finalmente consigue salir de la espiral?
Durante mucho tiempo había trabajado sobre la contención, sobre la imposibilidad de crecer y desplazarse. Pero muchos cubanos sí hemos salido físicamente de ese espacio. Y ahí comenzó Memoria Strata.
La palabra strata alude precisamente a los estratos, a las capas que se van depositando unas sobre otras. Me interesa pensar que la memoria funciona de una manera semejante. Una nueva ciudad no elimina aquella donde creciste. Una casa nueva no necesariamente sustituye la casa que abandonaste. Las experiencias se van depositando. Por eso las obras están construidas también por capas. En las piezas finales, algunas cosas permanecen visibles y otras desaparecen completamente debajo de nuevas intervenciones, pero continúan formando parte físicamente de la obra.
La investigación aborda experiencias tan disímiles como la Operación Pedro Pan, el cruce del Darién, las familias divididas, las comunicaciones entre quienes se marchan y quienes se quedan.

La primera presentación de Memoria Strata en el Estudio Galería Mansión Castillo ha sido pequeña, pero potente. ¿Por qué decidiste presentar el proyecto ahora, mientras está desarrollándose?
Para mí una exposición o una publicación no es el fin de un proceso investigativo o productivo, y por eso no digo “esto es Memoria Strata”. Más bien he querido presentar el inicio del proyecto que posiblemente me mantenga amarrado durante todo un año.
Fue una presentación muy sencilla, pero terminó siendo mucho más emotiva de lo que esperaba. Había personas mirando determinadas obras y contándome después sus propias historias. En ese momento comprendí que yo podía partir de experiencias cubanas muy concretas, pero esas experiencias pertenecían también a otras personas, ya sean de Camagüey o la Conchinchina.
Algunas obras provocaron controversia entre algunos presentes, como la instalación Esta es tu casa, Fidel. ¿Hay en Memoria Strata una voluntad de hacer arte político? ¿Consideras transgresora una exposición como esta en el contexto de la Cuba actual?
No definiría Memoria Strata como arte político. Sería reducir demasiado una investigación que habla de migración, memoria, separación familiar, fe…, pero tampoco tendría sentido negar la dimensión política de algunas obras.
Esta es tu casa, Fidel es probablemente el ejemplo más evidente. La obra parte de una de aquellas placas metálicas que se colocaron en muchas casas a comienzos de los años sesenta como muestra de adhesión a Castro y su Revolución. Me interesaba recuperar ese objeto más de sesenta años después y explorar cuál es su significado hoy.

La instalación está hecha de puertas antiguas sobre las que descansa una estructura de raíces, fibras y bejucos que termina formando una gran espiral. Hay caos, hay enredo, deterioro; es una arquitectura que ha crecido sobre sí misma hasta convertirse en un laberinto sin salida. Entonces aparece la chapa metálica que dice: “Esta es tu casa, Fidel”.
Yo diría que ahí es donde ocurre la obra, en la semántica. Porque la frase es exactamente la misma, pero la casa ya no lo es. Hoy vivimos en un país desangrado por la emigración, que atraviesa la peor crisis de su historia en todos los ámbitos, causada principalmente por las políticas instauradas hace 67 años. Aquí podría recitar un rosario de penurias, pero mejor volvamos a la frase: “Esta es tu casa, Fidel. Mírala hoy, destruida, sufrida, dispersa por el mundo”.
¿Es político? ¿Es transgresor? Quizás lo transgresor sea recuperar una frase que alguna vez expresó esperanza y adhesión, y permitir que sea leída desde un presente entre ruinas.
Hablas mucho de emigración, pero no desde las estadísticas ni desde la representación directa del viaje. ¿Qué es exactamente lo que buscas cuando trabajas sobre la migración?
Me interesa representar el acto de emigrar, pero me interesa mucho más investigar sus residuos.
Hay una dimensión de la migración que puede documentarse, como fechas, fronteras, rutas, cifras. Pero existe otra que es muchísimo más difícil de registrar. ¿Qué ocurre con un niño que crece mientras sus padres están en otro país? ¿Qué significa conservar durante cuarenta años la llave de una casa a la que nunca regresaste? ¿Qué objetos decidimos llevar cuando sabemos que quizás no volvamos? ¿Por qué alguien conserva una fotografía, una carta, un puñado de tierra?
Ahí es donde comienza para mí Memoria Strata. Quiero trabajar precisamente con esa memoria material. Los objetos pueden almacenar experiencias de una manera extraordinaria. Una puerta puede ser simplemente una puerta hasta que sabemos quién la atravesó por última vez. Un mocho de lápiz de color rojo puede contener una separación familiar completa. Y una piedra de las Minas del Cobre, conservar la fe de los devotos a La Virgen de la Caridad.
No busco construir un archivo histórico convencional de la migración. Me interesa construir una especie de archivo emocional y material. No preguntarme solamente qué ocurrió, sino qué quedó después de lo que ocurrió.
En mayo presentaste La espiral que no se expande en Venecia, en el contexto de la Bienal. ¿Cambió aquella experiencia tu manera de entender el proyecto?
Muchísimo, aunque probablemente no de la manera que esperaba.
Venecia fue la primera ocasión en que pude observar una parte del proyecto fuera del contexto donde nació. Me interesaba saber si una investigación tan relacionada con Cuba podía ser comprendida por alguien que desconociera nuestra historia. Y descubrí que no necesitaba explicarla constantemente.
Personas de otros países encontraban en aquellas espirales sus propias experiencias de contención, desplazamiento o memoria. Eso fue importante porque me confirmó algo que ahora intento tener siempre presente, puedo comenzar en Cuba sin necesidad de terminar en Cuba.
También presenté allí el libro La espiral que no se expande y un libro de artista que posteriormente fueron incorporados al Archivo Histórico de la Biblioteca de la Biennale-ASAC. Ese hecho tuvo para mí un significado particular en el sentido de la temporalidad de la exposición, pero también de la permanencia del archivo. Creo que allí empezó a crecer en mí, de manera mucho más consciente, esta preocupación por la memoria material que después ha adquirido tanta importancia en Memoria Strata.



La Bienal de Florencia anunció recientemente tu participación para 2027. ¿Qué proyecto piensas presentar? ¿Sigues con Memoria Strata?
Florencia será probablemente el siguiente gran capítulo de esta investigación. El tema de la Bienal —Beyond the Sense of Time— me fascina especialmente porque conecta con algo que estoy investigando ahora: la capacidad de la materia para almacenar memoria.
Continuarán apareciendo las espirales, las fibras, las raíces y los materiales que forman parte de mi vocabulario, pero quiero incorporar también elementos procedentes del propio territorio toscano como tierra de Siena, ramas de viñedos del Chianti, piedra serena y otros materiales que pueda encontrar durante el proceso. No quiero llegar a Florencia llevando Cuba dentro de una maleta. Me interesa que Cuba se encuentre allí con otro territorio. Que una obra pueda contener simultáneamente memoria cubana y materia italiana, y que sea difícil establecer dónde termina una y comienza la otra. Después de todo, eso también sucede con las personas que emigramos.
¿Qué se siente para ti representar al arte cubano en un evento como ese?
Sí siento, por supuesto, una enorme responsabilidad y también orgullo, claro, de que mi trabajo llegue hasta allí, llevando consigo una experiencia que nace entre Miami y La Habana. Tengo cierta dificultad con la palabra “representar”. No creo que ningún artista pueda representar al arte cubano, porque es demasiado amplio y diverso para caber dentro de una sola obra o una sola persona.
Quizás por eso me interesa más pensar qué significa hoy pertenecer al arte cubano. Buena parte de las preguntas que alimentan mi trabajo siguen naciendo allí. Es una pertenencia que se vuelve más compleja cuando no estás físicamente. Al final uno termina habitando varios territorios a la vez, y me parece que mi obra está comenzando a hacer exactamente eso.
¿Piensas continuar desarrollando La espiral que no se expande o te moverás hacia otros proyectos? ¿Qué podemos esperar de la obra de Elmer Castillo en el futuro?
Florencia será seguramente lo que más me ocupe en este próximo año. Pero, hablando de perspectivas, quisiera presentar esta serie en un museo de Miami, compartirla con tanta gente a la que no le han permitido volver a ver a sus niños, con los Pedro Pan, con los que cruzaron el Darién, o los que siempre van a echar unas flores al Malecón de la Ermita por sus seres queridos que no llegaron.
No sé cuánto tiempo continuará La espiral que no se expande, y me gusta no saberlo. Cuando comencé, pensaba en ella como una serie, luego pasó a una investigación. Y las investigaciones siempre te plantean otras preguntas que no habías previsto: es una reacción en cadena.
La Polymita me llevó a la espiral y la espiral me llevó a la contención. La contención me llevó a preguntarme por quienes consiguieron salir de ella y de ahí surgieron la migración y Memoria Strata. Ahora Memoria Stratame está llevando hacia el archivo y hacia la relación entre memoria y territorio. Y me parece que ese territorio se está abriendo hacia otros procesos migratorios de América Latina.
¿El futuro? Creo que anda en otra pregunta. Uno puede salir de la isla, pero ¿cuánto tarda la isla en salir de uno?

