Cinco documentales para pensar las realidades trans en Latinoamérica

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María Luisa Fuentes, protagonista de ‘Señorita María, la falda de la montaña’, Rubén Mendoza, dir., 2017

En el cine latinoamericano contemporáneo predomina una producción enfocada en explorar la sexualidad como un campo esencial para la comprensión del individuo y la sociedad. Como mínimo, en los últimos veinte años, se ha vuelto sistemático el ejercicio de un audiovisual interesado en ahondar en los atributos de género y en las múltiples identidades sexoeróticas. Por supuesto, esa apertura a la expresión de las subjetividades y los cuerpos LGBTIQ+ –a sus conflictos y problemáticas– ha motivado novedosos ejercicios de lenguaje fílmico. La voluntad de abrir un espacio de discusión en torno a los disímiles condicionamientos y coordenadas de la sexualidad humana ha desembocado en un cine favorablemente militante, que ha sabido anudar la exploración de la geografía del cuerpo y la mente de las voces “diferentes” con la creación de estéticas renovadoras.

Dentro de este cada vez más rico universo fílmico, merecen especial atención las obras consagradas a los sujetos y las experiencias trans. Estos materiales aprehenden las vivencias, el mundo racional y sensitivo de estos individuos con atención a las múltiples maneras en que socializan sus sexualidades y se expresan desde el cuerpo. Y, desde luego, lo anterior implica también el abordaje de una escena de prejuicios que en las sociedades latinoamericanas alcanza acentos y excesos particulares, pues el sistema cultural de represión genérica latente en la región es atravesado por otros factores, determinantes de nuestro precario contexto tercermundista, como la clase, la educación, la propia ubicación geopolítica, la situación económica…

En los tiempos recientes se ha podido constatar el crecimiento exponencial de la cantidad de títulos que buscan contribuir a pensar la experiencia trans y a introducir un cambio en nuestra praxis social; filmes cuestionadores de los términos en que nuestra cultura ordena los vínculos cívicos que acogen las subjetividades que trasgreden y se distancian de la hegemonía del patrón heterosexual.

Las cintas enfocadas en estas problemáticas son excelentes materiales –incluso por sobre sus virtudes estéticas– para volver a pensar los modos en que entendemos los cuerpos, y de este modo generar debates acerca de los procesos que nos hacen participar dentro de una identidad determinada. Muchas obras en los años recientes se han ocupado de visibilizar las luchas y las estrategias de resistencias de los sujetos trans, y los términos en que se dan sus cotidianidades. Películas que, al enfocar los procesos de transición y las dinámicas de vida de estas personas, devienen, ellas mismas, estrategias de resistencias al poder.

Basta recordar piezas singulares como Señorita María, la falda de la montaña (Colombia, 2017), Meu corpo é político (Brasil, 2017), En tránsito (Chile, 2018), Reina de corazones (Argentina, 2019) y La felicidad en la que vivo (México, 2020), documentales que plasman experiencias donde es posible ver los conflictos y las problemáticas implícitos en los procesos de tránsito –sin importar cuáles sean estos y los términos en que se producen–, un grupo de historias que conforman una sustantiva narración de la escena trans latinoamericana.

Señorita María, la falda de la montaña se estrenó en el Festival de Locarno. Es un filme relevante por la elocuencia antropológica con que visibiliza la sensibilidad de una mujer trans y los conflictos que enfrenta en el angosto e incierto entorno rural donde reside. María Luisa Fuentes vive en Boavita, una localidad campesina de la región andina de Colombia, un pueblo de arraigados valores católicos y en extremo conservador. A través del registro de la cotidianidad de esta mujer, de sus duras horas de trabajo en el campo, de la documentación de las costumbres de ese sitio sumido en una lamentable precariedad material, y de entrevistas a los pobladores y a la propia protagonista, el director, Rubén Mendoza, consigue un fresco de la azarosa existencia de María Luisa, de la marginación y la violencia que experimenta a causa de su identidad sexual, vista por los otros como una anomalía tolerable. Más que la denuncia directa de la moral del lugar y de la falta de protección institucional de María, sorprende en la película, sobre todo, la manera en que el código participativo que se escoge para la narración aprehende el mundo emocional de un individuo que, a sus 45 años, se muestra dispuesto a ser feliz. Señorita María, la falda de la montaña tiene el valor indiscutible no sólo de aproximar al espectador a la realidad sexual de esta persona, sino que la mira a través de las características de un contexto rural donde su vida se ve todavía mucho más vulnerada.

En tránsito alterna las historias de cuatro personas trans. Sobresale la manera en que el documental retrata, con convencimiento político, la resistencia de unos seres capaces de imponerse a variadas condiciones de discriminación laboral, institucional e incluso familiar. Acá se contrastan dos historias particularmente atractivas a la hora de discutir las complejidades de la sexualidad humana. Gis es un adolescente que enfrentó un cruento rechazo por parte de su familia, aun cuando proviene de un hogar lesboparental, durante el proceso de reconocimiento y aceptación de su identidad de género. Sin embargo, con Matías sucedió todo lo contrario, es un muchacho que, siendo parte de un núcleo filiar tradicional, cuenta con el apoyo absoluto de su madre y su padrastro. Gis y Matías permiten a la realizadora, Constanza Gallardo, meditar acerca de la importancia de una Ley que proteja a las infancias trans, que reconozca el cambio de identidad como un derecho inalienable y una manera de otorgar una vida más plena. En tránsito es una obra afirmativa siempre, que, si bien delata las contrariedades de sus protagonistas, pone su foco en mostrar la posibilidad de su realización personal.

Reina de corazones exhibe una problemática similar. Guillermo Bergandi testimonia la experiencia de un grupo de mujeres integrantes de una cooperativa de teatro nombrada Ar/TV Trans, la cual ha sido creada por una de ellas con el propósito de visibilizar sus situaciones de vida por medio de las tablas. El filme alterna la praxis de la cooperativa con las historias individuales de cada una de las diez muchachas. Ellas dan cuenta de sus conflictos familiares y sus dificultades para acceder al mercado laboral o a la educación, hasta de sus experiencias más lamentables dentro del mundo de la prostitución. Se narran historias diversas –más o menos afortunadas–, que arrojan luz sobre las dificultades que enfrentan los personajes para emprender una vida sin obstáculos y reparan en la necesidad de conformar grupos de resistencias, similar a Ar/TV Trans, que logren implementar un activismo efectivo, dispuesto a crear conciencia social y a consumar reclamos políticos por los derechos trans.

Meu corpo é político mira hacia la cotidianidad de cuatro individuos, muy diversos en la expresión de sus sexualidades, residentes en las periferias de Sao Paulo. El énfasis principal del filme radica en abordar la inseguridad jurídica en que ellos se encuentran y en denunciar las agresiones, lo mismo físicas que emocionales, que sufren. Entrecruzando sus vidas íntimas y sus relaciones en el entorno social, Meu corpo é político implementa un tono poético que intenta emular a nivel visual la realidad de estos cuerpos trasgresores, al tiempo que acusa la feroz transfobia que afecta a la escena trans brasileña, tanto como la exclusión laboral y educacional experimentada por estos personajes. Con una eficacia comunicativa admirable, el documental saca a la luz la humanidad de unos seres que se esfuerzan a cualquier precio por forjar un espacio propio en la sociedad.

La felicidad en la que vivo se estrenó en 2020, es una película que resulta bastante singular entre las anteriores. Carlos Morales, su director, realizó un retrato conmovedor de Samantha Flores, una mujer trans de 87 años de edad. Con una expresiva fotografía que sabe evocar en la imagen la sensibilidad de esta elegante y seductora señora, el relieve del filme se encuentra en la sutileza con que entreteje transexualidad y vejez. Samantha Flores es la evidencia de que esta etapa de la vida no tiene por qué implicar necesariamente una decadencia absoluta del cuerpo o una pérdida radical de los deseos y las aspiraciones. Ella no sólo vive, a través de mínimos gestos, la realización y el goce de su identidad, sino que desarrolla una labor de activismo a favor de los ancianos trans y los homosexuales cis. Vive preocupada por la vuelta al clóset de muchos de ellos como vía para recuperar la aceptación en ese momento de la existencia que ha pasado a ser olvidado por nuestras sociedades actuales. Con todo, lo que hace especialmente convincente a La felicidad en la que vivo es el lirismo con que se filma la intimidad de una persona que contradice esa preterición a que es condenado el adulto mayor.

Todos estos documentales, muchos de los cuales pasan desapercibidos frente al lugar privilegiado del cine de ficción, traen aparejado un deseo de reivindicación de las realidades trans, tanto por parte de la sociedad civil como por parte de los Estados. Constituyen un arma contra los prejuicios contra la transexualidad, sobre todo cuando muestran la diversidad con que las disímiles variantes sexuales se expresan en la realidad. Son obras que miran los prejuicios y las presiones sociales latentes en América Latina, pero tienen su mayor virtud en dejar aflorar la voz y la sensibilidad de los protagonistas de estas historias.

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Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.

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