El cuerpo fitness de los agrestes: el poeta cubano Larry J. González publica en España

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El poeta y artsita visual cubano Larry J. González

Me fui a sembrar tomates donde los agrestes ofrecían semillas de ophrys fusca (Selvi Ediciones, Valencia, 2020) confirma a Larry J. González como una de las voces más originales de la poesía cubana actual. Bajo la colección Arco Tenso, que surgió en 2020 para consagrarse a la poesía cubana contemporánea, esta nueva publicación de Larry J. González se inserta coherentemente en el dominio estético erigido por él en sus anteriores entregas: La novela inconclusa de Bob Kippenberger (2011) y Osos (2013).

Como sucede en aquellos cuadernos, en Me fui a sembrar tomates…, con independencia de los perfiles temáticos de cada poema particular, el discurso consuma una crisis de la identidad. La obra de este autor sostiene la constante exploración de una individualidad para la cual su mundo, sus circunstancias y su realidad se despliegan en la escritura como agonía del Yo. De ahí que el poema deviene una operación del sujeto lírico sobre sí mismo; una inmersión en su subjetividad, en su memoria, en su experiencia cotidiana que, a través de un renovador y evocativo uso del lenguaje, emprende una exploración o reconocimiento de su diferenciación.

En La novela inconclusa de Bob Kippenberger y, sobre todo, en Osos, Larry J. González anclaba la identidad del Yo a un ámbito cultural muy preciso que tipifica su voz autoral. En ambos libros se entrecruzan el universo de las artes visuales y el cine con la cultura propia de los mass media y el pop. En estos libros se delinea además una sensibilidad homoerótica, también motivo de exploración para el poeta. Vinculado a los espacios, las anécdotas, los objetos o las circunstancias fijados al poema, el homoerotismo y determinadas figuras o motivos de la cultura gay han sido en Larry J. González la metáfora de su identidad.

El erotismo define particularmente el espacio subjetivo desde el que se expresa el autor, a tal punto que alcanza a definir el tono de la escritura, cargándola de tensiones y flujos de sentidos capaces de reportar una particular espiritualidad. Es importante insistir en que el erotismo en Larry J. González, aunque se materializa en el ritual implícito de la seducción y en el inventario de gestos y acciones que trae aparejados, se presenta, de modo más esencial, como una sed que intenta aprehender un mundo de valores, una axiología inconfundible donde el Yo se particulariza. El erotismo es una energía indisociable de la misma construcción poética, que contamina o motiva la construcción del texto, y que está fundida al devenir social y a la mirada del sujeto lírico modelado por este poeta.

Las anteriores son particularidades que, desde luego, nutren la escritura de Me fui a sembrar tomates… Ahora, el distintivo de este cuaderno quizás resida en la concentración con que presenta la agonía del Yo. Acá se percibe una mayor intimidad, un quedarse el sujeto consigo mismo aun cuando se busca entre los otros y en el afuera del mundo. Por supuesto, este intento de abordar los contornos del propio ser, de aprehender aquellas circunstancias o estados que lo particularizan y hablar por su sensibilidad no supone un gesto narcisista. La mirada sobre sí, al tiempo que reconoce al Yo como un territorio en el que operar, intenta ir más allá de la individualidad y la concibe como una vía de apertura hacia la realidad y los otros.

De este modo, el sujeto lírico del cuaderno busca experimentarse desde la diferencia que representa el afuera, desde el mundo que lo empuja de regreso a sí. De ahí que Me fui a sembrar tomates… no sea un libro introspectivo, el Yo experimenta la urgencia de objetivar el mundo bajo el prisma de su singularidad. El Yo de la primera sección del cuaderno, titulada “Sport”, emprende un viaje, lo mismo físico que en el espacio de la memoria, al pueblo donde creció. Este viaje, y el contacto directo con un pueblo que ahora percibe desde su diferencia, en el que no se reconoce pero que siente propio, lo sumerge en una aventura de reconocimiento. Lo cual explica la extrañeza con que aprehende el paisaje agreste del lugar o el modo en que se ve en medio de tales circunstancias, por ejemplo, en la parte I de “Los Palos (Candy Darling I)”:

Miro las Nike Air sobre la carretera de Los Mangos. Hasta La Tranca.
Corro hasta La Tranca dos veces por semana.
El aire y los ojos. Miro las zapatillas Nike Air y las vastas grietas encima del fango.

(cañaveral pasa)
(el camión que era un punto a la salida de La Tranca pasa)
(el aire que roza mi mejilla izquierda por culpa del camión pasa)
Fango: diseño zigzag en la resistente suela de caucho que fabrica Nike.
Fango. Gotas de sudor en el desnivel romo de La Tranca.
Volví al pueblo.

No por gusto Larry J. González abre Me fui a sembrar tomates… con el siguiente epígrafe de la ensayista cubana Margarita Mateo Palmer: “Leído al derecho: yo soy yo (…) Pero leído al revés, el yo soy yo (…) se convierte en un oy yo soy, así, sin la hache de Horacio (…) Hoy yo soy. Ya es bastante”. Este epígrafe es un gesto que abraza la totalidad del discurso del cuaderno y hace a los poemas girar en torno a él. Para comprender la dinámica textual que moviliza a Larry J. González hay que leer este volumen desde los predios de la literatura autoficcional, para advertir entonces la identificación entre la voz lírica y la voz del autor.

En la escritura de Larry J. González, el Yo es la materia prima a partir de la que se edifican los versos; por supuesto, en este caso, la inscripción textual del autor y de datos autobiográficos y experiencias personales no hacen introspectiva su poesía, más bien la potencian como una operación de conocimiento de sí que busca exponer la complejidad de la diferencia del sujeto. Los poemas que conforman Me fui a sembrar tomates… tejen una narración fragmentada, responsabilidad de un sujeto lírico que, incapaz de fugarse de sus propios límites, construye un Yo que se sabe resultado de su experiencia subjetiva, pero con una identidad que se le escapa constantemente.

Es probable que la experiencia poética de este autor presente su mayor agudeza allí donde se revela el abismo de incertidumbre que existe entre la superficie que el poema muestra (el cuerpo del sujeto lírico mientras hace ejercicios o contempla a los agricultores, la descripción del paisaje que sus ojos contemplan) y la subjetividad personal que convierte a esa superficie en motivo de contemplación estética. En la fijación de esas escenas propias de su cotidianidad (momentos, gestos, imágenes, pensamientos) se patenta un residuo –como lo denominaría el psicoanálisis– que entrega la dimensión de una sensibilidad, la crisis existencial de un individuo. El poema conforma así una performance que quiere dar sustancia al ser y sostén a su identidad social y personal.

Me interesa volver ahora sobre el título del cuaderno, porque coloca al lector ante un paisaje interpretativo que explica, en buena medida, el recorrido del sujeto lírico y su postura. El subrayado del Yo (Me fui a sembrar…) deviene esencial, dado que anuncia ya la postura de un sujeto perfectamente localizado que se encargará de postular la realidad percibida en los poemas como una cuestión de índole personal. Es importante apreciar el contraste entre el paisaje abrupto que se dibuja en el Me fui a sembrar tomates donde los agrestes y la sensualidad, el cortejo, inscritos en el gesto de que estos agricultores ofrezcan semillas de ophrys fusca. Esta orquídea es sumamente popular por su exótica belleza, por su condición erógena, que atrae (seduce) a los insectos hasta forzarlos a copular con ellas. Ya en el título, Larry J. González amarra esa potencia erótica intrínseca a su voz autoral. Esta relación entre la orquídea y el insecto sirve al autor para construir una potente parábola homoerótica, como se puede leer en la parte VII de “Ophrys fusca”:

Surcos cubiertos por flores de ophrys fusca, insectos sucios de polen. Aprendo a quitarme de arriba a los insectos sicalípticos.
Esa mañana oigo las primeras palabras de apego:
—El insecto confunde a la flor de ophrys fusca y se empaña –involuntario– de polen.
Quedo inerte en la barba de quien habla.

Esa mañana agradezco a Dios y vuelvo cálido al fango.

Larry J. González bosqueja un horizonte donde se palpan los cuerpos sensuales de los agrestes, el flirteo del sujeto lírico con esos individuos que despiertan su libido, la formación de una atmósfera sensual –deudora, por supuesto, de quien filtra la realidad– que convoca a la lubricidad del deseo carnal… Aunque se extiende a la totalidad del cuaderno, en esta segunda sección, titulada “Fitness”, se conjuga especialmente una geografía del eros de especial efusividad, donde la figura masculina entra en un ritual imaginario y un escarceo sensual.

Otra vez, el poeta manipula a su favor esos espacios heterotópicos, depositarios de testosterona, que son detonantes del deseo; estos espacios donde la cofradía masculina dispara el goce asisten la posibilidad del encuentro homoerótico. Pero más que la carga sexual que reportan las escenas importa aquí el perfilamiento del Yo a partir de esa potencia erótica. En lo fundamental, en esta zona del cuaderno se constata una subjetividad homo plena en su cosmos de valores que, al dejar su deseo en libertad, al afirmar los atributos propios de su condición sexual, trasgrede y acusa cualquier normatividad que cerque o impida el goce pleno del individuo.

En términos de construcción poética, destacan en Me fui a sembrar tomates… su estrategia compositiva y registro lingüístico. Larry J. González construye los textos como viñetas, breves narraciones que capturan una imagen en la que se figura un estado de la sensibilidad del Yo. Cada viñeta es la captura de instantes de fascinación, recuerdos, soledad, incertidumbre, gozo, deseo…

En la escritura de este poeta además tiene especial relieve la construcción de una densa capa intertextual que, desde una total congruencia semántica, se convierte en elemento estructural del poema. Por medio del cúmulo de referencias entrecruzadas –a la música, la literatura, el cine, el mundo de la moda y el espectáculo– en este libro se diseña, más allá de una personalidad y un imaginario, un dialogismo delirante que dota a la escritura de un movimiento interno especialmente productivo al nivel de la recepción. El trabajo con el lenguaje encuentra su distinción en el montaje orgánico de un registro culto y un registro popular, donde se cruzan voces del argot callejero, de determinadas comunidades gay, de grupos sociales propios del entorno urbano cosmopolita, y resulta un rasgo esencial del estilo de Larry J. González. Este montaje de discursividades dota de una especial sensualidad sonora a la escritura del libro –erótica ella misma– y se integra a la plenitud de su apertura intertextual.

Ese erotismo –hay aproximaciones, contemplación del otro, anhelo, imaginación, jamás encuentro directo de los cuerpos– con que el Yo se proyecta hacia el final de Me fui a sembrar tomates… certifica las extensivas dimensiones en que se halla sumergida la voz poética de Larry J. González. La hondura existencial del discurso, la riqueza del imaginario autoral y la singularidad del manejo del lenguaje en este nuevo cuaderno acompañan una profunda interrogación acerca de la diferencia de sí mismo y de su posición en el mundo.

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ÁNGEL PÉREZ
Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.

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