El Trono del Rey es una película autorizada y confirmada por Eleggua, el orisha que abre y cierra los caminos. La deidad que decide por dónde se puede caminar y a qué senderos renunciar. El ente que permite seguir adelante o impide moverse hacia algún lado. Es el orisha de lo posible y de lo imposible, así lo veo, también como el orisha del movimiento y el estatismo. Es dual como esta película que quiere filmar en Cuba el director y editor italiano Matteo Faccenda.

El relato previsto oscila entre el racionalismo occidental y la magia, entre el presente descreído y el pasado mitopoético, y propone un territorio real-maravilloso –o mágico-realista, pero siempre he preferido a Carpentier– donde las cronologías lineales y rígidas se diluyen en una zona de confluencias, inclusiones, mixturas y posibilidad infinita. Una zona-crisol donde las zonas culturales se deslíen.

Las culturas y las civilizaciones también se disuelven en la película: el director y el cinematógrafo italianos, la directora de arte brasileña, la guionista y los actores cubanos, unos blancos, otros negros, y sobre todo el amplio espectro de mestizajes enmarcado entre ambos y reduccionistas extremos.

El Trono del Rey. Un thriller bendecido por Eleggua.
El Trono del Rey. Un thriller bendecido por Eleggua.

El Trono… es una película que transcurrirá en la ciudad, pero a la vez es una película del monte. Es un filme sobre la resiliencia del monte mítico, secreto, con todas sus potencias ancestrales invisibles, ante el empuje de las espesuras rectas y secas de la soberbia urbana.

Los edificios se levantan sobre lo que antes fue monte, las calles asfaltadas se intersecan con su asfalto agresivo sobre los “trillos” y los senderos primigenios. Lo que es del monte al monte regresará. El monte prevalece entre los ladrillos, el hormigón, la teja y la madera; entre el desprecio, la marginalización y la soberbia iluminista del colonialismo europeo.

Porque el monte es flexible, paciente, dúctil, sutil, y la ciudad tiene cimientos leves en comparación con este, cuyos fundamentos penetran la tierra hasta las profundidades más insondables del mundo físico y astral. El monte es un universo dentro del universo, y es infinito como este. Sus deidades, espíritus, seres desencarnados, son transtemporales, no se miden con los raseros de la razón ilustrada. Al entrar en el monte, así como en las calles que ha ido recuperando con sus efluvios mágicos, poca resistencia se le puede hacer desde las molduras racionales.

Los barrios y los callejones de La Habana negra están más cerca de los montes arcanos que de la asepsia urbana primermundista. La comunión con los poderes reinantes en la espesura se renueva cada día en las calles de la ciudad triste, la capital de todas las penurias de los cubanos, la ciudad amordazada.

Por eso, para contar esta historia de andanzas hacia uno mismo, de autorreconocimiento y autodescubrimiento, relato de viaje que a la vez es relato de regreso a la fe, a la magia, al mundo sutil de los espíritus, se buscó el permiso de Eleggua, quien será también referido y homenajeado en la película. Un ebbó efectuado por el sacerdote Danileyde Quirós, “Dani”, reveló que Eleggua autorizaba el rodaje, pero requería una fiesta sin tambores, homenaje cuya música sería la del monte, cuyos cantos serían los de los poderes esenciales que anidan en sus espesuras.

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Al monte acudieron Matteo Faccenda, parte del elenco de la película, como los actores Reynier Morales y Carmen Ruiz, y parte del equipo de producción, junto a Dani, Alexander Hall, estudioso del general mambí Quintín Banderas e hijo de Eleggua –Dani es hijo de Eleggua también– junto a la community manager Mayté Madruga y yo. Otros no pudieron ir, por hallarse en otros países. Matteo fue a cumplir el pedido de Eleggua, dirigido exclusivamente a él, pero del que podían participar y celebrar quien deseara.

Yo acudí por deber y también por curiosidad, como un acto de regreso a fantasmas de mi pasado, que una y otra vez se empeñan en redireccionar mis pasos hacia el monte y sus caminos místicos. Acudí para comenzar a escribir de una película que aún no existe, aunque haya sido rodada y proyectada mil veces en las mentes de sus creadores. Y escribir sobre una película que no existe, que desconozco si me gustará o no, si será cumbre o cataclismo, es definitivamente un acto de fe, de confianza en las complejas dialécticas que llevaron a que Marta María Ramírez, la jefa de la campaña de crowdfunding de la película, me ofreciera escribir esta bitácora.

Crowdfunding El Trono del Rey

Soy sobrino nieto del babalawo Roberto Rojas Marín, que pertenecía a la jerarquía de la Sociedad “El Cristo”, en Palmira, Cienfuegos, uno de los epicentros de la santería cubana. Y la conversación sostenida con él hace eternidades, en la que me ofrecía iniciarme en el culto de los orishas como babalawo es uno de los recuerdos más perennes que regresan una y otra vez a las superficies de mi memoria. A veces lo veo como una casualidad, otras como una señal, otras veces como una posibilidad de que mi vida hubiera sido muy diferente de lo que es ahora.

Me negué entonces porque no me gusta abrazar un sistema místico único, pues pienso que todos son manifestaciones de una fuerza esencial y trascendente innombrable, que necesita ser nombrada, y lo ha sido según las circunstancias culturales de las diferentes religiones y filosofías místicas. Por eso preferí leer sobre teosofía, rosacrucianismo y otras tendencias místicas, antes que adentrarme en el monte que me ofrecía mi tío. Y ahora llegué (¿regresé?) a ese monte, donde por primera vez presencié una sesión espiritual, donde un “muerto” adivinó mis pensamientos, habló conmigo, me consultó, me dio consejos para mi futuro y bienestar.

Adivinó los pensamientos y pasados de varios de los presentes, los consultó, les vaticinó venturas y desventuras. Auguró éxitos a Matteo con la película. Sumó sus fuerzas ancestrales, sin tiempo ni espacio –pues pertenece a esferas más allá de las dimensiones reconocidas por la ciencia y el pensamiento occidental–, a los fundamentos del trono fílmico que se intenta erigir y consolidar.

La ceremonia fue en un lugar llamado Ojito de Agua, cercano a San Antonio de los Baños, en cuya Escuela Internacional de Cine y TV Matteo se graduó como editor y el día antes rodó durante casi 24 horas seguidas las cápsulas audiovisuales que calzarán la campaña de crowdfunding. Según Dani, Eleggua no marcó lugar específico para la celebración, pero al llegar al ruinoso y a la vez agrestemente bello paraje, una búsqueda rápida le hizo decidir que el lugar adecuado era la casa de Roberto Echavarría –otro hijo de Eleggua– quien canalizó al espíritu de quien él llama como Taita Julián.

Ojito de Agua, San Antonio de los Baños. (Foto: Antonio Enrique González Rojas)
Ojito de Agua, San Antonio de los Baños. (Foto: Antonio Enrique González Rojas)

Roberto es un anciano cuya piel tersa indefinen la edad, y vive en una mínima casa donde es casi impensable pensar que quepa siquiera una cama. Era custodio de Ojito de Agua, que a juzgar por sus coherentes ruinas, fuera una suerte de distinguido balneario fluvial. Ahora es una superficie acuosa colonizada casi por completo por plantas acuáticas, y un montón de escombros. Pero Roberto vive en una zona, a la que un rápido vistazo me hizo comparar con una encrucijada, un espacio de confluencia, quizás un nodo de líneas ley, parecido al que debe localizarse en áreas de la montañosa Topes de Collantes. En ese lugar no hay cobertura, por lo que todos estuvimos libres durante unas horas de los teléfonos móviles, que se redujeron a simples relojes, grabadoras o cámaras. Pero todo el mensaje que pudiera llegar tendría que esperar.

Roberto vive en una breve ínsula al borde del monte, una zona frontera, repleta de cantos de pájaros, que parecían cantar a los ritmos de sus rituales. Al llegar nos aseguró que su abuelo era cagüeiro, un ser proteico de la imaginería mítica cubana que puede cambiar de forma a su voluntad, convirtiéndose en diferentes plantas o animales del monte. Con habilidad y encanto narrador, contó a la velocidad de un rayo algunas peripecias de su abuelo mutante, de su abuelo de monte.

Roberto Echavarría y Reynier Morales en Ojito de Agua. (Foto: Antonio Enrique González Rojas)
Roberto Echavarría y Reynier Morales en Ojito de Agua. (Foto: Antonio Enrique González Rojas)

Una vez se montó el altar, donde se combinaban las prendas de Dani y de Roberto, este fue poseído por el Taita. Al primer buche de ron, el anciano sufrió un sutil colapso que transfiguró su rostro. Pidió un pañuelo rojo para su cabeza, un raído delantal con la figura casi difuminada de San Miguel Arcángel, y no abrió los ojos durante más de dos horas de sesión, de augurios, predicciones, algunas bromas, y mucho ron.

Habló en un dialecto donde se mezclaban el español y el patois jamaicano. Una lengua amable, fluida, agradable, nada que evidenciara afectación, si acaso, desde una mirada totalmente escéptica, revelaba a un excelente actor. Pero no quiero ser escéptico, no quiero sospechar, por una vez en mi vida. La sospecha y el escepticismo son actos y estrategias de resistencia que he aplicado toda mi vida, pero esta fiesta agorera de Eleggua –no pidió tambores que pudieran entorpecer lo que solo él sabía que sucedería– no invitaba a la resistencia, tampoco al trance facilón y catártico.

El Taita no agredió a nadie ni le pidió que se plegaran ante nada, ni que recibieran en sí algo divino. Tampoco amenazó con castigos eternos ni tentaciones pecaminosas del diablo, ni obediencias absolutos a un Dios absoluto. Solo adivinó destinos posibles, presencias invisibles a nuestras espaldas –la segunda vez que estuve en contacto directo con él se estremeció ante algo sombrío que percibió tras de mí–, ofreció fórmulas ritualísticas para desbrozar dificultades. Sacudió a todos con gajos húmedos, extraídos de las plantas alrededor, nos deseó bien. Bromeó, rio con picardía, pidió mucho ron, cigarros, y clamó que lleva 105 años desencarnado, muerto.

El Trono del Rey es una película que se ubica en la misma frontera entre razón y magia, y la campaña que determinará su destino definitivo comenzó en un espacio igualmente localizado en la misma frontera entre civilización y la maravillosa barbarie del monte, obediente de otras leyes no escritas por los humanos de aliento colonizador e iluminista, sino por otros humanos o seres no humanos, que leen el mundo en la espesura, en la geometría sagrada del monte, en las espirales áureas que trazan los bejucos.

El Trono del Rey necesita de lo humanos y de los dioses, de los vivos y de los muertos, de lo racional y de lo divino, pues además de narrar un camino, de necesitar que Eleggua le abra los caminos, parece que es un camino en sí misma por el que acabo de comenzar a caminar con mi pasado personal e histórico a cuestas y también con mi futuro.

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Antonio Enrique González Rojas (Cienfuegos, 1981). Periodista y crítico de arte. Textos especializados suyos aparecen en publicaciones como La Gaceta de Cuba, Cine cubano: La pupila insomne, El Caimán Barbudo, Hypermedia Magazine, Altercine (IPS Cuba), Cine Cubano, Esquife, Noticias de Arte Cubano, Bisiesto (Muestra Joven ICAIC), Enfoco (EICTV), la revista del Festival de Cine de La Habana, y otras. Ha sido guionista de varios programas televisivos especializados en audiovisual como Lente Joven, Banda Sonora e íconos del celuloide. Ha integrado jurados de la prensa en eventos como el Festival de Cine de La Habana. Ha publicado libros de ficción y crítica de cine, entre los que se encuentran: Voces en la niebla. Un lustro de cine joven cubano (2010-2015) (Ediciones Claustrofobias, 2016) y Tras el telón de celuloide. Acercamientos al cine cubano (Editorial Primigenios, 2019). Un tercer volumen titulado “Críticas, mentiras y cintas de video” está en proceso de edición.

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