Raúl Roa y Fidel Castro (FOTO Trabajadores)

La Revolución cubana –y valga por enésima vez la aclaración que entiendo esta como un proceso histórico efímero y delimitado en el tiempo, entre los años cincuenta y setenta del pasado siglo, que destruyó el orden social republicano y construyó uno nuevo, comunista– produjo un Estado con una enorme capacidad de intervención en todos los niveles de la vida insular. Un Estado que no sólo intervino negocios particulares y compañías extranjeras sino también familias, afectos, sociabilidades, religiones, sexualidades, deseos y temores del individuo.

Una esfera donde explorar la fractura de ese fenómeno, en la historia de Cuba, sería la de las amistades políticas. Como todo espacio público plural, el cubano anterior a la Revolución de 1959, propició un conjunto de afectos y lealtades, que respondían a convergencias ideológicas, estéticas o, específicamente políticas, que se vieron invadidas por aquel Estado. El Leviatán revolucionario, con su lealtad y su afecto supremo al líder y al partido, zanjó las amistades políticas heredadas de la República.

Ya comentamos aquí el caso de la amistad entre José Antonio Portuondo y Lino Novás Calvo, quebrada por el respaldo al nuevo régimen del primero y el exilio del segundo. Pero entre tantas amistades rotas en aquellos años, tal vez haya que reseñar otra, emblemática de la vida pública cubana anterior a 1959, que fue la que sostuvieron dos intelectuales y políticos habaneros, nacidos en 1907, por más de treinta años: Aureliano Sánchez Arango y Raúl Roa.

Sánchez Arango y Roa eran hijos o nietos de mambises. El padre del primero había sido capitán médico en la guerra del ʼ95 y el abuelo del segundo era Ramón Roa y Garí, teniente coronel en la Guerra de los Diez Años, antologador de Los poetas de la guerra y autor de las duras memorias, A pie y descalzo de Trinidad a Cuba (1890). Sánchez Arango y Roa deben haberse conocido en 1925, cuando ambos estudiaban en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana o, incluso, antes, desde el Instituto de La Habana, en 1923, ya que desde entonces el primero estaba relacionado con el Movimiento de la Revolución Universitaria impulsado por Julio Antonio Mella.

A fines de los veinte, ambos ya están afiliados al Directorio Estudiantil Universitario y al Ala Izquierda, dos asociaciones de oposición a la dictadura de Gerardo Machado. Esta biografía política común se separa, ligeramente, a principios de los treinta, cuando Sánchez Arango ingresa por unos años al Partido Comunista, pero vuelve a conectarse tras la caída de Machado. En 1935, Sánchez Arango y Roa son dos de los principales líderes de la huelga general contra el gobierno de Fulgencio Batista, que fue brutalmente reprimida.

Luego de breves exilios, en los cuarenta, estos dos amigos son profesores de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, el primero de Legislación Industrial y Obrera y el segundo de Historia de las Doctrinas Sociales. Sánchez Arango fue, en aquellos años, uno de los políticos e intelectuales cubanos que con mayor resolución apoyó al exilio republicano español, rechazado en no pocos ambientes universitarios y gubernamentales de la isla. Y aunque era bien visto por el gobierno de Ramón Grau San Martín, que lo envió como su representante a la Conferencia Internacional del Trabajo de Ginebra en 1947, la mayor posición política de Sánchez Arango llegó al año siguiente, con el ascenso presidencial de su amigo desde los tiempos del Directorio antimachadista, Carlos Prío Socarrás.

Cuando Prío lo nombra Ministro de Educación, Sánchez Arango designa a su amigo Roa como Director de Cultura de esa institución. Ambos pertenecieron al gobierno derrocado el 10 de marzo de 1952, y ambos recibieron asilo político en la embajada de México, donde se exilian. El exilio de Roa fue más intelectual que el de Sánchez Arango, quien se dedicó a conspirar y preparar invasiones y traslados de armas, en apoyo a las acciones de la Organización Auténtica radical y la Triple A, contra Batista. Pero hasta 1958, por lo menos, el perfil ideológico de Roa, que leemos en la revista Humanismo, en México, o en sus artículos en El Mundo, es muy afín al de Sánchez Arango, expuesto en “El naufragio del Bonito”, la “Carta a la Juventud” y otros textos de los cincuenta, reunidos en el libro Trincheras de ideas y de piedras (Editorial San Juan, San Juan, 1972).

¿Cuándo se quebró la amistad entre Sánchez Arango y Roa? La biografía oficial de Roa, que puede leerse en el Diccionario de la Literatura Cubana (1984) –donde no aparece, naturalmente, Sánchez Arango, aunque fue un político profesional tan intelectual y escritor como Ernesto Guevara o Armando Hart, que encabezaba sus arengas con exergos de Kipling o de Gide– sugiere que el distanciamiento se produjo entre 1957 y 1958, cuando Roa se vinculó al Movimiento 26 de Julio y la Resistencia Cívica, pero es difícil confirmarlo. Más lógico sería que la ruptura de aquella amistad de más de treinta años se produjera a partir del verano de 1959, cuando Roa pasa de representante de Cuba en la OEA a Ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Fidel Castro.

Ya para entonces, Sánchez Arango estaba conspirando, nuevamente, con su Frente Nacional Democrático, contra el nuevo régimen. El giro al comunismo de la Revolución, en los meses siguientes, colocó a estos dos amigos en polos opuestos de la política cubana. Es probable que exista, pero no encuentro ninguna alusión a Roa en el voluminoso libro de Sánchez Arango, Trincheras de ideas y de piedras (1972), a pesar de que muchos de sus artículos, escritos en los sesenta, tratan temas que involucraban centralmente al canciller cubano, como las reuniones de la OEA en San José y Punta del Este, el tratamiento del problema cubano en la ONU o la Crisis de los Misiles en 1962.

En cambio, Roa, se refirió varias veces a Sánchez Arango en tono despectivo, después de 1959, de un modo parecido a como se referían a Jorge Mañach sus viejos amigos comunistas. Por ejemplo, en una famosa entrevista que le hizo Ambrosio Fornet, para la revista Cuba, en 1968, Roa, llamado a “definir con una frase” a su gran amigo, dice: “Aureliano Sánchez Arango es el más consumado histrión de la generación del treinta”. No queda tan mal Sánchez Arango, otro amigo suyo, Carlos Prío Socarrás, es definido como “un caco que jamás trascendió la categoría de caca”. En otro momento de la entrevista con Fornet, agrega Roa, como para no permitir una interpretación benévola de la palabra “histrión”: “el mayor farsante de la generación del treinta es Aureliano Sánchez Arango. ¿Puede alguien dudarlo?”

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RAFAEL ROJAS
Rafael Rojas (Santa Clara, Cuba, 1965). Es historiador y ensayista. Licenciado en Filosofía por la Universidad de La Habana, y doctor en Historia por El Colegio de México. Es colaborador habitual de la revista Letras Libres y el diario El País, y es miembro del consejo editorial de la revista Istor del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Ha publicado los libros: Un banquete canónico (2000), Revolución, disidencias y exilio intelectual cubano (2006), La vanguardia peregrina. El escritor cubano, la tradición y el exilio (2013), entre otros. Desde julio de 2019 ocupa la silla 11 de la Academia Mexicana de la Historia.
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